Le Nocturne Astronomique
Carlota se había inclinado hacia adelante hacía un buen rato y no había vuelto a moverse.
La cadencia de la voz de su bisabuela se mezclaba con el crepitar del fuego, que ya casi se había extinguido.
Cuando dejó de hablar, la realidad la envolvió con lentitud; tenía la sensación de haber viajado en el tiempo.
Carlota miró el reloj que presidía la estancia: marcaban cerca de las doce de la noche.
Alana se recostó hacia atrás y suspiró. De pronto parecía cansada.
Se descalzó y se puso en pie; necesitaba estirar las piernas.
Sin los tacones, se veía todavía más pequeña, más frágil.
Carlota la observó acercarse a un secreter .
La casa se encontraba llena de esos muebles antiguos que suelen tener más historia que sus dueños, aunque en ese caso comenzaba a dudarlo.
¿Por qué le estaba contando todo aquello?
Su bisabuela abrió uno de los cajones con suavidad, como si no quisiera hacer ruido, aunque no hubiera nadie en la casa a quien despertar. Sacó una caja de terciopelo y se acercó de nuevo a ella. Se la tendió y Carlota la cogió dudosa; ya no sabía qué esperar.
—¿Es un regalo?
Hacía tiempo que habían acordado no hacerse regalos en esas fechas porque, ¿qué se le regala a alguien que ya lo tiene todo? ¿O a quien ya no le queda nada? Alana le dedicó una sonrisa cansada.
—Es una petición.
Carlota arqueó las cejas. Si algo no hacía su bisabuela era pedir favores.
Siempre había resuelto las cosas por sí misma.
Sin embargo, se limitó a asentir y a abrir la caja.
Chirrió un poco; debía hacer años que nadie la abría.
En su interior no había ninguna joya, sino una simple fotografía en blanco y negro.
Carlota se acercó a la instantánea, porque la luz era demasiado tenue para verla con claridad.
Encendió una lámpara de pie y entonces reconoció lo que tenía delante.
Se trataba de la imagen de un reloj de bolsillo, similar a los que se veían en las películas de época.
Aunque no entendía mucho sobre esos mecanismos, aquel tenía algo distinto y pudo adivinar su complejidad a través del papel: repetidor de minutos, carta celeste, calendario perpetuo y lo que le pareció un indicador de reserva de marcha.
—Si no me he muerto todavía es porque no lo tengo conmigo —dijo Alana, y su voz sonó lejana. Carlota desvió la vista de la fotografía hacia su bisabuela, sin comprender muy bien lo que quería decir—. Eres persistente e inteligente como lo era yo. Quizá tú tengas más suerte y consigas encontrarlo.
—¿El reloj?
—Se llama Le Nocturne Astronomique. Necesito que me ayudes a dar con él.
—¿Pero por qué lo buscas? ¿De quién era?
Alana se dejó caer en la butaca, exhausta.
—Es una historia muy larga y quiero irme a la cama. —La conocía lo suficientemente bien como para saber que no debía insistir—. Seguiremos el día de Navidad.
Carlota le dio un beso en la mejilla y la miró con cariño.
—Hasta pronto, Lalune —murmuró usando el apodo con el que solía llamar a su bisabuela desde pequeña.
Jamás había tolerado que alguien la llamara abuela. No era vieja ni indefensa, decía.
Carlota llegó a su apartamento en Málaga casi una hora después.
Abrió la puerta y la invadió esa extraña sensación que la asaltaba cada vez que escuchaba el silencio, que se colaba por cada uno de los rincones: entre los muebles minimalistas, tras las cortinas de raso, bajo las alfombras persas.
Le gustaba estar sola y se convencía cada día de que había sido su elección: una vida dedicada a sí misma y a su trabajo, que no podía serle infiel.
No necesitaba a nadie más. Pero las noches eran complicadas, sobre todo cuando hacía frío y los dedos gélidos de la soledad se colaban bajo las sábanas y le arañaban la piel.
Ella trataba de sacudírselos y se daba media vuelta en la cama, para encontrarse de nuevo con la nada.
La historia de su bisabuela la había despejado, y sabía que le resultaría imposible conciliar el sueño.
Cogió un par de barritas nutricionales de la cocina y se sentó en el sofá.
Colocó el portátil sobre sus piernas, como solía hacer cuando trabajaba hasta altas horas de la noche, y comenzó con su investigación.
Tecleó el nombre del reloj que Alana le había mencionado, pero no apareció ni un resultado relevante, tan solo unas cuantas entradas sobre astronomía que apenas entendió porque estaban en francés.
Se echó hacia atrás en la butaca; no es que hubiera esperado que apareciera una fotografía de Le Nocturne Astronomique ni su paradero, pero daba la sensación de que no existiera.
Quizá hubiera puesto en duda la veracidad de la historia si Alana no hubiese estado tan lúcida.
Además, existía esa fotografía. Carlota se levantó y fue hasta la chaqueta en la que había guardado la caja con la instantánea.
Volvió a sacarla y la observó bajo la luz tenue de la lámpara, con más curiosidad todavía.
¿Qué historia se escondía tras ese reloj y por qué era tan importante?
Decidió que, si Google no le daba la respuesta, indagaría un poco más.
Se inclinó sobre el portátil y entró en foros especializados en relojería, donde expertos y aficionados tenían largas charlas sobre historias curiosas y modelos exclusivos.
No encontró nada, pero dio con un canal que trataba sobre mitos y leyendas alrededor de esos mecanismos.
No perdía nada por probar, así que dejó un mensaje y subió una imagen borrosa de la fotografía mal hecha con su móvil.
Estaba casi segura de que nadie contestaría nunca.
@buscandoeltiempo dice:
Estoy intentando localizar un modelo de bolsillo del año 1912, llamado Le Nocturne Astronomique. No tengo muchas referencias, más allá de la fotografía que adjunto. ¿Alguien sabe algo? Tiene gran valor emocional y estoy dispuesta a negociar con tal de recuperarlo.
No tenía ni la más remota idea de a cuánto ascendería la suma por un ejemplar así, pero si Alana le había pedido que lo encontrase, haría cualquier cosa por conseguirlo.
Cuando terminó de redactar el breve mensaje, se quedó mirando la pantalla de su portátil, que contrastaba con la oscuridad a su alrededor.
No sabía por dónde empezar aquella búsqueda y el hecho de que no hubiera ni rastro en internet le generaba una gran inquietud.
Carlota era una mujer digital, y aquel había sido su gran recurso. ¿Qué iba a hacer entonces?
De pronto se le ocurrió otra cosa. Entró en todas las páginas web de decoración y antigüedades que conocía.
Por su trabajo como vendedora de inmuebles de lujo, estaba familiarizada con todas ellas y sabía cómo moverse por ese mundo.
Recorrió los catálogos minuciosamente, pero la búsqueda fue igual de infructuosa.
Resopló dos horas después, cuando decidió que no daría así con el reloj.
Tal vez se encontraba en el archivo de algún museo o un anticuario en cualquier parte del mundo.
Cuando iba a darse por vencida, pensó en Mina.
Era una posibilidad remota, pero suponía la única baza que le quedaba.
A pesar de ser más de las tres de la mañana, decidió escribirle un mensaje; su amiga estaba más que acostumbrada a sus excentricidades.
Se habían conocido en la universidad y desde entonces lo hacían casi todo juntas, sobre todo tras su divorcio: se iban de vacaciones a Bali, a Vietnam, a las Maldivas; cenaban los sábados por la noche y montaban planes algunos fines de semana.
En ella había encontrado apoyo en los peores momentos de su vida y conocía su dolorosa historia familiar y amorosa, así que no hacía demasiadas preguntas.
La ayudaría, como siempre hacía.
A veces se sentía una carga, pero Mina no se molestaba cuando le contaba sus problemas. «Siempre va bien tener una amiga rica; nunca se sabe», le decía en broma cuando Carlota le transmitía su sentimiento de culpa. Entonces se echaban a reír y brindaban con un cóctel.
Buenas noches, o más bien buenos días.
Necesito tu ayuda.
Mi bisabuela está buscando este reloj,
pero no encuentro nada. ¿Crees que
puedes darme o conseguirme alguna
información en la casa de subastas donde
trabajas? Gracias y perdona las horas.
Apretó el botón de enviar y decidió que había llegado el momento de meterse en la cama, aunque no le apeteciera en absoluto enfrentarse al frío de las sábanas. Al final estaba tan cansada que se durmió en cuanto puso la cabeza sobre la almohada.
Carlota esperó a que fueran las cinco de la tarde antes de entrar en casa de su bisabuela.
Alana siempre se preparaba el té a esa hora y detestaba que la molestaran.
Le gustaba hacerlo en solitario, en una especie de ritual y, aunque tenía una asistenta por si necesitaba ayuda con alguna tarea del hogar, jamás dejaba que le preparase la bebida. Era una más de sus manías.
Cuando entró en el salón rojo, la anciana estaba, efectivamente, tomando el té. Carlota se fijó en que había dispuesto otra taza junto a la bandeja de plata; sabía de antemano la hora a la que iba a presentarse en su casa.
—Llegas justo a tiempo. —Alana le sirvió el té y se lo acercó.
—Felicidades, Lalune —le dijo, y su bisabuela la dispensó con un movimiento de mano, como si cumplir esa cifra no revistiera de mayor importancia.
Carlota se sentó en el sillón de terciopelo rojo frente a ella y dio un pequeño trago.
Observó a su bisabuela, que iba peinada y maquillada con especial cuidado, dispuesta a aparecer de nuevo en televisión si hacía falta.
Jamás la había visto en pijama o sin tacones, como si toda esa perfección no fuese más que una coraza.
Desde muy pequeña había pensado que Alana era mucho más de lo que le mostraba al mundo, pero hasta la fecha no había hecho ademán de dejarla ver en su interior.
Y se moría de curiosidad por seguir escuchando su historia y descubrir qué tenía que ver ese dichoso reloj.
—He estado buscando en internet sobre Le Nocturne Astronomique y no he encontrado nada —le explicó.
Alana sonrió contra la taza y la dejó con suavidad sobre la mesa; después, unió las manos en su regazo.
—Si hubiera sido tan fácil me habría decepcionado conmigo misma —admitió—. Lo busqué durante décadas, cariño.
—Pero ¿qué tiene de especial ese reloj?
Alana se lamió los labios, afinados por la vejez y perfilados con una línea de carmín.
—Vayamos por orden. ¿Dónde habíamos dejado la historia?
Carlota la miró contrariada, pero hacía tiempo que había aprendido que era mejor hacerle caso, así que se puso cómoda en el sillón y se dispuso a escuchar.