La mayoría: En esta comunidad hay un culpable Capítulo 11 — El marco
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Capítulo 11 — El marco

El marco

El marco no se había abierto solo.

Salcedo lo sostuvo por los bordes mientras el agente fotografiaba la parte trasera. Las pestañas metálicas estaban levantadas y el cartón protector había quedado mal encajado, como si alguien hubiera retirado la fotografía con prisa. No había cristal roto ni marcas de una herramienta.

—Quiero que cada una me diga dónde estaba —pidió la agente.

Nora regresó al extremo del sofá. Teresa ocupó la silla junto a la mesa. Elvira volvió a ponerse de pie cerca de la cómoda, aunque durante la tarde se había movido entre el salón, la cocina, el dormitorio y la casa de Amparo. El otro agente señaló el lugar desde el que había fotografiado las actas.

La reconstrucción convirtió una visita de media hora en una sucesión de posiciones.

Elvira había abierto la puerta a Nora y Teresa.

Después llevó caldo al primero B y regresó.

Salcedo y su compañero entraron poco después.

Más tarde, Elvira fue al dormitorio a buscar las carpetas; al volver, pasó junto a la bolsa que ya estaba junto al paragüero y llevó la carpeta al salón.

Desde entonces, todos permanecieron allí hasta que sonaron los tres golpes.

Nora y Teresa no habían visto a nadie acercarse a la cómoda. El único movimiento por esa zona había sido el de Elvira cuando regresó del dormitorio con las carpetas.

—Yo pasé por delante —dijo Elvira—. Con la carpeta.

No parecía defenderse. Añadía el dato que podía perjudicarla porque faltaba en el relato.

Salcedo abrió la bolsa de tela. Dentro había un termo, unas gafas plegables, dos paquetes de pañuelos y un monedero pequeño. El termo volvió a golpear el paragüero cuando el agente desplazó la bolsa para fotografiar el suelo.

Tres sonidos secos.

Salcedo también había oído los tres golpes, pero no hizo ningún comentario. Pidió que dejaran la bolsa donde estaba y comprobó la distancia entre la puerta y el primer barrote del paragüero.

La copia de la fotografía cabía bajo la puerta si se curvaba ligeramente. No presentaba esa curvatura. Tampoco había polvo ni marcas en el borde que había quedado junto al rellano.

—Puede haberse deslizado antes y haber permanecido aquí hasta que abrimos —dijo Salcedo.

—La habría visto al entrar —respondió Nora.

—Si estaba en el centro del paso, sí. Si estaba debajo de la bolsa o junto a la pared, no necesariamente.

Teresa señaló el pasillo.

—Entonces los golpes no fueron una llamada.

—Fueron tres golpes —dijo Salcedo—. Todavía no sabemos qué los produjo ni para qué.

La agente guardó la copia en una funda distinta del marco.

A simple vista ya podía apreciarse que no era la misma hoja.

La fotografía enmarcada había permanecido meses bajo el cristal y tenía una pequeña línea amarillenta en el borde inferior.

La aparecida junto a la puerta era reciente, con el papel blanco y un margen más amplio a la derecha.

Alguien había impreso una copia y había retirado el original.

No necesitaba entrar en la vivienda con la fotografía.

Solo necesitaba conocer el archivo.

Salcedo preguntó quién lo conservaba.

Simón había tomado la imagen para la solicitud de la plataforma. Elvira la guardaba en el teléfono antiguo de Julián y en un disco que apenas utilizaba. La fotografía se adjuntó al informe técnico, se proyectó durante una junta y probablemente terminó en los correos de todos los propietarios.

—No era privada —dijo Elvira—. Lo único privado era que a él le gustaba.

Salcedo pidió permiso para revisar las habitaciones. Elvira aceptó antes de que terminara de formularlo.

La búsqueda no fue un registro formal. La agente comprobó los lugares donde podía haberse dejado una hoja al pasar: la entrada del dormitorio, la cama, la mesa de la cocina, el cesto de papeles y el interior de las carpetas que Elvira había llevado al salón.

El otro policía revisó el pasillo y la zona próxima a la puerta.

Nora permaneció junto a Teresa.

La vivienda perdió su intimidad sin cambiar de aspecto. Un agente abría un cajón y aparecían medicamentos ordenados por días. Otro desplazaba una manta y encontraba un mando antiguo sujeto con cinta adhesiva. Elvira indicaba dónde estaban las cosas sin preguntar si era necesario verlas.

En la parte baja de un armario había varios archivadores. Uno, más ancho que los demás, llevaba una etiqueta escrita a mano:

ACUERDOS POR MAYORÍA

Elvira lo sacó para que Salcedo pudiera revisar la balda.

El lomo de cartón estaba algo vencido, un desgaste normal en un archivo que llevaba años soportando actas.

El archivo contenía convocatorias, resultados impresos y documentos encuadernados.

La agente hojeó las primeras páginas y lo devolvió a su sitio.

Se llevó únicamente la carpeta con la documentación de los últimos dos años.

No apareció la fotografía original.

Tampoco un rotulador azul.

Cuando terminaron, Salcedo pidió a Elvira que no ordenara nada hasta que el equipo técnico revisara el marco y la copia.

—¿Tengo que marcharme de casa? —preguntó ella.

—No. Pero no toque la cómoda ni la zona de la entrada.

Elvira miró el sofá, la cocina y la puerta del dormitorio, como si tratara de calcular en qué parte de su vivienda podía vivir sin mover algo.

—Dormiré con Amparo.

—No es necesario.

—Para usted, quizá no.

Salcedo no discutió. Antes de salir, pidió a Nora y Teresa que volvieran a relatar por separado cuándo habían visto la imagen en el marco. Las dos coincidieron en los detalles esenciales: el portal, la cinta amarilla y Julián mirando hacia alguien situado fuera de la fotografía.

—No vimos el reverso —dijo Teresa—. Pero estaba ahí.

—La vi —añadió Nora.

Salcedo cerró la libreta.

—Ver una imagen no demuestra que fuera la hoja que ahora falta. Puede haber otra copia colocada dentro del marco.

—¿Por qué haría alguien eso? —preguntó Teresa.

—No lo sé.

A Teresa le molestó, pero esta vez no la contradijo.

Elvira acompañó a los agentes hasta el portal. Al regresar, recogió la bandeja vacía que había traído de Amparo y la dejó en el fregadero. Después puso agua a calentar, aunque nadie había pedido café.

—No tienes que atendernos —dijo Nora.

—No os estoy atendiendo. Necesito hacer algo que termine cuando se apague una luz.

El piloto del hervidor se volvió rojo.

Teresa recogió las actas que la policía no se llevaba y las apiló sobre la mesa. Entre dos carpetas apareció el plano de la plataforma. El dibujo mostraba una estructura estrecha junto a los tres peldaños del portal, con un espacio libre que obligaba a desplazar los buzones.

—Al final no se aprobó —dijo Teresa.

Elvira sacó tres tazas.

—No.

—La derrama era alta.

—Lo era.

No había reproche en la respuesta, pero tampoco alivio para quien quisiera justificarse.

Nora examinó el plano. Recordaba la palabra plataforma, las cifras enviadas por correo y una votación que dejó para más tarde. No recordaba haber visto aquella fotografía, aunque debió de recibirla con la convocatoria.

—¿Cuánto tiempo llevaba Julián sin poder salir solo? —preguntó.

Elvira colocó café soluble en dos tazas y una bolsita de manzanilla en la tercera.

—Ocho meses cuando lo pedimos. Casi un año cuando se votó.

—¿Por qué tardó tanto?

—Presupuestos. Informes. Primero había que demostrar que no bastaba con una rampa. Después, que la plataforma no impedía evacuar el portal. Cada respuesta creaba una pregunta nueva.

Teresa dobló el plano por una línea ya marcada.

—La comunidad no podía asumir cualquier gasto.

Elvira acercó el agua caliente.

—La comunidad votó que no quería asumir ese.

La diferencia quedó entre ambas sin transformarse en una discusión. Teresa tomó la taza, aunque no había pedido café.

Julián murió once meses atrás. Una enfermedad había debilitado sus piernas, pero conservaba fuerza suficiente para desplazarse por la vivienda y pasar de la silla a la cama sin ayuda la mayoría de los días.

Una noche cayó en el pasillo, entre el baño y el dormitorio.

Elvira estaba comprando. Cuando regresó, lo encontró consciente y furioso porque no lograba levantarse.

Murió dos días después en el hospital.

—La plataforma no habría evitado esa caída —dijo Elvira.

Nora dejó el plano sobre la mesa.

—Le habría permitido salir.

—Eso sí.

—Entonces la votación fue injusta.

Elvira sostuvo la taza sin beber.

—Fue injusto que dependiera de una votación. No todo lo injusto tiene un culpable.

Teresa la miró con una atención distinta. Quizá esperaba que pronunciara nombres o recordara quién votó en contra. Elvira no lo hizo.

—Julián conocía el resultado provisional mientras la votación seguía abierta —continuó—. Todos podíamos verlo después de registrar una primera opción y todavía podíamos cambiarla.

Nora levantó la vista.

—¿ConVive?

—Fue una de las primeras votaciones que hicimos allí. Simón todavía estaba probando el sistema.

—¿Qué resultado provisional aparecía?

Elvira apoyó la taza.

—Que se rechazaba. No recuerdo el porcentaje exacto.

—¿Cambió después?

—Aumentó la diferencia.

Teresa se levantó para dejar el plano junto a las actas.

—La gente acababa viendo por dónde iba la votación.

Elvira no respondió. Miró el espacio vacío de la cómoda, donde el agente había dejado el marco apoyado contra la pared y sin fotografía.

Amparo llamó desde el primero B antes de que terminaran las bebidas. Elvira contestó desde el pasillo y prometió ir en cuanto guardara una medicación. Al colgar, sacó una bolsa con ropa y colocó dentro un camisón, un cepillo de dientes y el cargador del teléfono.

—Puedo quedarme yo con ella un rato —dijo Teresa.

—Se despertará y preguntará dónde estoy.

—También pregunta dónde estás cuando estás delante.

Elvira sonrió por primera vez desde que aparecieron los mensajes.

—Por eso conviene reducirle las opciones.

Antes de salir, se acercó a la cómoda. No podía retirar el marco porque la policía había pedido que no tocara la zona. Estuvo a punto de girarlo apenas lo suficiente para que el cristal no reflejara el salón y se detuvo al comprender que incluso aquel movimiento podía alterar algo.

Dejó la mano en el aire.

Nora cogió la bolsa de ropa.

—Te la llevo.

Cruzaron al primero B. Nora dejó la bolsa junto al sofá.

Amparo estaba sentada en el sofá con una manta sobre las rodillas y el televisor apagado.

Preguntó si habían encontrado al hombre que entró en casa de Elvira.

Cuando esta explicó que no sabían si alguien había entrado, Amparo aceptó la respuesta con menos resistencia que los demás.

—Las puertas engañan —dijo—. Parece que protegen porque no dejan ver.

Elvira le colocó la medicación junto al vaso de agua.

Nora regresó al segundo piso con Teresa. Ninguna habló de la frase de Amparo. En el rellano, Teresa se detuvo antes de entrar en casa.

—Yo no recuerdo qué voté en lo de la plataforma.

—Yo tampoco.

Teresa la observó como si hubiera oído algo incompleto.

—Tú recuerdas casi todo lo que decides.

Cerró su puerta sin esperar respuesta.

Nora entró en el segundo A y encendió el ordenador. La policía ya le había devuelto el equipo, pero el acceso a ConVive seguía limitado. Buscó en el correo antiguo la palabra «plataforma».

Aparecieron diecisiete mensajes.

Presupuestos, planos, convocatorias, una reclamación de Elvira y el aviso de votación extraordinaria. Nora abrió el último.

La pantalla mostraba el diseño antiguo de ConVive. El fondo era más claro y los botones tenían bordes redondeados, pero la estructura permanecía intacta.

Una pregunta en la parte superior.

Una lista de opciones.

Y, debajo, la misma instrucción que había aparecido la noche de la muerte de Gael:

Para consultar el resultado provisional debe seleccionar una opción.

Nora amplió la imagen.

La franja azul situada bajo el porcentaje contenía una palabra: MAYORÍA.

No habían inventado una forma nueva de manipularlos: habían utilizado una que el edificio ya conocía.