El misterio del collar #2
No era habitual que un hombre de alta alcurnia tuviera ese tipo de cicatrices, y resultaba imposible que hubiera luchado en la Primera Guerra Mundial; se veía demasiado joven.
Estaba preguntándome quién era en realidad ese tipo cuando dio un par de pasos hacia la pared tras la que me refugiaba.
Me dio un vuelco el corazón y a punto estuve de gritar.
Me recordé que no podía verme y me llevé una mano al pecho para tratar de apaciguar los latidos de mi corazón.
Sin embargo, él se acercó un poco más y frunció el ceño.
¿Se había dado cuenta de los diminutos agujeros tras los ojos del retrato que colgaba de la pared de su habitación?
Me aparté y casi me caí de culo ante la impresión de que me había visto.
No. Era imposible, habría sido casualidad.
Tal vez solo estaba admirando el cuadro.
En cualquier caso, di un traspié hacia atrás y me alejé de ese corredor para meterme en el que llevaba a las habitaciones de doncellas y lacayos, con la respiración todavía agitada.
A través de los orificios aprecié que gran parte de las estancias se encontraban vacías, a excepción de la de un lacayo, que se había puesto enfermo ese día, y la de la señorita Collins; debía haber regresado a su habitación para recoger alguno de sus enseres.
Me dio la sensación de que la muchacha se movía con cierto nerviosismo, con movimientos erráticos.
Fue entonces cuando vi que manipulaba algo.
Me encaramé a la abertura con la misma intensidad que antes y la observé con atención.
Estaba metiendo un objeto pequeño en una bolsa, pero no logré ver qué era exactamente.
Se movió hacia un lado y detecté un destello verde: una cuenta de jade. Abrí mucho los ojos.
Estaba a punto de salir corriendo en dirección a su cuarto presa de la ira cuando alguien llamó a la puerta de la muchacha.
Ella se sobresaltó tanto que se le cayó la bolsa con el collar.
Le dio una patada para colarla por debajo de la cama.
Contuve el aliento. La doncella tomó aire, se alisó la falda y abrió.
Se quedó parada un instante en el umbral, quizá tan asombrada como yo de ver allí al señor Blackmore que, por fortuna, había tenido la decencia de vestirse. Todavía tenía el cabello húmedo.
—Señor Blackmore —tartamudeó ella—, ¿qué hace aquí?
Él no respondió y entró en la estancia como si fuera su propia casa. Cerró la puerta tras de sí.
—¿Dónde está?
—¿El qué…? No comprendo…
El señor Blackmore soltó un suspiro casi exasperado, la situación parecía agotarle la paciencia.
—¿Necesitas dinero? —Pude ver que el labio inferior de la muchacha comenzaba a temblar—. ¿Es eso?
Sus hombros se movieron arriba y abajo en un vago intento de contener los sollozos: se sabía descubierta.
El señor Blackmore sacó un generoso fajo de billetes de su bolsillo y se lo ofreció a la señorita Collins.
Ella miró su mano sin comprender si le estaba tendiendo algún tipo de trampa.
Yo tampoco entendía muy bien lo que pretendía, a decir verdad.
—Estás embarazada. —No era una pregunta y, en ese momento, comprendí que el señor Blackmore era tan o más observador que yo.
Bajé los ojos hasta el vientre de la chica que, efectivamente, mostraba una ligera curvatura. Bien podría haber sido un empacho de galletas. Pero no.
—Anoche te vi ir corriendo al baño —le dijo por toda explicación—. Vomitaste la cena. Y esta mañana te has ausentado para devolver el desayuno…
Por el rojo que ascendió a sus mejillas, la señorita Collins se sintió avergonzada. Aun así, no llegó a estirar la mano hacia los billetes; no se fiaba del todo de él.
—Acepta el dinero —insistió, con el brazo todavía estirado—, pero devuélveme el collar. Haré que lo encuentren de manera casual y nadie sospechará de ti.
La chica se mordió el labio y cogió la suma que le ofrecía, bastante generosa. Luego se agachó para recoger la bolsita de debajo de la cama y se la entregó al señor Blackmore.
—No vuelvas a hacer algo así —le advirtió él.
—Pero ¿qué voy a hacer ahora? Si se enteran de que estoy embarazada…
—Díselo a la condesa.
Ella lo miró como si acabara de decir una estupidez.
—No puedo hacer eso.
—¿Por qué no?
—Parece que no la conozca, me echará a patadas y no volveré a encontrar trabajo nunca.
Él la miró desconcertado y me sentí mala persona; la mayoría del servicio me temía.
Siempre he sido un poco bruja, y no en el sentido mágico de la palabra.
Él debió de estar de acuerdo porque puso cara de circunstancias y le dio instrucciones de acudir a una dirección si tenía problemas.
Eso me descolocó por completo. ¿Por qué ese hombre la ayudaba?
Lo recordé en mitad de la noche, despeinado y medio descamisado, y se me ocurrió una idea horrorosa: él debía ser el padre de la criatura.
Quizá llevaba semanas viéndose con la señorita Collins durante las largas horas que pasaba en mi casa bajo el pretexto de ayudar a Arthur.
Por eso había entrado en su habitación con tanta confianza.
Y ahora se deshacía de ella con un poco de dinero y unas referencias que bien podrían ser falsas para limpiar su conciencia.
Menudo sinvergüenza. Me aparté de la escena, irritada, y regresé a la casa, harta de mantenerme en las tinieblas, entre la verdad y la mentira.
—Lo he encontrado debajo de un sillón. —El señor Blackmore le alargó el collar a la señora Phillips, que lo recibió con regocijo.
Se había pasado buena parte del día en el salón rosado, despatarrada en un sofá mientras su marido trataba de consolarla sin demasiado éxito.
—¡Bendito sea! —Le dio un abrazo al señor Blackmore muy poco protocolario, pero a nadie pareció importarle.
La mujer se deshizo en palabras de agradecimiento, y yo no pude más que observar la escena con incredulidad.
Ese hombre estaba encubriendo un robo en mi propia casa y ni siquiera pestañeaba.
Sin embargo, me callé. No dije nada y con mi silencio protegí a esa pobre muchacha.
La señorita Collins no tenía la culpa de haberse encontrado con tal gañán, y no podía juzgarla porque hubiera perdido un poco la cabeza por el señor Blackmore.
Así que decidí que no le faltaría de nada ni a ella ni a su hijo mientras vivieran bajo mi techo.
Ya conoces mi debilidad por las causas perdidas, aunque mi fama fuese otra.
Cuando la historia del collar desaparecido tuvo su final feliz, los invitados decidieron regresar a sus casas.
El matrimonio Phillips se marchó antes de que anocheciera y el señor Blackmore se dispuso a recoger sus cosas.
Se demoró un buen rato y me pregunté si estaría tratando de alargar su estancia.
No obstante, se despidió de Arthur en su despacho y luego me dedicó una leve reverencia, que se me antojó burlona.
Una doncella lo acompañó a la salida y yo me planteé quedarme allí quieta sin hacer nada más, sabiendo que había jugado con todos nosotros.
Caía una fina lluvia en el exterior y estaba anocheciendo; el tiempo y la hora eran del todo desapacibles.
Aun así, en un alarde de la impulsividad que sabes que me caracteriza, salí corriendo tras él antes de que llegara a su automóvil, un Bentley reluciente.
Arthur no conducía, decía que esos aparatos no estaban hechos para él, y no debería haberme sorprendido que el señor Blackmore tuviera un modelo tan lujoso.
Encajaba con su imagen, después de todo.
Aun así, tenía muy claro que esa fachada que le mostraba al mundo se resquebrajaba por momentos: yo había visto de lo que era capaz.
—Señor Blackmore —lo llamé y se detuvo al momento. Se volvió con una inclinación de cabeza, delante del automóvil.
—Condesa, la hacía en la casa. No es prudente que esté aquí afuera —comentó mirando al cielo, que parecía dispuesto a abrirse en dos sobre nuestras cabezas.
—Deje de fingir que es usted un caballero. —En vez de ofenderse, me sonrió—. Mi marido está cegado con usted, pero yo no soy estúpida.
—Me consta.
No me lo tomé como un halago y me crucé de brazos, no sé si por sentirme más protegida contra él o por los vientos de tormenta que comenzaban a agitar mi ropa.
—A mí me consta que es usted un sinvergüenza que va dejando embarazadas a las muchachas de mi servicio —continué atacando. Lo cierto es que estaba muy enfadada.
Mi comentario no le divirtió en esa ocasión, y una sombra cruzó sus ojos. El cabello, que siempre llevaba tan bien peinado, comenzó a pegarse a su frente por culpa de la lluvia.
—Yo jamás abandonaría a un hijo —soltó tajante, dando un par de pasos hacia mí que me resultaron intimidantes. Mis pies se clavaron en el barro—. No conozco de nada a la señorita Collins y, por descontado, no soy el padre de la criatura.
—¿Negará también que ha encubierto el robo del collar?
Sonrió con descaro.
—¿No ha hecho usted lo mismo con su silencio? A mí no me engaña, milady , puede que yo no sea lo que parezco; pero usted tampoco.
Apreté las manos con tanta fuerza que me clavé las uñas en las palmas.
Continuó acercándose mientras yo estaba paralizada por una extraña fuerza de la naturaleza; quizá era simplemente él.
Alargó el pulgar hacia mi barbilla. Tendría que haberme apartado, pero me quedé inmóvil un poco más.
Él recogió una gota de lluvia que se deslizaba por mi piel y se agachó hasta quedar a la altura de mi oído.
—Espero que le haya gustado lo que ha visto, por cierto —me susurró, y su aliento en el lóbulo de la oreja me erizó el vello.
Abrí la boca para protestar, avergonzada de que me hubiera visto espiándole esa mañana. Soltó una pequeña carcajada al ver el impacto de sus palabras.
—No sé a qué se refiere —dije con la voz un tanto aguda.
Él se rio de nuevo y se caló el sombrero.
—Que pase una buena noche, milady .
Se metió en el coche, arrancó y se perdió por la campiña. Yo me quedé unos minutos más bajo la lluvia, tal vez para limpiar la embriagadora sensación que me había dejado su cercanía.
La señorita Collins se fugó a la mañana siguiente, sin darme la oportunidad de ayudarla.