Capítulo 18 — El orden
El orden
A las cuatro y nueve de la tarde, quedaban algo más de siete horas para que el contador llegara a cero.
Nora no había vuelto a abrir ConVive. No necesitaba verlo para saber que seguía descendiendo. El edificio se lo recordaba con cada puerta que se abría y cada conversación que se detenía cuando Yago aparecía en el rellano acompañado por un agente.
La policía no lo había detenido. Todavía.
El 89 % permanecía en los teléfonos como una decisión ya adoptada, aunque nadie hubiera votado. Después de la tableta antigua, los recibos y las mentiras sobre las llaves, la cifra parecía haber encontrado por fin una historia capaz de sostenerla.
Eso era precisamente lo que incomodaba a Nora.
La última vez que había sentido algo parecido fue al revisar una reclamación en la que todas las facturas apuntaban al mismo proveedor.
Cuanto más perfecta resultaba la secuencia, más le costaba distinguir entre una explicación sólida y una carpeta bien ordenada.
En el trabajo, al menos, podía pedir otra inspección.
En el Mirador, cada nueva comprobación afectaba a una persona que seguía cruzándose con ella en la escalera.
Yago había dejado de saludar. Simón respondía con monosílabos. Lidia entraba y salía pendiente de que su hijo no oyera conversaciones que no le correspondían. Incluso Teresa había empezado a bajar la voz al pronunciar algunos nombres.
El edificio no estaba esperando una verdad. Estaba esperando permiso para dejar de sospechar.
Trabajó hasta que leyó dos veces el mismo informe sin advertirlo. Cerró el ordenador y dejó la libreta en el cajón. Durante los últimos días había empezado a abrirla incluso antes de saber qué buscaba. No quería que una página en blanco se convirtiera en otra forma de pedirle una conclusión.
Elvira llamó poco después.
—¿Puedes bajar un momento? Me han devuelto el teléfono de Julián, el que se llevó el equipo técnico al revisar la fotografía.
—¿La policía?
—Ya copiaron lo que necesitaban. Hay algo que quiero que oigas.
Teresa estaba en el primero A cuando Nora llegó.
No había sido convocada: acababa de dejar a Amparo con la medicación y Elvira le había pedido que esperara.
Sobre la mesa había un teléfono antiguo conectado al cargador.
La carcasa estaba desgastada en las esquinas y una línea blanquecina atravesaba la parte superior de la pantalla.
—Estaba revisando qué podía borrar y qué debía conservar —dijo Elvira—. Encontré esto en los mensajes enviados.
No era una grabación clandestina. Julián había enviado el audio a Gael la mañana posterior a la votación de la plataforma. El archivo seguía en la copia de seguridad del teléfono.
Elvira pulsó reproducir.
Al principio se oyó un roce y una respiración demasiado cerca del micrófono. Después apareció la voz de Julián, más grave de lo que Nora imaginaba.
—Gael, me has dicho tres veces que al final fueron cinco votos en contra. Ya sé sumar. Lo que te estoy diciendo es que cuando votaste tú iban dos a dos.
Hubo una pausa.
—Tú hiciste el tres a dos. Nora entró después y se abstuvo. Los demás llegaron detrás. No me digas que la mayoría ya estaba decidida, porque no lo estaba cuando elegiste tú.
Nora sintió su nombre de una forma distinta. Ya había visto el registro de su abstención. No había pensado en ella como el sexto movimiento de una secuencia.
La voz continuó.
—No te reprocho que votes que no. Te reprocho que uses a los que vinieron detrás para fingir que tu voto no contó. Si quieres entender lo que pasó, no mires solo el resultado. Mira quién decidió sabiendo qué. El orden lo es todo, Gael. No te escondas detrás del final.
El audio terminó.
Nora no habló enseguida. Había escuchado muchas veces la frase de Julián resumida por otros: cinco votos en contra, una plataforma rechazada, una derrama que no salió adelante.
En la grabación no había porcentajes. Había un hombre señalando el instante concreto en que una decisión individual había empezado a poder esconderse detrás de las siguientes.
También había algo menos cómodo. Julián no pedía que Gael cambiara su voto. Le pedía que aceptara que había sido suyo.
Su abstención funcionaba de una manera parecida.
Durante días había intentado medirla por el efecto final: de haber votado a favor, el resultado habría sido cinco a cuatro y la plataforma tampoco se habría aprobado.
Julián hablaba de otra cosa. Del momento en que todavía no se sabía qué harían los demás.
Elvira dejó el teléfono sobre la mesa.
—Julián me dijo que habían discutido —explicó—. Nunca me enseñó esto.
Teresa se quedó mirando la pantalla apagada.
—Por eso Gael buscaba el orden.
El mensaje que Simón había conservado regresó con otra claridad: MIRA EL ORDEN, NO EL RESULTADO.
En la noche de su muerte, Gael encontró un envío para nueve destinatarios y dos minutos después pidió el archivo de la plataforma.
Nora entendió que no había necesitado que un técnico le explicara el vínculo: ya sabía qué comparación quería hacer.
—Quizá llevaba meses intentando demostrar que los demás hicieron lo mismo que él —dijo Nora.
—O quizá tardó meses en admitir que Julián tenía razón —respondió Elvira.
—¿Tú qué crees?
Elvira se tomó su tiempo.
—Que las dos cosas caben en la misma persona.
Teresa no discutió. Miró hacia la cómoda vacía; el marco de Julián seguía bajo custodia policial y por un momento la vivienda perdió el aspecto de una pieza de investigación.
—¿Volvieron a hablar? —preguntó Nora.
—Una vez. Julián le pidió que dejara de explicar su voto con el resultado final. Gael seguía diciendo que la plataforma no habría salido adelante aunque él hubiera votado a favor.
—Eso era verdad —dijo Teresa.
Elvira la miró.
—Y no respondía a lo que Julián le estaba preguntando.
Teresa bajó la vista hacia sus manos. No se disculpó por su propio voto. Nora agradeció que no lo hiciera. Una disculpa pronunciada once meses después, frente a la viuda, habría tenido algo de limpieza demasiado fácil.
Elvira tampoco parecía quererla. Se limitó a recoger una miga inexistente de la mesa con la yema del dedo y a frotarla entre los dedos.
Elvira fue a la cocina. El hervidor empezó a sonar antes de que Nora recordara haberla visto encenderlo. Regresó con tres tazas, aunque dejó la suya sin llenar.
—¿Te molesta que Gael guardara el mensaje? —preguntó Nora.
—Me molesta que Julián siga sonando enfadado once meses después.
—No contigo.
—No.
Era un no sencillo. Gael había recibido el nombre de Elvira en su encuesta y después había discutido con alguien. La asociación surgió sola. Nora la reconoció antes de convertirla en una conclusión.
Un coche se detuvo frente al portal.
El cambio fue tan brusco que Nora tardó en regresar al presente. La voz de Julián seguía en la habitación mientras, al otro lado de la ventana, un motor apagándose devolvía al edificio a la investigación.
Teresa fue la primera en asomarse por la ventana.
—Es Yago.
Dos agentes estaban registrando su vehículo. Yago esperaba junto al portal con su abogada. Sobre el techo del coche fueron apareciendo bolsas transparentes: documentos, un cargador, recibos de aparcamiento y un llavero pequeño.
Nora salió al primer rellano, pero no bajó al portal. Desde allí vio entrar a Salcedo con una de las bolsas en la mano.
—Necesitamos comprobar una llave —dijo la agente a Yago.
Él vio la bolsa y perdió durante un instante la expresión profesional.
Subieron al cuarto piso. Nora se quedó un tramo más abajo. Teresa apareció detrás de ella; Simón se asomó desde el tercero, pero ninguno cruzó el límite que Salcedo marcó con una mirada.
Un agente retiró una parte del precinto del cuarto B. Introdujo la llave sin etiqueta.
Giró.
El sonido fue pequeño. Bastó.
Yago habló antes de que Salcedo formulase la pregunta.
—Gael me la dio hace meses.
Su abogada volvió la cabeza hacia él.
—Ayer dijo que no tenía una copia —respondió Salcedo.
—Dije que no había hecho ninguna copia. No la hice yo.
—También dijo que no tenía llave.
Yago miró la puerta abierta unos centímetros.
—Porque explicar por qué la tenía me obligaba a explicar otras cosas.
—Los recibos —dijo Nora desde el tramo inferior.
Salcedo la miró, pero no le pidió que se marchara.
Yago tampoco negó.
—Entre otras.
La agente cerró la puerta y volvió a precintarla. No interrogó a Yago en el rellano. Le indicó que continuaría la declaración en comisaría y pidió a la abogada que lo acompañara.
Cuando pasó junto a Nora, Yago se detuvo apenas un segundo.
—Una llave no dice cuándo la usé.
—No —respondió Nora.
—Por fin.
Bajó.
Nora se quedó frente al cuarto B después de que los agentes se marcharan. La cerradura había vuelto a quedar oculta bajo el precinto.
Durante días había buscado una pieza capaz de ordenar a Yago: la tableta, el dinero, los recibos, la plantilla. Ahora había aparecido algo más sencillo.
Una llave que él había negado tener.
La mayoría ya lo había elegido antes.
Nora intentó no pensar en lo bien que empezaban a parecerse ambas historias.