Capítulo 25 — El cuaderno
El cuaderno
Salcedo no abrió el buzón hasta que llegó un agente con guantes.
La tarjeta estaba encajada entre una factura y una circular. Nora esperaba junto al portal mientras Teresa conseguía que Amparo volviera al primero B.
El agente fotografió la cartulina y la introdujo en una funda.
FALTA TU VOTO.
—¿Reconoce la letra? —preguntó Salcedo.
—No.
Las letras estaban separadas, construidas para no parecer de nadie.
Nora sí reconocía la papeleta. Era de las que se utilizaban antes de ConVive.
—¿Dónde se guardaban? —preguntó Salcedo.
En el primero A estaba el archivador que había visto durante la búsqueda de la fotografía de Julián.
ACUERDOS POR MAYORÍA.
Elvira lo había sacado de una balda baja. El lomo de cartón estaba algo vencido. Entonces no significó nada.
—Hay un archivo en su casa.
El primero A seguía bajo custodia. Salcedo solicitó autorización judicial para ampliar el registro antes de romper el nuevo precinto.
Dentro, la vivienda conservaba los cajones abiertos y los huecos de las cajas retiradas por la mañana. La taza del desayuno seguía en el fregadero.
El archivador apareció en la balda inferior del armario.
Nora recordó la primera vez que lo había visto. Elvira lo había sacado para que la policía revisara la balda; la agente lo hojeó y lo devolvió después a su sitio. Entonces el lomo cedido le pareció desgaste: años de actas, presupuestos y votaciones comprimidos dentro del cartón.
Salcedo lo colocó sobre la mesa y fue retirando actas, convocatorias y sobres de votaciones antiguas.
Aparecieron decisiones que ya nadie recordaba: un cambio de administrador, la pintura del portal, las cámaras, una derrama para el tejado.
Aquella acumulación de acuerdos hacía que el nombre del archivador resultara casi banal.
No encontraron nada hasta que el agente presionó el lomo.
El cartón cedió.
Había un segundo panel, separado apenas unos milímetros del primero.
Detrás apareció una cubierta negra.
Nora reconoció el cuaderno antes de que lo sacaran. Lo había visto junto al ordenador de Gael la noche que subió a hablar con él.
No lo abrieron allí. Lo fotografiaron dentro del escondite, después fuera, y lo guardaron en una bolsa de pruebas.
Nora sintió una decepción absurda cuando desapareció dentro del plástico. Había imaginado que encontrar una prueba produciría claridad inmediata. En cambio, el cuaderno seguía cerrado y el edificio continuaba teniendo las mismas puertas, los mismos peldaños y una sopa enfriándose en casa de Amparo.
—¿Está segura de que era suyo? —preguntó Salcedo.
—Sí.
—¿Lo había vuelto a ver desde aquella noche?
—No.
La funda con la tarjeta seguía entre las manos enguantadas del agente.
—Quería que lo encontráramos.
—Eso parece —dijo Salcedo.
No añadió para qué.
A primera hora de la tarde, en comisaría, Nora vio solo las páginas necesarias para identificar el cuaderno y entender las últimas horas de Gael.
Había notas antiguas, horarios y nombres. Doce días antes de morir aparecían tres líneas:
PLATAFORMA JULIÁN.
ORDEN DE VOTOS.
RESULTADO VISIBLE TRAS LA PRIMERA RESPUESTA.
Más adelante, un esquema incompleto del envío y de la plantilla.
Gael no había visto los formularios individuales, pero ya sospechaba que aquello no era una votación común.
Junto a algunos nombres había preguntas, no conclusiones.
En una página había escrito «YAGO — LLAVE» y después lo había tachado. En otra, «SIMÓN — PERFIL ≠ PERSONA».
Nora reconoció con incomodidad parte de su propio recorrido. Gael también había empezado acusando y había tenido que aprender a separar una pieza de la historia que parecía contar.
La página de la noche del crimen empezaba con horas.
22:47 — SIMÓN.
22:49 — ARCHIVO JULIÁN.
23:17 — PUBLICADO.
23:20 — ELVIRA. LO SABE. QUIERE QUE PARE.
La última frase estaba subrayada.
Más abajo cambiaba la letra. Las líneas se inclinaban y la presión del bolígrafo era irregular.
ME HA EMPUJADO.
Debajo había otra frase.
TIENE MI LLAVE. ESTÁ DENTRO.
Nora leyó las palabras dos veces.
Sintió primero una satisfacción breve: allí estaba la frase que faltaba, algo que no dependía de porcentajes ni de la memoria de un vecino. La satisfacción desapareció en cuanto recordó quién había tenido que escribirla y en qué estado.
El cuaderno no convertía a Gael en otra persona. Seguían existiendo el trastero, el dinero y su voto contra la plataforma. Solo conservaba lo último que había alcanzado a entender.
Damián lo había encontrado vivo a las 00:18. Lo ayudó a subir. Gael no encontraba la llave. A las 00:23, Damián oyó abrirse el cuarto B.
El cuaderno tenía que haber salido con Gael del cuarto B antes del primer empujón; después ya no volvió a entrar en su vivienda.
Gael había escrito mientras esperaba frente a su propia puerta.
Había una tercera anotación, peor formada.
NO HA SALIDO.
Después, nada.
No aparecía Yago.
—¿Basta? —preguntó Nora.
Salcedo cerró la carpeta.
—Basta para que su negativa de esta mañana deje de sostenerse.
Elvira pidió hablar con Nora antes de ampliar su declaración. Su abogado aceptó una conversación breve, grabada y con Salcedo presente. Nora no iba a interrogarla ni a participar en la toma formal de declaración. Podía levantarse cuando quisiera.
Antes de entrar, Teresa le había preguntado si estaba segura. Nora no lo estaba. Entró de todos modos porque llevaba días queriendo saber qué significaban los actos de Elvira y, por fin, ya no necesitaba creer ninguna respuesta para poder salir de la habitación.
Elvira seguía con la camisa gris de la mañana. Ya no llevaba reloj, bolso ni llaves.
Salcedo colocó una fotografía de las últimas páginas sobre la mesa.
—Lo hemos encontrado.
—Ya lo sé —dijo Elvira.
—¿Dejó la tarjeta para eso?
—Sí.
Nora sintió una irritación seca.
—Podías haberlo entregado tú.
—Sí.
—La noche que murió.
Elvira bajó la mirada.
—Sí.
Salcedo habló antes de que la conversación se desviara.
—A las 23:20, Gael estuvo en su casa. Esta mañana dijo que no volvió a verlo. ¿Mantiene esa declaración?
Elvira miró la fotografía.
—No.
El abogado le aconsejó que se detuviera. Ella negó con suavidad.
Según contó Elvira, Gael había llegado al primero A con las capturas del envío programado y su propio resultado, convencido de que ella sabía lo que ocurría. Le dijo que borrara lo que hubiera preparado y que por la mañana hablaría con Simón y con la policía.
—Le pedí que esperara —dijo Elvira.
—¿A qué? —preguntó Salcedo.
—A que terminara.
No explicó qué debía terminar. Ya no hacía falta.
Gael se marchó. A las 00:04, Elvira subió por la escalera de servicio para recuperar las copias que él había reunido.
Lo encontró cerca de la puerta cortafuegos, con varios papeles doblados.
—Me dijo que Julián había muerto por una caída en casa y que yo necesitaba que fuera culpa de alguien.
Elvira dejó de hablar unos segundos.
El dolor no había desaparecido. Nora comprendió que nunca había sido fingido.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Salcedo.
—Intenté quitarle los papeles. Me apartó. Lo empujé.
Gael cayó varios escalones. Elvira oyó el golpe contra la pared y después el silencio breve de alguien que intenta averiguar qué parte del cuerpo todavía responde. Bajó dos escalones. Gael seguía consciente. Le dijo que no lo tocara.
—¿Pidió ayuda? —preguntó Salcedo.
—No.
—¿La llamó usted?
—No.
Elvira vio la llave de Gael junto a un escalón y la recogió.
Subió al cuarto B, abrió y entró para buscar las capturas. Revisó el escritorio, el sofá y la mesa donde Nora había visto los papeles la noche anterior. Encontró impresiones, pero no el cuaderno.
Durante unos minutos pudo haber llamado a emergencias. El teléfono estaba en su bolsillo. No lo hizo.
Oyó voces antes de salir.
Damián estaba ayudando a Gael a subir.
Elvira esperó dentro.
A las 00:23 abrió la puerta apenas unos centímetros para comprobar que Damián bajaba.
El mecanismo fue el ruido que él oyó desde la escalera.
Yago había terminado la videollamada dos minutos antes: la figura que vio descender podía haber sido Damián.
El nombre de Nora ya estaba en su encuesta y pudo haber deformado el recuerdo.
Gael también lo oyó.
—Por eso escribió que estaba dentro —dijo Nora.
Elvira asintió.
Volvió a cerrar y esperó. Desde el interior oyó el roce intermitente de un bolígrafo contra el papel. En cualquier otra noche, pensó Nora, quizá aquel habría sido un sonido que cualquiera habría confundido con nada.
A las 00:25 salió con una carpeta.
Gael estaba de pie, apoyado en la pared.
—Me vio.
—¿Qué dijo? —preguntó Salcedo.
—Que Damián lo había visto vivo. Que lo que yo había hecho ya no podía parecer un accidente.
Elvira mantuvo las manos quietas sobre la mesa.
—Podía haber cerrado la puerta —dijo Nora.
Elvira la miró.
—Sí.
—Podías haber llamado a una ambulancia.
—Sí.
—Podías haber dejado que hablara.
Elvira tardó un segundo más.
—Sí.
No quedaba un mecanismo que culpar, ni una mayoría, ni una reacción del edificio.
—Y lo empujé otra vez.
Nadie formuló la pregunta siguiente de inmediato.
Salcedo lo hizo al final.
—¿Quería que cayera?
—Sí.
La palabra quedó sola.
Nora había imaginado muchas veces que una confesión final produciría una forma de descanso. No ocurrió. El segundo empujón no era la consecuencia lógica de las encuestas. Era una decisión tomada cuando Elvira sabía exactamente qué podía hacer y qué iba a impedir.
Elvira no bajó hasta el cuerpo. El cuaderno estaba abierto cerca de la pared. Lo recogió y leyó las últimas líneas.
También conservó la llave hasta salir del edificio al día siguiente; la tiró en una papelera lejos del Mirador.
—¿Por qué guardó el cuaderno? —preguntó Salcedo.
Elvira miró a Nora.
—Porque demostraba que Yago no lo había matado.
Elvira explicó que, después de leerlo, no pudo romperlo. Lo escondió antes del amanecer en el lugar donde guardaba las decisiones de la comunidad. No dijo que fuera un gesto simbólico. Nora no necesitó preguntarlo.
—Podías entregarlo y ya está —dijo Nora.
—Podía.
—En lugar de eso lo escondiste y dejaste que lo detuvieran.
Elvira no se defendió.
—Creí que lo encontraríais antes de que pudiera convertirse en una condena.
—No lo sabías.
Elvira aceptó la corrección con un movimiento mínimo.
Lidia había sido obligada a explicar un secreto ajeno; Damián, a confesar lo que había dejado de hacer; Simón había visto su nombre convertido en mecanismo y Amparo llevaba días pendiente de cada ruido. Yago tampoco era inocente. Ninguno de esos hechos cambiaba que Elvira había elegido utilizarlos.
Durante días, Nora había considerado esa precisión una forma de inteligencia. Ahora la veía como lo que también era: la decisión de convertir la parte peor de cada persona en una herramienta.
—¿Por qué la tarjeta era para mí?
—Porque ya habías aceptado la historia de Yago.
Nora no respondió.
Era verdad, y precisamente por eso le molestó que Elvira pretendiera seguir teniendo derecho a medirla. Nora había sentido alivio cuando las piezas encajaron alrededor de Yago. Había dejado de buscar durante unas horas. Ese error era suyo. No iba a entregárselo también.
—Quería saber si la dejarías cerrada —continuó Elvira—. O si buscarías algo que la rompiera.
—Eso no te daba derecho a convertirlo en otra prueba sobre nosotros.
—No.
Elvira contestó sin añadir una teoría.
La fotografía del cuaderno seguía abierta ante ella.
—He entregado una prueba. No he votado.
Elvira sostuvo su mirada.
No la derrotó ni la convenció. Simplemente le quitó el papel que había intentado asignarle. Esta vez, Nora no intentó corregirla.
Nora salió.
Teresa esperaba junto a la máquina de agua.
—¿Era ella?
Nora asintió.
Teresa apoyó la espalda contra la pared.
—¿Y Yago?
—Entró después. Robó los recibos. Mintió sobre la llave y la tableta. Pero no empujó a Gael.
Teresa cerró los ojos un instante.
—Lo acusé antes de que la policía terminara.
—Yo también.
Teresa la miró.
—Teníamos todo para creerlo.
Todo había encajado con una facilidad inquietante.
—Teníamos todo lo que nos habían puesto delante.
Regresaron al Mirador al anochecer.
Amparo miraba desde su puerta. Lidia subía con su hijo y una bolsa de farmacia. Simón había dejado una caja con algunos equipos devueltos junto al ascensor. Damián permanecía dentro del bajo A.
Nora abrió su buzón.
La factura y la publicidad seguían allí.
El espacio de la tarjeta estaba vacío.
Subió al segundo piso sin mirar el teléfono.