Capítulo 7 — Las copias
Las copias
Nora colocó los tres teléfonos sobre la mesa.
El de Teresa quedó a la izquierda, el de Elvira en el centro y el suyo junto a una libreta escolar que Teresa había encontrado en un cajón.
Las capturas ocupaban las pantallas con el mismo diseño, el mismo tipo de letra y la misma franja azul.
En la de Elvira quedaba además una línea gris muy fina en el borde superior, tan estrecha que Nora la tomó por parte del recorte.
A primera vista parecían pertenecer a una votación común.
NORA VALDÉS
78 %
DAMIÁN CRUZ
78 %
SIMÓN ARCE
67 %
Solo los nombres impedían creerlo.
Teresa cerró la ventana del salón. El ruido de la calle desapareció y volvieron a oírse los movimientos del edificio: una cisterna en el tercero, el ascensor bajando hasta el portal y las llaves de Elvira cuando dejó el bolso junto a una silla.
—Llamemos a Salcedo —dijo Elvira.
—Antes quiero entender qué estamos viendo.
Nora abrió la libreta. En la primera columna escribió las viviendas. En la segunda, los nombres que aparecían en cada captura. Dudó antes de añadir una tercera.
—¿Qué vas a poner? —preguntó Teresa.
—Qué hizo cada persona después de ver el resultado.
Teresa se apoyó en el respaldo de la silla.
—Yo llamé a Elvira.
—Antes de eso.
La vecina observó su captura. Damián ocupaba el centro de la imagen con una seguridad que no poseía en ninguna conversación real.
—Pensé en la ambulancia —admitió—. En la discusión que tuvo con Gael cuando dejó el vehículo delante del garaje. Recordé que se gritaron y que Damián dijo que algún día Gael iba a encontrarse con alguien que no le aguantara.
—¿Lo habías recordado esta mañana, antes de abrir la encuesta?
Teresa tardó en responder.
—No.
Nora escribió: «Damián. Recupera discusión antigua».
Debajo anotó su propia reacción. Había visto a Gael en la primera votación, interpretado sus mensajes desde aquella cifra y mentido para ocultar que estuvo con él. En la segunda, su nombre la llevó a imaginar a siete vecinos convencidos de que sabía algo sobre la muerte.
No necesitaba que el resultado fuera verdadero. Ya había producido una conducta.
Elvira continuaba de pie.
—A mí me salió Simón porque la cuenta utilizada lleva su nombre.
—La cuenta la descubrimos después —dijo Nora—. La primera captura es de anoche.
La presidenta miró la imagen guardada en su galería.
—Simón había configurado la aplicación. Cuando vi su nombre pensé que alguien sabía que seguía haciendo pruebas sin permiso. Esta mañana, al verlo cerrar una ventana del ordenador, me pareció que escondía algo.
—¿Te lo habría parecido sin la encuesta?
Elvira no se defendió.
—No puedo saberlo.
Nora añadió otra línea a la libreta. No escribió que Elvira sospechó de Simón. Escribió que empezó a interpretar sus movimientos.
El orden resultaba más importante de lo que había creído. Primero aparecía el nombre. Después llegaba la razón.
Teresa cogió el teléfono de Elvira y amplió la primera captura.
—¿Por qué tú tienes sesenta y siete y nosotras setenta y ocho?
—Son preguntas distintas —respondió Nora—. La primera utilizó el sesenta y siete. La segunda, el setenta y ocho.
—Como una plantilla.
Nora asintió. Los porcentajes no habían cambiado cuando los vecinos participaron. El sesenta y siete permaneció inmóvil hasta el cierre. El setenta y ocho se repitió en dos pantallas con nombres diferentes. No eran cifras calculadas a partir de votos. Parecían parte del texto.
Teresa devolvió el teléfono a Elvira.
Elvira llamó a Salcedo.
La agente pidió que no abrieran nuevos formularios y anunció que subiría cuando terminara una entrevista. Antes de colgar, autorizó que Simón acudiera al segundo B con su propio teléfono, siempre que no entrara en ninguna cuenta administrativa.
Teresa fue a buscarlo.
Nora permaneció con Elvira. La presidenta se sentó y dejó las manos sobre la mesa, lejos de los aparatos.
—La segunda votación sigue sin abrir en mi teléfono —dijo.
—No la abras todavía.
—Eso es lo que tendría que haber hecho anoche.
Nora observó la primera captura. Elvira no la había tomado delante de ellas. Ya estaba guardada cuando compararon las pantallas. El detalle no parecía importante. Cada persona había intentado conservar su resultado antes de que la aplicación desapareciera o la policía retirara los dispositivos.
Teresa regresó con Simón.
Él entró sin saludar. Llevaba el teléfono en una mano y una libreta pequeña en la otra.
La ausencia de sus ordenadores parecía haberle quitado una parte de su seguridad.
Se detuvo ante las tres pantallas y corrigió la disposición antes de sentarse: alineó los bordes, redujo el brillo del teléfono de Teresa y amplió las capturas hasta que mostraron la misma zona.
—No es un error de actualización —dijo.
—Eso ya lo sabemos —respondió Teresa.
—No. Sabéis que las imágenes no coinciden. Es distinto.
Simón abrió su propia galería.
Su primera encuesta mostraba:
YAGO FERRER
67 %
Teresa leyó el nombre.
—¿Por qué Yago?
—Supuse que era por la llave del cuarto comunitario. La última vez que la vi en la hoja de registro estaba a su nombre.
—¿Qué hiciste después?
Simón miró a Nora, no a Teresa.
—Bajé a comprobar la sesión. Luego revisé la hoja de las llaves.
Nora escribió la cuarta reacción.
El resultado había dirigido a Simón hacia una prueba concreta. Igual que la había dirigido a ella hacia los mensajes de Gael y a Teresa hacia una discusión que hasta entonces no consideraba importante.
—Enséñame el aviso, no la captura —dijo Nora.
Simón abrió el historial de ConVive sin entrar en el perfil administrativo. La encuesta cerrada conservaba una dirección larga en la parte inferior. Nora comparó los últimos caracteres con los de su formulario. No coincidían.
Teresa acercó su teléfono.
El final también era distinto.
Elvira dejó que Simón examinara el suyo sin soltarlo.
Cuatro direcciones.
Cuatro terminaciones.
Cuatro resultados.
—No son versiones de una encuesta —dijo Simón—. Son formularios separados.
Teresa volvió a mirar el porcentaje.
—¿Y los votos?
—No hay un recuento compartido. Cada enlace lleva a una página distinta. Pueden haber escrito el nombre y el porcentaje antes de enviarla.
—¿Pueden? —preguntó Nora.
Simón abrió otra imagen. La había tomado a las 23:24, después de entrar desde su casa en el perfil de pruebas para averiguar qué estaba ocurriendo. En la parte superior aparecía una línea gris.
VISTA PREVIA PARA ADMINISTRADORES
—Es la vista previa de administrador —explicó—. Eliges una vivienda, escribes el contenido y ves exactamente lo que recibirá. Después duplicas el formulario y cambias el nombre para la siguiente casa.
No utilizó palabras más técnicas. Tampoco hicieron falta.
Alguien había creado una pregunta para Nora, otra para Teresa, otra para Elvira y otra para Simón. Podían existir cinco más, una por cada vivienda. El porcentaje no procedía de las respuestas de los residentes. Formaba parte del mensaje que cada uno debía recibir.
Elvira miró hacia la puerta.
—Entonces quien lo hizo conocía las viviendas.
—Y los conflictos —añadió Nora.
Giró la libreta para que los demás vieran las columnas.
2.º A. Gael. Denuncia y mensajes. Nora oculta la visita.
2.º B. Damián. Discusión de la ambulancia. Teresa recupera el recuerdo.
1.º A. Simón. Acceso técnico. Elvira interpreta sus gestos.
3.º A. Yago. Llave comunitaria. Simón revisa el registro.
Simón leyó las líneas sin tocar el papel.
—Eso no demuestra que supieran cómo reaccionaríamos.
—No necesitaban saberlo —dijo Nora—. Solo tenían que elegir un nombre que nos obligara a buscar una explicación.
Teresa se sentó.
—¿Quién conoce todas esas historias?
Nadie respondió.
En una comunidad pequeña, los conflictos no permanecían encerrados en las viviendas.
Pasaban por las reuniones, los chats, el ascensor y las conversaciones junto a los buzones.
Simón conocía los fallos del sistema. Elvira guardaba las actas.
Teresa escuchaba a las familias del edificio.
Yago gestionaba llaves y viviendas. Gael hacía preguntas hasta que alguien contestaba.
La lista no reducía la sospecha.
La repartía.
Salcedo llegó cuando Simón terminaba de fotografiar las direcciones de los cuatro formularios. Le pidió que dejara el teléfono sobre la mesa y escuchó la explicación sin interrumpir. Después examinó la libreta de Nora.
—Esto muestra una intención —dijo—. No identifica a quien creó los enlaces ni a quien mató a Gael.
—Pero demuestra que la mayoría era falsa.
—Demuestra que estas cuatro viviendas recibieron páginas distintas. Comprobaremos las demás.
La agente eligió las palabras con cuidado, pero la diferencia ya no podía deshacerse.
Elvira señaló su teléfono.
—La segunda sigue sin abrir. Puede servir para comprobarlo.
Salcedo permitió que la abriera mientras el agente que la acompañaba grababa la pantalla. El formulario obligó a seleccionar un nombre. Elvira eligió el suyo, igual que Nora y Teresa habían hecho para no acusar a otra persona.
El resultado apareció:
SIMÓN ARCE
78 %
Simón no reaccionó al nombre. Se inclinó sobre la dirección del formulario.
Era una quinta terminación distinta.
Nora añadió la nueva captura a la mesa y trazó otra línea en la libreta. Ya no necesitaba conocer las nueve para comprender el diseño. Cada vivienda recibía una acusación privada y una cifra preparada para parecer colectiva.
Salcedo guardó los teléfonos en bolsas separadas. Antes de cerrar la de Elvira, la agente observó la primera captura que seguía abierta en la galería. Después anotó la referencia del archivo y entregó el aparato al agente.
Nora no prestó atención al gesto. Continuaba mirando los nombres.
Gael.
Damián.
Simón.
Yago.
No eran ganadores de una votación.
Eran destinatarios de una reacción.
Alguien no había preguntado qué pensaba la comunidad. Había enviado a cada vecino una respuesta distinta y había esperado a que todos encontraran por su cuenta las razones para creerla.
La mayoría nunca había existido.