Capítulo 6 — La versión
La versión
La sala de espera de la comisaría tenía una máquina de café apagada y cuatro sillas unidas por una barra metálica.
Nora ocupó la más cercana a la puerta. No estaba detenida y podía marcharse; Salcedo se lo había aclarado antes de entrar y volvió a hacerlo cuando un agente le pidió el bolso para pasarlo por el escáner.
Aun así, había aceptado esperar para declarar con asistencia letrada y recuperar sus dispositivos, y la espera le producía la sensación de que cada movimiento dependía de otra persona.
Había entregado el teléfono y el ordenador. Sin ellos, no podía avisar al trabajo ni comprobar cuánto tiempo llevaba allí. El reloj de la pared avanzaba a pequeños saltos, acompañado por un ruido seco que parecía más lento cuando Nora lo miraba.
A las once menos cuarto, Salcedo abrió una puerta y le indicó que pasara.
La sala de declaraciones era más pequeña que el salón comunitario.
Sobre la mesa había una grabadora, dos vasos de plástico y una carpeta con el nombre de Gael escrito en una etiqueta provisional.
La abogada de oficio se sentó junto a Nora.
Después de hablar a solas con ella, había revisado los consentimientos del teléfono y del portátil; Nora los firmó con el alcance limitado a los datos relacionados con el caso.
En una mesa lateral, un técnico había sacado el ordenador de la bolsa de evidencias y lo tenía conectado a un equipo policial para realizar la extracción autorizada.
—Hemos comprobado parte de su actividad —dijo Salcedo.
Nora se sentó.
Salcedo retomó la pregunta que había quedado suspendida en casa.
—¿Por qué mintió sobre la visita a Gael?
Nora quiso responder que había tenido miedo. Era cierto, pero no desde el principio. El miedo apareció después de ver el nombre de Gael acompañado por el sesenta y siete por ciento. Antes solo quería evitar que la denuncia la convirtiera en parte de sus conflictos.
—Porque él conocía la denuncia. Me había escrito como si fuera una amenaza. Cuando apareció muerto, pensé que todo iba a colocarse alrededor de esa conversación.
Salcedo miró la captura.
—Y después vio una mayoría que la acusaba.
—Sí.
—¿Eso hizo que dijera la verdad o que continuara ocultándola?
Nora no contestó.
La agente le pidió que relatara la visita completa.
Nora habló de la denuncia, de la comunicación programada, de los códigos de vivienda y de la advertencia de Gael.
No mencionó una sospecha contra Elvira porque Gael no había formulado ninguna.
Solo recordó que evitó responder cuando ella propuso llamarla.
Salcedo interrumpió una sola vez.
—¿Vio la pregunta antes de publicarse?
—No. Vi un envío programado y una lista de viviendas.
—¿Gael tenía acceso administrativo?
—Dijo que la sesión estaba abierta en la tableta.
—¿Se llevó algo de allí?
—No lo sé.
Era verdad.
La agente le mostró una relación de accesos al sistema de la aseguradora. A las once y dos de la noche, Nora había abierto el expediente de una filtración. A las once y cinco añadió una nota. A las once y nueve consultó un informe técnico. Después no hubo actividad hasta la mañana.
Las horas coincidían con lo que recordaba. Al volver de casa de Gael, había intentado trabajar antes de preparar el agua y recibir la encuesta.
—Eso demuestra que el ordenador estaba en mi casa —dijo.
—Y que alguien utilizó sus credenciales.
Salcedo no discutía por costumbre. Separaba una afirmación de aquello que realmente podía probarse.
—Fui yo.
—Es probable. También tenemos el registro de su red doméstica y la apertura de ConVive a las once y diecisiete. Su teléfono seguía conectado al wifi del segundo A.
—Entonces no podía estar en el cuarto piso cerca de medianoche.
—Podía dejar el teléfono en casa.
Nora apoyó las manos sobre las piernas. La agente no parecía creer que lo hubiera hecho. Simplemente se negaba a convertir una posibilidad en una certeza.
Salcedo abrió la carpeta.
El testigo no había visto el rostro de la persona.
La observó durante pocos segundos, desde el interior de una vivienda del cuarto piso.
Describió una prenda clara, cabello que le pareció oscuro y una estatura aproximada.
La persona se encontraba cerca de la escalera de servicio cuando él abrió la puerta.
—Eso no es una identificación —dijo Nora.
—No.
Nora no esperaba aquella negativa.
En la primera entrevista, el testigo solo había dado un margen: después de terminar una videollamada de trabajo y antes de acostarse. La policía aún no había contrastado la hora exacta del registro.
Había recibido la primera encuesta a las once y diecisiete.
Su pantalla mostraba el nombre de Nora.
—¿La votación decía que yo era capaz de matar a alguien?
—Eso afirma.
Nora sintió una mezcla de vergüenza y alivio. La descripción no se había convertido en ella porque alguien reconociera su cara, su voz o su manera de caminar. La encuesta ya le había ofrecido su nombre antes de que viera aquella figura; después, el recuerdo había terminado adoptándolo.
—¿Sigue diciendo que era yo?
—Dice que le pareció usted cuando pensó en ello más tarde.
—Eso significa que no lo sabe.
—Significa exactamente eso.
Salcedo anotó una frase. Nora quiso preguntar quién era el vecino, pero la agente continuó antes de que pudiera hacerlo.
—Su mentira sigue siendo un problema. Visitó a la víctima, recibió una advertencia y eliminó los mensajes después de conocer su muerte.
—No lo maté.
—No he dicho que lo hiciera.
—Me han traído porque alguien vio una chaqueta clara.
—La hemos traído porque ocultó el último encuentro conocido con un hombre que apareció muerto horas después.
Nora apartó la vista hacia el ordenador.
La bolsa reflejaba la luz del techo y deformaba el teclado.
En su trabajo, una versión falsa podía invalidar un expediente entero, aunque el daño reclamado fuera real.
Desde la mañana había pensado en su mentira como una reacción al miedo.
Para la policía era también una acción que modificaba el valor de todo lo demás.
Salcedo le pidió que reconstruyera la visita otra vez, ya con su abogada presente.
Nora repitió las horas, la denuncia, la comunicación programada y la advertencia de Gael. Esta vez describió con mayor precisión la pantalla: una lista de nueve viviendas y un envío previsto para las once y diecisiete. También contó que Gael evitó responder cuando ella propuso llamar a Elvira.
—¿Interpretó ese silencio como una acusación contra la presidenta?
—No en ese momento.
—¿Y ahora?
Le vinieron a la cabeza Elvira entregando las llaves, localizando la tableta y preguntando si necesitaba que llamara a alguien.
—Ahora no sé qué interpreté antes y qué estoy añadiendo después.
Salcedo levantó la vista de la libreta.
—Esa distinción nos vendría bien a todos.
Fue lo más parecido a una aprobación que le había ofrecido.
Un agente llamó a la puerta y entregó a Salcedo una hoja. La agente la leyó de pie. No cambió de expresión, pero volvió a leer la última línea antes de pedir a Nora que esperara.
Salió de la sala.
El reloj no era visible desde allí. Nora permaneció con su abogada, la grabadora apagada y los dos vasos de plástico. En el pasillo se oían teléfonos, impresoras y una conversación que terminaba cada pocos minutos con la misma frase: «Repítamelo desde el principio».
Salcedo regresó acompañada por otro agente. Se sentó sin abrir la carpeta.
—La hora de la muerte no está cerrada —dijo.
—¿Qué significa?
—Que Gael Rivas seguía vivo después de medianoche.
Nora tardó en relacionar la frase con la mañana. Había imaginado la discusión, la encuesta y el cuerpo como una secuencia continua: alguien hablaba con Gael, la comunidad lo señalaba y, durante la noche, él caía por la escalera. La nueva hora abría un espacio distinto.
—¿Cómo lo saben?
—Damián Cruz ha corregido su declaración.
La primera vez que Damián vio a Gael no fue a las siete y ocho. Ya lo había encontrado alrededor de las doce y dieciocho, herido y consciente.
Nora apoyó una mano en la mesa.
—¿Y no llamó a una ambulancia?
—Estamos tomando declaración.
—Trabaja en emergencias.
—Lo sabemos.
Salcedo no explicó todavía qué hizo Damián, por qué se marchó ni en qué estado exacto dejó a Gael. Solo confirmó que hablaron y que, cuando el técnico lo vio, las lesiones no parecían las mismas que causaron la muerte.
Podían haber existido dos caídas.
La primera antes de las doce y dieciocho.
La segunda después.
—Entonces la persona que discutió con él a las once no tuvo por qué matarlo —dijo Nora.
—Ni la figura que otro vecino creyó identificar a una hora que no puede precisar.
Aquello reducía la importancia de la acusación contra Nora, pero no la eliminaba. Ella seguía viviendo a dos plantas del lugar, conocía la denuncia y había mentido.
—¿Puedo irme?
Salcedo cerró la carpeta.
—Puede irse cuando quiera. Si prefiere esperar a que terminemos la extracción inicial, podremos devolverle hoy los dispositivos.
Nora decidió esperar. Durante casi una hora, llamó a su responsable desde un teléfono de la comisaría y explicó que continuaba colaborando con la policía por la muerte de un vecino.
No mencionó la denuncia ni la declaración falsa.
Su responsable respondió que ya había bloqueado sus expedientes durante dos días y que no necesitaba dar más detalles.
Nora agradeció la decisión, aunque la palabra «bloqueado» le produjo una incomodidad absurda.
A la una y veinte le devolvieron el ordenador y el teléfono dentro de bolsas nuevas. Salcedo le pidió que comprobara que ambos dispositivos eran suyos, pero que no eliminara ni modificara información relacionada con el caso.
La conversación borrada de Gael seguía sin aparecer.
La captura de la segunda votación permanecía en la galería.
En la salida la esperaba Elvira.
Llevaba un abrigo gris sobre la rebeca clara y sostenía las llaves del coche separadas del llavero de la comunidad. Al ver a Nora, se levantó de una silla de plástico.
—Teresa me ha dicho que estabas aquí.
—Podía volver sola.
—También podías esperar un autobús con un ordenador y un teléfono precintados. He elegido la opción menos teatral.
Nora no tenía energía para discutir.
Durante el trayecto, Elvira no preguntó por la declaración.
Condujo despacio, manteniendo ambas manos sobre el volante, y habló únicamente para indicar que la policía había retirado la tableta comunitaria.
La hoja con la contraseña no aparecía. Simón estaba molesto porque le habían prohibido acceder al perfil.
Amparo había llamado tres veces para saber cuándo podrían volver a utilizar el ascensor sin cruzarse con agentes.
La normalidad de aquellos problemas resultaba extraña, pero no desagradable.
Al llegar al Mirador, Elvira apagó el motor.
—Teresa sabe lo de la denuncia.
—La oyó.
—Está enfadada porque no se lo contaste, no porque denunciaras.
El portal quedaba frente al coche.
—No sé cuál de las dos cosas es peor.
—Depende de lo que necesites que piense de ti.
Elvira no añadió nada. Cogió el bolso y bajó del coche.
Teresa estaba esperando en el segundo rellano. No llevaba la bata, sino pantalón oscuro y una camisa azul abrochada de manera desigual. Había abierto las ventanas de su casa y el aire frío atravesaba el pasillo.
—Necesito enseñarte algo —dijo.
Nora dejó el ordenador en su vivienda, abrió la bolsa en la que le habían devuelto el teléfono y cruzó al segundo B. El salón de Teresa era más luminoso que el suyo, con libros apilados bajo una mesa y fotografías escolares enmarcadas junto a la ventana.
Elvira se quedó cerca de la puerta.
Teresa puso el teléfono sobre la mesa.
—He abierto la segunda votación.
—Me dijiste que no lo hiciera.
—Sí.
No buscó una excusa. Explicó que, después de que la policía se llevara a Nora, empezó a pensar que la aplicación podía estar mostrando su nombre. Quiso saberlo. Para no acusar a otro vecino, se eligió a sí misma.
El resultado no coincidía con su voto.
En la captura aparecía:
DAMIÁN CRUZ
78 %
MAYORÍA
Nora abrió su galería y colocó su teléfono junto al de Teresa.
Las imágenes tenían el mismo diseño. La pregunta era idéntica. También el porcentaje, la hora de cierre y la franja azul.
Solo cambiaba el nombre.
NORA VALDÉS.
DAMIÁN CRUZ.
Teresa amplió ambas capturas con los dedos.
—Creí que todos veíamos a Damián.
—Yo creí que todos me veían a mí.
Elvira se acercó a la mesa.
—Puede ser un error de actualización.
—Un error cambia una cifra —dijo Teresa—. No sustituye un nombre.
Nora observó el setenta y ocho por ciento repetido en los dos teléfonos.
Si la aplicación hubiera mostrado el resultado real de una votación común, las capturas tendrían que coincidir.
Si se trataba de un fallo, resultaba demasiado preciso: una acusación distinta para cada vivienda, presentada con la misma seguridad.
Pensó en el primer formulario.
Ella había visto a Gael.
Yago escribió que el resultado hablaba por sí solo. Nora supuso que se refería a la misma persona. Nunca se lo preguntó.
—Necesitamos ver otra captura —dijo.
Teresa miró a Elvira.
La presidenta mantenía una mano sobre el respaldo de la silla. Durante un instante pareció decidir si aquella comparación debía esperar a la policía.
Después sacó su teléfono.
—La primera la tengo guardada —dijo—. La segunda todavía no la he abierto.
Nora observó cómo entraba en la galería.
No realizó una captura delante de ellas.
Ya existía.