La mayoría: En esta comunidad hay un culpable Capítulo 22 — La historia completa
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Capítulo 22 — La historia completa

La historia completa

A las nueve y dieciséis de la mañana, Yago llevaba su primera noche fuera del Mirador.

Nora había dormido más de seis horas seguidas. Al despertarse, tardó unos segundos en recordar que el cuarto A estaba vacío y que la medida judicial no era una condena. Le sorprendió que ambas cosas pudieran producirle tranquilidad al mismo tiempo.

Teresa llegó con café pocos minutos después.

—¿Lo han mandado a prisión?

—De momento.

—¿Y Salcedo sigue diciendo que no significa nada?

—Dice que significa exactamente eso.

Teresa puso un vaso delante de Nora.

—Empiezo a echar de menos cuando solo era antipática.

Nora sacó las hojas sueltas de los últimos días. No abrió la tabla. Extendió sobre la mesa únicamente las horas que ya conocían.

22:41. La tableta antigua en casa de Yago.

22:57–23:02. Activación de los formularios en el sótano.

00:18. Damián encuentra a Gael vivo.

00:21. Termina la videollamada de Yago.

00:23. Se abre el cuarto B.

00:27. Yago admite entrar.

00:31. La tableta antigua vuelve a registrar actividad en su vivienda.

Teresa no necesitó que nadie trazara una flecha.

—Cabe.

—Sí.

La falsa solución era más convincente cuando no la pronunciaba Salcedo.

Nora advirtió que llevaba varios minutos utilizando la palabra «solución» sin decirla. No hacía falta que la policía construyera una teoría para ellos. Habían recibido suficientes fragmentos como para hacerlo solos, y eso era peor: la historia parecía propia.

Teresa colocó los vasos lejos de las hojas para no mojarlas. El gesto cotidiano volvió más razonable la cronología extendida entre ambas. No necesitaba una pantalla policial ni una carpeta de pruebas. Nora podía construirla con hechos que había visto aparecer uno a uno.

Yago había conservado la tableta antigua.

Sabía dónde se guardaba la copia de emergencia del cuarto comunitario.

Su plantilla había servido de base inmediata a los formularios.

Había cobrado por el trastero. Gael amenazó con entregar los recibos.

Yago tenía una llave del cuarto B, entró durante la franja de la muerte y robó las pruebas.

—La figura que dijo ver puede ser inventada —dijo Teresa.

—Sí.

—Y el ochenta y nueve por ciento puede habérselo puesto él mismo para parecer otra víctima.

La hoja seguía entre las dos.

—Puede.

La palabra ya no sonaba como una defensa de Yago.

—¿Qué falta? —preguntó Teresa.

Nora sabía la respuesta.

—El teléfono que revisó las vistas administrativas entre las 23:10 y las 23:16 no está atribuido. Y la fotografía de Julián.

—Dos cosas.

—Dos cosas importantes.

—O dos cosas que todavía no sabemos colocar.

Teresa bebió café.

—Tú llevas días diciendo que una historia no necesita ser perfecta para ser probable.

—No he dicho eso.

—Lo dices con muchas más palabras.

Volvió a las horas.

No sintió la necesidad inmediata de abrir otra posibilidad.

Yago encajaba. No de manera limpia, pero sí humana: una mentira para ocultar otra, una entrada ilegal para recuperar pruebas, un enfrentamiento que pudo terminar peor de lo previsto.

Precisamente las grietas empezaban a parecerle realidad, no debilidad.

Esa fue la parte que más tarde le costaría admitir.

—Creo que pudo ser él —dijo.

Teresa no celebró la frase.

—Yo también.

No hubo satisfacción. Teresa se acabó el café y recogió una miga con el dedo.

—Qué mal final para una historia —dijo.

—¿Cuál?

—Que sea el que peor te cae.

Nora entendió. Un culpable antipático era cómodo porque permitía retrospectivamente convertir todos sus defectos en señales.

Yago había mentido, explotado un espacio común y robado documentos.

Si además había matado a Gael, nadie tendría que revisar el alivio con que había empezado a juzgarlo mucho antes.

El alivio llegó sin permiso.

No fue una emoción limpia. Venía mezclada con vergüenza por haber acusado antes a otros, con cansancio y con una necesidad casi física de que el edificio volviera a ser aburrido.

Teresa recogió las hojas y se las devolvió sin ordenarlas.

—Hoy no hagas otra tabla.

—No pensaba hacerlo.

—Bien. Me estaba empezando a preocupar por tu papelería.

Nora dejó las hojas dentro de un cajón.

Después cogió el papel donde había apuntado la hora de la discusión entre Gael y Elvira. No lo tiró. Lo guardó con las demás hojas y cerró el cajón.

La superficie de la cocina quedó libre de cronologías.

Trabajaron cada una en su casa durante el resto de la mañana.

Nora cerró tres expedientes y respondió a un correo sin revisar cinco veces el saludo.

A mediodía oyó a Lidia bajar con su hijo, a Simón discutir con un repartidor y a Damián entrar en el bajo.

Ninguno de aquellos sonidos pareció un indicio.

El edificio empezaba a utilizar de nuevo sus puertas para entrar y salir.

A las cuatro menos cuarto, Nora salió a comprar leche. Desde la acera de enfrente vio las ventanas del Mirador abiertas a distintas alturas. La del cuarto A estaba cerrada. La del primero B tenía una sábana pequeña secándose en el balcón.

Nada en la fachada indicaba que una persona estuviera en prisión ni que otra hubiera muerto en la escalera. Aquella indiferencia del edificio, que días antes le habría parecido siniestra, le produjo descanso.

Compró leche, huevos y un paquete de galletas que no necesitaba.

En la caja se sorprendió calculando qué iba a cenar, no quién podía haber cruzado una escalera a medianoche.

La sensación fue tan común que estuvo a punto de confundirla con una prueba de que todo había terminado.

Regresó al segundo A, guardó la compra y trató de volver al trabajo.

A las cinco y diez, Elvira llamó.

—Han devuelto el marco.

Nora bajó al primero A.

La cómoda estaba limpia. Elvira había colocado el marco en el mismo sitio, pero sin fotografía.

La copia encontrada junto a la puerta seguía bajo custodia.

Con el acta de devolución, la policía había dejado varias copias de las imágenes utilizadas para documentar el estado del objeto y de la zona cuando lo retiraron.

—Parece peor vacío —dijo Elvira.

Sobre la mesa había una carpeta transparente. Nora pasó las imágenes sin intención de investigar. La primera mostraba el marco desde lejos. La segunda, la cómoda. La tercera estaba tomada desde el recibidor: puerta abierta, bolsa junto al paragüero y, al fondo, Julián todavía dentro del marco.

En la esquina inferior figuraba la hora.

17:36.

Nora se quedó quieta.

Había mirado la imagen casi por accidente. Durante toda la mañana se había permitido pensar que ya no necesitaba encontrar otra cosa. Por eso la hora tardó un segundo en convertirse en una objeción.

—¿Qué pasa? —preguntó Elvira.

—Nada. Estoy intentando recordar el orden.

Salcedo había llegado a las 17:32. La fotografía seguía dentro cuatro minutos después. Más tarde, nadie había entrado en la vivienda. Nora, Teresa, Elvira y los dos agentes habían permanecido allí hasta los tres golpes.

Yago no había cruzado aquella puerta.

Elvira fue a la cocina porque Amparo llamaba otra vez. Nora volvió a mirar la imagen.

La explicación contra Yago podía contener todo lo anterior.

No podía contener aquello.

No demostraba quién había retirado la fotografía.

Demostraba algo más pequeño y más peligroso para una historia que acababa de aceptar.

Una pieza seguía fuera.

Cuando Elvira regresó, Nora señaló la carpeta.

—¿Puedo llevarme una copia?

—Si Salcedo dice que sí. Son suyas, no mías.

Nora llamó desde el salón. Salcedo tardó en contestar y no mostró entusiasmo por la petición, pero confirmó que aquellas reproducciones formaban parte del acta de devolución y no sustituían a los originales digitales del expediente. Podía llevarse una si Elvira anotaba cuál.

Elvira escribió el número de referencia en el margen del acta. Nora guardó la copia dentro de una funda y subió.

No abrió la libreta.

En una hoja suelta escribió la hora.

17:36.

Debajo puso una sola frase.

Yago no estaba dentro.