La medida del tiempo Falsas apariencias #3
14%

Falsas apariencias #3

Entonces escuché los gruñidos. Estaba tan ocupada con mi catarsis que no me había percatado de la jauría de lobos que nos acechaba tras los arbustos.

Freya continuaba nerviosa, quizá sabiéndose acorralada desde mucho antes que yo.

Traté de serenarla sin demasiado éxito, porque yo me sentía igual.

Miré a un lado. A otro. Estábamos rodeadas.

Cuando te encuentras frente a una criatura salvaje, lo peor es dudar.

Debería haberlo sabido por experiencia. Pero dudé.

El primer lobo saltó hacia la pata delantera de Freya.

Mi yegua emitió un relincho agónico y se echó para atrás con tal de quitarse al animal de encima.

Caí de espaldas y grité cuando impacté contra el suelo, lleno de piedras y barro.

Tardé unos segundos en reaccionar. Demasiado.

Cuando quise darme cuenta, una de esas feroces bestias me había atrapado la bota.

Logré sacar el pie a tiempo, pero me desgarró un poco la piel con sus fauces.

Se ensañó con la suela y aproveché para arrastrarme un par de metros, aterrada y sin aliento.

Freya ya no relinchaba. De reojo distinguí que cuatro animales más se habían lanzado sobre ella.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Traté de ponerme en pie cuando vi a tres lobos más acercándose a mí.

Esa fue la segunda vez en mi vida que creí que iba a morir.

Uno de los animales se abalanzó contra mí y lancé una patada desesperada contra su cuello, desviando su trayectoria.

Sabía que estaba perdida, pero no dejé de luchar.

Entonces escuché un rugido atronador. Los pájaros salieron volando de las copas de los árboles bajo las que se habían refugiado de la lluvia.

El lobo que tenía más cerca cayó muerto frente a mí.

Grité. Otra detonación. Un segundo lobo se desplomó.

El resto salió corriendo antes de que pudieran darles caza.

Me encontraba en estado de shock , empapada y llena de barro de la cabeza a los pies; aun así, me arrastré hasta Freya.

—No, no…

Acaricié su cuello en busca de vida, pero sus grandes ojos negros miraban a ninguna parte.

Solté un grito de rabia. Entonces escuché los cascos de otro caballo.

Reconocí antes al corcel negro que a él.

Estaba demasiado aturdida. El señor Blackmore todavía sostenía la escopeta en la mano; la dejó en la alforja y desmontó de un salto.

Corrió hacia mí y, por primera vez, lo vi sin ese semblante lleno de arrogancia. Parecía preocupado de verdad.

— Milady , ¿se encuentra bien? —Miró en dirección a mi pierna descubierta.

El animal había desgarrado la tela de mi pantalón y de mi calcetín, y tenía varias heridas en el tobillo. Supongo que la adrenalina del momento me impidió sentir dolor.

—Sí. No. Freya… Freya…

—Lo sé. Lo lamento. —Su voz sonaba serena y logró que poco a poco volviera a la realidad—. ¿Puede ponerse en pie?

Miré mi pierna magullada y me incorporé.

Al hacerlo, me encogí de dolor y él me sostuvo con cuidado para que no cayera.

Puso una mano alrededor de mi cintura y llevó mi brazo hacia su cuello para que me apoyase en él.

Comenzamos a andar hacia el semental negro que Arthur le había prestado.

Me ayudó a subir y él se puso detrás. Traté de ignorar la cercanía de su cuerpo, pero hacía tiempo que no me había sentido tan vulnerable, así que me recosté contra el calor de su pecho.

Él no dijo nada y rodeó mi cintura para tomar las riendas.

Se apresuró a sacarme de allí. Sin embargo, en cuanto salimos del bosque, la tormenta empeoró. Tal vez era porque las ramas de los árboles ya no se encontraban allí para frenar la lluvia y los truenos que estallaban a nuestro alrededor.

—Enseguida llegaremos —me mintió.

Era consciente de que por lo menos nos quedaba una hora de camino y era peligroso recorrer la campiña con ese tiempo; los rayos eran traicioneros. Señalé hacia un lado.

—A pocos metros de aquí hay un establo —logré articular.

Todavía estaba impactada por la súbita pérdida de Freya, por el miedo, por saberme mortal de nuevo. A veces vivimos entre algodones, entre tantas riquezas que nos creemos inalcanzables, hasta que la vida se encarga de recordarnos que solo somos seres humanos, y no dioses.

El señor Blackmore no discutió e hizo girar al caballo con maestría en la dirección que le había indicado.

Llegamos poco después. Fue un alivio dejar de sentir la lluvia sobre la piel, aunque estuviera calada hasta los huesos.

Me retiré el cabello de la cara y me dejé caer sobre el heno que había en un rincón del establo, agotada.

Él condujo al semental hacia una de las cuadras y luego se acercó a mí. Se sentó a mi lado.

—¿Cómo está? —Me preguntaba por mi tobillo, pero hacía rato que había concluido que se trataba de un simple rasguño. Había otra cosa que dolía más.

—Freya… —No podía quitarme de la cabeza su cuerpo desmadejado en el suelo.

—Enviaremos a alguien a buscarla —me aseguró, aunque él no tenía potestad ninguna en la casa.

En cualquier caso, yo misma me encargué de darle una sepultura digna bajo uno de sus árboles favoritos al día siguiente.

Nos quedamos callados bastante rato. Yo necesitaba ese silencio, y solo se escuchaba la lluvia desatada golpeando el tejado que nos refugiaba. Tampoco sabía qué decirle. Odiaba a ese tipo, pero me había salvado de una muerte segura. ¿Cómo tenía que sentirme al respecto?

—Supongo que debo darle las gracias —solté al fin, cuando me había recuperado un poco.

Lo miré. Había estado tan ofuscada que no me había molestado en posar mis ojos sobre él.

Fue entonces cuando me di cuenta de que el señor Blackmore estaba tan empapado como yo: el cabello negro se le pegaba a la frente y sus iris brillaban todavía más, como si fueran dos charcos de lluvia; la ropa se le había pegado al cuerpo y su camisa blanca dejaba entrever los músculos que escondía bajo el traje.

Me puse nerviosa y bajé la vista hacia mi propio atuendo, porque era igual de blanco.

Efectivamente, había corrido la misma suerte y mi ropa interior se transparentaba.

Se me encendieron las mejillas y traté de calmarme.

Si él se había dado cuenta, había tenido el buen gusto de no decir nada.

—No hay de qué —murmuró. Se apartó el cabello de la frente y se secó el agua de la cara con las manos. Ese absurdo movimiento me pareció de lo más obsceno. Estaba perdida. Carraspeó y traté de centrarme en los hechos, que eran del todo irregulares.

—¿Cómo me ha encontrado?

El señor Blackmore torció el gesto.

—La estaba siguiendo.

—Me gusta que sea sincero por una vez —repliqué. Me sentía más cómoda en nuestro tira y afloja—. ¿Y puedo saber por qué me seguía?

—Por si no se ha dado cuenta, me resulta usted fascinante, milady . Simplemente quería saber adónde iba y por qué se había separado del grupo.

Contuve el aliento y traté de quitarle importancia a que me encontraba a solas con ese hombre en medio de la nada. Lo peor de todo es que sentía una cosa muy distinta al miedo.

—No me gusta la gente —anuncié, aunque a esas alturas era evidente para él—. De todos modos, ¿no le parece indecente seguir a una mujer?

—Creo que los dos sabemos que no soy un hombre decente. —Clavó los ojos en mí y me estremecí bajo su escrutinio.

—Hay algo que no dejo de preguntarme —repliqué desviando la conversación—. Lo vi tirando al plato ayer…

—Así que usted también me vigila en secreto —me interrumpió con una sonrisa—, y no solo tras las paredes.

Esta vez no me tensé: mi ataque iba a ser mi mejor defensa.

—¿Cómo es posible que alguien que demostró tan mala puntería ayer haya acertado a la primera contra los lobos que me estaban atacando?

Se le borró la sonrisa del rostro.

—Tiene una mente retorcida.

—No más que usted.

Él se mordió el labio inferior y yo miré su boca. Creo que fue la primera vez que quise besarlo. Evidentemente me contuve. Me puse en pie y me sacudí el heno de mi ropa empapada. Algo imposible, en realidad.

—La tormenta ha amainado, ¿volvemos?

—Veo que está deseosa de montar conmigo de nuevo.

Me puse roja, porque no había pensado en ello.

—No diga tonterías.

Y regresé a Wetherby Hall tiesa como un palo, procurando no tocar ni un milímetro de su cuerpo.