La mayoría: En esta comunidad hay un culpable Capítulo 24 — Las nueve
92%

Capítulo 24 — Las nueve

Las nueve

A las ocho y seis de la mañana, Salcedo llamó al primero A con una orden judicial en la mano.

Elvira abrió antes del segundo golpe.

Llevaba un pantalón oscuro, una camisa gris y el cabello recogido. Leyó la primera página, apartó la cadena y dejó pasar a los agentes.

Nora observaba desde la puerta de Amparo.

La mujer mayor ya llevaba la chaqueta puesta. Elvira le había dejado el desayuno, la medicación junto al vaso de agua y la promesa de acompañarla al mercado. Ahora dos policías cruzaban el primero A con cajas vacías.

—¿Se la van a llevar? —preguntó Amparo.

—No lo sé.

—Eso dices demasiado.

Nora no respondió.

Después de la captura de las 23:15:11, la ausencia entre las 22:50 y las 23:03 y la fotografía de Julián, el primero A había dejado de ser el lugar desde el que Elvira ayudaba a ordenar el caso.

Ahora era una escena más.

Durante la primera hora no ocurrió nada visible.

Los agentes fotografiaron cajones, retiraron el portátil, copiaron dos memorias y revisaron las carpetas de ConVive.

Elvira contestó desde una silla del comedor.

Dio contraseñas, señaló facturas y avisó de que una caja contenía fotografías de Amparo que no tenían relación con nada.

Desde la puerta del primero B, Nora veía fragmentos de aquella casa que ya conocía: la manta doblada en el brazo del sofá, el costurero junto a la ventana, la marca rectangular que había dejado el marco de Julián.

Nada se había vuelto siniestro. Ese era uno de los problemas.

Durante días había confiado en Elvira precisamente porque la veía hacer cosas ordinarias con una constancia que parecía incompatible con la manipulación.

Salcedo le informó de que, antes de tomarle declaración como investigada, debía estar asistida por un abogado. Elvira pidió uno de oficio.

A las nueve y veintidós, Simón trabajaba en el salón comunitario con una copia de los archivos extraídos. Nora bajó cuando Salcedo se lo pidió.

Sobre la mesa había nueve impresiones.

La misma pregunta. El mismo sesenta y siete por ciento. Nueve resultados personalizados.

Elvira → Simón.

Amparo → Lidia.

Damián → Gael.

Nora → Gael.

Teresa → Damián.

Simón → Yago.

Lidia → Teresa.

Yago → Nora.

Gael → Elvira.

En todas aparecía la misma barra gris.

VISTA PREVIA PARA ADMINISTRADORES.

Simón no necesitó explicar mucho más. Eran las nueve vistas previas completas, guardadas en el portátil de Elvira después de su creación.

Nora pasó una a una. Hasta entonces había conocido resultados sueltos.

Juntos eran otra cosa. No había un enemigo común ni una acusación principal.

Cada vivienda recibía exactamente el nombre capaz de abrir una historia que ya existía dentro de ella.

El formulario no inventaba la desconfianza. Le indicaba hacia dónde mirar.

Gael había recibido a Elvira.

Nora se detuvo en aquella hoja más que en las demás. No probaba un homicidio. Pero explicaba cómo la encuesta podía haber reforzado una sospecha que Gael ya arrastraba antes de verla.

Salcedo mostró después los formularios del setenta y ocho por ciento y el borrador del ochenta y nueve. Aquella última comunicación ya estaba preparada antes de la muerte de Gael.

LA MAYORÍA CONSIDERA RESPONSABLE A YAGO FERRER.

No decía responsable de qué.

Nora se quedó mirando la frase. Habían sido ellos quienes añadieron la muerte.

Subieron al primero A a las diez y cuatro. El abogado de oficio esperaba junto a la ventana. Elvira seguía en la misma silla.

Salcedo dejó las nueve vistas previas delante de ella.

—¿Las creó usted?

El abogado le indicó que no contestara.

—Sí —dijo Elvira.

—¿Las dos rondas?

—Sí.

—¿El mensaje que señalaba a Yago?

—Sí.

Salcedo esperó.

—¿Por qué?

Elvira miró las hojas.

—Por Julián.

No desarrolló la respuesta hasta que la agente le preguntó por los registros antiguos. Entonces explicó lo imprescindible: había recuperado el orden de la votación de la plataforma y había comprobado que varios vecinos habían mantenido su primera respuesta después de ver una tendencia.

—Julián decía que no habíamos votado juntos —dijo—. Que habíamos votado detrás de los anteriores.

Nora recordó el correo de su propia abstención. La maleta abierta, las cuentas de la separación, el alivio al descubrir que el rechazo ya parecía decidido. No necesitaba que Elvira se lo explicara otra vez. Ya había visto su parte.

Elvira explicó que había querido averiguar hasta dónde podía llegar el mismo mecanismo si el resultado era falso.

—Eligió una verdad distinta para cada vivienda —dijo Nora.

—Sí.

—Y se puso a Simón para parecer una víctima.

—Sí.

La confesión no convertía en falsas las atenciones de Elvira durante aquellos días.

Precisamente por eso era peor: podía haber cuidado de los vecinos y utilizado al mismo tiempo la confianza que se había ganado.

Salcedo preguntó por los mensajes posteriores.

—También eran míos.

—¿La fotografía de Julián?

Elvira miró el marco vacío.

—También.

Había retirado el original durante la visita de las 17:32, cuando fue al dormitorio por las carpetas.

La copia con el círculo azul estaba impresa desde la noche de la muerte; al regresar la dejó junto a la puerta, parcialmente oculta por la bolsa.

Los tres golpes no fueron una llamada: mientras todos miraban las actas, dio un toque discreto con el pie a la bolsa y el termo golpeó el paragüero.

El original y el rotulador se los había llevado consigo y se había deshecho de ambos aquella misma noche.

—¿Por qué hacerlo así? —preguntó Nora.

—Porque si dejaba la fotografía sin más, miraríais la fotografía. Necesitaba que pareciera que alguien quería ocultarla.

—Podías haber hablado de Julián.

Elvira la miró.

—Lo hice durante un año.

Era cierto. No servía de defensa.

Salcedo pasó a la tableta antigua.

Elvira admitió que sabía que Yago la conservaba.

Había cargado antes la carpeta en el espacio compartido de la cuenta a la que seguía vinculada aquella sesión; cuando Yago encendió la tableta, el dispositivo la sincronizó automáticamente.

Días más tarde, cuando Yago salió y dejó la puerta mal cerrada, puso el dispositivo a la vista.

—Era una prueba real —dijo.

—Presentada para contar una historia falsa —respondió Salcedo.

Elvira no discutió.

Todo lo demás también seguía siendo cierto. Damián sí había dejado a Gael herido. Yago sí había entrado en el cuarto B y robado los recibos. Simón sí había accedido a una cuenta que no debía. Ella sí había mentido.

Elvira había necesitado inventar muy poco.

Ese era el rasgo más limpio del plan. Una mentira completa habría podido romperse. Las verdades parciales resistían porque pertenecían a quienes las recibían.

—¿El ochenta y nueve estaba programado antes de que Gael muriera? —preguntó Nora.

—Sí.

—Entonces Yago ya era tu final.

—Era el vecino al que resultaría más fácil atribuirle algo.

—¿Algo?

Elvira no respondió.

Salcedo retiró las impresiones y abrió otra carpeta.

—A las 23:20, Gael Rivas llamó a su puerta.

Elvira cambió de postura.

—Sí.

—¿Discutieron sobre las encuestas?

—Sí.

—¿Sabía que eran suyas?

—Lo suficiente.

—¿Qué quería hacer?

—Contarlo por la mañana.

—¿Salió de su vivienda vivo?

—Sí.

—¿Volvió a verlo esa noche?

—No.

—¿Subió al cuarto piso después de medianoche?

—No.

—¿Tuvo su llave?

—No.

—¿Entró en el cuarto B?

—No.

Salcedo dejó unos segundos antes de la última pregunta.

—¿Empujó a Gael Rivas por la escalera?

Elvira respiró una vez.

—No maté a Gael.

Nora había esperado una negación rápida. Aquella llegó con una calma distinta de los síes anteriores. Elvira había confesado delitos, engaños y una crueldad que podía costarle años de libertad. Sin embargo, al llegar a Gael, volvía a levantar una pared.

Su abogado pidió que terminara la declaración.

Salcedo no insistió. Ya tenían una confesión sobre las encuestas, los mensajes, la fotografía y la colocación deliberada de una prueba. El homicidio seguía fuera.

Cuando Elvira se levantó, miró hacia la pared que compartía con Amparo.

—Tengo que decirle que no voy al mercado.

—Lo hará otro agente —dijo Salcedo.

Elvira tardó un instante en aceptar que aquella tarea ya no le pertenecía.

Miró la cocina antes de salir, como si buscara algo que hubiera olvidado hacer: apagar un fuego, cerrar una ventana, dejar una nota.

No había nada. Desde que Nora la conocía, nunca la había visto abandonar una vivienda sin ordenar lo que quedaba detrás.

En el rellano, Amparo esperaba con el bolso colgado del brazo.

—¿Vas a volver para comer?

Elvira se detuvo.

—No creo.

—Entonces la sopa se estropeará.

—Guárdala en la nevera.

Amparo apretó los labios. Teresa bajó del segundo y se acercó para cogerla del brazo.

Elvira bajó sin mirar a Nora.

La puerta del portal se cerró.

Nora permaneció junto a los buzones. Al girarse hacia la escalera vio un rectángulo de cartulina asomando del suyo.

No lo tocó.

Llamó a Salcedo.

La tarjeta era del mismo tamaño que las antiguas papeletas que la comunidad utilizaba antes de ConVive. En una cara llevaba el sello del Mirador. En la otra, una sola frase.

FALTA TU VOTO.