El asesor
Arthur sabía perfectamente cuánto me gustaba estar sola y casi siempre lo respetaba.
Sin embargo, esa lluviosa tarde de enero mandó a una doncella a la biblioteca donde me encontraba leyendo para llamarme; quería que acudiera al salón azul cuanto antes.
Estuve a punto de desestimar su petición, pero le debía demasiadas cosas a tu bisabuelo como para tenerlo descontento, así que dejé el libro en la estantería y suspiré con resignación.
—Enseguida voy.
La doncella asintió y se marchó por donde había venido.
Aproveché para revisar mi aspecto. Solía ir impecable, porque siempre había alguien en Wetherby Hall.
Arthur, al contrario que yo, era muy sociable y le encantaba estar rodeado de otros aristócratas o artistas; decía que despertaban la chispa creativa que él nunca había tenido.
Aquel día mi doncella de confianza, Maisie, había elegido un vestido de color crema que lo único que hacía era resaltar mi tez olivácea; una que procuraba empolvar para disimular mis orígenes.
No obstante, no me había quejado, porque esa pobre muchacha bastante tenía con aguantarme cada día.
Mi humor no es ninguna maravilla, como bien sabes, y en el fondo siempre he detestado la superficialidad de las modas.
Me ponía lo que Maisie me decía y lo llevaba con estoicismo; escuchaba los cumplidos que la gente me hacía y asentía con sonrisas ensayadas cuando apreciaban mis encantos.
«Es usted toda una belleza». «Qué ojos más bonitos tiene, ¿nunca se lo han dicho?
». «Su piel es perfecta». «¿Quién la peina con tanta elegancia?
». La verdad es que nunca me ha importado mi físico, quizá porque me ha traído más disgustos que alegrías, pero esa es otra historia.
La cuestión es que, aunque no me sentía del todo a gusto con ese vestido de seda y no me apetecía en absoluto ver a nadie, me encaminé hacia el salón azul para no decepcionar a Arthur.
La puerta estaba cerrada. Titubeé un instante; tal vez había cambiado de opinión. Me encontraba analizando el pomo cuando alguien abrió por mí. Instintivamente di un paso atrás, asustada, y me relajé cuando tu bisabuelo me recibió con esa sonrisa amable que lo caracterizaba.
—Querida, por fin estás aquí. —Me cogió del brazo con efusividad y me introdujo en el salón.
Tras cinco años de matrimonio lo conocía bien.
Arthur solía ilusionarse como un niño pequeño ante las novedades, y supuse que tanto alboroto debía ser por un nuevo artista al que había descubierto o a un escritor que lo había fascinado.
Quizá había decidido ser su mecenas y quería enseñarme algunas de sus obras.
—Quiero presentarte a alguien.
Puse mi mejor cara, aunque en realidad deseaba llevar los ojos al techo ante lo repetitivo de la situación: ya debía haberse cansado del pintor bohemio de estilo surrealista al que le había pagado una fortuna por un cuadro y habría encontrado carne fresca.
—Por supuesto —asentí, y entré en la estancia.
Había un hombre muy alto de espaldas, de pie frente a la chimenea, calentándose las manos.
Llevaba un abrigo largo y en sus hombros anchos pude ver los restos de lluvia del exterior; debía haber llegado hacía poco.
Pensé que tenía que apreciar mucho a Arthur para cruzar la campiña en medio de aquella tempestad.
—Señor Blackmore, me gustaría presentarle a mi esposa, lady Alana Montrose.
El desconocido se volvió en cuanto Arthur pronunció mi nombre.
Me quedé paralizada un instante. Fue como si, de pronto, ese hombre hubiera robado todo el aire de la estancia para quedarse con él.
A pesar del impacto que me causó, me apresuré a analizar cada detalle.
Bajo su abrigo, reconocí que el traje que llevaba era de una de las mejores sastrerías de Londres y sus zapatos estaban brillantes, pese al barro que todavía podía verse en la suela.
Saltaba a la vista que eran nuevos. Su cabello, abundante y negro, lucía más corto en los laterales y más largo en la zona superior, que llevaba perfectamente peinada; pude ver unas cuantas gotas de lluvia atrapadas en la brillantina.
Tenía los ojos azul oscuro, como el cielo de tormenta que se veía a través de las ventanas.
Era casi tan joven como yo y apuesto de un modo incómodo; una de esas personas a las que no quieres mirar demasiado por si se dan cuenta de cómo te afectan.
Dio un par de pasos hacia mí y extendí la mano como indicaba el protocolo.
Él la aceptó y me puse nerviosa como una tonta cuando me la estrechó.
Tenía la piel caliente, a pesar de la lluvia, y mis dedos se sintieron fríos y pequeños entre los suyos.
Inclinó ligeramente la cabeza en un gesto de respeto, pero no desvió sus ojos de los míos.
—Es un honor conocerla, condesa. Lord Montrose no deja de hablarme de usted. —Tenía la voz grave y me resultó incluso más fascinante.
—Le contará cosas buenas, supongo —contesté para tratar de calmarme.
Él sonrió y fue incluso peor. Solté la mano del señor Blackmore de inmediato, como si hubiera estado haciendo algo malo.
—Por supuesto, querida —dijo Arthur, acercándose a mí con una sonrisa y poniendo la mano en mi cintura.
Tu bisabuelo también era un hombre atractivo, no me malinterpretes, y aunque era más de veinte años mayor que yo, siempre había apreciado su cabello canoso y sus ojos cristalinos.
Tenía una sonrisa cálida, que ocultaba bajo una barba bien cuidada, y me hacía sentir única.
Sin embargo, ese día, el señor Blackmore despertó algo distinto en mí; algo que había estado dormido durante toda mi vida por razones que ahora no vienen al caso.
El invitado desvió la vista hacia mi marido y pude volver a respirar.
¿Quién era ese hombre y por qué nunca había oído hablar de él?
Desde luego, no tenía aspecto de artista ni de burgués; había algo aristocrático en él, aunque estaba segura de que no pertenecía a la nobleza. Lo habría conocido antes.
—Sabes que llevo un tiempo preocupado por los costes de mantenimiento de todas nuestras propiedades.
Wetherby Hall cuesta millones cada año y el resto de los negocios que abrí por Europa no cubren del todo los gastos —me explicó tu bisabuelo.
Se giró hacia su invitado un instante y después, volvió a mirarme—.
Considero que el señor Blackmore puede asesorarnos en la gestión de nuestra riqueza.
No se me dan demasiado bien las finanzas y me temo que el condado está comenzando a resentirse por ello.
Tuve un escalofrío. Quise preguntarle si estábamos en la ruina, porque nada me parecía más horroroso que vivir en la pobreza. No obstante, Arthur me tranquilizó diciéndome que era una situación pasajera y que no me afectaría en nada.
—El señor Blackmore estuvo en Nueva York durante el crac del 29 y levantó varias fortunas y anticipó quiebras —continuó Arthur—. Lo he conocido en el club de caballeros de Londres y todo el mundo habla maravillas sobre él.
Fruncí el ceño y volví a mirar al hombre, que aguardaba en silencio frente a mí mientras mi marido me contaba las bondades de su persona.
Entrecerré los ojos, como si quisiera ver a través de su alma.
¿Era digno de confianza? No había oído hablar de él, y Arthur tenía cierta tendencia a confiar en la gente sin hacer demasiadas preguntas.
A mí, en cambio, la vida me había enseñado a desconfiar incluso de mí misma.
El señor Blackmore respondió a mi escrutinio con la misma intensidad, y tuve la sensación de que podía ver mis pecados a través de mis pupilas.
—¿Qué te parece si se convierte en nuestro asesor? —preguntó Arthur, ilusionado.
Apreté los labios sin pensar en si mi carmín se borraría con el gesto. Algo en ese hombre me había puesto en alerta, y poco me importaban las apariencias.
—¿No sería más prudente discutirlo en privado? —le susurré al oído—. Tal vez deberíamos pedir referencias antes de…
—Ya lo he hecho —respondió resuelto, sin molestarse en ocultar mis reparos—. El señor Cavendish está muy contento con sus servicios, y el señor Neville me contó que los salvó de la quiebra.
Por la expresión seria del señor Blackmore supe que me había escuchado. En vez de hacerme pequeña, alcé la barbilla con orgullo.
Había algo extraño en él. No era solo ese magnetismo que exudaba; por sus gestos deduje que escondía tantos secretos como yo.
Aun así, no podía decirle eso. Era consciente de que solo era una intuición, quizá absurda, así que me resigné a aceptar una decisión en la que, en realidad, yo poco o nada había intervenido.
—Que así sea, pues.
El señor Blackmore me dedicó otra inclinación de cabeza y una sonrisa de medio lado que me provocó un escalofrío.
Wetherby Hall era un lugar lóbrego y, como todo palacio antiguo, ocultaba una red de pasadizos secretos dignos de película.
Me gustaba deambular por ellos con una lámpara de gas y fantasear sobre a quién habrían refugiado en el pasado y los motivos que habrían llevado a su construcción.
También era un modo de aislarme del mundanal ruido que reinaba en los pisos superiores: las doncellas que adecentaban las habitaciones desde primera hora de la mañana, los lacayos que recorrían la casa para transmitir recados y mensajes, los lujosos coches con invitados yendo y viniendo para visitar a Arthur.
Si me escondía allí, nadie podía encontrarme ni reclamar mi presencia.
Así que, cuando mi realidad me sobrepasaba, recorría esas húmedas y sombrías galerías; a esas alturas, ya eran para mí como un segundo hogar.
A causa de la inesperada amistad de mi marido con el señor Blackmore, comencé a pasar más tiempo allí abajo. Por nada del mundo quería volver a encontrármelo de frente.