Capítulo 14 — La tableta
La tableta
El ascensor se detuvo en el portal justo cuando Nora entraba con una bolsa de la compra.
Lidia esperaba junto a su hijo. Llevaba el uniforme de la clínica bajo el abrigo, una carpeta de cartón y una fiambrera que sobresalía de un bolso demasiado lleno. El niño, de ocho o nueve años, tenía una pegatina de dinosaurio en la mejilla y los cordones desatados.
Entraron los tres.
—Segundo —dijo Nora.
El niño pulsó el botón y después el del cuarto.
Lidia se lo apagó con el nudillo.
—Hoy no.
—Siempre vamos al cuarto.
—Hoy no es siempre.
El niño aceptó la lógica y empezó a borrar con la manga una huella del espejo. Después intentó atarse un cordón sin agacharse del todo, perdió el equilibrio y Lidia lo sostuvo por el hombro sin interrumpir el movimiento de la carpeta que llevaba bajo el brazo.
Nora había visto muchas veces aquella eficiencia desde fuera: llegar con el uniforme, recoger al niño, comprar algo de cena, contestar un mensaje de la clínica.
La encuesta de Lidia la había reducido durante días a una vecina con una mentira.
Dentro del ascensor resultaba difícil sostener esa simplificación.
La pregunta salió antes de que pudiera suavizarla.
—¿Estuviste en casa de Yago la noche que murió Gael?
Lidia no fingió no entenderla.
—La policía ya lo sabe.
—Yo no sabía que ibas allí con frecuencia.
—No iba con frecuencia.
El niño levantó la cabeza.
—Dos veces.
Lidia cerró los ojos un instante.
—Gracias por la auditoría.
El comentario habría podido ser gracioso en otra semana. Nora sonrió apenas y el niño volvió al espejo, satisfecho de haber contribuido.
—No necesito saber por qué fuiste —dijo Nora—. Necesito preguntarte por una tableta.
Lidia la miró entonces con atención.
—¿Qué tableta?
—La antigua de la comunidad. Simón dice que Yago debía reciclarla.
Las puertas se abrieron en el segundo. Nora no salió. Pulsó el botón para mantenerlas abiertas.
Lidia cambió la carpeta de brazo.
—Había una vieja en su salón. Una esquina rota y una pegatina blanca detrás. La usó para enseñarme un documento.
—¿A qué hora?
—Entré a las diez y media. Salí a las diez y cuarenta y uno.
—¿La encendió mientras estabas allí?
—Sí. Tardó un poco en arrancar.
Nora notó la precisión de la hora. Lidia no la había improvisado: la policía se la había hecho reconstruir.
—¿Qué documento te enseñó?
—Eso no te lo voy a contar.
—De acuerdo.
La aceptación pareció desconcertarla más que otra pregunta.
—¿De acuerdo?
—Si tiene relación con la muerte, se lo habrás contado a Salcedo.
—Le he contado lo que puedo contar sin convertir la vida de otra persona en material para el edificio. Trabajo en una clínica. Hay cosas que no pasan a ser públicas porque un hombre haya muerto en la misma planta.
Nora asintió. La tentación de preguntar por el documento seguía allí, pero ahora podía reconocerla como lo que era: no una necesidad de la investigación, sino el alivio de llenar un hueco.
El niño tiró suavemente de su abrigo.
—Mamá.
—Ya.
Lidia pulsó el tercero.
El niño volvió a asomarse antes de que las puertas se cerraran.
—¿Gael era el señor que gritaba?
Lidia le puso una mano en el pecho para mantenerlo dentro.
—Era Gael.
No añadió que estaba muerto. El niño ya lo sabía; se notaba en la manera de no volver a preguntar.
Los adultos del edificio llevaban días hablando como si solo ellos estuvieran recibiendo las consecuencias de cada rumor.
Antes de que las puertas se cerraran, Lidia añadió:
—La tableta no estaba sobre el aparador. Yago la sacó del cajón de abajo y volvió a guardarla cuando terminé.
Nora salió al segundo.
Teresa tenía la puerta entreabierta. Había oído lo suficiente para preguntar en cuanto el ascensor continuó subiendo.
—¿La tenía?
—La tenía a las 22:41.
—Y a las 22:57 alguien estaba en el sótano.
Nora la miró.
—Dieciséis minutos no son una persona.
—No, son tiempo de sobra.
Nora entró en su vivienda y dejó la compra sobre la encimera. Sacó la leche, el pan y una bandeja de verduras. Después volvió a guardarlo todo salvo el pan, como si el orden de la nevera pudiera impedirle subir al cuarto piso.
Llamó a Salcedo.
Mientras esperaba respuesta, Nora miró el cajón cerrado donde había guardado la libreta.
La escena del ascensor había dejado algo fuera de cualquier columna: un niño que sabía qué vecino gritaba, una madre que seleccionaba cada palabra y un secreto que podía ser legítimo aunque incomodara a la investigación.
La agente escuchó el dato y respondió que ya estaba comprobando la tableta antigua.
—¿La han encontrado?
—No puedo hablar de una diligencia en curso.
—Lidia la vio en casa de Yago.
—Y nos lo ha dicho. No suba a buscarla.
—No he dicho que fuera a hacerlo.
—Señora Valdés.
Nora dejó el pan sobre la tabla.
—Lo he entendido.
Aguantó cuarenta minutos.
Durante los primeros diez respondió correos. En el undécimo abrió la libreta y la volvió a cerrar. Después preparó pan con tomate, lo dejó entero en un plato y se sorprendió escuchando cada vez que el ascensor llegaba al cuarto.
No quería admitir que esperaba que Yago regresara. La diferencia entre investigar y esperar una oportunidad para hacerlo empezaba a ser demasiado pequeña.
No subió a registrar nada. Se repitió esa diferencia mientras limpiaba una superficie que ya estaba limpia, respondía dos correos de trabajo y colocaba la libreta dentro de un cajón para no mirarla.
A las seis menos cuarto bajó a tirar el cartón de la compra. Lo dejó en el contenedor y regresó al portal.
Yago entraba en el portal.
Llevaba las llaves del coche en una mano y una carpeta de la agencia en la otra. Parecía regresar de fuera; el cuello del abrigo estaba húmedo por una llovizna que Nora no había notado desde la ventana.
—Necesito preguntarte por la tableta antigua —dijo.
Yago siguió caminando.
—Pregúntaselo a la policía.
—Lidia la vio en tu casa la noche del crimen.
Se detuvo en el primer peldaño.
—Lidia vio un dispositivo que utilizaba para trabajar.
—Simón dice que era de la comunidad.
—Simón dice muchas cosas cuando la alternativa es explicar por qué una cuenta con su nombre hizo algo.
Subieron. Nora mantuvo distancia suficiente para que aquello no pudiera convertirse en una discusión encerrada en el ascensor.
Yago abrió el cuarto A.
La puerta quedó completamente abierta mientras dejaba la carpeta sobre una silla.
Nora vio el aparador desde el rellano.
Encima había una tableta gris.
La funda estaba gastada. Una esquina de la carcasa se había astillado y, junto a la cámara, quedaba media pegatina blanca.
Yago siguió la dirección de su mirada.
Su reacción llegó antes que las palabras. Dejó las llaves sobre el mueble y se quedó quieto.
—Eso no estaba ahí.
Nora no cruzó el umbral.
—Lidia dice que la guardaste en el cajón.
Yago miró el cajón inferior del aparador y después el dispositivo expuesto encima.
—La guardé ahí hace meses.
—Acabas de decir que la utilizabas para trabajar.
—La utilicé durante meses. No la he tocado hoy.
Nora sacó el teléfono.
—No la toques.
—¿Crees que la he dejado en medio del salón para que vengas a encontrarla?
—No he dicho eso.
—Lo estás pensando con una letra muy clara.
Marcó a Salcedo sin entrar.
La agente llegó con otro policía cuarenta minutos después. Para entonces Teresa había salido al rellano del segundo y Elvira al del primero, con una bolsa de naranjas para Amparo. Las dos miraban hacia arriba cuando llegó la policía, pero Salcedo las hizo entrar de nuevo sin explicar nada.
La agente hizo salir a Yago al rellano antes de acercarse al aparador y fotografió el dispositivo en su posición. La superficie de madera no mostraba el rectángulo limpio que habría dejado un objeto inmóvil durante mucho tiempo.
—¿Reconoce la tableta? —preguntó.
—Sí —dijo Yago—. Es la antigua de la comunidad.
—Dijo que la había llevado a reciclar.
—La conservé. Iba a borrarla primero.
—¿Durante cuánto tiempo la utilizó?
—Meses.
Yago tardó unos segundos antes de seguir.
—Trabajo. Documentos. Presentaciones.
Salcedo no necesitó invitar a Nora a la conversación. Se volvió hacia ella.
—Baje a su casa.
Nora obedeció esta vez.
Desde el rellano del tercero oyó el cierre de una bolsa de pruebas.
No vio qué encontraron en la tableta ni qué preguntó después la policía.
Teresa bajó dos veces con excusas distintas —primero por el correo y después por una botella de agua— y Nora la obligó a regresar al segundo sin averiguar nada.
Aquella pequeña disciplina le costó más de lo que habría querido reconocer.
Solo la vio salir veinte minutos más tarde dentro de una funda oscura, sostenida por un agente.
Yago permanecía en la puerta de su casa.
No miraba a Nora.
Miraba el espacio vacío del aparador.
Cuando el ascensor se cerró con la tableta dentro, Yago entró y cerró sin despedirse. El clic de la cerradura resultó más normal que cualquier cosa ocurrida aquella tarde.
En el segundo rellano, Teresa la esperaba.
—¿Era?
—Sí.
—Entonces mintió.
Nora apoyó la espalda en la pared.
—Sobre haberla reciclado.
Teresa abrió la boca y volvió a cerrarla.
—No sé cómo consigues que hasta una mentira necesite apellido.
—Porque los apellidos importan.
—A veces solo retrasan el momento de mirar lo que tienes delante.
Nora entró en su vivienda sin responder. Aquella noche cenó el pan con tomate que había dejado en el plato. No supo si lo hacía porque tenía hambre o porque no quería volver a abrir la nevera y encontrar otra decisión esperando dentro.
La diferencia entre una mentira y una sorpresa seguía sin poder verse desde fuera.