La medida del tiempo El asesor #2
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El asesor #2

Aquella mañana lo vi llegar a primera hora desde la ventana de la biblioteca.

Me pregunté si acaso no tenía un hogar en el que pasar las horas, porque prácticamente absorbía todo el tiempo de Arthur.

No es que eso fuera malo en sí mismo, estaba más que acostumbrada a las excentricidades de tu bisabuelo y a su carácter casi obsesivo con las novedades.

Y ese hombre era una novedad, por supuesto.

Lo que me incomodaba en realidad era él, y me costaba admitirlo.

Así que, nada más verlo aparecer, agarré uno de los candiles que teníamos dispuestos en un rincón, decidida a desaparecer del mapa unas cuantas horas.

Apreté el mecanismo que abría una de las puertas secretas que conducían hacia los pasadizos y me deslicé por ella como un fantasma. Cerré tras de mí y suspiré con alivio.

Recorrí un tramo del corredor. Podía escuchar las voces amortiguadas del servicio a través de las paredes.

En más de una ocasión los había oído con la suficiente claridad como para saber que la mitad me detestaban; no soportaban mis rarezas y, en el fondo, no los culpaba.

Es muy difícil saber lo que se esconde tras una persona conociendo solo su fachada.

Cuando los oía cuchichear, solía pasar de largo porque, aunque me importaba poco que me llamaran «estirada», no era agradable.

Lo mejor —y lo peor— de esos pasadizos es que había pequeñas aberturas del tamaño de una canica en varias de las estancias.

Al principio había creído que se trataba de un mecanismo para la renovación de aire, pero con el tiempo había comprendido que esos orificios eran para espiar.

Estaban estratégicamente colocados en los puntos más importantes de la casa: la biblioteca, el despacho de Arthur, los cinco salones, el comedor y algunas habitaciones de invitados.

No tenía ni idea de quién había construido Wethery Hall, pero desde luego gozaba de un singular sentido del humor o ciertas tendencias voyeristas.

En cualquier caso, me vino muy bien para observar al señor Blackmore sin que se diera cuenta.

Deduje que Arthur lo había hecho pasar a su despacho, como acostumbraba, así que recorrí unos cuantos metros en dirección a esa zona de la casa. No necesitaba mapas porque siempre había tenido un excelente sentido de la orientación, con lo cual, no tardé mucho en alcanzarlos.

A pesar de la diminuta abertura por la que los observaba, me percaté de que el despacho olía a cuero y al tabaco que Arthur solía fumar.

Arrugué un poco la nariz: nunca me ha gustado el humo y me trae demasiados recuerdos.

Tu bisabuelo permanecía de espaldas a mí, sentado tras su escritorio, con los dedos entrelazados sobre la superficie pulida, mientras el señor Blackmore charlaba con entusiasmo.

—Le hablo de una oportunidad irrepetible: los ferrocarriles de Nueva York están en plena expansión y los astilleros navales de Brooklyn no paran de crecer; le sugiero una participación preferente antes de que el capital americano se adelante.

—Sonrió con seguridad—. En menos de dos años, su inversión podría triplicarse.

Dejé de respirar. El señor Blackmore tenía una dicción demasiado pulida, casi ensayada.

Continuó hablando con una convicción arrolladora y cada cifra que pronunciaba parecía perfecta, sin aristas.

Según su discurso, no había dudas ni riesgos.

Y eso, precisamente, fue lo que me inquietó desde un principio.

—¿Y las garantías? —preguntó Arthur con un leve carraspeo.

Después de todo, tu bisabuelo no era tonto, por mucho que su impulsividad gobernara buena parte de sus decisiones.

—Le doy mi palabra, milord , y la de los hombres que ya han entrado en el negocio.

Por discreción, prefiero mantener sus nombres en el anonimato, aunque, créame, son apellidos de peso.

Si lo ve necesario, puedo hablar con ellos para que accedan a contarle las bondades de esta inversión; estoy seguro de que alguno de ellos accederá siendo usted quien es.

Apreté los labios. Nombres ambiguos, socios invisibles y beneficios extraordinarios en plazos milagrosos. Conocía muy bien ese juego.

El señor Blackmore se inclinó hacia delante.

—Entiendo que una suma de esta magnitud requiere reflexión, pero le aseguro que el tiempo apremia. Otros ya están preparados para ocupar su lugar si decide dejar pasar la ocasión.

Ahí estaba la estocada final; la presión y la urgencia por cerrar el trato.

Cerré los ojos un instante para calmarme y rezar porque Arthur no fuera tan obtuso como para no ver lo que a mí me resultaba evidente: ese tipo no era trigo limpio.

Lo supe con una certeza instintiva, aunque todavía no tenía pruebas.

—¿De cuánto estamos hablando exactamente? —preguntó Arthur.

El señor Blackmore pronunció una cifra indecente con suavidad, como si fuera una nimiedad, y me hirvió la sangre.

Estuve a punto de salir de mi escondite y abrir la puerta de su despacho de un golpe para frenar ese sinsentido.

Aquella cantidad no comprometería solo la estabilidad de nuestras finanzas, sino todas nuestras propiedades, las rentas, las tierras.

Ese hombre volvió a sonreír, convencido de que ya había ganado.

—Con su respaldo, conde, este será el negocio de la década.

«No. Será el desastre del año», pensé para mis adentros. Y mientras el señor Blackmore desplegaba papeles y mapas, tomé una decisión: no permitiría que aquel hombre se saliera con la suya. Fuera cual fuese su objetivo, estaba claro que no nos beneficiaría de ningún modo.

—Tengo que pensarlo —dijo Arthur al final, usando un poco de sentido común.

Suspiré aliviada y me propuse quitarle ese negocio de la cabeza esa misma noche.

La llama de mi candil se estaba extinguiendo, así que no me quedó más remedio que regresar a la biblioteca y mantener la calma mientras el señor Blackmore amenazaba silenciosamente todo cuanto había conseguido en mi vida.

Aquella noche aguardé despierta a que tu bisabuelo viniera a la alcoba.

Aunque contábamos con habitaciones separadas, casi nunca dormía sola.

Me escabullía a sus aposentos y él no se quejaba.

Quería tenerlo cerca porque me daba miedo que, si se alejaba de mí, pusiera los ojos en otra mujer.

No es que fuera el típico hombre infiel, no me malinterpretes, pero ya hemos quedado en que tenía cierta tendencia a perder la cabeza por las novedades y, para qué engañarnos, yo había sido una novedad en su día.

Arthur se puso el pijama y se metió bajo las sábanas con cierto aire abatido, como si una idea le rondara la cabeza.

Yo sabía a la perfección qué idea era esa, pero no podía confesarle que lo había estado espiando tras las paredes, así que me incliné hacia él y pegué mi cuerpo en su costado, tal y como le gustaba que hiciera. Me abrazó.

—¿En qué piensas?

Arthur confiaba en mí, más de lo que los maridos solían hacer con sus esposas en aquella época, así que soltó un suspiro y me lo dijo:

—El señor Blackmore me ha propuesto un negocio muy interesante.

—Pero… —apunté, sabiendo que había algo que lo frenaba.

—No estoy seguro de que sea buena idea. Puede poner en jaque toda nuestra fortuna.

—Entonces no lo hagas.

Inclinó la cabeza para mirarme. Lo besé en los labios para tratar de seducirlo una vez más; solía provocar el efecto esperado y Arthur terminaba haciendo lo que yo quería.

Eran muchos años de manipulación a mis espaldas y sabía muy bien lo que hacía.

Deslicé una mano hacia el botón de la parte superior de su pijama y se lo desabroché.

Colé la mano y acaricié su pecho. Lo escuché suspirar y sonreí para mis adentros.

Sin embargo, Arthur me agarró de la muñeca con suavidad y retiró mi mano.

—Hoy no —musitó—. No creo que pueda satisfacerte…

Me puse nerviosa porque ese siempre había sido mi método de control. ¿Qué iba a hacer si ya no quería acostarse conmigo?

—Claro que sí, querido —aseguré, a la desesperada.

Pero Arthur no colaboraba, así que no lo presioné más y terminé por marcharme a mi cuarto. Tal vez solo estaba demasiado ofuscado por el plan que el señor Blackmore le había propuesto. Maldije a ese hombre en silencio. Tuve la sensación de que había llegado a mi vida para desmoronarla.