La mayoría: En esta comunidad hay un culpable Capítulo 15 — Los recibos
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Capítulo 15 — Los recibos

Los recibos

Lidia llamó a la puerta del segundo A después de acostar a su hijo.

No llevaba el uniforme de la clínica ni el bolso cruzado sobre el pecho. Se había puesto un jersey ancho y recogido el cabello con una goma. Sin la ropa de trabajo parecía más joven y bastante más cansada.

—No vengo a pedirte que dejes de hacer preguntas —dijo.

Nora se apartó para dejarla entrar.

—Salcedo ya se ocupa de eso.

—No parece tener mucho éxito.

Lidia se quedó en la cocina. Miró la mesa y se detuvo al comprobar que la libreta no estaba encima.

Nora la había dejado en el cajón desde la tarde.

—No me preguntaste si mentía —dijo Lidia—. Decidiste para qué mentía.

Nora apoyó las manos en el respaldo de una silla.

Lidia había sido exacta. Al conocer su visita a Yago, Nora empezó a buscar qué podía ocultar antes de saber qué había ido a hacer.

—Tienes razón.

Lidia esperó una respuesta. Como Nora no añadió nada, continuó de otra manera.

—Si no te cuento una parte, mañana alguien dirá que me acostaba con Yago, que le llevaba medicamentos o que Gael me chantajeaba. Aquí una parte vacía dura poco.

Se sentó.

La persona que había dormido en el trastero acudía a la clínica donde trabajaba Lidia.

Había autorizado a Lidia a contar únicamente la parte relacionada con el alquiler y la fianza.

Ella no pronunció su nombre ni dio ningún dato médico.

Solo explicó que, después de la inspección municipal, había pasado unas semanas en un albergue y perdido contacto con casi todos los que la ayudaban.

La persona no había pedido a Lidia que la defendiera ante la comunidad. Le había pedido ayuda con formularios, citas y una deuda que nadie reconocía por escrito. Lidia había aprendido a distinguir ambas cosas.

Pagaba por dormir en el trastero.

No a la comunidad.

A Yago y a Gael.

Nora sintió una resistencia inmediata a aceptar la frase.

No porque dudara de Lidia, sino porque obligaba a colocar a Gael en un lugar que la muerte había empezado a suavizar.

El hombre que había descubierto la manipulación también cobraba por una cama ilegal.

El mismo que intentó advertirla había utilizado la necesidad de otra persona.

La víctima no mejoraba por estar muerta.

—¿Un alquiler? —preguntó Nora.

—Ellos lo llamaban aportación para gastos.

Gael había acondicionado el espacio con un hornillo, una toma eléctrica y una cerradura.

Yago había puesto en contacto a la persona con él.

Cobraban en efectivo y se repartían el dinero.

No existía contrato, pero Gael entregaba recibos escritos a mano porque desconfiaba incluso de sus propios acuerdos ilegales.

Cobrar por un espacio que no podía alquilar y exigir una constancia exacta de cada pago habría resultado absurdo en otra persona.

En Gael encajaba con demasiada facilidad.

—Yago encontraba a la gente —dijo Lidia—. Gael controlaba el espacio. Uno decía que estaba ayudando. El otro decía que solo cubrían gastos. La persona que pagaba no tenía muchas opciones para discutir cómo llamarlo.

Nora recordó las fotografías del expediente municipal. El colchón, la mesa plegable, el cable que atravesaba una pared. Había estudiado cada riesgo físico y ninguno de los billetes que lo mantenían ocupado.

—¿Por eso fuiste a casa de Yago?

—Había una fianza que no devolvían. Esa persona me pidió ayuda para reclamarla.

—¿Y Yago te enseñó los recibos en la tableta?

—Una hoja de cálculo y fotografías. Dijo que Gael tenía la parte del dinero que faltaba y que hablaría con él al día siguiente.

No hubo día siguiente.

Lidia se frotó la mancha de tinta que todavía conservaba en un dedo.

—Cuando presentaste la denuncia, yo me enfadé contigo —dijo Lidia—. No porque el trastero fuera seguro. No lo era. Me enfadé porque nadie tenía preparada la parte de después. Gael perdió un negocio. Yago perdió dinero. La otra persona perdió una puerta. No eran pérdidas equivalentes.

Nora bajó la vista.

—No sabía que pagaba.

—No. Pero sabías que dormía allí.

No hacía falta más.

—No sé qué ocurrió después de que me marchara. No sé quién creó las encuestas. Y no sé quién puso la tableta sobre ese aparador. Esto es lo que sí sé.

Nora asintió.

—¿La policía tiene lo mismo?

—Sí.

Lidia se levantó y dio dos pasos hacia la puerta. Después regresó a la mesa.

—Hay otra cosa.

Nora esperó.

—Voté en contra de la plataforma de Julián.

No lo dijo como una confesión dirigida a Elvira. La votación había vuelto a estar presente en cada conversación y, por primera vez, Lidia añadió su propia parte.

Lidia explicó que aquel año encadenaba contratos de tres meses. Su hijo necesitaba un tratamiento dental que no podía aplazar y el padre llevaba semanas retrasándose con la pensión. Cuando vio la derrama de la plataforma, calculó cuánto dinero le faltaría al final del mes.

—Marqué «en contra» y abrí el resultado provisional —dijo—. Ya ganaba el no. Me dejó pensar que no tenía motivos para cambiarlo.

—Pero votaste en contra.

—Sí.

Lidia sostuvo la mirada de Nora.

—Teresa me dijo entonces que todos teníamos que pensar en el edificio, como si yo no estuviera pensando exactamente en eso —continuó Lidia—. Solo que mi edificio incluía el recibo del dentista y un niño al que no podía explicar por qué ese mes faltaba dinero.

Nora recordó las reuniones en las que Teresa había pedido que Lidia no llevara al niño porque se distraía y tocaba las papeletas. No era crueldad. Era una forma de orden. También era fácil pedir orden cuando otra persona cargaba con el desorden fuera de la sala.

—No me preguntes si me arrepiento para que esto quede limpio. Si me hubieran enseñado la factura sin el resultado quizá habría votado igual. Pero ver a los demás me lo puso más fácil.

Su propia abstención volvió a ocupar el mismo lugar incómodo.

—¿Se lo has contado a Elvira?

—No.

—¿Por qué a mí?

—Porque llevas días clasificando lo que hizo cada uno después de ver una mayoría. Si vas a hacerlo, al menos no escribas que todos mentimos por lo mismo.

Lidia abrió la puerta.

—Y otra cosa. Teresa no es mala persona, pero durante meses me explicó cómo debía organizarme para venir a las reuniones sin mi hijo.

Siempre encontraba una solución porque no era ella quien tenía que conseguirla.

Por eso cuando voté en contra y vi que el no ya ganaba, sentí alivio. No orgullo. Alivio.

Miró hacia el tercero.

—Y no conviertas mi voto en una pista de asesinato.

Cuando se marchó, Nora abrió el cajón de la cocina. La libreta estaba allí.

La dejó dentro.

Por una vez no necesitaba transformar una conversación en una fila.

A las diez y veinte llamó Salcedo.

—Necesito que identifique una letra —dijo.

No la llevó al cuarto piso ni a una reunión. La esperó en el salón comunitario con dos fotografías impresas.

La primera mostraba uno de los recibos guardados en la tableta. La segunda, una página de las notas de Gael recuperadas en su vivienda.

—¿Se parecen a lo que vio cuando estuvo con él? —preguntó la agente.

Nora examinó las mayúsculas estrechas y la forma de los números.

—Sí. No puedo asegurar que sea la misma mano, pero se parece.

—Eso es suficiente. La perito hará la comparación.

Salcedo retiró las imágenes.

Nora alcanzó a ver una tercera fotografía en la carpeta antes de que se cerrara: el cajón del escritorio de Gael dividido por separadores de cartón. Uno llevaba una etiqueta escrita en mayúsculas.

ALQUILER

Detrás no había documentos.

—¿Estaba vacío cuando entró la policía? —preguntó.

Salcedo cerró la carpeta.

—No voy a ampliar la información.

La negativa ya decía bastante.

Nora no insistió. En las últimas semanas —en los últimos días, se corrigió— había empezado a confundir la resistencia de Salcedo con un obstáculo.

Quizá era exactamente lo contrario: una forma de impedir que cada dato recién descubierto se convirtiera de inmediato en una historia compartida por todo el Mirador.

Al salir del salón comunitario, Nora encontró a Yago junto a los buzones. Su abogada hablaba por teléfono a unos metros. Él tenía la cara cansada y una expresión demasiado tranquila para ser espontánea.

—¿También te han pedido que reconozcas mis delitos? —preguntó.

—La letra de Gael.

—Claro. Los recibos.

Nora se detuvo.

—¿Qué recibos?

Yago se quedó inmóvil un instante. Por su reacción, Nora comprendió que había respondido como si ella hubiera mencionado los recibos.

—Los que fotografié en la tableta.

—¿Dónde estaban los originales?

Su abogada levantó la vista desde el teléfono.

—Yago.

Él no le hizo caso.

—Gael los guardaba en su escritorio. Llevaba meses haciéndolo.

—¿En qué parte?

—En un separador.

La abogada se acercó.

—Se acabó.

Nora no necesitó otra pregunta. Había visto la fotografía del cajón vacío y Yago acababa de describir el lugar sin que ella se lo indicara.

—¿Cuándo los viste por última vez?

—Hace meses. Entré invitado.

—¿Y sabías que seguían allí?

—Gael no tiraba nada que pudiera utilizar contra alguien.

La abogada le puso una mano en el brazo y lo condujo hacia la puerta.

Yago se soltó antes de salir.

—No confundas saber dónde guardaba algo con haber entrado a robarlo.

—No lo confundo.

—Todavía no. Pero ya lo estás colocando junto a la llave, la tableta y cualquier cosa que te evite mirar a otra persona.

Nora sintió el golpe porque no sabía a qué otra persona se refería. Quizá Yago tampoco. Bastaba con que la frase abriera un espacio.

—No lo he dicho.

—Todavía.

El portal se cerró detrás de él.

Nora subió lentamente hasta el segundo. Al llegar a su rellano, continuó subiendo dos plantas más y se detuvo frente al cuarto B.

El precinto atravesaba la puerta de Gael.

Yago vivía enfrente. Había ocultado la tableta, había mentido sobre la llave comunitaria y había demostrado saber exactamente en qué cajón Gael guardaba unos documentos que podían comprometerlo.

Nora no sacó la libreta.

Miró la puerta cerrada y dejó que el dato siguiera siendo solo eso durante unos segundos.

Un motivo para entrar no era todavía una entrada.

Pero Nora permaneció frente a la puerta el tiempo suficiente para admitir algo más incómodo: si alguien le hubiera presentado aquella combinación en un expediente —motivo económico, conocimiento del lugar, mentiras sucesivas— habría pedido ampliar la investigación antes de buscar una explicación alternativa.

No quería que Yago fuera culpable ni inocente. Quería no volver a decidir primero y ordenar los hechos después.

La diferencia parecía sencilla cuando se escribía. Vivir dentro de ella era otra cosa.