Capítulo 16 — Ochenta y nueve
Ochenta y nueve
A media tarde del día siguiente, Salcedo llamó a Nora mientras ella intentaba volver al trabajo.
No le pidió que bajara al salón comunitario. Tampoco convocó a los vecinos.
—La tableta antigua contenía una carpeta que no aparecía en la pantalla principal —dijo—. Hay nueve archivos asociados a las viviendas.
Nora apartó el expediente de la aseguradora.
—¿Las encuestas?
—Borradores. No los formularios publicados.
—¿Cuándo llegaron al dispositivo?
—La tableta se conectó a la red de Yago a las 22:41 y sincronizó la carpeta. Eso no nos dice quién creó los archivos ni quién los cargó antes.
El reloj del ordenador seguía avanzando mientras hablaban.
—A las 22:57 empezó la actividad en la tableta del sótano.
—Sí.
Dieciséis minutos.
Salcedo continuó antes de que Nora pronunciara un nombre.
—No convierta un intervalo en una persona. Estamos interrogando al señor Ferrer y revisando los dispositivos.
—¿Los archivos proceden de su plantilla?
—El equipo confirma que reutilizan la versión de humedades. La investigación sobre quién los preparó sigue abierta.
La llamada terminó ahí.
Nora se quedó con el auricular en la mano durante unos segundos.
Salcedo acababa de darle menos información que en otras ocasiones y, sin embargo, le había resultado más útil.
No había una sala llena de personas señalando una pantalla.
Solo dos horas y una advertencia: no convertir el intervalo en un nombre.
Nora volvió a abrir la libreta.
Escribió dos horas, nada más.
22:41 — TABLETA ANTIGUA / RED DE YAGO
22:57 — PRIMER ARCHIVO ABIERTO / CUARTO COMUNITARIO
No trazó una flecha.
En lugar de hacerlo, bajó al portal.
No avisó a Teresa. No llamó a Simón. Quería saber qué parte de la hipótesis podía comprobar sin que nadie se la explicara.
Quería comprobar algo que llevaba demasiados días convirtiendo en una frase.
Subió primero hasta el cuarto piso. La puerta de Gael seguía precintada y la de Yago estaba cerrada.
Desde la puerta del cuarto A hasta la escalera de servicio contó los pasos sin apresurarse.
Bajó cuatro plantas y el tramo del sótano.
El recorrido le llevó dos minutos y nueve segundos.
En el tercero tuvo que apartarse para dejar pasar a un repartidor; en el primero se encendió la luz automática tarde y perdió unos segundos buscando el interruptor.
Incluso con esas pequeñas torpezas seguía quedando margen de sobra.
En el sótano se detuvo frente al cuarto comunitario.
El precinto policial cubría la cerradura.
A través del pequeño cristal podía ver la mesa vacía, el cargador de la tableta nueva y la marca rectangular que había dejado su funda sobre el polvo.
Imaginó a una persona entrando a las 22:57, no como una sombra, sino haciendo cosas concretas: abrir, encender, esperar, seleccionar archivos, volver a cerrar.
La secuencia perdía misterio y ganaba tiempo.
Subió de nuevo hasta el portal, abrió la tapa exterior de la caja de emergencias y observó el teclado numérico sin tocarlo.
Yago conocía el código.
Eso también era verdad.
Podía haber bajado, recogido la copia, entrado en el cuarto comunitario y devolverla dentro de los dieciséis minutos.
Podía.
Nora apoyó una mano en la barandilla.
Había pasado días odiando aquella palabra porque no cerraba nada. En su trabajo, «posible» era la palabra que obligaba a pedir otra fotografía, otro informe o una segunda visita. No resolvía un expediente; impedía resolverlo mal. Ahora agradeció que siguiera ahí.
Teresa entró por el portal con una bolsa de farmacia.
—¿Qué haces?
—Midiendo una posibilidad.
—Eso suena preocupantemente a Simón.
Nora le contó lo que Salcedo había confirmado.
Teresa no necesitó tiempo para ordenar las piezas.
—La tableta en su casa. Los nueve archivos. Su plantilla. La copia de emergencia. Los recibos.
—Y dieciséis minutos.
—¿Qué más quieres?
Los buzones ocupaban la pared frente a ella.
—Saber si todo eso estaba junto antes de que nosotros lo juntáramos.
Teresa dejó la bolsa en el suelo.
—A veces una historia completa es completa porque ocurrió.
Teresa se agachó junto a la bolsa de farmacia y comprobó el ticket, como si necesitara una acción ordinaria antes de continuar.
—Y si es él, Nora, también tendrás que aceptar que llevas días buscando una manera de que no lo sea porque te da miedo equivocarte otra vez.
—Me da miedo que la historia esté hecha para que no podamos equivocarnos en otra dirección.
—Eso también puede ser miedo.
—Sí.
—No pongas esa cara. No te estoy pidiendo que votes.
La puerta del portal se abrió.
Yago entró acompañado por su abogada. Había pasado horas fuera entre la comisaría y la agencia. Se detuvo al verlas junto a la caja de emergencias.
—Qué discreto.
Su abogada le pidió que siguiera caminando.
Yago no lo hizo.
—¿Ya habéis cronometrado cuánto tardo en matar a alguien?
—He cronometrado cuánto se tarda en llegar al sótano —dijo Nora.
—Dos minutos. Llevo años viviendo aquí.
—Y conocías el código de esta caja.
—Como media comunidad cuando había obras.
—No media comunidad tenía la tableta antigua.
La abogada volvió a intervenir.
—No respondas.
Yago la ignoró.
—Sí, la conservé. Sí, la utilicé. Sí, Gael guardaba recibos que podían meterme en un problema. Todo eso ya lo sabe la policía.
—¿Entraste en su casa la noche que murió?
La pregunta quedó entre ellos.
Yago miró a Nora de la misma manera que cuando ella le preguntó por el trastero: con una hostilidad tranquila, casi profesional.
—No.
Yago respondió al instante, aunque sin calma. Miró a su abogada después de pronunciar la palabra.
—¿Tenías una copia de su llave?
—No.
—Sabías dónde guardaba los recibos.
—Lo sabía todo el que hubiera estado alguna vez en su escritorio.
—No todo el mundo tenía algo que perder si desaparecían.
La abogada le tomó el brazo esta vez con más fuerza.
—Arriba.
La discusión había atraído a Elvira al primer rellano.
No preguntó qué ocurría. Se limitó a hacer entrar a Amparo, que se había asomado detrás de ella, y esperó hasta comprobar que la puerta quedaba cerrada.
Nora vio el gesto y recordó que durante días había confundido la disposición a cuidar con la imposibilidad de hacer daño.
Todavía no sabía qué hacer con esa contradicción, así que la dejó pasar.
Yago recogió la bolsa de farmacia que Teresa había dejado en el suelo y se la entregó antes de pasar.
—Tus pruebas ya pesan bastante sin que tengas que inventar otras —dijo.
Subió por la escalera.
Teresa esperó hasta que dejó de oírse.
—Miente.
—Sí.
—¿Sobre qué?
Nora no contestó.
Volvió a su vivienda y abrió el expediente del trabajo que había abandonado. El propietario del segundo culpaba al vecino de arriba de una filtración. El primer informe apoyaba esa versión. Las fotografías tomadas dos días antes, no.
Nora empezó de nuevo por la fecha más antigua.
A las once y diecisiete de la noche, los teléfonos del edificio vibraron al mismo tiempo.
La pantalla de Nora mostró un aviso de ConVive que no se parecía a los anteriores.
No era una pregunta.
DECISIÓN DE LA COMUNIDAD
La mayoría considera responsable a Yago Ferrer.
89 %
8 votos a favor / 1 en contra
RESULTADO DEFINITIVO EN 23:59:59
Debajo aparecía una línea más.
SU VOTO: A FAVOR
Nora no había votado.
El contador empezó a descender.
23:59:58
23:59:57
Teresa llamó desde el otro lado del rellano.
—¿Te ha salido?
Nora abrió la puerta. Teresa sostenía el teléfono con la misma pantalla.
—Dice que he votado a favor.
En el tercero se abrieron dos puertas. Simón bajó con el móvil en la mano. Lidia apareció detrás de él. Damián llamó desde el bajo y preguntó si alguien había tocado su voto. Amparo gritó desde el primero B que su teléfono acusaba a alguien y que no sabía cómo quitarlo.
Elvira salió de su casa mientras hablaba con Salcedo. Llevaba una rebeca clara y el llavero de la comunidad en la mano; Nora reconoció ambos detalles y se obligó a no convertir el reconocimiento en una idea.
Simón comparó dos direcciones sin abrir ninguna cuenta.
—Esta vez es una sola página. Todos entramos en el mismo recuento.
—¿También Yago? —preguntó Teresa.
Salcedo confirmó por el teléfono de Elvira que un agente seguía con él en el cuarto A. Su pantalla mostraba una diferencia.
SU VOTO: EN CONTRA
Siete de las ocho viviendas ocupadas habían sido colocadas a favor de la acusación.
Durante unos segundos nadie habló de porcentajes.
Hablaron de sus propios teléfonos: Teresa insistió en que no había abierto nada; Damián repetía desde el altavoz que él tampoco; Lidia preguntó si la policía podía bloquearlo; Amparo quería saber si pulsar atrás contaba como cambiar de voto.
La página había conseguido que ocho personas defendieran decisiones que nunca habían tomado.
La de Yago, en contra.
—Somos ocho personas —dijo Lidia.
Su hijo apareció detrás de ella con los auriculares puestos y preguntó por qué todos estaban en la escalera. Lidia le indicó que volviera dentro. Esta vez no tuvo que repetírselo.
Nora contó sin querer.
Elvira. Amparo. Damián. Ella. Teresa. Simón. Lidia. Yago.
Ocho residentes vivos.
El recuento mostraba nueve votos.
Simón miró el porcentaje y después el número de respuestas.
—Han incluido el perfil de Gael.
El contador continuó bajando.
23:57:41
Para alcanzar el ochenta y nueve por ciento, alguien había hecho votar a un muerto.