La mayoría: En esta comunidad hay un culpable Epílogo — La elección
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Epílogo — La elección

EPÍLOGO

La elección

Tres meses después, los tres peldaños del portal seguían en el mismo sitio.

La comunidad había cambiado otras cosas.

La cerradura del cuarto comunitario era nueva.

La antigua hoja con la contraseña no había aparecido, pero la investigación ya había demostrado que no hacía falta para explicar el acceso.

Ahora ninguna contraseña de ConVive quedaba escrita junto a la tableta.

Simón había eliminado las vistas previas visibles para cualquiera que no tuviera permiso y, por insistencia de Teresa, cada acceso administrativo quedaba registrado con un nombre distinto.

Nada de aquello hacía que el edificio fuera más seguro de una manera que pudiera medirse.

Solo hacía más difícil fingir que nadie sabía quién había hecho qué.

El primero A permanecía cerrado. La policía había retirado los precintos semanas atrás, pero ninguna persona entraba salvo el abogado de Elvira y una mujer que recogía correspondencia una vez por semana.

Amparo seguía girando la cabeza hacia aquella puerta cuando necesitaba algo.

Algunas veces conseguía detenerse antes de llamar. Otras no.

Nora había aprendido a no corregirla demasiado rápido.

A las diez de la mañana de un sábado, Teresa colocó siete sillas en el portal y abrió las dos hojas de la puerta principal.

—Si vamos a hablar de accesibilidad, por lo menos que podamos ver el problema —dijo.

Amparo estaba sentada junto a los buzones en una silla de ruedas plegable que utilizaba para las salidas largas. Dentro de casa seguía moviéndose con bastón y sujetándose a los muebles, pero la distancia hasta el centro de salud se había vuelto demasiado grande para discutirla cada vez.

Para bajarla hasta la calle, Damián levantó la parte trasera de la silla mientras Yago sujetaba las ruedas delanteras.

—No tires todavía —dijo Damián.

—No estoy tirando.

—Pues deja de no tirar con tanta fuerza.

Yago soltó una mano, esperó la indicación y volvió a agarrar el chasis.

No hubo agradecimientos. Tampoco reproches.

Entre los dos salvaron los tres peldaños.

La actuación de Damián aquella noche seguía bajo revisión: que no hubiera matado a Gael no borraba que lo hubiera dejado herido sin pedir ayuda.

Yago había regresado al cuarto A después de quedar fuera de la investigación por la muerte de Gael.

Eso no había borrado la entrada en el cuarto B, los recibos ni el alquiler ilegal del trastero.

Esas cuestiones seguían su propio curso, más lento y menos dramático.

En las reuniones hablaba poco y siempre se sentaba cerca de la puerta.

Nora no había vuelto a discutir con él sobre la denuncia.

Tampoco había retirado la denuncia de su memoria para sustituirla por una versión más cómoda.

Había hecho lo que hizo.

Él también.

Simón apareció con la tableta nueva bajo el brazo. Lidia llegó después con su hijo, que llevaba unos auriculares enormes alrededor del cuello y preguntó si podía quedarse en el portal mientras ellos hablaban. Teresa respondió que podía quedarse siempre que no pulsara nada que tuviera un porcentaje.

—Eso reduce bastante mis opciones —dijo el niño.

Simón lo miró.

—Por fin alguien entiende el sistema.

Fue el único comentario que hizo sonreír a Teresa.

La junta extraordinaria no tenía nada solemne.

Los siete propietarios presentes habían firmado la hoja de asistencia; las otras dos viviendas quedaban sin representación.

Sobre los buzones había dos presupuestos, una botella de agua, el informe de un técnico y una bolsa con magdalenas que Amparo había comprado porque, según ella, discutir con hambre volvía idiota a la gente más deprisa.

Antes de hablar del dinero, Teresa obligó a decidir cómo iban a votar. Simón había preparado tres alternativas: papeletas en un sobre, una votación presencial levantando la mano o ConVive sin recuento provisional.

—Yo no vuelvo a levantar la mano delante de nadie —dijo Lidia.

Yago apoyó una carpeta sobre los buzones.

—Las papeletas tampoco impiden que alguien las cuente antes.

—Siempre consigues que una solución sencilla parezca una operación de blanqueo —dijo Teresa.

—Es una habilidad profesional.

Nadie sonrió. Yago tampoco parecía esperar que lo hicieran.

Nora eligió la tercera opción. No porque confiara en ConVive más que en un sobre, sino porque el problema nunca había sido la pantalla. Había sido permitir que una información ajena ocupara el lugar de una decisión propia.

Acordaron utilizar ConVive solo como instrumento para registrar el voto dentro de aquella junta.

El sistema asociaría cada respuesta al propietario y a la cuota de su vivienda, pero no mostraría cifras, tendencias ni número de participantes hasta el cierre de la sesión, dos horas después.

Ni siquiera Teresa, que llevaba provisionalmente la presidencia, podría consultar el recuento.

Simón tuvo que repetirlo dos veces porque Amparo seguía preguntando quién vigilaría que nadie mirara.

—Nadie —dijo al final—. Esa es la parte importante.

El nuevo proyecto de plataforma costaba menos que el de Julián. Una subvención municipal cubría parte de la instalación y el resto podía repartirse en dieciocho mensualidades. Aun así, el informe del administrador indicaba que seguía necesitando acuerdo de la comunidad. Seguía siendo dinero.

Lidia fue la primera en decirlo.

—Yo puedo asumirlo así. De golpe, no.

Teresa señaló el segundo presupuesto.

—Este es más barato, pero el mantenimiento es peor.

—No es peor —dijo Simón—. Es más frecuente.

—Eso es peor con palabras técnicas.

—No son palabras técnicas.

—Entonces es peor con palabras normales.

Damián preguntó cuánto tiempo quedaría bloqueada la entrada durante la obra.

Yago quiso saber si la subvención se perdía si la instalación se retrasaba al trimestre siguiente.

Amparo preguntó si el aparato haría ruido por la noche.

El técnico había respondido a esa cuestión por escrito, así que Nora buscó la página y se la leyó.

Durante cuarenta minutos hablaron de dinero, obras, averías y espacio.

Nadie mencionó a Julián.

No porque lo hubieran olvidado.

Durante meses, el nombre de Julián había aparecido cada vez que alguien hablaba de los peldaños.

Al principio como reproche. Después como una forma de terminar cualquier discusión: nadie quería parecer la persona que volvía a votar contra un hombre muerto.

Nora había aprendido a desconfiar también de aquella clase de unanimidad.

La ausencia podía ejercer presión igual que una cifra.

Por eso, aquella votación ya no podía hacerse por él.

Un sí no corregiría lo que habían decidido un año antes. No devolvería a Elvira a su casa ni convertiría su dolor en una razón suficiente. Tampoco transformaría la abstención de Nora en otra cosa.

La plataforma servía a las personas que estaban allí y a las que podrían necesitarla después.

Eso tenía que bastar.

Teresa miró el reloj.

—¿Votamos?

Simón desbloqueó la tableta.

—Los nueve perfiles de vivienda tienen el formulario asignado. La votación estará abierta hasta las doce. No se verá ningún resultado antes del cierre.

Amparo levantó una mano.

—¿Ninguno?

—Ninguno.

—¿Ni si lo pregunto?

—Especialmente si lo pregunta.

—Pues vaya avance tecnológico.

Simón dejó la tableta sobre los buzones.

Nora sacó su teléfono.

ConVive seguía utilizando el mismo icono azul. Durante semanas había pensado que lo cambiaría cada vez que lo viera. No ocurrió. Un dibujo no conservaba intención. Era solo un acceso a lo que alguien decidía poner detrás.

La nueva pantalla mostraba una pregunta.

¿APRUEBA LA INSTALACIÓN DE LA PLATAFORMA ELEVADORA EN EL PORTAL SEGÚN EL PRESUPUESTO ADJUNTO?

Debajo había tres opciones.

A FAVOR

EN CONTRA

ABSTENCIÓN

No aparecía una franja azul.

No había porcentaje.

Tampoco una instrucción que obligara a elegir antes de consultar lo que pensaban los demás.

Nora dejó el teléfono sobre la rodilla.

Podía votar a favor porque Amparo estaba sentada delante de tres peldaños que no podía salvar sola.

Podía hacerlo porque el coste era asumible para ella.

Porque el edificio debía ser accesible aunque ningún vecino utilizara una silla de ruedas en ese momento.

Porque la primera votación había sido injusta.

Todas eran razones.

Ninguna necesitaba convertirse en una deuda con Julián.

Miró a Lidia. La mujer hacía números en una hoja, sumando la mensualidad de la obra a otros gastos.

Teresa estaba leyendo otra vez la garantía del motor.

Damián medía con pasos el espacio que quedaría libre frente a los buzones.

Yago hablaba por teléfono en voz baja con alguien de su agencia.

Simón explicaba a Amparo que votar una vez no bloqueaba el aparato para siempre.

Nora no sabía qué elegiría ninguno.

Sintió el impulso antiguo de averiguarlo antes.

Fue pequeño.

Eso la sorprendió más que si hubiera desaparecido.

Pulsó A FAVOR.

La pantalla cambió.

VOTO REGISTRADO.

Nada más.

Nora esperó un segundo, por costumbre.

No apareció ningún resultado.

Guardó el teléfono.

—¿Ya? —preguntó Teresa.

—Ya.

—No pareces muy impresionada.

—Es una pantalla que ha aceptado un voto.

—Eso, en este edificio, empieza a ser ciencia ficción.

Teresa entró en su vivienda para votar desde su propio teléfono. Los demás fueron haciendo lo mismo sin anunciar qué opción habían elegido. Amparo necesitó ayuda para encontrar el formulario, pero rechazó que Simón tocara la pantalla cuando llegaron las tres respuestas.

—Hasta aquí sé yo —dijo.

Se quedó mirando las opciones durante casi un minuto.

Nadie la apremió.

A las once y media, Nora empezó a subir a su casa.

Antes de llegar al segundo, se detuvo frente al primero A.

La puerta seguía cerrada y el felpudo se había desplazado unos centímetros hacia un lado.

Durante la primera semana después de la confesión, Nora había pensado varias veces en escribir a Elvira.

No encontró una frase que no pareciera pedir una explicación que ya había recibido o un arrepentimiento que no le correspondía exigir.

Elvira tampoco le escribió.

Aquello terminó siendo una forma de relación más clara que muchas de las anteriores.

Nora siguió subiendo.

Había retomado el trabajo con normalidad dos semanas antes. Sobre el escritorio tenía un expediente de daños por agua entre dos viviendas. El propietario de arriba culpaba a una tubería común; el de abajo aseguraba que la mancha solo aparecía cuando el vecino utilizaba la ducha.

Nora había pedido una segunda inspección.

No porque todas las versiones escondieran algo.

Porque a veces faltaba información.

Trabajó hasta las doce y cinco sin mirar ConVive.

Cuando abrió la aplicación, la votación ya estaba cerrada.

El resultado final aparecía bajo la pregunta.

A FAVOR: 6

EN CONTRA: 1

ABSTENCIONES: 0

SIN VOTO: 2

La plataforma quedaba aprobada: los seis votos favorables alcanzaban también la mayoría de las cuotas de participación.

Nora leyó el resultado una vez.

No intentó averiguar quién había votado en contra.

Las dos viviendas sin voto tampoco necesitaban explicación. Una llevaba meses cerrada. La otra pertenecía a un hombre muerto y seguía pendiente de trámites que ninguna reunión podía acelerar.

El cien por cien no llegó a existir.

No hacía falta.

Bajó al portal.

Teresa estaba guardando las sillas. Simón recogía los presupuestos. Lidia había salido con su hijo. Damián acompañaba a Amparo hasta la puerta, donde Yago esperaba para ayudarlo a subir la silla otra vez.

—Ha salido que sí —dijo Amparo al ver a Nora.

—Lo he visto.

—Seis.

—Sí.

Amparo frunció el ceño.

—¿Quién ha votado que no?

Teresa levantó una silla sin mirar hacia ellas.

—No empieces.

—Solo pregunto.

Frente a Nora seguían los tres peldaños.

Dentro de unas semanas habría una plataforma junto a ellos. Después llegarían averías, revisiones, facturas y discusiones sobre si alguien la dejaba bloqueada demasiado tiempo. El edificio seguiría siendo un edificio.

No una lección.

No un experimento.

Un lugar donde varias personas tenían que decidir cosas que no siempre les convenían de la misma manera.

Amparo volvió a preguntar.

—¿Tú qué has votado?

Nora levantó la vista.

Podía haber respondido que a favor. No había nada que ocultar.

Pero la pregunta le pareció distinta.

—Lo que he elegido.