La mayoría: En esta comunidad hay un culpable Capítulo 5 — La hora
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Capítulo 5 — La hora

La hora

Salcedo subió antes de que Nora firmara la hoja de consentimiento.

Llevaba una funda transparente. Dentro estaba la primera página del expediente municipal del trastero, encontrada entre los papeles de Gael. El nombre de Nora aparecía en el apartado reservado a la persona denunciante.

Teresa abrió al oír voces. Salcedo le pidió que permaneciera dentro de su vivienda, pero la puerta quedó entornada.

La agente dejó la funda sobre la mesa y miró a Nora.

—¿Este expediente es auténtico?

—Sí.

—¿La denuncia la presentó usted?

Teresa seguía al otro lado de la puerta, lo bastante cerca para escuchar si hablaban con una voz normal.

—Sí.

La palabra produjo un movimiento en el rellano. La puerta de Teresa dejó de estar completamente inmóvil.

Salcedo señaló la funda.

—¿Quién conocía su identidad?

—Gael recibió una copia del expediente.

—¿Solo él?

El hombre que dormía en el trastero, la inspección municipal y las discusiones posteriores podían haber pasado por más manos. Gael podía haber enseñado la denuncia a Yago, a Elvira o a cualquier vecino dispuesto a escuchar su versión.

—No lo sé.

—¿La señora Montalbán?

—La comunidad sabía que hubo una inspección. No sé si Elvira conocía el nombre.

Salcedo no escribió nada. La agente parecía haber aprendido ya que, cuando Nora decía que no sabía algo, a veces estaba delimitando una verdad y otras veces buscaba una salida.

Elvira llegó con su carpeta administrativa antes de que terminaran. Se detuvo al ver el expediente y luego dirigió la vista hacia Nora.

—La denuncia fue tuya.

No había reproche en su voz. Solo una pieza que acababa de ocupar un lugar.

—Sí.

Teresa abrió por fin la puerta.

—¿Y por qué no lo dijiste?

Salcedo se volvió hacia ella.

—Porque no estaba obligada a comentarlo con la comunidad. Vuelva dentro, por favor.

Teresa no discutió con la agente. Miró a Nora un segundo más y cerró.

Elvira permaneció en el rellano. Salcedo le preguntó por el acceso a ConVive y la presidenta abrió la carpeta que llevaba bajo el brazo.

La cuenta administrativa pertenecía a la comunidad, no a una persona.

La tableta del sótano se utilizaba para publicar actas, introducir los votos de quienes no manejaban la aplicación y enviar avisos privados sobre recibos o reparaciones.

Simón había configurado el sistema. Elvira lo utilizaba con frecuencia.

Teresa introducía las votaciones presenciales cuando actuaba como secretaria.

Yago había preparado formularios relacionados con las humedades.

Gael consultó archivos de la azotea. Lidia accedió una vez para corregir un número de contacto.

—¿Todos conocían la contraseña? —preguntó Salcedo.

—La sesión suele quedar abierta.

—No es lo que le he preguntado.

Elvira ajustó la carpeta contra el pecho.

—Había una copia escrita junto a la tableta. Tendría que comprobar si sigue allí.

Salcedo indicó al agente que bajara a asegurar el cuarto comunitario. Después pidió a Elvira que no avisara a Simón ni a ningún otro vecino hasta que hubieran retirado el dispositivo.

—Simón ya sabe que la cuenta se ha utilizado —respondió Elvira—. Está intentando bloquearla.

—A partir de ahora, no tocará nada.

La presidenta asintió. Antes de bajar, observó otra vez la copia de la denuncia.

—Gael la enseñó durante una reunión informal —dijo—. No recuerdo a quiénes. Estaba convencido de que alguien quería expulsarlo del edificio.

La información no protegía a Nora, pero tampoco la acusaba. Elvira se marchó con las llaves golpeando suavemente contra el cartón.

Salcedo cerró la puerta de la vivienda.

—Enséñeme la segunda votación.

Nora desbloqueó el teléfono. La captura aparecía entre las imágenes recientes. Antes de entregárselo, vio de nuevo su nombre y el setenta y ocho por ciento.

NORA VALDÉS 78 % MAYORÍA

La agente examinó la hora del archivo y pidió al policía que fotografiara la pantalla. Después abrió ConVive, comprobó que el formulario seguía en el historial y devolvió el aparato.

—¿Se eligió a sí misma?

—Sí.

—¿Por qué?

—No quería acusar a otra persona.

—Pero quería ver el resultado.

Nora guardó silencio.

Salcedo colocó sobre la mesa la hoja de consentimiento.

—Necesito llevarme el teléfono. De momento, la entrega es voluntaria. Si nos autoriza, extraeremos solo los datos relacionados con el caso y se lo devolveremos cuando sea posible.

Nora leyó la primera línea. Autorizaba el acceso a mensajes, fotografías, llamadas y datos de la aplicación. El formulario no distinguía entre la conversación con Gael y cualquier otra parte de su vida.

—He eliminado mensajes.

Salcedo no pareció sorprendida.

—¿De quién?

—De Gael.

El agente dejó de escribir.

—¿Cuándo? —preguntó Salcedo.

—Esta mañana.

—Después de que le pidiera expresamente que no borrara nada.

—Antes de esa llamada.

La precisión no mejoraba la decisión. Nora lo supo en cuanto terminó la frase.

Salcedo tomó asiento frente a ella. No abrió la libreta.

—En el teléfono del señor Rivas aparecen varios mensajes dirigidos a su número. Tres se enviaron antes de la votación. Uno dice que suba. Otro afirma que sabe que fue usted. El tercero amenaza con bajar si no lo hace.

Nora observó el expediente municipal. Su nombre aparecía en la primera página, sin ninguna forma de suavizarlo.

—Fui a verlo.

Salcedo esperó.

—¿A qué hora?

—Salí de casa a las diez y veinticinco. Volví alrededor de las diez y cuarenta y dos.

—En su primera declaración dijo que no había salido después de las diez.

—Mentí.

Salcedo dejó el bolígrafo.

—A partir de este momento no voy a seguir preguntándole como testigo. Lo que acaba de contar cambia su situación.

Le explicó que no estaba detenida, pero que iba a ser oída como investigada y tenía derecho a guardar silencio, a no declarar contra sí misma y a estar asistida por una abogada antes de continuar. Nora pidió una letrada de oficio.

Salcedo no volvió a preguntarle por la visita. El consentimiento del teléfono quedó sin firmar hasta que Nora pudiera asesorarse. El agente preservó el aparato en una bolsa sin iniciar ninguna extracción.

El agente recogió el teléfono, lo apagó sin cerrar las aplicaciones y lo introdujo en la bolsa transparente. Ver su aparato separado de ella por una capa de plástico le produjo una sensación más íntima que el registro de la vivienda.

Nora ofreció también el ordenador portátil.

—Estuve trabajando después de volver —dijo Nora—. El sistema guarda las horas.

—Lo comprobaremos si autoriza la extracción después de hablar con su abogada.

Podía significar que la actividad demostraría su presencia en casa o que revelaría otra mentira. Nora cerró el equipo, entregó el cargador para que ambos quedaran preservados y, antes de salir, se puso la chaqueta que había dejado sobre la silla.

En el rellano, Teresa esperaba con los brazos cruzados. Salcedo le indicó que dejara libre el paso, pero esta vez su vecina no se apartó sin preguntar.

—¿Se la llevan?

—Si está de acuerdo, continuaremos en comisaría cuando llegue su abogada —respondió la agente.

Nora asintió.

Teresa miró las bolsas que contenían el teléfono y el ordenador.

—¿Por la encuesta?

Nora decidió responder antes de que Salcedo lo hiciera.

—La denuncia fue mía. Anoche subí a hablar con Gael y no se lo conté a la policía.

Teresa bajó los brazos.

La información pareció afectarla en dos momentos distintos: primero la visita; después, la mentira. No dijo que comprendiera ni que la acusara. Abrió su puerta y dejó espacio para que pasaran.

Elvira subía desde el primer piso cuando Nora llegó a la escalera. Había dejado la carpeta y llevaba solo el llavero.

—La tableta ya está bajo custodia —dijo a Salcedo—. La hoja con la contraseña no estaba junto a ella.

La agente asintió sin detenerse.

Elvira observó a Nora.

—¿Necesitas que llame a alguien?

Su expareja, su responsable de trabajo y dos amigas a las que no veía desde hacía meses quedaron fuera de cualquier opción razonable. Ninguna de aquellas personas sabía que había estado en casa de un vecino muerto, borrado sus mensajes y mentido a la policía.

—No.

Bajó con la policía.

En el portal, Salcedo se detuvo antes de abrir el coche. El tráfico de la mañana seguía circulando al otro lado de los cristales, ajeno a la cinta colocada en la escalera y a las personas que observaban desde las ventanas.

—Hay algo que no le he dicho arriba —dijo la agente.

Nora esperó.

—Un vecino afirma haber visto una figura cerca de la escalera de servicio alrededor de medianoche.

—Yo estaba en casa.

—Eso tendremos que comprobarlo.

—¿La vio bien?

Salcedo abrió la puerta trasera.

—No le vio la cara. Cuando le pedimos un nombre, dio el suyo.

Nora entró en el coche. En la ventanilla, su chaqueta clara devolvió durante un instante una silueta sin rostro.