La medida del tiempo La travesía
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La travesía

Aunque casi nadie lo sabe, nací en Barcelona.

No crecí en una de las majestuosas casas de Sarrià o Pedralbes, como muchos podrían pensar, sino en el Raval, un barrio lleno de miseria.

Nadie en esas calles escapaba de la pobreza ni de la degradación; mi madre tampoco, vivía de las limosnas que nos daban los hombres ricos que algunas noches se le acercaban.

Nunca tuve un padre ni un referente masculino.

Estábamos solas y asumí que mi existencia sería siempre así: al límite de la supervivencia, pensando en si tendríamos algo que llevarnos a la boca.

Pero por lo menos la tenía a ella. Al contrario que otras madres que veía en la calle, la mía me trataba bien.

Dormíamos abrazadas para darnos calor, me proporcionaba toda la comida que podía —aunque ella se quedara sin— y me conseguía ropa de abrigo con las pocas pesetas que lograba recaudar.

Incluso algunas noches de invierno alquilaba una habitación para resguardarnos del frío o de la lluvia.

En el fondo, y ahora lo veo, era una mujer llena de optimismo, a pesar de los golpes que le había dado la vida.

Una mañana, cuando yo tenía unos doce años, mi madre, cansada de pasar penurias, me cogió las manos entre las suyas, ásperas, y me miró con una sonrisa esperanzadora.

—Esto va a terminar.

La miré sin comprender, porque para mí no había otra forma de vida; esa era la única que conocía. Sin embargo, ella siempre quiso algo mejor para mí.

—He conseguido dos pasajes para uno de los buques de McAndrews es lo que te hace pasar los primeros años de tu vida en la calle: nunca sabes qué esperan de ti.

Quizá robarte lo poco que tienes o darte una paliza por puro placer; tal vez algo peor.

Así que observé a mis compañeros con los ojos entrecerrados.

Había una madre con dos niños, que parecían tan desesperados como nosotras; un hombre de unos cuarenta años, sucio y con la mirada turbia, del que me mantuve alejada por precaución; y una familia con cuatro hijos, ruidosos y tan mugrientos como yo.

Me causaron simpatía y me imaginé formando parte de una familia numerosa.

¿Habría sido mejor tener más gente con quien compartir el miedo y el hambre? No estaba segura.

—¿Quieres subir a la cubierta? —me preguntó mi madre.

Asentí y ascendimos por unas empinadas escaleras que me hicieron tropezar un par de veces.

Ella me sostuvo y conseguimos llegar a la parte de arriba, separada de primera y segunda clase con precisión.

No éramos mejores que los animales para esa gente.

Miré con anhelo la zona superior del buque, donde un par de distinguidas damas reían despreocupadamente mientras zarandeaban sus inmaculados pañuelos blancos hacia la multitud que nos despedía en tierra.

Me recorrió una oleada de envidia y me pregunté cómo se sentiría ser así de poderosa: no tener más preocupación que ponerse un vestido bonito o sonreír.

—Algún día seremos como ellas —me susurró mi madre al oído.

Quise creerla, pero lo sabía imposible. Una utopía. Ella me estrechó contra su costado, sintiéndose tan impotente como yo.

Había otras personas igual de miserables que nosotras en la cubierta de tercera.

Todos queríamos ver la tierra que nos había negado la felicidad para despedirnos de ella con desaire.

Me di cuenta de que mostrábamos la misma mirada apagada, las mejillas hundidas y la fiereza en el rictus de la boca.

La vida nos había vuelto ariscos en cierta manera, dispuestos a pelear por lo poco que teníamos con uñas y dientes. Y eso nunca te abandona, Carlota.

Me fijé en un muchacho que iba solo. Era muy joven, tal vez tres o cuatro años mayor que yo.

Sin embargo, sus ojos eran los de un adulto, como si, con apenas dieciséis años, ya hubiera pasado por demasiado.

Mascaba un palo de regaliz mientras miraba con desgana hacia la multitud, apoyado en una de las chimeneas.

A pesar de estar recostado, me percaté de que era más alto de lo normal, desgarbado.

Tenía la piel bastante clara y las mejillas quemadas por el sol.

Su cabello negro le llegaba a los hombros y le caía desordenado y enmarañado por el rostro.

Un atisbo de barba quería aparecer en su mentón.

Supongo que lo estudié con tanta intensidad que se sintió vigilado, porque desvió la mirada por encima de la gente y llegó hasta mí.

Me estudió con fijeza y me sonrojé. Desvié la vista de inmediato hacia el suelo, arrepintiéndome de mi indiscreción. No parecía amigable.

—¿Qué haremos cuando lleguemos?

—El barco nos dejará en Southampton —me explicó mi madre—. Tendremos que coger un tren hasta Londres. Me han hablado de una taberna en pleno centro, The Silver Swan, en el que necesitan personal de limpieza. Probaremos allí primero.

Sonreí al ver que mi madre tenía un plan. Quizá saliera bien.

Las cosas se torcieron muy deprisa. Mi madre era la persona más fuerte que conocía; a pesar de las duras condiciones en las que vivíamos, no la había visto nunca enferma, más allá de algún resfriado.

Por eso supe que algo iba muy mal cuando, el segundo día de travesía, no se levantó de la cama.

Me acerqué a su catre con preocupación y ella me dedicó una sonrisa tranquilizadora.

Tenía la mano apretada sobre el bajo vientre, en su lado derecho.

—No es nada —me aseguró—, debo de haberme mareado un poco.

Sin embargo, la conocía lo suficiente como para saber que me estaba mintiendo. El sudor perlaba su frente y, cuando la toqué, retiré la mano con horror. Estaba ardiendo.

—Madre, tiene usted fiebre —le dije apurada.

Ella volvió a sonreír.

—Me pondré bien.

Pero no fue así. Al tercer día comenzó a vomitar y ni siquiera era capaz de estar consciente más de unos minutos.

Se retorcía sobre sí misma con un dolor agudo en el costado.

Nuestros compañeros de camarote se marcharon espantados porque pudiera ser algo contagioso.

A mí me dio igual y no me separé de su lado más que para ir a pedirle clemencia al médico del barco.

No obstante, el hombre me observó con desprecio.

—Tal vez tenga el tifus, o algo peor —espetó—. No salgan de ese camarote.

Lo miré horrorizada, ni siquiera se había molestado en visitarla.

—Por favor —supliqué, agarrándome del brazo del galeno.

Él me sacudió con fuerza, como si fuese un moscardón infesto, y a punto estuve de caerme al suelo.

—Por favor, por favor.

El médico se marchó, obviando cualquier juramento que hubiera hecho al inicio de su carrera. No solo no me ayudó, sino que el capitán dio la orden de que nadie entrase en esa zona; nos convertimos en unas apestadas y declaró la cuarentena.

—Coge todo el dinero de mi petate —me ordenó mi madre esa tercera noche en un momento de lucidez.

Obedecí, espantada ante lo que implicaban sus palabras, y me guardé la bolsa con algo de dinero bajo la falda.

—Madre, ¿qué puedo hacer? El médico no me hace caso… —sollocé.

Ella me acarició la cara con una sonrisa triste y no me contestó. Supongo que sabía que no había mucho que estuviera en mis manos para revertir la situación.

—Te quiero, Alana. Siento no haber podido darte una vida mejor… No quería dejarte sola —pronunció antes de sumirse de nuevo en la inconsciencia

Al cuarto día, la cosa empeoró. Mi madre deliraba, tenía la tez grisácea y yo era consciente de que no se quedaría conmigo mucho tiempo más. Lloraba aferrada a ella, sin saber qué hacer.

Cuando estaba a punto de volverme loca, alguien llamó a la puerta.

Corrí a abrir. Quizá el médico se había apiadado de nosotras y había venido a ayudarnos.

Sin embargo, me encontré con aquel chico desgarbado en el que me había fijado cuando había subido al barco.

Lo miré con los ojos rojos y el ceño fruncido.

—¿Qué quieres? —logré articular.

Él suspiró y alargó una hogaza de pan y un pedazo de fiambre hacia mí.

—Come o enfermarás tú también. —Enseguida me di cuenta de su acento inglés.

Bajé la vista hacia sus manos. Tenía las uñas cortas pero sucias, como yo.

Lo miré a los ojos y, aunque no lo conocía de nada, tuve la sensación de que entendía mi dolor.

Acercó la comida hacia mí y se la acepté.

Mi madre soltó un lamento y me volví hacia ella, alterada.

Llevaba días sin dormir, sin saber qué otros cuidados ofrecerle aparte de compresas de agua fría. La veía agonizar, impotente.

—Ponle esto. —El muchacho me alargó una jeringuilla con un líquido transparente en su interior.

Lo miré con desconfianza.

—¿Qué es? ¿La curará?

El chico me dedicó una mueca.