La mayoría: En esta comunidad hay un culpable Capítulo 20 — Cero
77%

Capítulo 20 — Cero

Cero

Nora lo supo sin mirar el teléfono. Primero vibró el suyo. Después el de Teresa, al otro lado del rellano. Más abajo sonaron otros dos casi al mismo tiempo. Dejó el suyo boca abajo. Esta vez no necesitó saber qué decía la mayoría.

ConVive había conseguido que el edificio celebrara una decisión que nadie había tomado.

Teresa llamó antes de que pasara un minuto. Llevaba el teléfono en la mano.

DECISIÓN DE LA COMUNIDAD

La mayoría considera responsable a Yago Ferrer.

89 %

8 votos a favor / 1 en contra

RESULTADO DEFINITIVO

Debajo figuraba una frase nueva.

LA COMUNIDAD HA DECIDIDO.

—No ha cambiado nada —dijo Teresa.

—Porque no había nada que contar.

—Ya lo sé.

Teresa parecía cansada, no asustada. Durante la primera encuesta había buscado una discusión antigua para explicar el nombre de Damián. Ahora tenía una llave, una entrada admitida, unos recibos robados y una cadena de mentiras que no necesitaban ningún porcentaje.

—¿Vas a abrir el tuyo?

—No.

—Esta vez todos vemos lo mismo.

—Precisamente.

Teresa apoyó el hombro en el marco.

—Yago entró en casa de Gael cuando estaba herido. Se llevó pruebas. Mintió. No necesito ConVive para pensar que pudo matarlo.

—Yo tampoco.

Nora oyó lo fácil que había sido decirlo.

Durante un segundo quiso corregirse, añadir «pudo» o «quizá», recuperar una de las cautelas que había exigido a los demás. No lo hizo. Teresa también lo oyó y no aprovechó la concesión. Esa ausencia de triunfo hizo que la frase pesara más.

—Entonces, ¿qué diferencia hay entre pensar eso y que la pantalla lo diga?

La diferencia estaba en el orden. Ella había llegado a la sospecha después de conocer hechos que podía enumerar sin mirar la aplicación. La pantalla había llegado antes.

—La pantalla decidió primero.

Teresa bloqueó el teléfono.

—Y puede que haya acertado.

Regresó a su casa.

El chat comunitario empezó a llenarse. Amparo preguntó si podían borrar la votación. Simón pidió que nadie tocara nada. Lidia escribió que no quería ver el nombre de Yago repetido como si existiera una sentencia.

Elvira envió el último mensaje.

No confundamos una coincidencia con una prueba.

Nora leyó la frase desde la notificación.

A la mañana siguiente, Salcedo llamó mientras Nora abría el primer expediente de trabajo.

—Los recibos estaban en la agencia, donde Ferrer dijo que los dejó.

—Entonces esa parte es verdad.

—Esa parte.

Las huellas y los documentos corroboraban la entrada admitida, pero seguía sin aparecer una prueba física que identificara a quien estaba con Gael durante la caída mortal.

—¿Sigue detenido?

—Sí. El juzgado decidirá las medidas cuando pase a disposición judicial.

—¿Es su principal sospechoso?

Salcedo tardó un segundo.

—Nuestra hipótesis contra él es más fuerte que ayer.

Nora sonrió sin ganas.

—Ha aprendido a contestarme sin contestarme.

—Usted aprendió antes.

Salcedo colgó.

Nora permaneció unos segundos con el teléfono en la mano. Salcedo no había dicho «inocente» ni «culpable»; solo había desplazado el peso de una hipótesis. Sin embargo, a Nora le bastó para volver al ordenador con una concentración que llevaba días sin tener.

Era incómodo descubrir cuánto necesitaba una autoridad externa para permitirse descansar.

Nora trabajó durante dos horas seguidas. Corrigió fechas, pidió un informe, rechazó una factura duplicada y dejó pendientes dos reclamaciones que necesitaban inspección. Durante unas horas, el edificio dejó de ocupar el centro de cada frase.

Se sorprendió agradeciendo aquellos problemas: también repartían responsabilidades, pero las pólizas no fingían conocer a nadie.

A las once y media, Teresa entró con una bolsa de basura.

—Han encontrado los recibos.

—Sí.

—¿Y?

—Dijo la verdad sobre dónde los dejó.

—Después de mentir sobre haberlos robado.

—También.

Teresa miró el escritorio.

—No estás investigando.

—Estoy trabajando.

—Eso sí que es preocupante.

Nora se rió.

Teresa dejó la bolsa junto a la puerta.

Desde el rellano llegó la voz del hijo de Lidia preguntando si podían usar otra vez el ascensor sin que alguien le hiciera preguntas. Lidia respondió que el ascensor nunca había estado detenido por la policía, solo por los vecinos que se quedaban hablando delante.

Teresa esperó a que las puertas se cerraran.

—Mira. El edificio está volviendo a ser desagradable por razones normales.

Nora sonrió.

—Yo creo que fue él.

—¿Desde cuándo?

Pensó antes de responder.

—Desde que admitió entrar. Antes quería que fuera él. No es lo mismo.

—¿Por qué querías que fuera él?

—Porque me cae mal. Y porque, si es Yago, todo termina en una persona que llevaba años haciendo cosas que sabía que no debía hacer. Si no es él, todavía tengo que mirar a los demás.

La broma dejó de serlo antes de terminar.

Teresa recogió la bolsa y el plato de la tortilla; Nora le pidió que lo dejara en el primero A al bajar. Tardó un momento antes de marcharse.

—No me gusta haber pensado eso —añadió—. Lo de querer que fuera él.

—A mí me alivia pensar que puede serlo.

—Tampoco te gusta.

—No.

No necesitaban perdonarse por la reacción. Bastaba con verla.

A la hora de comer, Elvira subió a devolver el plato de la tortilla. Lo había lavado y colocado sobre una servilleta doblada.

—No tenías que lavarlo.

—No voy a subir un plato sucio un piso solo para defender un principio.

Nora la dejó pasar.

Elvira no preguntó por la investigación. Señaló el teléfono sobre la encimera.

—Amparo ha abierto tres veces la votación esta mañana y cada vez cree que ha vuelto a ocurrir.

—El resultado coincide con la persona que tienen detenida.

—Ya.

—Podría haber acertado.

Elvira se quedó junto a la encimera.

—Una moneda también puede caer de cara.

—No era aleatorio. Quien lo preparó sabía cosas de Yago.

—Entonces sabía qué historia sería fácil creer cuando llegara el momento.

Nora apoyó una mano en la puerta del frigorífico.

—¿No crees que fue él?

—Creo que entró en casa de Gael, robó documentos, mintió y cobró por algo que no tenía derecho a cobrar. Si además lo mató, que se demuestre.

—Gael recibió tu nombre.

Elvira miró hacia la puerta.

—Lo sé.

—Y fue a hablar contigo después de la encuesta.

Esta vez el silencio duró más.

—Sí.

Nora dejó de moverse.

—¿A qué hora?

—Sobre las once y veinte.

—¿Por qué no me lo habías dicho?

—Porque Salcedo me pidió que no comentara partes de mi declaración mientras comprobaban los horarios. Esta mañana me dijo que ya no era necesario mantener esa parte aparte. Y porque no tenía derecho a convertir una discusión privada en otra reunión de vecinos.

—¿Qué quería?

—Saber si yo había creado la encuesta.

—¿Qué le dijiste?

—Que no.

—¿Te creyó?

—No lo sé.

Nora oyó de nuevo los tres golpes, la voz de Gael y la respuesta más baja.

La memoria había cambiado varias veces de forma desde aquella noche. Primero fue un ruido sin importancia. Después una discusión posible con una mujer. Más tarde, una pieza que podía colocar a Nora o a Elvira en una escena. Ahora tenía un nombre a cada lado de la puerta: Gael y Elvira.

Eso no la volvía una prueba. Solo hacía más difícil fingir que nunca había sabido quién estaba abajo.

—¿Discutisteis?

—Sí.

Elvira se frotó el pulgar contra el borde de la encimera.

—Me acusó de utilizar a Julián para castigar a la comunidad. Yo le dije que él llevaba once meses utilizando el resultado final para no mirar su propio voto.

—Tenías razones para estar enfadada.

—Muchas.

No intentó suavizarlo.

—Tener razones para estar enfadada con alguien no demuestra que lo mates.

La libreta seguía en el cajón.

Elvira siguió la dirección de sus ojos.

—Si necesitas escribir que mentí por omisión, hazlo. Es verdad.

Se marchó dejando el plato sobre la encimera.

Nora esperó a que cerrara la puerta del primero A antes de sacar una hoja suelta.

Escribió solo una línea:

23:20 APROX. — GAEL DISCUTE CON ELVIRA SObrE LA ENCUESTA.

No añadió una conclusión.

Dejó el bolígrafo sobre la mesa y preparó café, aunque ya era tarde. Durante varios minutos observó la línea desde la cocina. No se movió ni cambió de significado.

Había descubierto que la disciplina más difícil no consistía en encontrar datos, sino en permitir que un dato permaneciera solo.

Había aprendido que una frase escrita debajo demasiado pronto podía decidir lo que vería al día siguiente.