Capítulo 21 — La vigilia
La vigilia
A las dos y cuarto de la madrugada, Nora oyó a Amparo llamar a Elvira por su nombre.
No fue un grito. La voz llegó desde el piso inferior y se repitió dos veces con una urgencia que no tenía nada que ver con encuestas, llaves o porcentajes.
Nora se puso una chaqueta sobre el pijama y bajó.
La puerta del primero B estaba abierta. Elvira estaba sentada en el borde del sofá, frente a Amparo.
—No me dejes sola.
—No me voy.
—Has dicho eso antes.
—Y sigo aquí.
Amparo tenía ConVive abierto en el teléfono. El ochenta y nueve por ciento continuaba inmóvil, ahora marcado como definitivo. Elvira cerró la aplicación, bajó el brillo y dejó el aparato boca abajo.
—No ha vuelto a ocurrir nada. Es la misma pantalla.
Amparo vio a Nora.
—Tú también lo has visto. ¿Es verdad?
—No lo sé.
—Siempre decís eso cuando sabéis algo que no queréis contarme.
—A veces lo decimos porque no lo sabemos —respondió Elvira.
Amparo se dejó caer contra el respaldo.
—Oí las llaves aquella noche.
Elvira no la corrigió.
—Ya se lo contaste a la policía.
—Muchas llaves. Como las tuyas.
El llavero de Elvira estaba sobre la mesa. Ella lo cogió y lo agitó una vez.
—¿Así?
Amparo cerró los ojos.
—Parecido.
—¿Igual?
—He dicho parecido.
Elvira dejó las llaves.
—Entonces eso es lo que recuerdas.
No intentó convertir el recuerdo en una defensa. Nora se quedó hasta que Amparo tomó la medicación y empezó a dormirse.
—Vete —le dijo Elvira.
—Puedo quedarme.
—Yo también.
Nora subió de nuevo a su casa.
A las siete y media, cuando Nora bajó la basura, la puerta seguía entornada. Elvira dormía sentada junto al sofá, vestida, con una manta pequeña sobre las rodillas. Entre ella y Amparo había un vaso vacío, un blíster de pastillas y el llavero.
La bondad no era una coartada. La sospecha tampoco era una obligación. Elvira dormía mal, con la boca apenas abierta y una mano todavía cerca del vaso de Amparo. Podía haber hecho otras cosas y seguir cuidándola de verdad; Nora había tardado días en aceptar que ambas posibilidades no se anulaban.
Nora siguió hacia el portal sin despertarlas.
Compró pan en la esquina y, al regresar, encontró a Amparo despierta y a Elvira preparando dos tostadas en una sartén porque la tostadora había vuelto a fallar. Ninguna mencionó la noche.
Amparo se quejó de que el café estaba flojo.
Elvira le dijo que llevaba veinte años preparándoselo igual.
Nora dejó la bolsa sobre la mesa y comprendió que aquella rutina existía desde mucho antes que las encuestas y seguiría existiendo, de una forma u otra, después. Antes de subir, volvió a cogerla.
Eso era lo que hacía difícil sospechar de alguien cercano: no había que destruir una imagen, sino cientos de gestos ordinarios.
Cerca de las once, Elvira llamó al segundo A.
—He encontrado otra cosa en el teléfono de Julián. Si quieres verla, baja. Teresa está aquí.
Nora dudó antes de hacerlo. No quería que cada archivo antiguo se convirtiera en una nueva prueba. Bajó de todos modos. Elvira le acercó una taza antes de reproducir el vídeo; otras dos estaban ya sobre la mesa.
El vídeo duraba cuarenta y ocho segundos.
Julián aparecía sentado junto a la ventana del salón, con una manta sobre las piernas. El teléfono estaba mal apoyado y al principio solo se veía parte de su rostro.
—No, así no —dijo Elvira fuera de plano.
La imagen se movió.
—¿Ahora?
—Ahora parece que te estoy interrogando.
—Pues no preguntes tanto.
Julián sonrió. Después se puso serio.
—No quiero que preguntes quién votó qué.
—No estoy preguntando.
—Lo vas a hacer.
—Julián.
—Te conozco. Y no quiero una lista. Han votado. Se acabó.
Hubo unos segundos de silencio.
—No se ha acabado para ti —dijo Elvira.
—Eso es distinto.
Julián miró hacia quien grababa.
—No quiero bajar a la calle pensando que hay cinco personas arriba que me han hecho algo. Ni que tú las mires así por mí. Prométemelo.
El vídeo terminó antes de que se oyera la respuesta.
Elvira no había cambiado de expresión durante el vídeo, pero mantenía una mano cerrada alrededor del borde de la rebeca.
Julián no sonaba como alguien que quisiera convertir su enfermedad en una deuda. Pedía justo lo contrario: que Elvira no transformara cada vecino en el autor de una pérdida.
Por eso la promesa incompleta resultaba más dolorosa que una acusación.
Teresa fue la primera en hablar.
—¿Por qué lo grababais?
—Una asociación nos pidió testimonios sobre barreras en edificios antiguos. Al final no lo enviamos.
Nora miró a Elvira.
—¿Se lo prometiste?
—Sí.
—Pero recuerdas quién votó.
—Claro que lo recuerdo.
No hubo orgullo en la respuesta.
—No fui puerta por puerta preguntando. No necesitaba hacerlo para acordarme de quién defendió la plataforma y de quién no.
Teresa se tensó.
—Eso no significa que nos culparas.
—No. Pero tampoco voy a fingir que no me dolió.
Elvira miró a Nora.
—Tu abstención también me dolió.
La observación alcanzó a Nora sin violencia. Durante días había esperado algo parecido y había construido respuestas posibles: que su voto no cambiaba el resultado, que estaba separándose, que no podía asumir otra derrama, que abstenerse no era votar en contra.
No utilizó ninguna.
El dolor de Elvira no necesitaba convertirla en culpable para existir.
Nora no se defendió.
—Lo sé.
—Entonces ya está.
No absolvió a nadie. Precisamente por eso resultó soportable.
Teresa se marchó para abrir a un mensajero. Nora se quedó mientras Elvira recogía las tazas.
—Anoche pensé que la discusión con Gael podía cambiarlo todo —dijo Nora.
—Puede cambiar lo que quieras que cambie.
—No quiero hacer eso.
—Entonces no lo hagas.
Elvira dejó una taza en el fregadero.
—Ya te conté cómo vino. Nos dijimos cosas desagradables antes de que se marchara.
—¿Qué cosas?
—Me dijo que no había aprendido nada. Yo le dije que él tampoco.
—¿De qué?
—De la votación. De cómo miró el resultado, votó en contra y después quiso estudiar a los demás como si él no hubiera participado.
Nora recordó el tres a dos y su propia abstención tres minutos después.
—Tenías razones para odiar esa conversación.
—Sí.
Elvira sostuvo su mirada.
—Eso no es lo mismo que matar a quien la mantiene.
Elvira abrió el grifo y dejó correr el agua más de lo necesario.
—Lo peor de estar enfadada con alguien que muere —añadió— es que luego todo el mundo quiere saber si el enfado era suficientemente grande. Como si una emoción tuviera una medida que llevara directamente a una acción.
Nora no contestó. Había hecho exactamente eso con varios vecinos.
Al regresar al segundo A, Nora abrió la libreta por la página de Elvira.
Había pocas líneas: administración de ConVive, votación de Julián, discusión con Gael, llaves.
Cogió el bolígrafo y trazó una línea sobre el nombre.
La tinta cruzó «Elvira Montalbán» con más fuerza de la necesaria. Nora se quedó mirando la marca. No era una decisión policial ni una absolución. Era un gesto privado, quizá incluso irresponsable, pero necesitaba dejar de abrir cada escena buscando cómo encajar a la misma persona.
La contradicción era que, al tacharla, empezó a confiar en ella más de lo que las pruebas permitían.
Teresa entró cuando todavía tenía la punta apoyada en el papel.
—¿Qué haces?
—La saco de la tabla.
—¿Porque has visto un vídeo triste?
—Porque no hay nada que la sitúe en la cuarta planta. La discusión la conoce la policía. Entregó sus dispositivos. Cuando la encuesta señaló a Yago, fue la primera en decir que no era una prueba.
—Todo eso puede hacerlo una persona culpable.
—Sí.
Teresa miró el nombre tachado.
—Entonces no la descartas por las pruebas.
Nora dejó el bolígrafo.
—Estoy dejando de utilizarla como explicación por defecto.
El teléfono sonó antes de que Teresa respondiera. Era Salcedo.
La agente fue breve. El juzgado había acordado prisión provisional para Yago.
Le explicó que, como Nora había sido destinataria directa de las comunicaciones manipuladas y había preguntado por las medidas de seguridad del edificio, la vigilancia sobre el cuarto A cambiaría, pero Yago no regresaría allí por el momento.
—¿Por el homicidio? —preguntó Nora.
—Por el homicidio, a la vista del conjunto de indicios y del riesgo de destrucción de pruebas. No es una condena.
—¿Sigue siendo su principal sospechoso?
—Sí.
La llamada terminó.
Nora dejó el teléfono sobre la mesa. La noticia sobre Yago cayó exactamente en el lugar donde su cansancio quería colocarla. Una medida judicial, una llave real, una entrada admitida. Todo ofrecía una dirección clara al mismo tiempo que ella acababa de borrar otra.
Teresa apoyó un dedo junto al nombre tachado de Elvira.
—Parece que ya no necesitas tantos.
Nora cerró la libreta.
Durante los primeros días habría considerado aquella frase una advertencia.
Aquella tarde le produjo alivio.
Quiso que Salcedo tuviera razón.