La medida del tiempo La biblioteca
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La biblioteca

Pensé que las aguas se habían calmado. Fui un tanto ingenua, lo reconozco, y unos días más tarde, cuando el señor Blackmore visitó a Arthur, ni siquiera le presté atención.

Me descolocaba cada vez más con su extraña actitud y prefería mantenerme alejada.

Tenía muy claro que era un seductor y que estaba intentando que cayera en sus redes; igual que había hecho con mi marido, pero de otra forma.

El solo pensamiento me ponía nerviosa, así que, durante los días siguientes a nuestra accidentada excursión, me ocupé activamente de evitarlo.

Cuando se encerraba con Arthur en su despacho, ya no los observaba a escondidas.

Me parecía horrorosa la idea de que volviera a sorprenderme espiando y me mirara de nuevo con esos ojos azules tan llenos de intensidad. Y ese fue uno de mis mayores errores.

Dejé de vigilarle. Bajé la guardia.

Debería haber sospechado que algo grave estaba pasando cuando el señor Harris se unió a una de sus reuniones.

Pensé que simplemente estarían tomando un coñac mientras hablaban de finanzas sin importancia.

Sin embargo, cuando los tres salieron de esas cuatro paredes unas cuantas horas más tarde, mostraban una expresión agotada pero satisfecha.

Los observé desde la lejanía con curiosidad.

Estaba a punto de esconderme del escrutinio del señor Blackmore, pero no dejó escapar la oportunidad de saludarme con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa que no supe descifrar.

—Querida, aquí estás —me dijo Arthur, haciéndome un gesto para que me acercase.

Le dediqué una sonrisa tensa. No había nada que desease más que alejarme, pero obligué a mis piernas a moverse hacia ellos.

Mi marido me agarró del brazo con suavidad y el señor Blackmore bajó la mirada hacia la mano de Arthur, situada sobre la fina organza que cubría mi piel.

Fue solo un instante, pero me di cuenta.

Alcé la barbilla y me situé junto a mi marido; quería demostrarle de qué lado estaba.

Iba a proteger los intereses de tu bisabuelo, costara lo que costase.

—Quiero darte una buena noticia —continuó Arthur. Fruncí el ceño y un escalofrío me recorrió la espalda—. He firmado ese acuerdo del que te hablé con el señor Blackmore.

Casi agradecí que me estuviera sosteniendo. Entonces comprendí por qué llevaban horas discutiendo en el despacho y por qué el banquero los acompañaba. Palidecí.

—¿El… el acuerdo sobre los ferrocarriles y los astilleros de Brooklyn? —pregunté con la poca entereza que me quedaba.

—El mismo. El señor Blackmore nos asegura un éxito sin precedentes y el señor Harris ha avalado el trato con nuestros bienes, que se verán triplicados en cuestión de un par de años. Ya lo verás.

Miré al señor Blackmore con indignación, porque estaba segura de que todo eran patrañas. El señor Harris no parecía para nada alterado, como si el trato que ponía en jaque toda nuestra fortuna fuera de lo más acertado. ¿Es que nadie se daba cuenta de que ese hombre ocultaba algo?

—¿Puedo hablar contigo en privado? —logré articular dirigiéndome a mi esposo.

Arthur frunció el ceño, pero asintió.

—Si nos disculpan un segundo…

Los dos asintieron levemente y mi marido me condujo hasta su despacho.

No era un lugar en el que acostumbrara a entrar.

Era su santuario: había esculturas de algunos de los artistas a los que ofrecía mecenazgo, cuadros a medio hacer, manuscritos de escritores emergentes…

Era un caos del que no dejaba que nadie se ocupara; las doncellas tenían prohibida la entrada y solo accedía a que lo limpiaran un par de veces al año y bajo estricta supervisión; estaba segura de que temía que alguien rompiera una de sus valiosas piezas.

El lugar apestaba al humo de los puros que solía fumar cada tarde y se encontraba atestado de cachivaches, así que yo tampoco mostraba demasiado interés en entrar allí; la mera imagen de su desorden me causaba ansiedad.

—¿De verdad has accedido a ese trato?

Arthur me miró como si le estuviera haciendo la pregunta más estúpida de la historia.

—Es una gran oportunidad.

—Y un gran riesgo.

—El señor Blackmore me ha asegurado que…

—¡Ese hombre es un farsante! —solté elevando un poco la voz, incapaz de contenerme.

Se hizo un silencio incómodo. No solía perder los papeles delante de tu bisabuelo, llevaba años ocupándome de ocultarle mi temperamento.

Apreté los labios con fuerza al darme cuenta de que había perdido el control durante un instante y tomé aire para reconducir la situación.

No quería que se cerrase en banda—. Lo siento.

Es solo que estamos apostando toda nuestra fortuna por las ideas de ese hombre. ¿Tan seguro estás de que es de fiar?

—Por supuesto que lo es.

—Lo conoces solo desde hace un par de meses, quizá…

—El señor Harris lo conoce muy bien y varios de los hombres del club de caballeros de Londres han hecho tratos con él. Los ha vuelto millonarios con sus consejos, Alana. ¿Por qué crees que no va a funcionar esta vez?

Me froté las uñas con el pulgar. En realidad, no tenía pruebas, tan solo ese sentimiento en la boca del estómago que me avisaba del peligro inminente.

—No me fío de él.

Arthur se rio sin ganas.

—Querida, tú no te fías de nadie.

—De él, menos. Créeme, por favor. —Mi tono se volvió suplicante. No quería verme en la calle. La idea me horrorizaba y me provocaba unas atroces ganas de llorar.

—Es un hombre de palabra —replicó, testarudo—. Además, ya está hecho. El señor Harris tiene el documento con el acuerdo firmado.

—Deshazlo —le pedí—, estás a tiempo de destruir ese contrato. Puedes decir que lo has pensado mejor y…

Me dedicó una mueca de disgusto. Jamás me había mirado así, y sentí vértigo. No soportaba la idea de perder su favor, de que se cansara de mí.

—Qué vas a saber tú —zanjó con desprecio—. No pienso cambiar de opinión, ni desdecirme de mi decisión. Ahora, por favor, salgamos y actúa como la condesa que se supone que eres.

Fue como si me clavase un puñal en el corazón. Nunca habíamos discutido y era la primera vez que lo veía enfadado conmigo. Jamás me había dicho algo tan cruel. Me temblaron los labios y contuve las ganas de llorar. Alcé la cabeza mostrando un orgullo que no sentía en realidad, tomé aire y asentí.

Arthur salió después de mí y volvió a estrecharle la mano al señor Blackmore y al señor Harris con efusividad.

—Será el negocio del siglo —les dijo, y me miró de reojo.

Forcé una sonrisa y el señor Blackmore me observó más serio de lo normal; creo que se percató de mi incomodidad.

—¿Por qué no lo celebramos esta noche con una cena? —les sugirió Arthur.

Lo miré con horror. Todavía no me había recuperado del golpe, ¿cómo iba a fingir toda la noche que los nuevos acontecimientos no me provocaban un profundo malestar?

—Será un gran honor —remató el señor Blackmore.

El banquero secundó la propuesta y yo me disculpé con la excusa de tener que marcharme a la cocina para preparar nuestro pequeño banquete.

Me pasé la tarde encerrada en mi habitación, llorando y gritando de rabia contra la almohada.

Me había sentido impotente muchas veces en mi vida, pero hacía años que tenía una falsa sensación de control sobre ella; fue duro darme cuenta de que seguía siendo un títere en manos de otros: de mi marido, de la sociedad e incluso del insufrible señor Blackmore.

Lo odiaba con todas mis fuerzas y me pasé unas cuantas horas preguntándome cómo iba a mirarle a la cara y contener las ganas de decirle lo que pensaba sobre él.

En realidad, ya le había dejado claro que no era santo de mi devoción en casi todos nuestros encuentros, pero en esos momentos tenía el oscuro deseo de soltarle toda la verdad: que sabía el tipo de persona que era, que conocía muy bien sus trucos y que me encargaría de hacerle la vida imposible si se atrevía a arruinarnos.

Entonces recordaba que ya no tendría poder ninguno si eso ocurría, porque el bueno de Arthur se había encargado de arriesgarlo todo con su ingenuidad.

Cuando llegó la hora de la cena, no había logrado aplacar mi frustración, por supuesto. Maisie apareció en mi habitación para anunciarme que los invitados estaban al llegar.

—He visto el coche del señor Blackmore acercarse por el camino —me dijo en voz baja y con mucha prudencia—. Y usted está en… en camisón.

La miré furiosa.

—Me da igual. Que espere —espeté.

La pobre doncella carraspeó.

—Pero hacer esperar a los invitados…

Me levanté de la cama en la que llevaba toda la tarde revolviéndome y me acerqué a ella, furiosa. Yo nunca había sido demasiado corpulenta y Maisie era mucho más alta que yo; aun así, se encogió sobre sí misma. Me sentí mal por ella, pero no conseguí calmarme.

—Soy la condesa de Ravenshire, Maisie, y él no es nadie —afirmé con soberbia.

—Pero el conde desea que baje para acompañarlos.

Cerré los ojos, apreté los puños para no romper a llorar ni lanzar mi furia contra los objetos de lujo que se encontraban sobre los muebles de la habitación y conté hasta diez.

—Está bien.

Maisie suspiró aliviada. Se dirigió al armario y sacó uno de mis vestidos de gala.

—Ese no —le dije—, es demasiado recatado.

Ella me miró sin comprender. Solía pedirle los modelos más discretos, aquellos que no hacían resaltar demasiado mis curvas ni mi belleza, para no incomodar. Sin embargo, esa noche quería incomodarlos a todos. Tal vez era una pataleta, pero era muy joven y no se me ocurrió nada mejor.

—¿Entonces? —quiso saber Maisie, un poco perdida.

—El rojo. Quiero el rojo.

Abrió mucho los ojos. Me lo había regalado un diseñador de moda bastante disruptivo; era amigo de Arthur, pero no me había atrevido a ponerme ese modelo en las cenas a las que había acudido, ni siquiera en la intimidad.

Tenía un profundo escote que llegaba hasta el esternón, era ajustado y contaba con una abertura en la pierna del todo indecente.

—¿Está usted segura?

—Segurísima.