La mayoría: En esta comunidad hay un culpable Capítulo 13 — La copia
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Capítulo 13 — La copia

La copia

La llave que Gael llevaba en el bolsillo no abría su casa.

Salcedo la dejó sobre una funda transparente en la mesa del salón comunitario. No había convocado a medio edificio. Solo estaban Nora, Elvira y un agente que había abierto el precinto del cuarto para probarla.

Era una llave pequeña, de cabeza cuadrada, con un trozo de cinta blanca alrededor del cuello. Sobre la cinta podían leerse dos letras escritas a mano: CC.

—Cuarto comunitario —dijo Elvira.

El agente introdujo la llave en la cerradura.

Giró sin resistencia.

Nora sintió una irritación absurda consigo misma. Durante días había hablado de «la llave de Gael» como si solo existiera una. La que él buscó después de la primera caída era la de su vivienda. Aquella era otra cosa: el acceso al lugar donde se habían activado las encuestas.

—¿Cuántas copias hay? —preguntó.

—Tres —respondió Elvira—. La mía, la de emergencias y esta.

La suya formaba parte del llavero de la presidencia. La de emergencias permanecía en una caja metálica junto a los buzones, protegida por un código que conocían quienes coordinaban reparaciones. La tercera se prestaba y debía anotarse en una hoja.

Salcedo desplegó una fotografía del registro.

YAGO FERRER — REVISIÓN DE HUMEDADES — PENDIENTE

—La retiró él —dijo Nora.

—Eso consta —respondió Salcedo—. También consta que afirma habérsela entregado después a Gael.

—¿Lo cree?

—No necesito creerlo. La llave apareció en el bolsillo de Gael.

Eso le impidió convertir el dato en algo mayor de lo que era.

En su trabajo, Nora había aprendido que dos objetos con el mismo nombre podían tener responsabilidades distintas.

Una llave no era una llave si una abría una vivienda y otra un archivo comunitario.

Mezclarlas permitía construir una historia sin mentir del todo.

Durante dos días ella misma había hecho exactamente eso.

Elvira pidió ver de nuevo la fotografía del registro. No defendió a Yago. Solo recordó que, cuando se prestaba una copia, casi nadie se acordaba de firmar la devolución. A veces aparecía una llave en un buzón y la hoja seguía diciendo «pendiente» durante meses.

—Eso explica el papel —dijo Salcedo—. No explica por qué terminó en el bolsillo de Gael.

—Porque Yago dice que se la dio.

—Y vamos a comprobar cuándo empezó a decirlo.

Salcedo explicó que interrogaría a Yago por separado. No quería otra reunión en la que cada vecino completara la respuesta del siguiente. Le pidió a Nora que le reenviara el correo de la plataforma que había encontrado. Después le indicó que se marchara.

En el rellano, Teresa esperaba sentada en el último escalón.

—¿Qué era?

—La llave del cuarto comunitario.

—¿De Yago?

—Registrada a su nombre. Gael la llevaba encima.

Teresa se levantó.

—Eso es peor.

—Es distinto.

—Algún día vas a utilizar una palabra normal.

Subieron al segundo piso sin utilizar el ascensor.

En el primero, Amparo discutía con el volumen de la televisión; desde el tercero bajaba olor a café por el hueco de la escalera.

El edificio seguía ofreciendo su rutina mientras ellas trataban cada objeto como una prueba. Nora sintió el cansancio de mirar así.

Teresa abrió su puerta y dejó que Nora extendiera sobre la mesa del comedor las copias que conservaban: la votación de la plataforma, una consulta posterior sobre las humedades de la azotea y las capturas de las encuestas nuevas.

Nora no buscó nombres. Miró la forma.

La pregunta arriba. Las opciones debajo. La obligación de elegir para consultar el resultado. La franja de mayoría.

En la votación de Julián el diseño aparecía por primera vez. Meses después, la consulta de humedades repetía la misma secuencia con cambios mínimos. En el margen inferior del PDF figuraba el nombre de quien había preparado el formulario.

Yago Ferrer.

Teresa acercó la hoja.

—Entonces salió de él.

—Esta versión salió de él.

—No empieces.

—La estructura es anterior. La de Julián la hizo Simón.

Nora colocó las tres hojas una al lado de otra. No necesitaba que un técnico le explicara que alguien había reutilizado algo conocido. Lo que no podía determinar era qué versión se había duplicado la noche del crimen.

Pasó el dedo por las fechas. La plataforma de Julián había obligado a elegir antes de mostrar un resultado.

La consulta de humedades había heredado la misma regla aunque nadie necesitaba saber qué opinaban los demás para decidir si una pared estaba mojada.

En aquel momento a nadie le había parecido extraño.

Las herramientas conservaban hábitos igual que las comunidades: una solución provisional se repetía hasta que dejaba de parecer una elección.

—La pregunta no es quién inventó esto —dijo Nora—. Es quién sabía qué efecto tenía.

Teresa la miró.

—Eso amplía bastante la lista.

—Sí.

Nora dejó de sentir que ampliar una lista fuera retroceder.

Llamó a Simón.

Él apareció cinco minutos después sin ordenador y con el gesto de quien ya esperaba que le atribuyeran otra cosa.

—No voy a entrar en ninguna cuenta —dijo antes de sentarse.

—No te lo he pedido.

Nora le mostró los tres documentos.

Simón los examinó en silencio. Cuando llegó a la consulta de humedades, señaló un código de plantilla en el pie de página.

—Esta es la versión inmediata de la que parten las nuevas.

Teresa cruzó los brazos.

—En castellano.

—La votación de Julián creó el molde. Yago lo duplicó para las humedades. Quien preparó las nueve encuestas duplicó la de Yago.

—¿Eso deja su nombre dentro? —preguntó Nora.

—Puede dejar datos de creación, aunque otra persona la copie después. No demuestra quién hizo la última copia.

La cuenta de pruebas de Simón era el ejemplo más cercano: un nombre técnico podía sobrevivir al movimiento de otras manos. Ya lo habían aprendido de la forma más cara posible.

Simón repitió las horas y el contenido de la conversación que ya había resumido la mañana anterior.

22:47

GAEL: HE ENCONTRADO UN ENVÍO PROGRAMADO. NUEVE DESTINATARIOS.

22:49

GAEL: AbrE EL ARCHIVO DE LA PLATAFORMA.

Y terminó con la última frase.

MIRA EL ORDEN, NO EL RESULTADO.

—¿Por qué te pidió esa votación y no otra? —preguntó Nora.

—No lo sé.

Simón no adornó la respuesta.

—¿Y por qué la consulta de humedades?

—Porque era una copia posterior. Si quería seguir la genealogía de la plantilla, tenía sentido mirar las dos.

Genealogía era una palabra demasiado grande para tres formularios comunitarios, pero Nora entendió la idea. Gael había empezado por un envío programado y había retrocedido hasta una votación de hacía un año.

Alguien llamó a la puerta de Teresa.

Yago esperaba fuera.

Había bajado sin chaqueta. La entrevista con Salcedo le había quitado el aspecto de hombre que siempre llegaba preparado a una visita. Miró primero a Teresa y después las hojas sobre la mesa.

—¿Ahora organizáis la investigación por turnos?

—Estábamos comparando formularios —dijo Nora.

—Qué tranquilizador.

Teresa se apoyó en el marco.

—La llave estaba registrada a tu nombre.

—Y estaba en el bolsillo de Gael. Esa parte se os olvida porque no sirve para la historia que queréis.

—No quiero ninguna historia —dijo Nora.

Yago soltó una risa breve.

—Claro que sí. Presentaste una denuncia para poder contar que solo estabas cumpliendo las normas. Ahora haces lo mismo con esto.

Nora supo hacia dónde iba antes de que pronunciara la siguiente frase.

—El trastero no era una vivienda —dijo.

—No. Era un sitio inseguro donde dormía una persona que no tenía otro.

—Gael cobraba por dejarla allí.

—Y tú sabías que, cuando llegara la inspección, la sacarían.

Teresa intervino.

—No conviertas un alquiler ilegal en caridad.

Yago ni siquiera la miró.

—No estoy defendiendo a Gael. Estoy diciendo que Nora siempre encuentra la palabra que la coloca fuera de la consecuencia.

La acusación funcionaba porque contenía una parte que Nora llevaba días evitando. Había denunciado una instalación peligrosa. Seguía creyendo que debía hacerlo. También había cerrado el expediente mental en el momento en que el ayuntamiento confirmó que tenía razón.

No preguntó dónde durmió aquella persona la noche siguiente.

Tampoco había preguntado si el albergue tenía plaza, si podía conservar sus cosas o si el hombre o la mujer —Nora ni siquiera sabía cuál— había entendido por qué de un día para otro la única puerta que podía cerrar dejó de pertenecerle.

Había hecho una denuncia correcta y después había tratado la corrección como un punto final.

—No voy a decir que hice mal en denunciarlo —dijo.

—No te lo estoy pidiendo.

—Entonces ¿qué quieres?

—Que dejes de utilizar «correcto» como sinónimo de «sin consecuencias».

—No tiene que ver con la llave —dijo.

—Tiene que ver con la facilidad con que decidís para qué sirve cada verdad.

Yago se marchó antes de que Teresa pudiera contestar.

El ascensor no bajó. Sus pasos subieron hacia el cuarto piso.

Simón recogió las impresiones y las volvió a dejar exactamente alineadas.

—Hay una cosa que no entiendo —dijo Nora.

—Solo una sería un progreso.

—Si alguien quería copiar una versión antigua sin entrar en la tableta nueva, ¿dónde más podía encontrarla?

Simón dejó de mover las hojas.

—En copias sincronizadas. Portátiles viejos. Dispositivos que hubieran usado la cuenta compartida.

—¿La comunidad tenía alguno?

—La tableta anterior. La que había sido de Julián. Elvira la donó a la comunidad cuando compramos la nueva.

La votación de la plataforma seguía abierta ante ella.

—¿Seguía teniendo ConVive?

—Había entrado muchas veces. Yo creía que la había borrado antes de retirarla, pero si alguien la encendió después, pudo conservar sesiones o copias sincronizadas. Depende de lo que se hiciera con ella.

Teresa miró hacia el techo.

—¿Dónde está?

Simón tardó un segundo.

—Yago se ofreció a llevarla a reciclar cuando compramos la nueva. Dijo que pasaba cerca de un punto limpio por trabajo.

La puerta del tercero se cerró en algún lugar por encima de ellos.

Simón explicó que la tableta antigua había sido lenta incluso antes de retirarla.

Julián la había usado para leer periódicos y videollamadas; después de su muerte, Elvira la entregó a la comunidad porque todavía encendía y parecía absurdo comprar otra para las actas.

Yago se la llevó meses más tarde con la promesa de borrarla y reciclarla.

—¿Elvira sabía que no se había reciclado? —preguntó Nora.

—Yo no lo sabía.

No era una respuesta sobre Elvira, pero Nora no insistió.

Miró las tres plantillas sobre la mesa.

No necesitó escribir nada para saber cuál era la siguiente pregunta.