La medida del tiempo Crac #2
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Crac #2

La mesa resplandecía bajo la luz de las lámparas de araña que había mandado limpiar esa misma mañana.

La plata, alineada con precisión milimétrica, devolvía destellos fríos; las copas vibraban suavemente cada vez que algún criado rellenaba el champán.

La conversación general discurría entre anécdotas diplomáticas y comentarios sobre la temporada en Londres.

Por suerte, mi lado de la mesa había encontrado un entretenimiento más interesante; uno que podía darme la información que necesitaba.

El señor Blackmore hablaba con el señor Harris sobre el crac del 29.

—Fue una sacudida necesaria —le decía al banquero—, el mercado estaba sobrevalorado.

—¿Ah, sí? —repuse inclinando la cabeza en su dirección, tan solo para incomodarlo un poco—. Pero debió de ser terrible para sus socios en Nueva York. Perder todas sus fortunas de la noche a la mañana…

Él me sostuvo la mirada con entereza y pareció incluso satisfecho de que hubiera decidido tomar parte en la conversación.

—Al contrario —objetó—. Salimos reforzados de la situación y logramos mantener los negocios de nuestros clientes. Algunos creen que fue suerte, pero lo cierto es que lo vimos venir. Las finanzas son cíclicas, solo es necesario conocerlas bien para predecir este tipo de fluctuaciones.

Jugueteé con el tallo de mi copa y no aparté los ojos de él.

—Me alegra oírlo. Los Johnson eran buenos amigos de mi familia y casi lo pierden todo ese día. Por suerte, Henry fue lo suficientemente rápido como para detener el golpe. Imagino que lo conocerá, es muy famoso en la banca privada.

No existía ningún Henry Johnson en la banca privada neoyorquina; estaba muy segura de ello.

El señor Blackmore no dudó ni un segundo.

—Por supuesto, un hombre brillante. Fue muy prudente con la bolsa ese octubre del 29.

—Es curioso —repliqué con una sonrisa maliciosa—, tenía entendido que los Johnson no operaban en bolsa, sino en crédito agrícola.

Una sombra cruzó sus ojos, pero apenas duró un parpadeo.

—Naturalmente —corrigió con ligereza—. Debo de estar confundiéndolo con su primo, Archibald. Eran momentos caóticos y de eso hace ya casi diez años. Los nombres empiezan a bailarle a uno en la cabeza tras tantos clientes.

Me sonrió con amabilidad fingida. Estaba segura de que ese Archibald era un personaje tan ficticio como el de Henry.

—Lo importante —añadió, inclinándose un poco más hacia mí— es que fuimos valientes y supimos mantener la cabeza fría.

—La valentía es una cualidad admirable —respondí—, aunque a veces es simple temeridad.

Él rio bajo. El señor Harris y la mujer del alcalde andaban perdidos en nuestro extraño intercambio.

—Me parece que usted, milady , conoce muy bien la diferencia. No se preocupe, haré lo posible por no decepcionarla. Ni a su marido, por supuesto.

Durante unos segundos el murmullo de la mesa desapareció para ambos. Él había desplegado todo su encanto, pero a mí no me engañaba con sus halagos ni su embriagadora proximidad.

Llegó el postre y el señor Blackmore decidió cambiar el rumbo de la conversación, no sé si por temor a cometer otro desliz o por incluir a nuestros compañeros de mesa, que llevaban tiempo en silencio.

—Por cierto, señora Phillips —añadió con estudiada naturalidad para reclamar la atención de la esposa del alcalde—, ¿ese collar de cuentas que lleva es de jade?

La mujer pareció encantada de recibir por fin la atención del señor Blackmore y llevó su mano rechoncha hacia el colgante que se encontraba sobre su generoso busto.

—Es usted muy observador —soltó con una carcajada risueña—. No es tan elegante como el collar Hutton-Mdivani, pero creo que mi joyero de confianza hizo un buen trabajo.

La charla no podía interesarme menos. No me apetecía en absoluto volver a hablar sobre el famoso collar que Cartier había diseñado para celebrar la boda de la heredera americana Barbara Woolworth Hutton y el príncipe georgiano Alexis Mdivani.

Ya bastante había ocupado las conversaciones de la alta sociedad en su momento.

—¡Y las cuentas son auténticas! —añadió, emocionada.

Sonreí, porque me había dejado el terreno sembrado para otro de mis sutiles ataques.

—Me encantan las joyas auténticas —apunté—. Las imitaciones, en cambio, suelen perder el brillo demasiado pronto y la farsa queda al descubierto.

En vez de mirar a la señora Phillips deslicé los ojos hasta el señor Blackmore. Él sonrió con falso encanto y alzó la copa hacia mí.

—Por la autenticidad.

Brindé con él y, por mucho que quise, fui incapaz de sentir ese intercambio como una victoria. Parecía muy seguro de sí mismo, como si supiera que iba a ganar ese juego.

El resto de la velada transcurrió sin más acontecimientos reseñables. El señor Harris y el señor Blackmore se dedicaron a predecir más fluctuaciones económicas mientras yo aguantaba las peroratas de la señora Phillips, que no me dejaba escapar de su agarre.

La mayoría de nuestros invitados se marchó cerca de la medianoche, pero otros no parecían dispuestos a abandonar Wetherby Hall tan fácilmente y se quedaron charlando con tu bisabuelo un buen rato más en el salón.

Miré a Arthur en busca de socorro para que me ayudase a persuadir al matrimonio Phillips, al banquero y al señor Blackmore de que ya iba siendo hora de que nos dejaran en paz.

Pensé que había entendido mi silenciosa petición, porque dio una palmada de inmediato:

—Pero qué tarde se nos ha hecho —dijo. Sonreí con discreción, sin dejar traslucir la alegría que me provocaba quedarme a solas por fin—, pueden quedarse a dormir aquí si lo desean.

Ya saben que las habitaciones de invitados cuentan con todos los lujos para que se sientan cómodos. No es seguro que viajen a estas horas.

Abrí los ojos con desmesura un instante y traté de reponerme de tan inesperada invitación lo más rápido posible, pero de reojo vi que el señor Blackmore contenía una sonrisa, como si le divirtiera ser testigo de mi apuro. Lo fulminé con la mirada.

—¡Qué amable por su parte! —respondió enseguida la mujer del alcalde, deseosa de codearse con la aristocracia. Contuve un bufido.

—Será un placer alojarme en Wetherby Hall —añadió el señor Blackmore con un ronroneo.

Por supuesto, el señor Harris también accedió a pasar la noche. Arthur llamó a una doncella para que acompañara a los invitados a sus estancias y, cuando nos quedamos solos, me miró desconcertado.

—¿Por qué pones esa cara, querida? Me ha parecido que querías que los invitara a quedarse.

—Justo lo contrario, Arthur —dije con sequedad—, ya sabes que no me gusta tener a gente pululando en casa por las noches.

Él se acercó a mí y me abrazó con precaución, como si temiera que le diera un manotazo fruto de mi disgusto. Pero me dejé acunar.

—No te enfurruñes conmigo, cariño. Es de lo más habitual que se den fiestas de varios días en Manor Hills y en Silverbrook House.

—Pero aquí no. —Fruncí los labios.

—No dejarles descansar aquí hubiera resultado descortés y una falta de protocolo por nuestra parte.

—¿Desde cuándo te importa tanto el protocolo? —zanjé, dando media vuelta.

Me encaminé hacia la biblioteca. Siempre encontraba refugio entre las letras.

—Querida… —Lo oí llamarme, pero no me detuve.

Él no me siguió. Supongo que tras años de convivencia había aprendido que era mejor no presionarme cuando estaba enfadada.

Y es cierto que detestaba tener a gente en mi casa durmiendo por las noches; no soportaba escuchar sus pasos por los pasillos ni las risas amortiguadas tras las paredes.

Me traían recuerdos a los que no quería volver.

Sin embargo, en esa ocasión los motivos eran otros: no deseaba que el señor Blackmore durmiera allí.

Tenía la sensación de que haría que se sintiera más dueño todavía de la situación, como si hubiera dado un paso más en su estrategia.

Me refugié en la lectura durante horas. Solía funcionar para calmar mi temperamento, pero mi remedio habitual falló.

Tampoco surtió efecto la infusión caliente que me preparé con cierta precariedad en la cocina, ni ahuecar los cojines de los salones.

Cuando me cansé de vagar por la casa como un espectro, regresé a la biblioteca.

Por nada del mundo iba a pasar la noche en la habitación de Arthur, y tampoco me apetecía dar vueltas en mi cama por culpa del insomnio; no quería reconocer que mi reacción era exagerada e irracional. Ya sabes lo orgullosa que soy.

Me detuve frente a una estantería y leí los títulos de varias novelas góticas con el objetivo de encontrar una lectura lo suficientemente terrorífica como para que mi vida me pareciera un cuento de hadas.

Entonces escuché pasos a mi espalda y me giré, exasperada.

Con solo veinticuatro años había vivido demasiadas cosas horribles como para temerle a los fantasmas: las peores acciones las cometen los vivos.

—No quería asustarla.

El señor Blackmore me observaba desde el centro de la biblioteca con un candil en la mano.

Se había quitado la corbata y llevaba varios botones de la camisa desabrochados.

Iba sin americana y su cabello no lucía tan bien peinado como al inicio de la noche, como si hubiera tratado de dormir pero no lo hubiera conseguido.

O como si hubiera estado retozando con una mujer.

El pensamiento me sobresaltó y no supe muy bien por qué.

—No me asusta.

Él sonrió. Debía reconocer que el tipo era inteligente y captaba muy bien mis dobles sentidos.

Quizá tendría que haber sido más comedida con mis comentarios, pero estaba segura de que ese hombre suponía una amenaza para mi marido y para mi estatus, aunque desconociera su objetivo o sus motivos.

Dio un par de pasos hacia mí y escrutó mi rostro con esos ojos tan azules, tan oscuros.

—¿Usted tampoco puede dormir?

—Desde luego que no —repliqué en tono ácido.

—¿Le gusta leer?

Fruncí el ceño.

—Eso no viene al caso.

—Pero le gusta. Si no, no se habría refugiado aquí.

Me quedé callada. El señor Blackmore se acercó unos cuantos pasos y sentí la necesidad de salir corriendo, como si percibiera un peligro invisible que corría por sus venas, tan ardiente como la sangre.

Sin embargo, no acerté a mover los pies cuando él entró en mi espacio.

Lo miré con los ojos muy abiertos; no podía creer su osadía.

No me tocó. Se limitó a pasar los dedos por los lomos de los libros que había a mi espalda.

Mi corazón latía muy deprisa, y no comprendía el sentimiento que se agolpaba en mi vientre.

Él parecía saber muy bien lo que hacía, porque sonrió y miró mis labios un instante, tal vez para ponerme más nerviosa.

Continuó sin hacer otra cosa que no fuera acariciar esas novelas. Agarró una de ellas.

— Frankenstein o el moderno Prometeo —leyó el título de la cubierta—. Una maravilla, ¿no le parece?

—No lo he leído.

—Debería. —Me lo tendió, pero no lo cogí—. Trata sobre un hombre que crea a un ser monstruoso. No obstante, al ver su creación reniega de él. Renuncia a su responsabilidad como padre, por decirlo de alguna manera. Es una historia de abandono, en el fondo.

Fruncí el ceño, desconcertada por la profundidad de su discurso, y no pude más que perderme en sus ojos y sus palabras.

—Todos nos hemos sentido abandonados alguna vez, ¿no cree, milady ?

Me envaré.

—Yo no. —Le agarré el libro de un tirón y lo apreté contra mi pecho, como si fuese una coraza.

—Léalo —insistió—. Le gustará.

Dio media vuelta y se marchó, dejándome agarrada a esa novela que, como bien sabes, he leído más de cien veces desde entonces.