La mayoría: En esta comunidad hay un culpable Capítulo 8 — Desde fuera
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Capítulo 8 — Desde fuera

Desde fuera

Salcedo no permitió que la conversación continuara.

Con los teléfonos ya embolsados, anotó quién había abierto cada formulario y pidió a los cuatro que no comentaran los nombres con el resto de vecinos. Teresa señaló que los nombres ya llevaban horas circulando de una vivienda a otra, aunque nadie supiera que eran distintos.

—Entonces intenten no añadir otros nuevos —dijo la agente.

Simón permaneció sentado mientras el policía etiquetaba la bolsa de su aparato. Había empezado a explicar la diferencia entre un perfil, una sesión y una persona, pero Salcedo lo detuvo con una pregunta más sencilla.

—¿Puede utilizarse una cuenta con el nombre de usted sin que usted esté delante?

—Sí.

—¿Podía utilizarse desde la tableta comunitaria?

—Si la sesión seguía abierta, sí.

—¿Seguía abierta?

Simón miró a Elvira.

—La última vez que la vi, sí.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace unas semanas.

Salcedo escribió la respuesta.

—Lo demás lo hablaremos en su vivienda.

Le explicó que quería revisar sus equipos y que podía autorizarlo o esperar a que solicitaran una orden judicial. Simón aceptó y pidió acompañar a los agentes para evitar que desconectaran mal sus equipos. Salcedo contestó que los equipos sobrevivirían.

Cuando salieron, Teresa empezó a recoger unas tazas que había dejado preparadas y nadie había utilizado. Elvira recogió su bolso de junto a la silla y dijo que bajaría a ver a Amparo, que llevaba más de una hora llamándola desde el primero. Nora cerró la libreta y se la guardó bajo el brazo.

—Esto no señala a Simón —dijo Elvira antes de marcharse.

Teresa dejó una taza dentro del fregadero.

—Tu pantalla sí lo hacía.

—Mi pantalla también mentía.

La presidenta sostuvo la puerta para que Nora saliera primero.

—No podemos pasar de obedecer una cifra a obedecer el nombre de una cuenta.

Nora esperó a que bajara. La frase era razonable. También era la primera vez desde la muerte de Gael que alguien defendía a un vecino sin fingir que no había motivos para sospechar de él.

En su vivienda, Nora abrió el frigorífico.

Había medio envase de leche, dos huevos y un recipiente con arroz que no recordaba cuándo había preparado. El pan estaba duro. La tetera continuaba en la encimera, junto a la taza que no había utilizado la noche anterior.

Cerró el frigorífico.

No tenía hambre, pero necesitaba salir del edificio.

Bajó por la escalera principal. En el tercero oyó a los agentes dentro de casa de Simón.

No distinguió preguntas, solo el movimiento de una silla y la voz de él diciendo que no tiraran de un cable.

En el primero, Elvira estaba arrodillada junto al televisor de Amparo.

Había retirado la tapa del mando y alineaba cuatro pilas sobre la mesa.

Amparo vio a Nora desde el sofá.

—Dicen que ha sido el chico de los ordenadores.

—No han dicho eso —respondió Elvira.

—Están en su casa.

—También han estado en la de Gael, en la de Nora y en el cuarto comunitario. Buscar no es encontrar.

Amparo se ajustó la chaqueta sobre el camisón.

—A ti te salió su nombre.

Elvira colocó la primera pila.

—Y a Nora le salió el de un hombre muerto. Ya sabemos lo que valían esos resultados.

No habló con impaciencia ni trató a Amparo como si no pudiera entenderlo. Repitió la diferencia hasta que la mujer dejó de mirar hacia el techo. Después probó el mando, bajó el volumen del televisor y volvió a subirlo un punto porque Amparo protestó.

Nora continuó hacia el portal.

La tienda más cercana estaba a dos calles. Compró pan, leche, café y una bandeja de comida preparada sin comprobar la fecha hasta que la cajera se la señaló. Cambió el envase por otro y pagó en efectivo porque había dejado la tarjeta dentro de la funda del teléfono que la policía volvió a llevarse.

Al salir no regresó por el camino más corto.

Rodeó la manzana y cruzó a la acera opuesta. Desde allí podía ver el Mirador entero.

El edificio no parecía más pequeño, solo menos íntimo.

Cuatro plantas de fachada clara, balcones estrechos y persianas colocadas a alturas distintas.

La ventana de Teresa estaba abierta. En el tercero A, una cortina se movía cada vez que alguien pasaba por delante.

Amparo había dejado una lámpara encendida aunque todavía era de día.

Nora contó las viviendas.

Nueve puertas desde dentro.

Desde la calle solo había ventanas.

No podía saber quién sostenía un teléfono, quién hablaba con la policía ni quién recordaba de pronto una discusión antigua.

La noche anterior había imaginado que los demás observaban el mismo resultado y llegaban juntos a una conclusión.

Ahora entendía que cada uno había estado solo con una pantalla distinta.

Una comunidad podía parecer una sola cosa desde fuera.

Desde dentro estaba hecha de habitaciones que no compartían la misma información.

Nora siguió caminando antes de convertir la idea en otra explicación demasiado perfecta.

Cuando regresó, encontró a Teresa en el portal. Llevaba una bolsa de basura en una mano y una carpeta escolar en la otra.

—Han terminado en casa de Simón —dijo.

—¿Se han llevado algo?

—Ordenadores, discos y una paciencia que no tenía mucha autonomía.

Nora miró hacia el ascensor.

—Elvira dice que el nombre de una cuenta no demuestra quién la utilizó.

—Tiene razón.

—Ayer pensaste que Damián podía haber matado a Gael porque apareció en tu pantalla.

Teresa ajustó la bolsa para que no rozara el suelo.

—Y hoy sé que estaba equivocada.

—No sabemos si lo estabas. Sabemos que la encuesta no lo demuestra.

Teresa la observó un instante.

—Eso ha sonado a Salcedo.

—No era un cumplido cuando me lo decía a mí.

—Tampoco lo es ahora.

Abrió la puerta de los contenedores y dejó la bolsa dentro. Al regresar, señaló la libreta que Nora llevaba bajo el brazo.

—¿Vas a continuar con la tabla?

—Sí.

—No pongas lo que crees que significa cada cosa.

—¿Qué pongo entonces?

—Lo que ocurrió antes y lo que hicimos después. Ya habrá tiempo de equivocarnos con el significado.

Nora no respondió. La indicación era buena. Teresa no la defendió.

Subieron juntas. Frente al tercero A, la puerta de Simón estaba abierta. Un agente salía con una caja de plástico. Simón permanecía dentro, apoyado en la pared del pasillo, con los brazos cruzados.

—¿Te han explicado algo? —preguntó Teresa.

—Me han explicado que no toque mis propias cosas.

—Eso no era la pregunta.

Simón miró a Nora.

—La tableta comunitaria utilizó un perfil de pruebas que lleva mi nombre.

—¿A qué hora? —preguntó ella.

—Todavía no me lo han dicho oficialmente.

Salcedo apareció detrás del agente.

—A las 22:57 del día anterior se abrió el primero de los nueve formularios individuales —dijo—. Entre esa hora y las 23:02 se activaron los demás para el envío. Todo se hizo desde la tableta del cuarto comunitario.

Simón enderezó la espalda.

—Eso demuestra que no estaba en mi piso.

—Demuestra dónde estaba el dispositivo —respondió Salcedo—. No quién lo utilizaba.

La agente pidió a Nora que bajara con ella. Necesitaba comprobar la descripción de la pantalla que Gael le enseñó. Teresa se ofreció a acompañarla, pero Salcedo negó con la cabeza.

—La señora Valdés estuvo allí. Usted no.

El cuarto comunitario —el mismo salón donde Salcedo había tomado las primeras declaraciones— se encontraba al fondo del sótano, detrás de los trasteros.

La policía había colocado un precinto en la cerradura y otro sobre el armario donde se guardaba la tableta.

Sin el aparato, la mesa parecía más grande.

Quedaban un cargador, una carpeta de actas y la marca rectangular que el polvo había dibujado alrededor de la funda.

Salcedo abrió varias fotografías en un dispositivo policial.

—¿Esto es lo que vio en casa de Gael?

La primera imagen mostraba la aplicación tal como aparecía para cualquier vecino. Nora negó con la cabeza. En la segunda había una lista de viviendas y una hora de publicación.

ENVÍO PROGRAMADO — 23:17

—Esa —dijo Nora.

—¿Vio algún nombre de usuario?

—No.

Salcedo cambió de imagen. Era la captura que Gael había enviado a Simón a las 22:47, cinco minutos después de que Nora abandonara el cuarto B. Mostraba la misma orden pendiente y los nueve destinatarios.

—¿Y Simón contestó?

—Abrió el archivo. A las 23:24 accedió desde su casa al perfil de pruebas.

La siguiente fotografía sí incluía una línea gris en la parte superior.

VISTA PREVIA PARA ADMINISTRADORES

En una esquina figuraba una etiqueta pequeña.

SIMON_ARCE_PRUEBAS

—Esta captura la tomó Simón —dijo Salcedo—. Afirma que entró para averiguar qué estaba ocurriendo.

Nora comparó las dos imágenes. Gael había descubierto una orden preparada. Simón había visto después uno de los formularios ya publicados en el perfil administrativo.

—Dice que entró para averiguar qué estaba ocurriendo —continuó Salcedo—. Es posible.

—Pero no está probado.

—Exacto.

Salcedo guardó el dispositivo.

—Tampoco está probado que quien preparó los formularios matara a Gael. No convierta dos investigaciones relacionadas en una sola antes de tiempo.

La marca rectangular que había dejado la tableta seguía sobre el polvo.

—Gael pensaba que estaban relacionadas.

—Gael también decidió investigar por su cuenta y ocultar parte de lo que descubrió. Eso no convierte todas sus conclusiones en correctas.

—Lo mataron esa misma noche.

—Eso convierte sus archivos en importantes. No en infalibles.

Salcedo volvió a precintar la puerta.

Antes de subir, Salcedo le devolvió a Nora el teléfono después de completar la extracción autorizada. Teresa y Elvira ya habían recuperado los suyos.

Al subir, se cruzaron con Elvira en el portal. Llevaba un plato cubierto con papel de aluminio y se dirigía al bajo de Damián.

—No ha comido —explicó—. Y mañana tendrá que volver a declarar.

Salcedo le pidió que no hablara con él sobre el caso.

—Le llevo tortilla, no asesoramiento jurídico.

La agente sostuvo su mirada durante un momento y después le permitió continuar.

Nora observó a Elvira llamar al bajo A. Damián tardó en abrir. Cuando lo hizo, no miró el plato ni dio las gracias. Elvira se lo puso en las manos y le indicó que lo devolviera cuando estuviera limpio.

La escena no absolvió a ninguno de los dos.

Solo los devolvió por un instante a la condición de vecinos.

En casa, Nora colocó la compra sobre la encimera y abrió la libreta.

Teresa tenía razón. Las interpretaciones ocupaban demasiado espacio.

Nora trazó una línea sobre los encabezados y escribió otros nuevos:

ANTES

RESULTADO RECIBIDO

DESPUÉS

En una página aparte anotó el nombre del perfil utilizado para crear los formularios.

SIMON_ARCE_PRUEBAS

Debajo escribió:

CUENTA

Dejó la línea siguiente en blanco.

PERSONA

El pan seguía dentro de la bolsa, aplastado bajo la botella de leche. Nora lo sacó, cortó dos rebanadas y comió de pie junto a la encimera.