La mayoría: En esta comunidad hay un culpable Capítulo 10 — La fotografía
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Capítulo 10 — La fotografía

La fotografía

Elvira llamó a Nora a las cinco y siete de la tarde.

No utilizó el chat comunitario. Marcó su número y esperó a que contestara.

—Necesito que veas algo antes de que vuelva la policía.

—¿Qué ha pasado?

—No lo sé. Por eso quiero que lo veas.

La llamada terminó sin otra explicación.

Teresa abrió su puerta cuando Nora salió al rellano. Ya llevaba los zapatos puestos y el teléfono en la mano.

—También me ha llamado.

Bajaron juntas.

Elvira las esperaba en el primero A. Había dejado la puerta entornada y una bolsa de tela junto al paragüero del recibidor. Al moverla para permitirles pasar, un termo metálico golpeó tres veces contra los barrotes.

Los sonidos fueron secos y separados, casi idénticos a una llamada.

Nora se detuvo.

—Es esto —dijo Elvira, sujetando el termo—. Llevo años diciendo que voy a cambiar el paragüero.

Volvió a guardarlo en la bolsa y la dejó junto al paragüero.

Apartó el paragüero de la pared, cerró la puerta con llave y echó la cadena.

La vivienda olía a caldo y a crema de manos.

Nora había entrado pocas veces. El salón estaba ordenado sin parecer preparado para visitas: dos mantas dobladas sobre el sofá, varias facturas bajo una goma elástica y un costurero abierto junto a la ventana.

En una cómoda baja había una fotografía de Julián dentro de un marco de madera oscura.

Nora reconoció el portal del Mirador al fondo. Julián aparecía sentado en una silla de ruedas, junto a los tres peldaños de la entrada. No miraba a la cámara. Tenía la vista levantada hacia Elvira, que quedaba fuera de la imagen, y sonreía como si acabara de responder a algo.

Elvira colocó su teléfono sobre la mesa.

—Han llegado con cinco minutos de diferencia.

La primera comunicación procedía de ConVive. No figuraba un número, un correo ni el nombre de otro vecino. Solo la vivienda destinataria y la hora.

Ahora ya sabéis que no existe una mayoría.

La segunda era más breve.

Lo difícil será dejar de obedecerla.

Teresa leyó ambas sin tocar el aparato.

—¿Solo te han llegado a ti?

—He preguntado a Amparo. No ha recibido nada. No quiero consultar a los demás hasta hablar con Salcedo.

—¿Has respondido? —preguntó Nora.

—No permite hacerlo.

Elvira abrió la información del mensaje. El remitente aparecía como una comunicación interna de la comunidad, igual que los avisos sobre averías o recibos. La tableta del sótano seguía bajo custodia. Simón no tenía sus ordenadores. Aun así, el sistema continuaba entregando mensajes.

—Puede estar programado —dijo Nora.

—Eso ha dicho Simón por teléfono. También ha dicho que no lo llame otra vez hasta que se lo permita la policía.

Teresa se sentó.

—Alguien sabía que compararíamos las pantallas.

—O confiaba en que lo haríamos —respondió Nora.

Elvira permaneció de pie, con las manos apoyadas en el respaldo de una silla.

—¿Es una amenaza?

Nora volvió a leer las frases. No anunciaban un daño ni exigían nada. Se limitaban a describir lo que los vecinos acababan de descubrir y lo que todavía no habían conseguido hacer.

—No lo sé.

Teresa levantó la vista.

—Empiezo a odiar esa respuesta.

—Sigue siendo la correcta.

Elvira no sonrió. Miró hacia la pared que compartía con el primero B.

—Amparo ha preguntado cuatro veces si pueden detenerla por haber oído unas llaves. Si ve estos mensajes, va a pensar que también son para ella.

El teléfono fijo sonó en el pasillo. Elvira atendió y bajó la voz antes de terminar el saludo. Nora no oyó la respuesta de Amparo, pero la conversación resultaba fácil de reconstruir.

Sí, la puerta estaba cerrada.

No, la policía no había detenido a Simón.

Sí, podía tomarse la pastilla de las seis aunque faltara media hora.

Elvira colgó y fue a la cocina. Llenó un cuenco con el caldo que mantenía a fuego bajo, añadió dos trozos de pan y cubrió la bandeja con un paño.

—Vuelvo enseguida.

—Puedo llevárselo yo —dijo Nora.

—Entonces me llamará para comprobar que no te has equivocado de pastilla.

Salió al rellano con la bandeja. Sus llaves sonaron una vez al abrir el primero B y otra al cerrar detrás de ella.

Teresa esperó hasta que dejaron de oírla.

—La persona que envió esto sigue dentro del sistema.

—O dejó todo preparado antes.

—No puedes responder a cada cosa con dos posibilidades.

—Salcedo lo hace.

—Salcedo tiene una placa. Tú tienes una libreta escolar.

Nora se acercó a la cómoda. La fotografía de Julián estaba tomada desde el interior del portal.

Los peldaños ocupaban la parte inferior y una cinta métrica amarilla cruzaba el suelo junto a una de las ruedas.

No era una fotografía familiar, aunque la expresión de Julián la hubiera convertido en una.

—¿Cuándo murió? —preguntó.

—Hace once meses —respondió Teresa—. En noviembre.

—Elvira dijo que se cayó en casa.

—Después de pasar casi un año sin poder bajar solo a la calle.

Nora observó la cinta métrica. Recordaba una reunión sobre una plataforma elevadora y una discusión por el coste, pero no los detalles.

En aquella época estaba terminando la separación y asistía a las juntas con la misma atención que prestaba a las circulares del seguro: suficiente para saber qué se había decidido, no para recordar quién había dicho cada cosa.

Elvira regresó con la bandeja vacía.

—Ha decidido que el caldo estaba salado y se lo ha terminado para comprobarlo.

Teresa señaló la fotografía.

—¿Era la que utilizasteis para pedir la plataforma?

Elvira se acercó a la cómoda.

—Una de ellas. La hizo Simón para enseñar la altura de los peldaños. Julián salió por casualidad.

—La tienes enmarcada.

—Es la última en la que se estaba riendo.

No añadió que fuera la última antes de la caída o antes de dejar de salir. Nora no preguntó.

Salcedo llegó a las cinco y treinta y dos acompañada por un agente. Elvira cerró tras ellos y echó de nuevo la cadena. La agente examinó los mensajes, fotografió el teléfono y pidió que nadie abriera nuevas comunicaciones sin avisarla.

—La tableta está en dependencias policiales —dijo Teresa—. ¿Cómo pueden seguir enviando cosas?

—Una comunicación puede prepararse y entregarse más tarde.

—¿Desde qué dispositivo?

—Eso estamos comprobando.

Salcedo pidió a Elvira la lista de personas que conocían el resultado de la comparación.

Oficialmente, solo Nora, Teresa, Simón, Elvira y la policía.

En la práctica, Amparo sabía que las pantallas eran distintas y Yago había preguntado por qué estaban recogiendo teléfonos.

Damián había visto a Elvira salir del salón comunitario con un agente.

Lidia llevaba toda la tarde intentando averiguar si el formulario seguía activo.

—En este edificio una información tarda menos en atravesar cuatro plantas que el ascensor —dijo Teresa.

Salcedo no anotó la frase.

—¿El mensaje incluye una acusación concreta? —preguntó Elvira.

—No.

—¿Entonces qué busca?

La agente miró la segunda línea.

—Que sigan pensando en quien lo envió.

Elvira se llevó una mano al cuello de la rebeca. Fue un gesto breve, casi administrativo, como si comprobara que un botón continuaba cerrado.

—Lo está consiguiendo.

Salcedo pidió ver la documentación de las votaciones gestionadas desde ConVive. Elvira explicó que las actas recientes estaban en el armario del salón comunitario, ahora precintado, pero conservaba copias antiguas en una carpeta del dormitorio.

—Voy por ellas.

Desapareció por el pasillo. Nora oyó abrir un cajón, mover varias carpetas y cerrar la puerta de un armario.

Tardó más de lo necesario para recoger unos papeles, aunque el retraso no llamó la atención de nadie.

Salcedo seguía haciendo preguntas sobre perfiles y permisos.

Teresa revisaba en su teléfono la primera captura.

Elvira regresó con una carpeta gruesa. Pasó junto a la bolsa de tela, que seguía en el recibidor, y puso la carpeta ante Salcedo.

—Son actas de los dos últimos años. Las anteriores están en el archivo del sótano.

La agente empezó a fotografiar los índices.

Nora se sentó en el extremo del sofá. Desde allí veía una parte del pasillo y el marco de Julián sobre la cómoda. La luz de la tarde se había desplazado y el cristal devolvía ahora un reflejo blanco, ocultando su rostro.

El teléfono de Elvira permanecía en la mesa, con los dos mensajes abiertos.

Elvira se había quedado cerca del recibidor. Mientras Salcedo fotografiaba los índices, cambió ligeramente el peso de un pie al otro.

Nadie habló durante varios minutos.

Entonces sonaron tres golpes.

Nora levantó la cabeza.

No fueron fuertes. Llegaron desde el recibidor, con el mismo intervalo que los de la noche anterior.

Elvira estaba más cerca de la puerta. Se volvió hacia ella.

—¿Amparo otra vez?

—Amparo llama por teléfono hasta para pedir que le abras —dijo Teresa.

Elvira recorrió el pasillo. La bolsa de tela descansaba junto al paragüero. Al pasar, la apartó con el pie para alcanzar la cerradura.

Salcedo se acercó a la puerta.

—No abra todavía.

La agente miró por la mirilla. Después pidió por radio a un agente del portal que subiera y comprobara el rellano y la escalera desde fuera. Esperaron hasta oír su voz por la radio.

No había nadie en el rellano.

El ascensor estaba detenido en el tercero.

La puerta cortafuegos de la escalera de servicio permanecía cerrada.

Salcedo retiró la cadena y abrió.

Una hoja fotográfica yacía en el suelo, unos centímetros por dentro del umbral. Podía haber sido deslizada bajo la puerta o empujada al abrirla. El agente la recogió con guantes y la depositó sobre una funda transparente.

Elvira perdió el color del rostro.

Era la fotografía de Julián.

No una imagen parecida. La misma composición, el mismo portal, la misma cinta métrica amarilla junto a la rueda. Sobre la copia, alguien había trazado con rotulador azul un círculo alrededor de los tres peldaños de la entrada.

Teresa miró hacia la cómoda.

Nora lo hizo un instante después.

El reflejo del cristal seguía ocultando la imagen. Desde el sofá no podía saber si continuaba dentro del marco.

—¿Quién tiene esta fotografía? —preguntó Salcedo.

Elvira no apartó la vista de la funda.

—Yo. Simón tuvo el archivo cuando preparó la solicitud. Puede que se enviara con la documentación de la plataforma.

—¿Hay copias impresas?

—Solo la del marco.

Nora se levantó y fue hasta el marco.

El cristal cubría un rectángulo de cartón claro.

La fotografía ya no estaba.

Elvira llegó junto a ella y tocó el borde de madera con dos dedos.

—Estaba aquí.

—La he visto al entrar —dijo Nora.

Teresa asintió.

—Yo también.

Salcedo observó el pasillo, la puerta cerrada del dormitorio y las cuatro personas que habían permanecido en el salón.

—¿Ha entrado alguien en esta casa desde que llegaron ellas?

—No.

—¿Ha dejado la puerta abierta?

—Solo cuando las esperaba. Yo estaba en el recibidor.

—¿Cuándo vio la fotografía por última vez?

Elvira miró a Nora, como si necesitara que otra persona confirmara una parte de su propia casa.

—Antes de llevarle el caldo a Amparo. Seguía en el marco.

Nora recordó el rostro de Julián, la cinta amarilla y la forma en que miraba a alguien situado fuera de la imagen. No tenía dudas.

Salcedo pidió que nadie tocara la cómoda. El agente fotografió el marco, el pasillo, el espacio bajo la puerta y la bolsa junto al paragüero.

Elvira se sentó en el sofá. Desde que encontraron el cuerpo, era la primera vez que no buscaba una carpeta ni preguntaba qué debía hacerse después.

Nora volvió a mirar la copia sobre la funda.

El círculo azul no señalaba a Julián.

Señalaba los peldaños que no podía subir.

Antes de aparecer junto a la puerta, la fotografía había desaparecido de una habitación cerrada.