La medida del tiempo La biblioteca #2
16%

La biblioteca #2

Me acercó el vestido y me lo puse con cuidado de no arrancar la pedrería que le daba ese brillo extraordinario. Se ocupó de hacerme unas ondas al agua, que eran su especialidad, y me miró el rostro unos segundos con fijeza antes de comenzar a maquillarme.

—Tiene los ojos hinchados…

—Pues encárgate de que no se note —repliqué, molesta. Era evidente que había estado llorando.

Mi doncella hizo una obra de arte y, para cuando terminó, mi rostro parecía el de una muñeca de porcelana: sin ninguna imperfección.

Incluso me puso carmín en los labios y las mejillas para darme color, como si así pudiera ocultar mi sombrío estado de ánimo.

Iba a retirarse para que tuviera algo de espacio antes de la cena, pero volví a hablarle cuando ya había posado la mano en el pomo.

—Maisie.

—Diga, milady .

—Gracias.

Me dedicó una leve sonrisa y se marchó. Suspiré y me miré al espejo, satisfecha. A continuación, me dispuse a bajar para escandalizar un poco a los invitados.

Entré en el salón caminando con tanta fuerza que los tacones resonaron como truenos entre las paredes de Wetherby Hall.

Arthur, al contrario de lo que había esperado, se alegró de verme y se tomó como un halago que hubiera usado el vestido que había diseñado uno de sus protegidos.

Supongo que lo interpretó como una disculpa en vez de un ataque, y se acercó a mí con una sonrisa amable.

—Querida, estás espectacular.

Me dio un casto beso en la mejilla y bajó la mano hasta el hueco de mi espalda, que quedaba al descubierto.

—Lamento haberte dicho todo eso antes —me susurró al oído.

Le sonreí y, aunque seguía furiosa con la situación, su disculpa me aplacó un poco.

Siempre había tenido debilidad por su espíritu amable.

El señor Harris no pudo evitar recorrer mi cuerpo con la mirada, quizá asombrado de lo que acostumbraba a ocultar bajo ropas más discretas.

En cambio, el señor Blackmore me miró con indiferencia y se limitó a hacerme un leve gesto de cabeza.

Reconozco que me molestó —y mucho— que sus ojos no me persiguieran y que se dedicara a ignorarme.

Quería que estuviera incómodo y, en vez de eso, la que lo estaba era yo.

¿En qué momento había creído que era una buena idea ponerme ese atuendo tan atrevido?

Me senté frente a Arthur y, para mi desgracia, el señor Blackmore tomó asiento a mi lado. No es que fuéramos demasiados y las posibilidades de esquivarlo se habían visto reducidas a la nada.

La conversación fue tediosa y, para colmo, se dedicaron a hablar sobre esa maldita transacción que estaba segura de que acabaría mal. El señor Harris se recostó en su silla con visible satisfacción.

—Debo reconocer, caballeros, que son ustedes unos visionarios. El momento no podría ser más oportuno. Con la guerra en Europa a punto de estallar otra vez, la industria americana no va a parar de crecer.

Arthur asintió con lentitud.

—Especialmente el ferrocarril —dijo—. Todo conflicto termina moviendo acero y carbón.

—También movilizará a hombres —añadió el señor Blackmore, haciendo girar su copa, con gesto reflexivo—: tropas, suministros, maquinaria.

El ferrocarril es la columna vertebral de todo eso, y perder esta oportunidad hubiera sido una lástima.

Ha tomado usted la mejor decisión, conde, aunque no todos la compartan.

Me miró de reojo, sabiendo que estas últimas palabras me iban a molestar, y no pude contenerme.

Le pisé con el tacón por debajo de la mesa y me regodeé en su cara de dolor, que se apresuró a ocultar.

Alcé el pie de nuevo con intención de aplastarlo como a un mosquito, pero él hizo algo que me paralizó por completo: puso la mano en mi muslo.

Contuve el aliento y él presionó lo suficiente como para que notara su piel caliente contra la mía.

Y, por supuesto, para que no pudiera volver a pisarlo. Tragué saliva.

El señor Harris sonrió, ajeno a lo que estaba ocurriendo.

—Exactamente, y los contratos federales no tardarán en llegar. Quien esté bien posicionado ahora —alzó la copa con ligereza— tendrá una década extraordinaria. Es usted un portento en los negocios, señor Blackmore.

El susodicho asintió con modestia y levantó su bebida también, como si no tuviera la otra mano en un lugar del todo inadecuado. Fue incluso capaz de dar un sorbo sin inmutarse, mientras yo intentaba volver a respirar.

—Por eso pensé que el proyecto merecía su atención, conde —comentó mientras movía los dedos hacia mi rodilla, donde la piel quedaba expuesta—. La ampliación de las líneas industriales hacia los puertos del Atlántico va a disparar el valor del suelo.

—Siempre que los puertos estén a la altura —respondió Arthur, que no se enteraba de nada.

Por fin reaccioné. Bajé la mano hasta la suya y le pegué un manotazo. Él la apartó y sonrió por lo bajo.

—Lo estarán —intervino el banquero—. Brooklyn lleva meses ampliando sus astilleros: la marina está encargando más buques de lo que muchos imaginan.

El señor Blackmore les sonrió, apoyando un codo en el brazo de la silla, con una confianza que me asqueaba.

—He pasado por allí hace poco, y es impresionante: grúas nuevas, diques en expansión… Cuando esos astilleros trabajen a pleno rendimiento, necesitarán trenes entrando y saliendo a todas horas.

Tu bisabuelo observaba a los dos hombres con absoluto interés, emocionado ante el trato que acababa de firmar. Quería gritarle delante de todos lo imprudente que estaba siendo, pero me mordí la lengua y casi me envenené.

—Así que su tesis es simple —dijo el señor Harris mirando a Blackmore—. Astilleros que crecen, ferrocarriles que se expanden y capital que se multiplica.

—En efecto —respondió con una sonrisa que hubiera engañado a cualquiera—, infraestructura. Siempre es una apuesta segura, y el acero nunca pasa de moda.

—Ni el dinero bien invertido —apuntó Harris.

Los tres chocaron suavemente las copas y tuve que unirme a ese absurdo brindis que lo único que me provocaba eran ganas de vomitar.

—Dentro de unos años recordaremos esta noche —zanjó el señor Blackmore y me miró con descaro. Deseé volver a pisarle, pero no me atreví. Todavía sentía el calor de su mano sobre mi pierna.

El resto de la velada fue más distendida y decidí retirarme a la biblioteca. No soportaba estar por más tiempo en la presencia alegre de esos tres hombres, que parecían haber cerrado el negocio de sus vidas.

Me refugié en una novela de misterio, como si en los asuntos sin resolver de esos personajes ficticios pudiera encontrar cierto consuelo, aunque no logré concentrarme.

Al final, devolví la novela a la estantería y me dejé caer sobre el sillón que había junto a la ventana.

Miré hacia el exterior. Ya era noche cerrada y la campiña estaba bañada por una fina lluvia; se había levantado ventisca.

No me costó adivinar que el banquero y el señor Blackmore abusarían una vez más de la hospitalidad de Arthur y se quedarían a pasar la noche en Wetherby Hall.

Me dije que poco importaba, haría todo lo posible por esquivarlos.

Estaba absorta en uno de los pocos árboles que rodeaban la casa, que se mecía agónicamente bajo un viento demasiado fuerte, y me pregunté si la tempestad lo arrancaría o si resistiría a los embates de la vida, como yo.

Cogí un libro que había sobre la mesita y comencé a juguetear con él, aunque no lo abrí.

Entonces escuché unos pasos tras de mí. Me volví sobresaltada porque, por supuesto, no pensaba encontrarme con nadie en la biblioteca cerca de las doce de la noche.

Era él.

Me observaba apoyado en el umbral de la puerta, con una copa de brandy en la mano. Por la cantidad de alcohol que había en ella, deduje que ni siquiera lo había probado. Tal vez, como yo, no bebía cuando había más gente, para no destapar su farsa.

—La estaba buscando —me dijo.

Me puse en pie con aparente calma y me agarré al libro como si fuera un ancla. Luego me acerqué un poco, pero mantuve una distancia prudencial.

—¿Qué es lo que quiere? —solté con brusquedad.

Recorrió el espacio que nos separaba y se quedó frente a mí. Yo fingí que no me afectaba su proximidad y lo miré con dureza.

—Tan solo quería saber si se había recuperado de la herida en la pierna. La mordió un lobo, después de todo.

—¿Era eso lo que estaba comprobando antes en la mesa? —repliqué mordaz.

Él se rio ante mi ocurrencia y tuve la sensación de que era genuina, algo diferente a las carcajadas que emitía cuando Arthur decía algo supuestamente gracioso.

—Sabe que no.

—¿Qué es lo que quiere? —repetí.

—Ya se lo he dicho…

Di un paso amenazante hacia él, aunque las únicas armas que poseía eran un libro bastante pequeño y mi arrojo.

—No me refiero a eso. ¿Qué quiere de nosotros? ¿Por qué se ha acercado a Arthur?

Apretó los labios y me encontré mirándole la boca. Me dedicó una mirada de desconcierto fingido.

—No entiendo la pregunta, solo quiero ayudarle a recuperar el esplendor de su fortuna.

—¿Y qué gana usted con eso?

—Soy asesor —replicó—, por supuesto que me llevo una comisión, como es habitual.

—Sé que pretende algo más.

—Claro que no, soy un hombre honrado —mintió. Yo sabía que mentía.

—Escúcheme, señor Blackmore, si es que ese es su verdadero nombre. —Me acerqué mucho a él y tuve que alzar la cabeza para encontrarme con su mirada—. Sé que ha cerrado este trato de manera deshonesta, sé que quiere sacarle todo ese dinero a Arthur. Y no me creo ni una palabra de lo que dice.

Me dejé llevar por la ira y clavé mi dedo en su pecho, pero él no se movió, dispuesto a recibir mi rabia.

—Deshaga el contrato y márchese de nuestras vidas —le exigí. Él se rio y negó con la cabeza, parecía que mi petición lo divirtiera—. ¿Qué le resulta tan gracioso?

Lo empujé levemente y me di cuenta de que estábamos bastante cerca de una de las estanterías. Contuve las ganas de lanzarlo contra ella y tirarle una pila de libros encima. Quizá por eso dejé la mano sobre su americana, lista para atacar.

—Usted.

—¿Se está riendo de mí? Es usted un insolente, un farsante y un rufián.

No permitiré que, con sus sucias artimañas, amenace todo lo que he conseguido.

Se lo pregunto por última vez, ¿qué es lo que quiere?

¿Dinero? Diga una cantidad y le extenderé un cheque, pero márchese.

—Se quedó en silencio y lo acorralé un poco más, instándolo a contestar—. ¡Dígame lo que quiere de una vez!

Puso una mano sobre la mía y me agarró de la muñeca para quitarla de su pecho.

Me miró muy fijamente unos instantes, con una nueva oscuridad en el azul de sus iris: puede que lo hubiera enfadado de verdad, aunque poco me importaba.

Quería gritarle. Entonces tiró de mí y me estampó contra su cuerpo.

Lo observé desconcertada unos instantes; sentía su pecho contra el mío, su brazo moviéndose para rodear mi cintura, el pulso acelerado a través de la ropa.

Se agachó y, antes de que pudiera reaccionar, atrapó mi boca con la suya.

Reconozco que flaqueé un instante. Sus labios eran cálidos, sugerentes, muy diferentes a los de cualquier otro hombre que hubiese conocido antes.

Estuve a punto de darle acceso, de rendirme a él.

Sin embargo, mi cabeza tomó el control con rapidez.

Por muy magnético que fuera, era un timador; jugaba con eso.

Lo aparté de un empujón y, entonces sí, su espalda se estrelló contra los libros. Le di una bofetada con todas mis fuerzas.

—¿Qué se cree que está haciendo? —grité, agitada. Me costaba respirar con normalidad—. Sé el tipo de hombre que es usted, uno lleno de secretos y mentiras. A mí no me engaña.

Él se llevó la mano a la mejilla y me miró con el ceño fruncido.

—Cuidado, condesa, yo también conozco sus secretos.

Me quedé congelada. No era el simple hecho de que me hubiera amenazado, sino el idioma en que lo había hecho: en español.

Muy poca gente conocía mis verdaderos orígenes por ese entonces, ni siquiera Arthur.

El señor Blackmore suspiró, como si la situación no hubiese salido como él esperaba, y dio media vuelta para desaparecer de mi vista.