La medida del tiempo Prólogo
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La medida del tiempo

La medida del tiempo

Por Amanda Clark

© inepub.com

Prólogo

Carlota retiró la cortina de terciopelo rojo y entornó los ojos para observar a los periodistas, que bajaban de sus furgonetas con cierta prisa, como si su próxima entrevistada fuera a huir despavorida.

Sonrió para sus adentros. Le costaba imaginarse a su bisabuela de ciento diez años realizando cualquier movimiento brusco.

No por su avanzada edad, sino porque Alana Montrose no había hecho nada que careciera de elegancia en toda su existencia.

—Ya están aquí. —Carlota soltó la cortina y se volvió hacia ella.

Alana esperaba de pie en medio del salón.

Siempre había sido de corta estatura y, a pesar de los años que pesaban sobre su cuerpo, continuaba caminando con firmeza sobre unos zapatos de tacón; se negaba a renunciar a esos centímetros de más.

Carlota admiraba la suavidad de sus gestos, estudiados al milímetro, y sus sonrisas crípticas.

Sus ojos eran dos pozos oscuros que encerraban misterios que nadie había desentrañado y, a través de las arrugas que surcaban su rostro, podía adivinarse la belleza que un día había albergado, una que jamás había tratado de ocultar.

Se había puesto un traje chaqueta de color beige , entallado y tan claro que parecía blanco.

Llevaba el cabello plateado y peinado con ondas al agua; resultaba evidente que se había pasado horas en la peluquería.

Jamás toleraría aparecer en televisión con un mechón fuera de lugar.

—Hazlos pasar, pues —pidió sonriendo—. Los esperaré en el salón de té.

Carlota se dirigió a la entrada y, antes de que pudiera llegar, alguien llamó al timbre.

Se pasó la mano por su melena recta de color azabache y tomó aire.

No es que le faltara seguridad en sí misma, pero no estaba acostumbrada a recibir a los medios de comunicación.

Contó hasta tres, abrió la puerta y se topó con cinco periodistas.

Uno de ellos cargaba una enorme cámara dentro de un maletín; otro sostenía una barra con un micrófono en el extremo; un par de chicas jóvenes, que parecían estudiantes, llevaban cuadernos bajo el brazo; y, en el centro, se encontraba una presentadora a la que recordaba haber visto en televisión alguna vez.

Aunque le había dicho su nombre en el correo electrónico cuando la había contactado, Carlota no lo recordaba.

Quizá la mujer se dio cuenta, porque acudió en su rescate:

—Soy Gloria Sánchez, de Voces de un Siglo , encantada de conocerte. —Alargó la mano hasta Carlota, que se apresuró a estrecharla con firmeza.

—Adelante.

Los hizo pasar y les pidió que la siguieran hasta el salón que Alana le había indicado.

Su bisabuela se había sentado en uno de los sillones con tapicería de damasco dispuestos junto a la chimenea, que habían encendido para la ocasión.

Alana tomaba el té con tranquilidad, como si no estuviera ocurriendo nada relevante, mientras otra butaca frente a ella permanecía vacía.

En cuanto vio entrar a los periodistas, dejó la taza sobre la bandeja de plata que reposaba en la mesa y se puso en pie.

—No es necesario que se levante —dijo la presentadora en un intento de mostrarse amable con una persona de tan avanzada edad.

Alana le dedicó una sonrisa condescendiente. Si Carlota no la hubiera conocido, ese pequeño gesto la habría hecho retroceder. La periodista se tensó y detuvo sus pasos.

—No se preocupe por mí, todavía soy perfectamente capaz de moverme. —Caminó hacia ella con agilidad y le tendió la mano arrugada y con artrosis, pero con una seguridad tan arrolladora que todos se quedaron en silencio—. Es un placer recibirlos en mi casa.

Gloria le estrechó la mano y asintió. Alana le hizo un delicado gesto para que se acomodara en la butaca frente a ella y la mujer obedeció de inmediato.

La anciana se sentó de nuevo y volvió a tomar la taza.

Dio un sorbo mientras observaba a su invitada con esa mirada penetrante que quitaba el aliento.

La presentadora parecía algo intimidada.

«Seguramente está acostumbrada a abuelitas adorables que nada tienen que ver con Alana», pensó Carlota.

Su bisabuela no había sido una mujer convencional: si cumplía una norma era porque quería, no porque se lo mandasen.

Hasta donde sabía, había rehuido cualquier rol que hubieran tratado de imponerle y había hecho y deshecho a su antojo, sin tener en cuenta nada ni a nadie.

En el fondo, la admiraba. Tal vez porque era la única familia que le quedaba, pero siempre había visto en ella un modelo a seguir.

—Espero que hayan encontrado la casa sin problema, la urbanización es un poco enrevesada. —La presentadora asintió, impresionada por la fluidez de alguien tan mayor—. ¿Desean un té? ¿Un café?

Alana siempre había sido una perfecta anfitriona.

—No, no se moleste —contestó Gloria con rapidez—. Montaremos los micros y la cámara en un momento y podremos empezar la entrevista, no quiero robarle demasiado tiempo.

Su bisabuela rio por lo bajo.

—Tengo todo el tiempo del mundo, ¿no cree?

Gloria la miró desconcertada y asintió antes de darle instrucciones a sus acompañantes.

Una de las asistentes le colocó un micrófono a la presentadora y luego hizo lo propio con Alana, con las manos un poco temblorosas, como si temiera hacerle daño con tanta modernidad.

Su bisabuela esperó paciente a que todos se colocaran en posición y empezaran a grabar.

Carlota se hizo a un lado para huir de las cámaras.

—¡Grabando!

Gloria se irguió y le dedicó una sonrisa televisiva a la anciana, que se mantuvo impasible en su sillón.

—Hoy estamos con Alana Montrose, condesa de Ravenshire, que nació un día de Navidad de hace ciento diez años. ¿Cómo se siente al convertirse en testigo de más de un siglo de historia?

—Muy vieja —contestó con una pequeña carcajada, a la que se unió la periodista.

—¿Y cuál cree que ha sido el secreto de su longevidad?

Alana se quedó en silencio unos segundos y, cuando la presentadora se disponía a repetir la pregunta por si no la había escuchado, terminó respondiendo:

—La espera.

—¿La espera? —Puede que pensara que la mujer que tenía delante no estaba tan cuerda como había creído en un principio.

—Todos esperamos algo: un ascenso, un premio, un nacimiento, una buena noticia... Mientras haya espera, hay vida; es algo natural e intrínseco en el ser humano.

La periodista se quedó un momento sin palabras y terminó asintiendo. Después, miró hacia un pequeño cuaderno que se había colocado sobre la falda y continuó con su batería de preguntas.

—¿Ha sentido alguna vez el peso de las expectativas asociadas a su posición como condesa de Ravenshire?

Alana le dedicó una sonrisa triste.

—Cada día. Todavía lo siento. Supongo que la gente ve un título nobiliario y no a la persona que hay bajo todas esas capas de rumorología y riquezas; sobre todo la prensa.

Gloria carraspeó y cambió rápidamente de tema.

—Usted vivió grandes acontecimientos, como la Segunda Guerra Mundial, ¿qué recuerdos conserva de aquellos años?

Alana frunció el ceño y fue ella quien en esa ocasión se removió incómoda en su asiento. Carlota estuvo a punto de intervenir, porque su bisabuela no acostumbraba a sentirse descolocada, y aquella pregunta había tocado un flanco débil de su historia. Siempre se había negado a hablar de esa época.

—Fue una etapa complicada para todos —afirmó, sin entrar en más detalles.

La periodista trató de indagar con preguntas del mismo estilo.

Sin embargo, al ver que Alana contestaba con monosílabos, dejó de insistir y cambió de tercio con asuntos igual de indiscretos.

Carlota no dejaba de preguntarse por qué demonios su bisabuela había accedido a algo así.

No había necesidad de exponer su hogar ni su vida de ese modo, y menos a esas alturas.

—A lo largo de los años han circulado rumores que la vinculan con actividades de espionaje. ¿Cómo responde a esas historias?

Alana se echó a reír.

—Son cuentos de viejas. Ser espía suena glamuroso y apasionante. Pero, si le digo la verdad, mi vida ha sido mucho más aburrida de lo que la gente cree. No soy ninguna Mata Hari, lo siento.

—Entonces, ¿no ha vivido grandes emociones? ¿Quizá un amor que marcara su vida de manera especial?

Alana mantuvo el rostro impasible, pero Carlota la conocía lo suficientemente bien como para detectar que esa cuestión tampoco le había gustado.

—Fui feliz en mi matrimonio, si eso responde a su pregunta.

—Por supuesto.

Al percatarse de que la entrevistada comenzaba a tensarse, Gloria por fin se dedicó a hacerle preguntas más amigables.

Alana se relajó y empezó a narrar viejas historias de los años sesenta y los cambios sociales que había presenciado desde su posición privilegiada.

También habló sobre las transformaciones en la nobleza y lo que creía que estaba por venir.

Tras una intensa hora de conversación, la presentadora decidió que ya tenían suficiente material para trabajar y se dispuso a concluir la entrevista con preguntas de cierre.

—¿Se arrepiente de algo?

Alana pensó la respuesta durante un instante.

—No. Siempre hice lo que creía mejor para mí y los míos.

Gloria asintió.

—¿Existe alguna parte de su historia que aún permanezca en la sombra?

—Todos tenemos sombras. Yo no soy la excepción.

La presentadora le dio las gracias y le dedicó unas palabras amables antes de que cortaran la grabación; no se disculpó por haberla incomodado durante algunas partes de la entrevista.

Alana tampoco se molestó en fingir que la apreciaba y se dedicó a observar cómo el cámara y las asistentes recogían sus cosas, con los labios tan fruncidos que las arrugas provocaron que se le cuarteara el pintalabios.

Carlota los apremió a salir de casa bajo el pretexto de que su bisabuela estaría muy cansada, aunque sabía que era capaz de aguantar eso y mucho más.

Los acompañó a la salida y tuvo la sensación de ser un perro pastor procurando que ninguno de ellos se extraviara para hacer fotografías de la casa sin permiso.

Todos habían querido entrar en el palacio de la condesa, pero Alana nunca había concedido entrevistas ni exclusivas; esa era la primera vez que había accedido a recibir a los periodistas en su casa, y deducía que también la última.

Cuando se encontraban ya en el pasillo de salida, Gloria estiró el cuello para tratar de discernir de lejos cómo eran algunas de las habitaciones.

Carlota estuvo a punto de reprenderla por su osadía, pero le permitió saciar un poco su curiosidad.

Después de todo, a ella seguía impresionándole ese lugar, que parecía la torre de una vieja princesa que hubiera querido traerse el esplendor de los antiguos palacios ingleses: las paredes estaban forradas de papel pintado con flores de lis, los muebles de nogal mostraban delicadas molduras y patas cabriolé, y las cuberterías que se exponían en los aparadores brillaban tanto bajo las lámparas de araña que parecían cristales de Swarovski.

—Gracias por todo —dijo Gloria, tal vez recordando que debía ser mínimamente educada—. Les enviaré la versión definitiva de la entrevista en cuanto se retransmita por televisión el día de Navidad.

No le propuso verlo antes, ni la posibilidad de realizar ningún cambio.

Carlota suspiró. Supuso que así eran los medios.

Le estrechó la mano y, cuando por fin se marcharon, soltó un bufido.

Cerró los ojos y disfrutó del silencio que de pronto reinaba en la casa.

Tenía la sensación de que el palacio también había rechazado esa visita: era una intrusión a un lugar que había permanecido privado durante décadas.

—¿Ya se han ido?

Carlota dio un respingo. No había escuchado a Alana acercarse por la espalda. A pesar de lo menuda que era, su presencia lo ocupaba todo.

—Sí.

—No me ha gustado esa mujer.

—A mí tampoco.

—En realidad, no importa. La entrevista era solo un pretexto.

Carlota la miró con el ceño fruncido. Estaba acostumbrada a las maquinaciones de su bisabuela e incluso se jactaba de ser capaz de predecirlas, pero esa no la había visto venir.

—¿Un pretexto para qué?

—Para contarte mi verdadera historia. Creo que es evidente que no debe quedarme mucho tiempo.

Carlota se tensó. Su bisabuela era lo único que le quedaba. Estaban solas; estaba sola.

—No pongas esa cara, niña —la regañó con un mohín—, creo que ya he vivido más de lo que debía. ¿No te parece? Además, me apetece pasar mis últimos días, meses, o lo que sea, hablando de él.

—¿Quieres hablar del bisabuelo Arthur?

Alana le dedicó una sonrisa triste.

—No, querida, no de él.

Se acercó para tomarla del brazo y Carlota se dejó conducir de vuelta al salón de té, donde Alana la sentó en uno de los sillones orejeros.

La miró con sus profundos ojos negros y le acarició la mejilla.

El gesto le provocó un escalofrío; no por repulsión ni por miedo, sino porque su bisabuela nunca había sido cariñosa.

Alana se sentó con suavidad y sirvió un poco más de té en la taza. Ya estaba frío, pero no pareció importarte, y dio un par de sorbos, como si necesitara hidratarse la garganta antes de seguir hablando.

—Nunca le he contado a nadie esta historia, así que escúchala bien porque no la voy a repetir.