La medida del tiempo Falsas apariencias #2
13%

Falsas apariencias #2

Esta vez tuve más suerte y durante la cena me senté bien lejos del señor Blackmore, entre una dama y un caballero que tenían buena conversación, así que me limité a beber un poco de vino mientras cenaba con cierta tranquilidad.

Arthur, que estaba unos cuantos asientos más allá, charlaba con el banquero y un artista, en un intercambio que debía de ser bastante divertido, a juzgar por sus carcajadas; quizá era el alcohol, que corría libremente por la mesa.

Los músicos a los que había contratado con escasa antelación aparecieron a la hora acordada y comenzaron a tocar unos cuantos swings tras los postres.

Pensé que sería música de fondo, pero los invitados comenzaron a animarse y me reprendí por no haber controlado mejor la afluencia de vino.

La mitad lucían las mejillas arreboladas y la nariz roja: la noche iba a ser un infierno.

Di un par de tragos de mi copa para ver si me emborrachaba yo también, pero entrecerré los ojos con disgusto; ya sabes que nunca me ha gustado beber.

Me estaba quedando sola en la mesa. No me importaba demasiado y, de hecho, me sentía más tranquila sin las risotadas y charlas banales circulando a mi alrededor.

Tomé aire con más profundidad de la que me había permitido en todo el día y cerré los ojos para disfrutar de ese remanso de paz.

Sin embargo, cuando los volví a abrir, me encontré con una mano frente a mí.

—¿No baila, milady ?

Abrí mucho los ojos cuando me topé con la mirada del señor Blackmore.

—No. No me gusta.

Él sonrió.

—Solo una canción. Esta es muy buena. —Estaban tocando Moonlight Serenade, de Glenn Miller.

Me horrorizó la idea de bailar con él. Miré hacia la pista de baile, donde un montón de parejas se movían lentamente, más agarrados de lo que era correcto para mí. Muchos ni siquiera eran pareja o, por lo menos, no de manera oficial.

—Vamos —insistió. Me crucé de brazos—. ¿Disfruta viéndome suplicar? Puedo arrodillarme, si lo desea, aunque será raro. Es posible que la gente comente cosas…

Me puse en pie de inmediato y lo fulminé con la mirada. Sabía cuál era mi punto débil y por nada del mundo quería ser el centro de atención; y mucho menos, el de un escándalo. Puse mi mano en la suya, tratando de no pensar en la sensación que me provocaba, y me llevó a la pista de baile.

—Si no sabe bailar, puedo…

—Sé bailar perfectamente, señor Blackmore —lo interrumpí.

Él sonrió y admito que, de tan cerca, su mirada era aún más inquietante.

Contuve la respiración cuando deslizó una mano por mi cintura y me atrajo hacia él con cierta brusquedad.

Puse las manos alrededor de su cuello y comencé a moverme al ritmo de la música.

Clavé la vista en un punto lejano por encima de su hombro; me resultaba impensable mirarlo a la cara.

—No esté tan tensa… —me susurró al oído.

Aún me puse más rígida y rio por lo bajo. Estaba tan enfadada con él que lo pisé a propósito. Lo oí gruñir y entonces fui yo quien sonrió.

—Discúlpeme, qué torpe soy.

Él arqueó una ceja y me hizo dar una vuelta sobre mí misma, hasta dejarme de espaldas contra él. Puso una mano sobre mi vientre con ligereza y tuve la sensación de que pasaría un cuchillo por mi garganta; sin embargo, lo único que hizo fue susurrar unas cuantas palabras más contra mi oído:

—Le gusta mucho mirar sin ser vista —su voz era como un ronroneo—, ¿qué siente ahora?

Me dio otra media vuelta y me topé con sus ojos. No sabía qué decirle, porque era evidente que me había pillado espiándole de nuevo.

—Sé lo que está intentando —solté—, y no le va a funcionar conmigo. No es usted tan irresistible como se cree.

Él sonrió, poniendo en duda mi afirmación.

—Tiene las pupilas dilatadas, milady . ¿Sabe que los ojos son lo único que no miente?

Me enderecé.

—A usted le mienten hasta las pupilas —espeté, y él soltó una carcajada ante mi ocurrencia—. Y no voy a permitir que…

—¡Pero si están aquí mis dos personas favoritas! —Arthur apareció de la nada.

Empujé al señor Blackmore por los hombros con la sensación de haber estado haciendo algo indecente; en cambio, él no quitó la mano de mi cintura.

Quise pedirle que me soltara, pero parecía dispuesto a incomodarme hasta el fin.

Para colmo, mi marido no se mostraba en absoluto molesto.

Al contrario, nos observaba con una sonrisa bobalicona y las mejillas arreboladas, con su cámara Leica en la mano.

De un tiempo a esa parte se había aficionado a la fotografía y no era la primera vez que la sacaba en medio de un baile o una cacería.

Estuve a punto de resoplar, pero mantuve el tipo.

—Déjenme hacerles una fotografía —nos pidió, claramente borracho.

—No será necesario, Arthur —repliqué con una sonrisa tan estirada como la cuerda de un violín.

—Ya sabes que me gusta inmortalizar estos momentos —amenazó, alzando la cámara frente a nosotros como si de un arma se tratara.

El señor Blackmore me estrechó contra su costado, dispuesto a posar. Yo lo miré indignada y él me dedicó una sonrisa. Arthur disparó antes de que pudiéramos girarnos hacia el objetivo, cuando yo tenía los labios entreabiertos en una protesta y él me clavaba esa mirada demasiado intensa.

—Perfecto, perfecto —dijo Arthur entre risas—. Haré dos copias. Voy a hacerle unas fotografías al alcalde y a su esposa para resarcir el incidente del otro día con el collar.

Tu bisabuelo desapareció y yo puse la mano sobre la del señor Blackmore para apartarla de mi cintura de un zarpazo.

—No vuelva a tocarme así, se lo advierto.

—Podría ser incluso placentero, si usted quisiera…

Abrí mucho la boca ante lo implícito de sus palabras y noté que se me ponían rojas las mejillas.

—No lo abofeteo porque estamos en público.

Él inclinó la cabeza en una falsa muestra de respeto y se perdió en la fiesta.

Yo decidí retirarme a mi cuarto, demasiado sofocada como para comportarme con normalidad.

Eché el cerrojo, por si acaso. No estaba segura de lo que era capaz de hacer ese hombre y, lo peor, es que dudaba incluso de mí misma, para qué te voy a mentir.

Dormí muy inquieta porque el señor Blackmore tuvo la osadía de aparecerse hasta en mis sueños de formas muy poco ortodoxas y con muy poca ropa. No te escandalices, niña, que yo también he sido joven.

Me levanté con el cuerpo dolorido por la tensión que me había acompañado durante la noche y con unas buenas ojeras, que traté de ocultar a base de un maquillaje que resultó ser insuficiente.

Me lo encontré acompañado de Arthur y unos cuantos invitados más en uno de los salones.

Saludé distraídamente y me apresuré a colarme en la cocina en busca de un poco de sustento.

No tenía ninguna intención de desayunar con él ni con ninguno de los amigos de tu bisabuelo; ya había socializado más de lo que era soportable para mí la noche anterior.

Sin embargo, mi amado esposo decidió lo contrario y me pidió que los acompañase en un paseo a caballo por la campiña.

Traté de escudarme en el cielo grisáceo de la mañana y en el frío que había llegado junto a ese amanecer triste.

No obstante, Arthur no solía interpretar muy bien mi lenguaje no verbal —ni el verbal—, así que, a pesar de mis reticencias, me vi obligada a ponerme la ropa de montar, mientras que las demás mujeres consiguieron quedarse en la casa tomando el té.

Por una vez, detesté que tu bisabuelo fuese tan moderno y no le importase que una mujer llevara pantalones de hombre ni se uniera a sus paseos mayoritariamente masculinos.

Me subí a Freya, mi yegua, con agilidad; estaba acostumbrada a la equitación y, de hecho, era un deporte que me fascinaba y al que me había aficionado desde que me había convertido en condesa.

Poco me importaba en realidad el clima, había montado con tempestades peores que las cuatro gotas que caían en esos momentos.

Lo malo es que Arthur lo sabía y mi excusa no había funcionado.

Mi marido les dejó varios caballos a sus invitados.

Al señor Blackmore le prestó un semental negro bastante difícil de dominar.

Supongo que lo hizo porque era el más alto del grupo y necesitaba un corcel de su tamaño.

Deseé en secreto que ese animal testarudo lo tirara de la silla y lo dejase en ridículo.

Sin embargo, en cuanto montó, me di cuenta de que no era tan torpe sobre el caballo como disparando al plato.

Me resigné y me puse la última de la fila en cuanto todos estuvieron sobre sus monturas.

Mi idea era desviarme de la excursión y dar un paseo a mi aire; Arthur sabría disculparme y no se enfadaría.

Yo estaba acostumbrada a sus rarezas y él, a las mías.

En cuanto tuve oportunidad, me separé del grupo y me adentré en un pequeño bosque que había en uno de los laterales del terreno, algo alejado de la casa y del camino principal.

Era mi refugio espiritual, por llamarlo de alguna forma.

Cuando la situación me sobrepasaba, corría a ese lugar, me perdía entre los robles, las hayas y los fresnos y aspiraba el aroma que soltaban sus hojas.

Me llenaba los pulmones de esperanza y salía de allí renovada.

Llevaba ya un buen trecho de bosque recorrido cuando comenzó a llover con intensidad.

Las copas de los árboles eran tan frondosas que ni siquiera me había dado cuenta de la ausencia de luz, del cielo que se había ido ennegreciendo por momentos con nubes de tormenta.

Resoplé y di media vuelta con la intención de volver a casa, aunque sabía que terminaría empapada en cuestión de segundos.

Avancé lo más rápido que pude entre la vegetación, hasta que la yegua comenzó a hacer movimientos erráticos y a mover la cabeza de un lado a otro, como si se sintiera atrapada.

—Shhh —intenté calmarla, poniendo una mano en su cuello con una caricia—, ¿qué pasa, Freya?