La medida del tiempo Un reloj suizo
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Un reloj suizo

—¿Te besó? Qué descarado.

Alana sonrió con nostalgia.

—Así era él.

—Pero ¿a qué secreto se refería?

La anciana suspiró.

—Necesito unos días más para reunir las fuerzas para contártelo. Es algo demasiado íntimo y todavía duele.

Carlota la observó con extrañeza. Su bisabuela era el tipo de mujer sin altibajos; en sus veinticuatro años de vida jamás la había visto llorar, quizá con la excepción del funeral de sus padres.

Y, aun así, en ese horrible momento, Alana se había mostrado contenida.

Tal vez su corazón ya estaba acostumbrado a la pérdida.

Su bisabuela se levantó de la butaca y se acercó a un tocador donde acostumbraba a tener una palangana con agua limpia.

A Carlota le resultaba una costumbre anticuada y sin sentido.

Había más de diez baños perfectamente equipados en la Torre de Ravenshire, ¿qué necesidad había de lavarse las manos allí?

Sin embargo, Alana había desestimado sus quejas cada vez que había sacado el tema. «Una tiene sus manías», explicaba.

La anciana puso sus manos dentro del agua con reverencia estudiada, como si se tratara de un ritual de purificación.

Luego agarró la pastilla de jabón y se frotó con cuidado el dorso de sus manos arrugadas por los años, las palmas e incluso entre los dedos, asegurándose de no dejar ni un centímetro de piel sin espuma.

Cuando se dio por satisfecha, volvió a hundir las manos en el líquido y procedió a secarse con una de las pequeñas toallas perfumadas dispuestas sobre el mueble.

Sonrió para sí misma, parecía haber olvidado que su bisnieta seguía allí.

—Unos días más —repitió con voz queda.

Carlota asintió. Todo lo que le estaba contando la condesa le resultaba nuevo, fascinante; jamás se había abierto así antes y conocer su historia era un gran honor, así que no quería presionarla.

—¿Te gustaría que viniera a pasar el fin de año contigo?

Su bisabuela la miró unos instantes.

—Sí. Supongo que será un alivio comenzar el nuevo año dejando esa vieja historia atrás.

Carlota le tomó la mano con cuidado y se la apretó. De repente, le parecía frágil, como si de verdad tuviera esos ciento diez años que nunca había aparentado.

—Ponte tus mejores galas, vendré muy elegante —le dijo para aligerar el ambiente.

Alana sonrió.

—Podría escandalizarte con alguno de mis modelos de juventud —replicó con una risa suave—, creo que todavía conservo aquel vestido rojo. No me tientes.

Nada más entrar por la puerta de su apartamento, Carlota descubrió un mensaje de Mina en su teléfono. No había escuchado la notificación, demasiado absorta en la historia de Alana.

¿Puedo pasar esta tarde por tu casa?

Me gustaría hablar del reloj que me comentaste .

Su corazón dio un vuelco y accedió de inmediato.

Suspiró aliviada por tener alguien con quien hablar sobre el misterioso Nocturne Astronomique.

Dejó el bolso sobre el mueble de la entrada, se quitó el abrigo y se sentó en el sofá.

Se quedó inmóvil en el salón, mirando a través de la ventana.

El exterior parecía una fotografía, estático.

Se veían otros bloques de pisos, pero no había nadie en ellos que se moviera: una pareja se besaba en la cocina, atrapada en ese instante; un anciano escribía algo con los dedos congelados sobre el lápiz; un niño había agarrado la melena de su hermana y ella lo miraba con una mueca queda.

Era como si el silencio lo hubiera invadido todo por un segundo, hasta la vida de los demás.

Carlota encendió la televisión con un manotazo apresurado.

Una presentadora hablaba sobre una inundación en una localidad que ni siquiera sabía situar en un mapa y de la ruptura de una pareja que no le importaba en absoluto.

Se dio cuenta de que tenía la costumbre de llenar sus tardes con vidas más desdichadas que la suya.

Lo peor era que no encontraba consuelo en ello.

A las seis llamaron al timbre y corrió a abrir, ansiosa por tener la compañía de Mina. Su amiga entró en el salón y miró hacia la televisión con el ceño fruncido.

—¿Ves Las tardes con Lucrecia ?

—No. —Carlota apagó la televisión con torpeza—. Estaba haciendo zapping .

Mina pareció satisfecha con su respuesta y se quitó la chaqueta multicolor.

La dejó de cualquier manera sobre el sofá, junto a su bolso de patchwork .

Luego se despatarró sobre los cojines con su vestido boho de flores, que habría comprado en alguna tienda hippy de segunda mano.

Carlota trató de obviar el contraste de tanta vida con su piso de exclusiva decoración minimalista.

Si le gustaba Mina era precisamente por lo diferentes que eran.

Le aportaba frescura, un punto de vista más ligero en su realidad encorsetada que, en los peores días, la asfixiaba.

—Ya decía yo —replicó—, te pega más ver algo de la Presley o de la Lomana esa. ¿No ha hecho un documental? ¿O era un libro?

Carlota resopló.

—No me gustan los culebrones familiares —murmuró.

—Claro que no… Hablando de historias familiares, ¿a qué vino esa petición tan rara de tu bisabuela?

—¿Lo del Nocturne Astronomique? Olvídalo, era tarde y estaba un poco desesperada por encontrar respuestas, pero ya me imagino que no habrás dado con nada útil. En internet no hay ni rastro, como si no hubiera existido nunca.

Mina la miró con cara de circunstancias.

—No —confirmó—, no había nada sobre él en la casa de subastas, pero no he podido evitar fijarme en la foto que me pasaste.

Carlota se sentó a su lado y la escuchó con mucha atención. Tanta, que se le olvidó invitarla a un café o a un mísero vaso de agua.

—No soy experta en relojes, pero tengo ciertas nociones —le adelantó Mina— y diría que el mecanismo no es inglés. ¿Tienes la foto a mano para que pueda verlo mejor?

—Claro.

Carlota se levantó de un salto y fue en busca de la caja, que había guardado con celo en uno de los aparadores de su salón.

La cogió con cuidado, temiendo que fuera a desintegrarse entre sus dedos, y se la acercó a Mina.

Su amiga entrecerró los ojos con tanta fuerza que, por un instante, Carlota pensó que traspasaría el papel con un rayo láser.

Cuando terminó la inspección, dejó la fotografía sobre la mesa auxiliar y se inclinó sobre su bolso.

Metió la mano dentro y rebuscó durante un buen rato.

Carlota empezaba a preguntarse si estaba tratando de alcanzar sus gafas cuando sacó una especie de lupa.

—Aquí está.

Mina agarró de nuevo la instantánea y la analizó bajo esa herramienta que, por lo que Carlota podía ver, ampliaba bastante la imagen.

—Efectivamente —confirmó—, es un mecanismo suizo.

—¿Suizo?

Su bisabuela había vivido a caballo entre España e Inglaterra muchos años, pero no le constaba que tuviera nada que ver con Suiza.

—Sí. Estoy segura.

—Pues qué raro. —Mina se encogió de hombros. Quizá el reloj había terminado en el extranjero por motivos que no venían al caso y fuese una información irrelevante—. ¿Y no se puede deducir nada más por la imagen?

Cualquier dato podía ser una pista y, en ese punto, tampoco tenía nada que perder.

—Me atrevería a decir que es uno de los relojes más complejos que he visto —reveló Mina— y, si realmente existe, podría valer millones de euros.

No solo por su antigüedad y el misterio que lo rodea, sino porque tiene todo lo que en su época se consideraban proezas: repetidor de minutos, carta celeste, calendario perpetuo y un indicador de reserva de marcha.

Sería muy interesante averiguar su historia, para qué te voy a mentir. Es una lástima…

Carlota resopló.

—En fin —concluyó Mina—, si me entero de algo más, te aviso. ¿Pedimos unas pizzas?

—Sí, no me apetece mucho salir. Hace frío.

—Venga, peli y manta.

La noche de fin de año, Carlota se puso un elegante vestido negro de gala.

Aunque solo fueran ellas dos, quería que fuera memorable.

Era de sobra consciente de la edad de su bisabuela y sabía que cada año podía ser el último.

Detestaba pensar en ello, pero no podía evitarlo; tal vez era su mente intentando prepararse para ese momento, para cuando de verdad estuviera sola en el mundo.

Se sacudió esos pensamientos y se miró en el espejo.

Echaba de menos cuando se sentía satisfecha frente a su reflejo.

Era alta y tenía buena figura; sus facciones eran algo afiladas, pero su melena azabache y corta las envolvía con delicadeza.

Tenía los ojos azul índigo, oscuros y almendrados.

No era una belleza clásica, pero tampoco era fea.

Sin embargo, se sentía un adefesio. Él se lo había llevado todo, hasta la seguridad en sí misma.

Dio media vuelta y salió de su casa en dirección al coche, con la sensación de que jamás se quitaría de encima la carga de ser insuficiente.

Alana había hecho honor a su palabra y se había puesto un traje chaqueta sobrio, pero con pedrería y lentejuelas.

Cuando su bisabuela la veía se le solían iluminar los ojos; no obstante, esa noche tenía el gesto un tanto ausente, como si estuviera lejos de allí.

Tal vez solo trataba de reunir el coraje para contarle lo que faltaba de su historia.

Mientras daban cuenta de la cena que la asistenta les había preparado, Carlota prefirió hablar del reloj. Era un terreno más seguro y, además, quería comprobar si Alana podía ofrecerle alguna pista para guiarla en la búsqueda.

—He hablado con Mina y dice que Le Nocturne Astronomique parece suizo —comenzó—. Quizá deberíamos buscar en Suiza. Puede que se encuentre en algún archivo, en un museo… qué sé yo.

Alana dejó de masticar por un instante y alzó la mirada hacia su bisnieta. Negó.

—Peiné el país hace cuarenta años —replicó—. No encontré nada.

Carlota frunció el ceño.

—Si ya sabías que era suizo, ¿por qué no me lo has dicho antes? —Era desquiciante lo críptica que podía llegar a ser a veces.

—Quiero que uses tu propia lógica. Si usas la mía, obtendrás el mismo resultado que yo.

—Pero necesito que me cuentes más cosas… Estoy en un callejón sin salida.

La condesa negó.

—Saldrás de ahí. Además, no quiero desviarme de la historia —cortó—. Estoy lista para contarte quién fui antes de convertirme en condesa y, si no lo hago ahora, tal vez no pueda hacerlo nunca.