La medida del tiempo Crac
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Crac

Una de las tareas que más aborrecía de ser condesa era encargarme de celebrar banquetes: hacer la lista de asistentes, enviar las invitaciones de mi puño y letra y ocuparme de que todo estuviera perfecto, incluida yo misma.

Maisie me ayudaba mucho, por supuesto, pero no dejaba de ser una carga tremenda para mí; sobre todo, cuando tenía lugar la celebración en cuestión.

Debía saludar con una sonrisa a todos los invitados, como una buena anfitriona, aun cuando sabía que la mitad de las personas que se encontraban en el salón me detestaba.

Yo era una realidad incómoda, otra más de las rarezas del conde que todos debían tolerar por ser él quien era.

Arthur parecía no darse cuenta de las suspicacias que despertaba a mi paso, tal vez porque simplemente elegía no mirar.

Por supuesto, yo sí me percataba de que, tras las sonrisas falsas, se escondían recelos que siempre estarían, por muchos años que pasaran y por mucho que me esforzara por ser recatada y adecuada.

Por eso, cuando Arthur me anunció su intención de dar una cena, se me congeló la sonrisa en la cara. Si se dio cuenta del desasosiego que me provocaba la idea, no le importó demasiado y continuó adelante con su plan.

—Me gustaría reunir a las familias más importantes —me pidió—, quizá alguna de ellas sepa sobre el negocio que me propuso el otro día el señor Blackmore.

Así que seguía con esa historia en la cabeza.

Apreté los labios para no decirle lo que opinaba sobre ese hombre.

Tras años de convivencia, sabía que no debía contrariar a Arthur de frente o se cerraría en banda; en el fondo era un hombre orgulloso que odiaba admitir que se había equivocado —como la mayoría entonces—, por lo que estaba acostumbrada a usar otras estrategias para que se diera cuenta por sí mismo.

—¿Invitaremos también al señor Blackmore? —sugerí.

Si era un farsante, nada mejor que enfrentarlo a sus supuestos contactos para destaparlo.

—Sí, buena idea.

Sonreí satisfecha. Por primera vez, dar una cena de ese calibre no iba a darme pereza.

Me pasé dos semanas ultimando todos los detalles con Maisie, el mayordomo y buena parte del servicio, que parecían exasperados por tener que preparar semejante convite en tan poco tiempo.

Sin embargo, yo tenía prisa. No podía arriesgarme a que Arthur claudicara ante la petición del señor Blackmore y accediera a meterse en ese negocio, que yo cada vez veía más fraudulento.

Mientras tanto, ese hombre tuvo la desfachatez de seguir apareciendo por Wetherby Hall con irritante asiduidad, como si supiera que alguien estaba metiéndose en su terreno para girar las tornas.

Me dediqué a espiarle en cada una de sus visitas, por supuesto, y así fue como me di cuenta de que el tipo era inteligente: no volvió a hablarle del negocio a Arthur.

Puede que se hubiera percatado de que había tensado demasiado la cuerda y de que mi marido no era tan descerebrado como aparentaba, o simplemente se tratara de una argucia para generarle una necesidad.

No se me ocurrió pensar que quizá no era un estafador, porque así lo sentía en la boca del estómago y mi intuición no solía fallar.

Esa noche, no sé muy bien por qué, sí me preocupé por usar uno de mis mejores vestidos.

Maisie no salía de su asombro ante mi insistencia en ponerme un modelo de seda verde con pedrería y detalles ostentosos.

No porque yo fuera especialmente recatada —no lo era—, sino porque solía poner muy poco esmero en mi apariencia.

No obstante, insistí hasta la extenuación en que rehiciera una onda al agua que no había terminado de quedar bien, y cambié el color de mi pintalabios hasta en tres ocasiones.

—Está usted perfecta —insistió mientras me observaba en el espejo desde todos los ángulos.

Y, aun así, me sentía de todo menos perfecta. Por mucho que alabaran mi belleza, en el fondo me creía menos que cualquiera de las personas de esa casa, tal vez por la desconfianza con la que me miraban; parecía que lo supieran todo de mí. Como si conocieran mi verdad.

Claudiqué ante la insistencia de Maisie y me decidí a bajar al salón. Los invitados estaban a punto de llegar.

No debería haberme extrañado que el señor Blackmore fuese uno de los primeros en asistir a la velada.

No obstante, cuando lo vi entrar, di una vuelta sobre mí misma bastante absurda, fingiendo buscar algo junto al ponche o la cubertería.

Arthur se encontraba charlando con el conde de Harrington y no quise interrumpirlo, así que tomé aire para recibir a tan indeseado invitado.

—Buenas noches, señor Blackmore —dije, tendiéndole la mano, muy a mi pesar.

Él la tomó de inmediato y la sostuvo unos segundos más de lo debido; sabía el efecto que causaba en las mujeres. La retiré con cierta brusquedad y alcé la barbilla en busca de un orgullo que parecía haberse quedado en mi alcoba.

—Es un placer volver a verla —respondió con un ronroneo—. Está usted espléndida, aunque eso ya lo sabe.

Me humedecí los labios ante tan extraño cumplido y él bajó la vista hacia mi cuerpo.

Contuve el aliento ante el descaro que había en su mirada.

Por suerte, Arthur debió darse cuenta de que su invitado predilecto había hecho acto de presencia, porque apareció a mi lado justo a tiempo.

Me agarré de su brazo, no sé si por marcar territorio o porque necesitaba sostenerme en él unos segundos.

—Mi querido amigo —lo saludó Arthur, dándole un fuerte apretón en el hombro—. Estoy deseando presentarle a unos conocidos esta noche.

El señor Blackmore sonrió como si estuviera tan emocionado como él ante la expectativa; sin embargo, fui capaz de detectar un brillo nervioso en su mirada. ¿O me lo había imaginado?

Pronto llegaron el resto de invitados: banqueros, artistas, burgueses y, por supuesto, las personalidades más exquisitas de la aristocracia inglesa.

Me mezclé con unas cuantas señoras y fingí que me interesaba mucho hablar de la última moda de París y de los cotilleos sobre otras damas que no se encontraban presentes.

En realidad, tenía ganas de salir corriendo, pero me vi obligada a continuar con aquella pantomima mientras seguía de reojo la trayectoria de mi marido y, sobre todo, del señor Blackmore.

Parecía cómodo en ese ambiente y volví a plantearme que quizá estaba equivocada.

Muchos lo conocían y parecían relajados a su lado; puede que mi intuición estuviera fallando por primera vez.

—No quiero sonar indecente —dijo la señora Phillips. La esposa del alcalde era una mujer rechoncha bastante mayor que solía vestir con colores estridentes—, pero ¿se han fijado en el señor Blackmore?

Me puse en alerta. Hice lo que mejor se me daba: escuchar en silencio. Esperé a que otra de las mujeres la mirara con desconcierto y se inclinara hacia delante.

—¿Qué pasa con él?

Unas cuantas señoras rieron por lo bajo y se cubrieron la boca como si hubiera contado un chiste de lo más divertido.

—¿No lo ven apuesto? —susurró la señora Phillips para explicarse—. Dicen que está soltero, tal vez sea un buen partido para alguna de sus hijas.

—Es demasiado guapo —zanjó la condesa de Harrington, negando con la cabeza—, mi hija estaría todo el tiempo vigilando que no coqueteara con otras mujeres. No le deseo eso a nadie, debe ser agotador.

Traté de no resoplar, porque el cariz de la conversación no iba por donde yo quería.

—Acaba de llegar a Inglaterra, ¿no? —Tuve que intervenir. Con un poco de suerte, alguien cogería el testigo.

—Sí. Al parecer, ha vivido diez años en América, de ahí ese acento un tanto peculiar —comentó la señora Withmore, una viuda con bastante carácter; de todas, siempre la había considerado la más inteligente—.

Por lo que cuentan, ayudó a muchas familias a sobrellevar el crac del 29 y es un maestro de las finanzas a pesar de su juventud.

—¿Saben si ha trabajado con alguien conocido? —pregunté, aun a riesgo de que descubrieran que quería desenmascararlo.

— Lord Cavendish no para de hablar de él. Ha aumentado su riqueza al doble gracias a sus consejos —apuntó una.

—Mi marido dice que nunca le había ido tan bien como ahora, desde que el señor Blackmore lleva sus cuentas —apuntó la señora Jones.

Apreté los labios, porque eso no era lo que quería oír. Si esas referencias llegaban a oídos de Arthur, estaría perdida: creería a sus compañeros de póker antes que a mí.

Pasé un buen rato bebiendo un poco de ponche con aire alicaído y, cuando me cansé de la charla banal que mantenían las mujeres, me decidí a informar a mis invitados de que podíamos acceder al salón de la cena.

Las cosas no estaban saliendo como esperaba y se pusieron aún peor cuando el maldito señor Blackmore decidió aposentarse a mi izquierda en la mesa.

A Arthur le gustaba mezclarse con los invitados tal y como indicaba el protocolo, y no solíamos sentarnos juntos.

Sin embargo, esa noche lo miré suplicante para que acudiera en mi rescate, pero no se dio ni cuenta, demasiado ocupado en escuchar a un pintor recién llegado a la ciudad.

El señor Blackmore retiró mi silla como el caballero que se suponía que era, y no pude negarme a su amabilidad; habría resultado descortés.

Bastante mala fama tenía ya. Así que tomé asiento con un suspiro resignado.

Frente a él se encontraba la parlanchina esposa del alcalde, así que asumí que no tendría que preocuparme por la conversación: ella se encargaría de todo.

Además, a su lado se había sentado el señor Harris, un importante banquero, que acapararía toda la atención del señor Blackmore. O eso esperaba.