La medida del tiempo Falsas apariencias
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Falsas apariencias

Tras mi última conversación bajo la lluvia con el señor Blackmore, me fiaba todavía menos de él, así que me dediqué a espiarlo a través de las paredes cada vez que pisaba el despacho de Arthur.

Sabía que estaba siendo temeraria y que quizá él se daba cuenta de que le andaba a la zaga; después de todo, me había pillado observándolo en su habitación y había tenido la desfachatez de hacérmelo saber.

Me dije que no importaba, porque en el fondo mi misión era proteger al ingenuo de Arthur de sus artimañas, y eso merecía usar cualquiera de mis medios.

Lo cierto es que las conversaciones entre Arthur y el señor Blackmore eran soporíferas: experiencias financieras, tendencias bursátiles y tiro al plato, que era el deporte favorito de tu bisabuelo.

Yo me pasaba horas aburrida contra la pared, la mayor parte del tiempo agachada para no quedarme de pie como una estatua.

Pero mi sacrificio valió la pena porque, una tarde, el señor Blackmore volvió a sacar a relucir aquella idea de invertir en los astilleros de Brooklyn y la historia de los ferrocarriles.

—El mundo se está preparando para algo grande —dijo con un entusiasmo casi contagioso.

—Para una guerra, querrá decir.

Pude ver que el asesor apretaba los labios.

—Lo que sea —replicó con un aspaviento—, pero es una oportunidad única y el tiempo apremia. ¿Ha pensado ya si quiere acciones en el negocio?

Mi corazón se saltó un latido. Si Arthur entraba en ese juego, terminaríamos arruinados: lo sentía en las entrañas.

Quise atravesar los muros y detenerlo antes de que accediera a esa debacle.

Sin embargo, no hizo falta. Tu bisabuelo se inclinó hacia atrás en el sillón e imaginé que iba a rechazar —o por lo menos retrasar— la decisión.

Eso me daba margen para convencerlo de lo contrario.

—Todavía no lo tengo claro. ¿Hasta cuándo es el plazo?

El señor Blackmore contuvo la respiración en el pecho y supe que, a pesar de que no lo mostraba, se había enfadado. Le dedicó una sonrisa tranquilizadora a mi marido, una que no me creí. Se estaba impacientando.

—La primera semana del mes que viene abrirán las inversiones a capitales americanos. Le aconsejo que sea antes o podríamos quedarnos sin nada.

Entonces miró hacia la pared con fijeza.

Sabía que yo me encontraba detrás, que lo estaba escuchando todo, y no parecía importarle demasiado; de hecho, el muy descarado me sonrió levemente, como si le divirtiera ese absurdo juego.

Me retiré de inmediato y contuve un grito de rabia.

Me ardían las manos por las ganas de abofetearlo y así borrarle esa sonrisa de un plumazo.

Cada vez tenía más claro que era un timador o algo peor.

No había encontrado malas referencias sobre él, a pesar de que había tendido todas mis redes por los bajos fondos de Londres y en algunos puntos de Estados Unidos.

Quienes le conocían hablaban bien de él y sus negocios parecían limpios; entonces, ¿por qué sabía que no era quien aparentaba ser?

Algo me decía que debía estar usando un nombre falso o haber suplantado la identidad de algún caballero impecable. No compraba su historia.

—Lo pensaré y tendrá una respuesta antes de la primera quincena de marzo.

—El señor Blackmore hizo una pequeña inclinación de cabeza, fingiendo que la propuesta le parecía de lo más sensata—.

Por cierto, este fin de semana voy a organizar un encuentro para practicar tiro al plato. ¿Le gustaría unirse?

Llevé los ojos al techo de ese corredor húmedo y oscuro, y volví a asomarme por el orificio para ver la reacción del señor Blackmore.

Detestaba las reuniones sociales de Arthur, que se alargaban infinitamente: sus amigos se quedaban a pasar la noche en Wetherby Hall y la mitad terminaban borrachos antes de que cayera el sol.

La idea de tener a ese hombre merodeando de nuevo por la casa me puso los pelos de punta.

—Será un placer. —El señor Blackmore no miró a Arthur, sino al retrato tras el que yo me ocultaba, en una clara declaración de intenciones. Me recorrió un escalofrío.

No soporté más la intensidad de sus ojos y salí de allí casi a la carrera para refugiarme en mi habitación. Me conoces lo suficiente como para saber que pocas cosas me dan miedo, y ese hombre me aterrorizaba porque amenazaba todo lo que era mío.

El fin de semana llegó a pasos agigantados.

Me pasé gran parte de la semana atormentando a la pobre Maisie con los preparativos, porque mi querido Arthur invitaba a sus amigos, pero era yo quien tenía que encargarme de que todo estuviera perfecto, por supuesto.

Lo cierto es que él no solía quejarse cuando algo estaba fuera de lugar, pero me sentía responsable de que todo se encontrara a su gusto.

Así que doncellas y lacayos se pasaron varios días esquivándome por los pasillos por miedo a una represalia o a una nueva tarea que cumplir.

Habían desempolvado las alfombras y ahuecado los cojines; le habían sacado brillo a la cubertería de plata y a todos y cada uno de los platos y copas; también habían almidonado la ropa de Arthur y fregado los azulejos del suelo en más de cuatro ocasiones.

No había nada más que hacer y, aun así, yo continuaba inventando tareas por el mero hecho de mantener ocupada mi mente.

—Saldrá todo a la perfección, condesa —me aseguró la pobre Maisie por la mañana, justo antes de que llegaran los invitados. Le había pedido por enésima vez que colocara bien la porcelana del salón—. Quédese tranquila.

—¿Acaso no te parezco tranquila? —repliqué con tono cortante.

La buena mujer bajó los ojos al suelo, asintió y desapareció de mi habitación para hacer lo que le había pedido.

Cuando me quedé a solas resoplé y me dejé caer frente al tocador.

Rechacé mirar mi propio reflejo porque, a pesar de las horas que Maisie se había pasado peinándome y colocándome mi mejor vestido de diario, me sentía insegura.

Detestaba esa sensación. Hacía muchos años que no me temblaban las piernas ante la expectativa de ver a alguien.

No sabía cómo actuar delante del señor Blackmore y, por aquel entonces, yo ya era una actriz estupenda.

Una hora más tarde, Maisie sacó la cabeza por la puerta de mi habitación con bastante precaución, como si temiera que fuera a lanzarle un perfume. Cosa que, como bien sabes, nunca haría. Los ataques de ira siempre me han parecido de lo más innecesarios.

—Ya están aquí.

Tomé aire y me puse en pie. Me estiré todo lo que pude, en un intento de ganar unos centímetros y no sentirme tan pequeña frente a él.

Pero no surtió efecto. En cuanto bajé y lo vi a los pies de la escalinata, se me cortó el aliento.

Se había puesto ropa de deporte y los pantalones se ajustaban demasiado a sus piernas largas.

El abrigo marcaba sus hombros anchos y su figura alta y esbelta.

Era odioso.

Terminé de recorrer los escalones que me faltaban y él se acercó a saludarme.

Alargué la mano para que me la estrechara y, por una milésima de segundo, giró el dorso de la mía hacia él como si fuera a besarla.

Un ademán propio de otra época. Pero no lo hizo y, en lugar de eso, me dedicó una sonrisa de lado.

Estaba jugando; yo era un ratoncillo de campo indefenso y él, un zorro.

Retiré la mano de un tirón y amplió la sonrisa.

—Buenos días, milady . Es un honor contar con su compañía.

Arthur apareció y me ahorró decirle unas cuantas cosas no tan amables.

—Querida, ya estás aquí. Faltan el señor Harris y el alcalde. No tardarán en llegar, los he visto al final del camino. ¿Te unirás a nosotros?

Quería decirle que no, pero me daba pavor dejar a Arthur a solas en manos de ese hombre, así que respondí que estaría encantada de acompañarlos, aunque aborrecía ese deporte con todas mis fuerzas. Sabía que me pasaría la mañana mirando al cielo presa del aburrimiento.

Tal y como había pronosticado, las horas transcurrieron con lentitud: el tiempo también se burlaba de mí.

Sin embargo, los hombres parecían divertirse entre fallos y aciertos.

Como solía ser habitual, Arthur acertó casi todas las tiradas, pero el señor Harris no se quedaba atrás.

Me alivió que no le dijera nada al banquero sobre sus posibles inversiones en ultramar y que el señor Blackmore mantuviera la boca cerrada al respecto.

Quizá estaba demasiado ocupado intentando acertar a un plato que se le volvía escurridizo.

No podía evitar sonreír cada vez que fallaba el tiro. No era tan perfecto, después de todo.

—Espero que tenga más puntería en los negocios que con el tiro —se burló el alcalde.

Todos rieron, incluido él, aunque sabía que en el fondo su ego masculino debía de estar revolviéndose. Fue el único momento del día que disfruté.

Por la noche, mi querido marido tuvo la genial idea de invitar a mucha más gente a una cena y un baile, como si el día no hubiera sido ya lo suficientemente tedioso.

Maisie tenía ojeras e incluso me apiadé de ella, diciéndole que se tomara un día libre cuando todo terminara.

No pareció demasiado sorprendida porque, muy en el fondo, sabía que yo no era una mala persona.

Un montón de damas distinguidas con sus respectivos esposos llenaron Wetherby Hall al anochecer y, en cuanto capté un par de miradas cruzadas entre los invitados, supe que habría muchas correrías nocturnas por los pasillos.

No debería haberme sorprendido, pero era curioso que casi todo el mundo tuviera amantes y nadie dijera nada; seguían con sus vidas como si tal cosa.

A mí me parecía una aberración y quería pensar que Arthur le mostraba el mismo respeto que yo a nuestro matrimonio, porque no me había enterado de ninguna infidelidad en los cinco años que llevábamos casados.