Capítulo 9 — La puerta
La puerta
A las doce y dieciocho, Gael seguía vivo.
Salcedo escribió la hora en una hoja y la giró hacia Nora.
Damián permanecía al otro lado de la mesa, con los antebrazos apoyados sobre las piernas y las manos unidas.
No llevaba uniforme. La camiseta oscura marcaba una franja más clara en el hombro, como si se hubiera cambiado deprisa y aún conservara el peso de otra ropa.
La reunión se celebraba de nuevo en el salón comunitario.
La policía había devuelto las sillas a su posición original, pero el precinto del armario y la ausencia de la tableta impedían confundir la sala con un espacio normal.
Elvira esperaba fuera. Teresa se había ofrecido a acompañar a Nora y Salcedo le había pedido que no lo hiciera.
—Repita lo que le dijo —ordenó la agente.
Damián no preguntó desde qué punto. Miró el suelo.
—No eres la única. Eso dijo.
Nora sintió que la frase encontraba una forma nueva dentro de la habitación.
—¿La única qué? —preguntó Salcedo.
—No lo terminó. O no lo entendí.
—¿Se dirigía a usted?
—No creo.
Damián hablaba con la misma precisión que había utilizado para describir el cuerpo la primera mañana. Sin embargo, cada vez que la pregunta se acercaba a lo que él había decidido, su voz perdía el vocabulario profesional.
Salcedo señaló a Nora.
—Gael Rivas le envió una frase casi idéntica antes de morir.
Nora asintió.
—«No eres la única a la que están utilizando».
Damián levantó la vista.
—Entonces repetía eso.
—O intentaba decirle otra cosa —respondió Salcedo—. Cuéntenos lo que ocurrió desde que entró en el edificio.
Damián había llegado a las doce y catorce.
Aparcó en la calle lateral y entró por el portal principal.
La chaqueta impermeable que había mencionado en su primera declaración era real y seguía secándose en la azotea: esa noche subía precisamente a recogerla.
Lo que había falseado era el momento, trasladando a la mañana siguiente el motivo de aquella subida.
No llegó a la azotea porque, al alcanzar el tercer piso, oyó el golpe detrás del ascensor.
La noche anterior regresó tarde de cenar con dos compañeros.
No estaba borracho. Salcedo no le permitió utilizar esa palabra como medida y le preguntó cuánto había bebido.
Dos cervezas durante más de tres horas. Damián respondió sin protestar.
La prueba realizada por la mañana ya no permitía calcular una cifra útil para medianoche.
Según contó Damián, pensó que alguien había dejado caer una caja. Abrió la puerta cortafuegos y vio primero el teléfono de Gael, encendido sobre un escalón. Más arriba estaba él.
No yacía en el mismo lugar donde apareció el cuerpo.
Se encontraba en el descanso situado bajo la cuarta planta, sentado contra la pared, con una pierna extendida y la otra flexionada.
Tenía una herida en la ceja, el labio partido y dolor al respirar.
Podía hablar. Sabía dónde estaba y reconoció a Damián.
—¿Le dijo que se había caído? —preguntó Salcedo.
—Dijo que no llamara a nadie.
—No es lo mismo.
—No.
Damián recogió el teléfono y se lo entregó. La pantalla estaba agrietada, pero todavía funcionaba. Después le pidió que no moviera el cuello y trató de comprobar si podía sentir las piernas. Gael apartó sus manos.
—¿Observó signos de una lesión grave?
—Dolor costal. Posible fractura. Mareo. La herida de la ceja no parecía profunda.
—¿Podía existir una lesión interna?
—Sí.
El sí quedó sin ninguna defensa alrededor.
Damián propuso llamar a una ambulancia. Gael se negó. Dijo que no quería policía, preguntas ni vecinos mirando desde las puertas. Intentó ponerse en pie sin ayuda y casi volvió a caer. Damián lo sostuvo por debajo de los brazos y esperó a que recuperara el equilibrio.
—Sabía que, si estaba orientado, podía negarse al traslado —dijo Damián—. Pero yo ni siquiera había llamado al 112. No hubo una valoración ni una negativa formal.
—¿Qué debía haber hecho?
—Llamar al 112. Que lo valoraran con medios y dejar constancia de la negativa si seguía rechazando el traslado.
—Y usted no era un vecino cualquiera ante una caída.
Damián apretó las manos.
—Sí.
Nora recordó la discusión de la ambulancia que Teresa había recuperado después de ver su encuesta. Gael denunció a Damián por bloquear el garaje durante una asistencia. Damián respondió en una reunión que Gael prefería tener razón a dejar pasar una camilla. Desde entonces apenas se saludaban.
Una enemistad real. Una omisión real. La votación no necesitaba inventar ninguna de las dos.
Damián ayudó a Gael a subir el último tramo. Avanzaron despacio. Gael se detenía después de cada dos escalones y respiraba por la boca. Al llegar al rellano del cuarto B, buscó la llave en el bolsillo derecho, después en el izquierdo y finalmente en la chaqueta.
No la encontró.
—¿La puerta estaba cerrada? —preguntó Nora.
Salcedo no la corrigió por intervenir.
—Sí —respondió Damián—. Tiró del picaporte dos veces.
—¿Llamó?
—No al principio. Se quedó escuchando.
—¿Como si esperara que hubiera alguien dentro?
Damián tardó demasiado en responder para que la demora pareciera accidental.
—Eso pensé después.
Salcedo separó las palabras.
—¿Qué pensó en ese momento?
—Que había perdido la llave al caer. Le dije que bajaría a buscarla.
Gael le agarró la muñeca. No con fuerza, pero sí lo bastante para detenerlo. Pronunció la frase que Damián no comprendió y añadió algo sobre una persona que estaba dentro. La respiración entrecortada y el ruido del ascensor impidieron que oyera el resto.
—¿Dijo «está dentro»? —preguntó Nora.
—Creo que sí.
—En su primera corrección no incluyó esa frase —dijo Salcedo.
—No estaba seguro.
—¿Y ahora?
—Ahora tampoco. Pero la puerta se abrió.
Damián dejó a Gael apoyado contra la pared del rellano y bajó. No buscó la llave. Según explicó, quería salir de la escalera y llamar desde el portal, lejos de él, para decidir qué hacer sin otra discusión. Cuando alcanzó el tercer piso oyó el mecanismo del cuarto B.
Una llave giró o un pestillo se retiró. Después, la puerta se abrió.
Miró hacia arriba, pero desde aquel tramo solo podía ver una parte de la barandilla. Preguntó si necesitaban ayuda. Nadie contestó. Después declaró que dio por hecho que Gael había conseguido entrar o que alguien de la vivienda le había abierto.
—Gael vivía solo —dijo Nora.
—Lo sé.
—También lo sabía entonces.
Damián levantó las manos, las dejó caer de nuevo y miró a Salcedo, no a Nora.
—Quise creer que había una explicación que no me obligaba a volver.
Salió del edificio alrededor de las doce y veinticuatro.
No llamó a emergencias. Tampoco escribió a Gael.
Se acostó sin dormir y, poco antes de las siete, volvió a subir para comprobar cómo estaba.
En su primera declaración trasladaría a ese momento la historia de la chaqueta.
Encontró el cuerpo en el mismo tramo de la escalera de servicio, más abajo de donde lo había visto herido.
Llamó a las siete y doce.
Después dijo que era la primera vez que lo veía.
—¿Por qué corrigió la declaración? —preguntó Nora.
Damián miró la puerta cerrada del salón comunitario.
—La autopsia podía revelar lesiones que no estaban cuando lo encontré de madrugada. Y la segunda encuesta me enseñó mi nombre.
—¿Confesó porque creyó que la mayoría ya lo sabía?
—Confesé porque pensé que todos iban a creer que lo había dejado morir.
—Lo dejó herido sin pedir ayuda.
Nora lo dijo antes de decidir si debía hacerlo.
Damián asintió una sola vez.
—Pero no fui yo quien lo mató.
Salcedo apagó la grabadora.
—Eso es posible. Todavía no está probado.
La agente pidió a Damián que esperara fuera. Elvira dio un paso hacia él al verlo salir, pero Damián pasó de largo sin detenerse. La puerta del portal se cerró con un golpe y sus pasos se alejaron por la acera.
Salcedo abrió una segunda carpeta.
La puerta del cuarto B estaba cerrada con llave cuando la policía llegó.
No había daños en la cerradura ni en las ventanas.
Dentro de un cajón encontraron una copia que Gael había entregado meses antes al administrador y que después recuperó.
La llave que utilizaba a diario no apareció entre sus pertenencias ni en la escalera.
—¿Podía haberse perdido en la primera caída? —preguntó Nora.
—Podía.
—Y alguien la encontró.
—También podía haber otra copia.
Salcedo la condujo hasta el cuarto piso. El precinto atravesaba la puerta de Gael desde el marco hasta la madera. Frente a ella, el cuarto A permanecía cerrado.
La agente llamó.
Yago abrió al segundo golpe. Llevaba una camisa clara sin corbata y olía a café. Su expresión cambió al ver a Nora, aunque recuperó enseguida la cortesía que utilizaba con clientes y desconocidos.
—Necesitamos precisar su declaración —dijo Salcedo.
Yago permitió que entraran. El salón estaba ordenado hasta resultar provisional: cojines centrados, revistas alineadas y ninguna taza sobre la mesa. Nora reconoció el lugar desde el que el vecino había observado el rellano la noche del crimen.
La conversación de trabajo de Yago terminó a las doce y veintiuna. El registro de la videollamada fijaba la hora mejor que su memoria. Abrió la puerta poco después porque oyó movimiento cerca de la escalera de servicio.
Vio una figura de espaldas. Una prenda clara. Cabello que le pareció oscuro bajo la luz del rellano. La persona descendió antes de que pudiera reconocerla.
—¿Por qué dijo que era yo? —preguntó Nora.
Yago se tomó unos segundos para responder. Parecía buscar una formulación que no redujera el valor de su testimonio.
—Mi encuesta mostraba tu nombre.
—Eso ya lo sé.
—Cuando la policía preguntó, recordé la figura y pensé en ti.
—No me recordaste. Me añadiste.
Yago apoyó una mano en el respaldo del sofá.
—Vi a alguien de tu estatura.
—Viste una espalda durante unos segundos.
—Y después supe que habías estado con Gael.
—Después.
Salcedo intervino antes de que la discusión continuara.
—¿Oyó abrirse la puerta del cuarto B?
—No.
—¿Tenía una copia de la llave de Gael?
Yago sostuvo la mirada de la agente.
—No.
Yago respondió con la misma corrección con que mantenía alineadas las revistas.
Salcedo no la discutió. Preguntó por el trastero, por las llaves comunitarias y por la última vez que Yago había entrado en casa de Gael. Él respondió que nunca lo había hecho sin estar invitado.
Cuando salieron, Nora se quedó frente a las dos puertas del cuarto piso.
Una estaba precintada. La otra acababa de cerrarse con suavidad.
En casa abrió la libreta y añadió dos filas.
En la de Yago escribió que había visto una figura después de recibir el resultado y que terminó dándole el nombre de Nora.
En la de Damián anotó que había encontrado a Gael vivo, había elegido la explicación que le permitía marcharse y solo corrigió su versión cuando una pantalla lo señaló a él.
Después abrió la página donde había escrito «CUENTA» y «PERSONA».
Debajo añadió una tercera palabra.
LLAVE
A su lado escribió una hora.
00:23
Rodeó los números con un círculo y cerró la libreta.