La medida del tiempo El misterio del collar
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El misterio del collar

Me desperté por el escándalo que alguien estaba armando en el pasillo de invitados y maldije entre dientes.

No me gusta tener gente en casa precisamente por eso: son ruidosos, entrometidos y no respetan el sueño de sus anfitriones.

Me levanté de la cama en la que, al final, me había quedado dormida alrededor de las cuatro de la mañana y me apresuré a ir al encuentro de los gritos.

La estampa fue cuanto menos curiosa: la señora Phillips estaba lloriqueando en brazos de su marido, en camisón y con la mano en el cuello, como si se estuviera atragantando.

El señor Blackmore se encontraba junto a ellos con una cara de sorpresa bastante similar a la mía.

Saltaba a la vista que no había pasado la noche en su cama, porque llevaba la misma ropa y lucía despeinado.

Noté la ausencia del señor Harris que, al parecer, se había marchado al alba.

—¡Me han robado! ¡Me han robado! —repetía la señora Phillips contra el pecho del alcalde, que estaba rojo de vergüenza.

—Quizá lo olvidaste en casa…

—Estoy segura de que ayer lo tenía —replicó ella, indignada, con los ojos hinchados de tanto llorar. Volvió a llevarse la mano al cuello desnudo y a mí me subió un sudor frío por la espalda.

—¿Qué ha ocurrido? —tanteé.

—El collar de jade —contestó con un gimoteo—, ha desaparecido de mi habitación.

—Puede que se le cayera anoche en el comedor —propuse—, le preguntaré al servicio.

Ella frunció los labios, como si no estuviera conforme con ello y me acusara a mí misma de que su preciado colgante se hubiera volatilizado.

En ese momento confiaba al cien por cien en las personas que trabajaban en mi casa; con los años he aprendido que nunca llegas a conocer a nadie del todo y que circunstancias desesperadas pueden llevar a alguien a actuar en contra de sus principios.

Bajé corriendo las escaleras en dirección al ala de servicio y me topé con Arthur, despeinado y con pinta de acabar de salir de la cama.

—¿Qué son esos gritos?

Le conté lo que estaba pasando y frunció el ceño; la noticia lo desconcertó tanto como a mí.

Acordamos que él trataría de calmar a la señora Phillips mientras yo averiguaba lo ocurrido.

Continué mi camino hacia la cocina, donde supuse que estarían gran parte de las doncellas y lacayos que habían servido la cena.

Era —y todavía soy— muy buena leyendo el lenguaje no verbal de las personas, y supuse que, si alguien tenía algo que ver con la desaparición, lo notaría.

Entré en las cocinas y los que estaban desayunando a la mesa se pusieron en pie como un resorte; tres doncellas se alisaron el vestido y entrecerré los ojos, porque no sabía si el nerviosismo se debía a mi simple presencia en un lugar al que no solía acudir o a que escondían algo.

—La señora Phillips ha perdido un objeto muy valioso para ella —expliqué sin acusar a nadie—, se trata del collar de jade que llevaba en la velada de ayer.

Me preguntaba si alguien lo ha encontrado durante la limpieza de primera hora en el salón o en algún otro lugar de la casa. Quizá se le extravió…

Recorrí las caras de cada uno de ellos para analizar expresiones o gestos que pudieran delatarlos; la mayoría permanecían desconcertados o preocupados, tal vez un poco nerviosos, pero nada alarmante.

Un lacayo buscaba su pitillera con una mano dentro del pantalón, su cuerpo necesitaba nicotina para despertar del todo.

Una de las doncellas, la señorita Collins, parecía alterada: se estrujaba las manos frente a la falda y no levantaba la vista del suelo.

La habíamos contratado hacía apenas medio año, tras la jubilación de su predecesora, la señora Morris.

Era muy joven, silenciosa, y temía hacer ruido o que alguien notara su existencia.

Dos de las chicas que se encargaban de limpiar las chimeneas se encontraban muy pegadas la una a la otra; debían creer que así podían protegerse de cualquier sospecha.

Los tres mozos que solían encargarse de la cuadra y del jardín se habían cruzado de brazos, claramente a la defensiva.

Uno de ellos, el señor Brown, me miraba con desprecio, como si le incomodara mi riqueza; sabía que estaba implicado en luchas obreras y que llegaría el día en el que se volvería en nuestra contra.

La señora Moore, la cocinera, iba mirando un potaje que humeaba de reojo, no quería que rebosara de la olla.

—No hemos encontrado nada, condesa —dijo la señora Hudson, el ama de llaves—. Lo lamento.

Suspiré.

—Si aparece, hágamelo saber cuanto antes, la señora Phillips está muy afectada.

Asintió y me marché sin decir nada más, dispuesta a aplacar la tormenta perfecta que estaba teniendo lugar en el piso de arriba.

No podía dejar de darle vueltas al suceso.

La mujer del alcalde era algo exagerada, pero no parecía dada a la mentira, así que asumí que tenía que ser cierto que alguien había entrado en su habitación mientras dormía.

Pero ¿quién? Cualquier persona del servicio podría haber tenido la oportunidad; no obstante, pensé en ampliar mi abanico de sospechosos.

Quizá uno de los invitados de Arthur se hubiera vuelto caprichoso.

Pensé en el señor Blackmore, que se había fijado en la joya la noche anterior durante la cena.

Para colmo, había estado despierto, deambulando por la casa.

¿Lo habría robado él? ¿Antes o después de importunarme en la biblioteca?

Tal vez solo se había acercado a mí para vigilar que no me moviera de allí y no lo descubriera.

¿Era un vulgar ladrón? ¿O me estaba precipitando en mis conclusiones por la inquina que le tenía?

Cuando llegué al pasillo de las habitaciones, la señora Phillips seguía en el mismo estado de agitación, a pesar de los intentos de Arthur de calmarla.

—Le aseguro que aparecerá —afirmó mi marido.

La mujer se calmó un poco y lo miró con los ojos inyectados en sangre.

—Es muy importante, me lo regaló mi madre para mi aniversario de bodas. Ya saben que faltó el invierno pasado y es uno de los últimos recuerdos felices que guardo de ella… —Rompió de nuevo a llorar.

Le pasé una mano por los hombros, a pesar de que no me gusta tocar a nadie.

La consolé un poco e insistí en que lo encontraríamos y, si hacía falta, recurriríamos a la policía.

Mandé que le preparasen una tila y la llevamos al salón rosado.

Allí se tomó la bebida y se serenó. El señor Blackmore había presenciado toda la escena en silencio y yo no podía dejar de pensar que él había tenido la oportunidad.

Cuando todo parecía más tranquilo, se marchó a su habitación —o quizá a robar más cosas— y tuve la sensación de que quería huir de la escena del crimen.

Me disculpé con mis otros invitados y con Arthur, y lo seguí.

Caminaba deprisa y tenía las piernas muy largas, así que tuve que correr detrás de él para no perderlo.

Vi que se metía en el ala de las habitaciones y lo dejé marchar.

Decidí no inmiscuirme más por el momento, pero me prometí descubrir lo que había ocurrido.

Un par de horas más tarde me escabullí por los pasadizos secretos de Wetherby Hall.

Me resultarían perfectos para observar lo que pasaba en la casa a mis espaldas y tal vez dar con el colgante.

Analicé cada una de las estancias a través de los pequeños orificios que se ocultaban tras cuadros y tapices.

Atiné a ver a un par de doncellas discutiendo, varios lacayos cargando el equipaje de Arthur en el carruaje para pasar un par de días en Londres, y a la señora Moore, la cocinera, preparando un potaje.

Me adentré todavía más en los corredores, hasta la zona de las habitaciones.

No solía acudir allí. No me gustaba inmiscuirme en la intimidad de nadie, pero era un caso excepcional: había un ladrón en mi casa y debía desenmascararlo.

Fui directa a la abertura que daba a la estancia del señor Blackmore, segura de que lo encontraría guardando el botín en su bolsillo; ni que fuera tan sencillo atrapar a un estafador… Sin embargo, en cuanto puse un ojo en la mirilla que daba a su estancia, tuve que ahogar un grito de sorpresa.

Se encontraba de espaldas a mí y estaba claro que acababa de darse un baño; no llevaba más que una toalla anudada a la cintura.

Contuve el aliento y me dije que debía apartarme.

Pero todos tenemos una parte morbosa, y yo no soy menos humana que el resto.

Así que, en vez de retirarme, me sostuve contra la pared con las manos para estar más cerca.

Y miré.

Ya lo creo que miré. Dejé de notar la rugosidad del muro contra mis palmas y el aire húmedo a mi alrededor.

Tampoco me percaté del paso del tiempo. La imagen de su cuerpo se congeló en el tiempo.

Ya te he dicho que el señor Blackmore era alto, pero al verlo sin ropa me di cuenta de la perfección que ocultaba bajo sus trajes caros.

Era un sueño imposible, y él lo sabía. Por eso derrochaba esa seguridad, por eso se movía como si el mundo le perteneciera.

Se dio la vuelta y paseé mis ojos por un pecho amplio y definido, aunque algo delgado.

Entreabrí los labios inconscientemente. Estaba tan absorta por las formas de su cuerpo que a punto estuve de pasar por alto las cicatrices.

A la altura de la cintura tenía un par de marcas que parecían viejas puñaladas y en el pectoral derecho vi con claridad dos antiguas heridas de bala. Eso me descolocó todavía más.