Capítulo 19 — La entrada
La entrada
A las ocho y cuarenta y tres de la tarde, Salcedo llamó a Nora por segunda vez.
La primera había sido para decirle que Yago seguiría en comisaría mientras comprobaban la llave encontrada en su coche. La segunda empezó de otra manera.
—Ha cambiado su declaración.
Nora dejó el tenedor sobre el plato. Elvira había subido una tortilla y una ensalada que seguían casi intactas en la mesa.
—¿Sobre la llave?
—Sobre la noche del homicidio. Necesito confirmar una cosa con usted. Cuando estuvo en el cuarto B, ¿desde la puerta se veía el descanso de la escalera de servicio?
Nora cerró los ojos para recuperar el recibidor de Gael: la mesa, la lámpara, el comienzo del pasillo. La puerta cortafuegos quedaba detrás del ascensor.
—No. Desde el umbral solo se veía una parte de la pared.
—Eso recordaba de su declaración. Gracias.
—¿Qué ha dicho Yago?
Salcedo hizo una pausa.
—Que entró en el cuarto B después de medianoche.
Nora sostuvo el teléfono más fuerte. Durante todos aquellos días había imaginado a alguien entrando en la vivienda de Gael porque la puerta se había abierto, porque faltaban documentos, porque una llave no aparecía.
Hasta entonces seguía siendo una forma de llenar un hueco.
Yago acababa de ocuparlo con su propia voz.
Nora no preguntó si había confesado el homicidio. La agente habría empezado por ahí.
—¿A qué hora?
—La sitúa alrededor de las 00:27.
La llamada terminó con una instrucción: no subiera al cuarto piso mientras durara la reconstrucción.
Nora obedeció durante once minutos.
Después abrió la puerta y se quedó en su rellano.
Desde allí no veía el cuarto B, pero sí el hueco de la escalera. Oyó pasos arriba, la voz de Salcedo y otra más baja que reconoció como la abogada de Yago. En algún momento una llave giró. Más tarde, un cajón se abrió y cerró.
No necesitaba presenciar la escena completa para comprender su forma.
Aun así, los sonidos la obligaban a reconstruirla.
El clic del precinto al romperse. Unos pasos que cruzaban el salón.
Una pausa larga. Después la puerta del escritorio o de un cajón.
Nada de aquello tenía la violencia de una caída.
Precisamente por eso resultaba inquietante: un hombre podía entrar en casa de otro, robar una carpeta y volver a la suya mientras, a pocos metros, alguien agonizaba fuera de su campo de visión.
O podía estar mintiendo también sobre esa parte.
A las 00:18 Damián había encontrado a Gael vivo. A las 00:23 oyó abrirse el cuarto B. Yago terminaba una videollamada a las 00:21 y su teléfono quedaba sin actividad hasta las 00:31.
Ahora admitía haber cruzado la puerta a las 00:27.
Entre aquellas horas cabía una muerte.
Cuando la policía bajó, Salcedo se detuvo en el segundo piso. Yago continuó hasta el portal acompañado por su abogada y otro agente.
—Ha admitido que entró para llevarse la carpeta de los recibos —dijo la agente—. Según él, Gael iba a entregárselos a Elvira si no devolvía una fianza, y cerró con su llave al marcharse.
—¿Los encontraron?
—Dice que están en su agencia. Lo estamos comprobando.
—¿Vio a Gael?
—Dice que no.
El cuarto piso quedaba fuera de su vista.
—Entonces pudo entrar sin ver el cuerpo.
—Desde el umbral, sí. Usted acaba de confirmarlo. Otra cosa es qué hizo antes de entrar o después de salir.
La precisión no era una absolución.
Nora recordó su propia visita al cuarto B. Cuando Gael abrió, ella había mirado primero el interior de la vivienda, no la escalera. Desde allí, el descanso de servicio quedaba escondido detrás del ascensor. Para verlo había que salir de nuevo al rellano y acercarse a la puerta cortafuegos.
Yago conocía esa geometría mejor que ella. Vivía enfrente.
Eso permitía dos lecturas opuestas con la misma facilidad.
—¿Cuánto tiempo estuvo dentro?
—Calcula menos de cuatro minutos. La tableta antigua vuelve a registrar actividad en su vivienda a las 00:31.
Entrada, documentos, regreso.
La secuencia era limpia de una manera que inquietó a Nora.
Demasiado limpia para la clase de hombre que Yago había resultado ser.
Sus mentiras no formaban una estrategia elegante.
Eran pequeñas correcciones sucesivas: no conservaba la tableta; en realidad sí.
No tenía llave; en realidad se la había dado Gael.
No había entrado; en realidad había entrado cuatro minutos.
Cada verdad aparecía solo después de que la anterior dejara de ser sostenible.
Eso lo hacía parecer culpable de algo incluso cuando todavía no decía de qué.
—¿Y la persona que dijo ver?
—Mantiene que vio una figura después de terminar la videollamada. Ya no sostiene que fuera usted.
—Podría haberla inventado.
—Podría.
Salcedo hizo ademán de bajar.
—¿Eso es todo lo que me va a decir?
—Es todo lo que necesita para corregir su propia declaración si la reconstrucción del espacio le hace recordar algo distinto.
—No recuerdo nada distinto.
—Entonces es suficiente.
La agente continuó hacia el portal.
Yago esperaba junto a la puerta mientras su abogada hablaba por teléfono. Cuando Nora pasó, él la miró como si hubiera escuchado la conversación con Salcedo desde dos plantas de distancia.
—Ahora ya tienes una historia completa.
Nora se detuvo.
—Tienes una llave —continuó—. Tienes una entrada, un motivo y documentos robados. Ya puedes dejar de buscar.
—No eres tú quien decide cuándo termino.
—No. Lo decidirá la mayoría.
El agente le indicó que saliera.
Nora lo vio cruzar el portal sin esposas, pero con un policía a cada lado. Recordó la conversación sobre el trastero: Yago acusándola de haber elegido una norma antes que una persona, ella respondiendo que el espacio no era seguro. Todavía podía oír la parte verdadera de ambas posiciones.
Que Yago hubiera explotado a alguien vulnerable no lo convertía automáticamente en asesino. Que Nora hubiera tenido razón al denunciar tampoco volvía inocuas las consecuencias.
Durante aquellos días había aprendido a desconfiar de las personas que cabían demasiado bien dentro de una sola palabra: víctima, culpable, vecino, buena persona.
A las diez y cincuenta y seis, Nora volvió a la cocina.
La tortilla estaba fría. La ensalada había soltado agua en el plato. No abrió la libreta. Se obligó a reconstruir los hechos sin convertirlos en columnas.
Yago tenía una llave que había negado.
Había entrado en casa de Gael durante la franja de la muerte.
Había robado documentos que podían perjudicarlo.
Había mentido sobre la tableta, sobre la llave y ahora sobre la entrada.
Nada de aquello demostraba que hubiera empujado a Gael.
Pero Nora dejó de exigir que cada pieza demostrara el homicidio por separado.
Se permitió ver el conjunto.
No se trataba de una revelación. Era algo más peligroso: una suma. La clase de suma que, en su trabajo, permitía dejar de pedir documentos cuando todas las piezas empezaban a apuntar en la misma dirección.
Nora sabía que también era así como se cometían errores convincentes.
Sintió alivio.
No era alivio por Gael. Tampoco por Yago. Era un alivio egoísta, casi doméstico: poder ducharse sin escuchar el ascensor, responder un correo sin pensar en quién tenía acceso a qué puerta, cruzarse con Teresa y hablar de otra cosa.
Le avergonzó que el cuerpo pudiera pedir normalidad antes de que la verdad estuviera completa.
Le avergonzó reconocerlo. Pensar que el caso podía terminar reducía el Mirador a su tamaño normal. Una puerta volvía a ser una puerta. Una escalera, una escalera.