Capítulo 4 — La segunda votación
La segunda votación
La nueva pregunta no desapareció cuando Nora bloqueó el teléfono.
La notificación permaneció en el centro de la pantalla, por encima del nombre de la aseguradora y de los mensajes del grupo comunitario. No mostraba un contador ni una explicación. Solo la frase y un botón azul.
AbrIR VOTACIÓN
Nora dejó el aparato sobre la mesa.
En el pasillo del segundo piso, alguien pasó junto a su puerta. Los pasos se detuvieron durante un instante y continuaron hacia la escalera. Después oyó a Teresa hablar por teléfono dentro de su vivienda, con ese tono más alto que utilizaba cuando la otra persona no entendía algo a la primera.
La policía seguía en el edificio. Dos agentes habían subido al cuarto piso y otro entraba y salía del salón comunitario. Si la votación pretendía llamar la atención, había elegido el peor momento para pasar inadvertida y el mejor para extenderse deprisa.
El teléfono vibró de nuevo.
Esta vez era Teresa.
—¿La has recibido?
Antes de responder, comprobó que la puerta seguía cerrada.
—Sí.
—No la abras.
—Ya sé lo que pregunta.
—Entonces alguien la ha abierto.
Nora no corrigió la conclusión. Había leído el texto desde la notificación, pero la diferencia no importaba.
—Simón dice que el perfil sigue activo —continuó Teresa—. Elvira está llamándolo. La policía también lo sabe.
—¿Has votado?
—Claro que no.
Teresa respondió sin vacilar. Nora recordó la primera encuesta y el mensaje: «No deberíamos participar». Ella había elegido «No lo sé» antes de leerlo. Ahora las dos conocían la facilidad con que una opción aparentemente neutral podía convertirse en una forma de participar.
—No la abras —repitió Teresa—. Voy a bajar a hablar con Elvira.
Teresa colgó.
Nora regresó al ordenador. El expediente de la filtración seguía abierto, pero la sesión se había bloqueado por inactividad. Introdujo la contraseña y volvió a encontrar las dos versiones de la avería, cada una construida para que la responsabilidad empezara en la vivienda contraria.
Nora cerró el expediente.
La votación continuaba esperándola.
Podía no abrirla. Salcedo se llevaría antes o después los teléfonos, Simón comprobaría la cuenta y Elvira enviaría una circular explicando que el formulario no era oficial. Nada exigía que Nora participara.
Sin embargo, la pregunta ya había utilizado su nombre incluso antes de mostrarlo. Gael le había advertido que alguien conocía la denuncia y que la utilizaría para explicar lo que ocurriera después. Ahora estaba muerto, y Nora acababa de borrar la conversación en la que él se lo había dicho.
Necesitaba saber si el formulario la señalaba.
Tocó la notificación.
ConVive ocupó la pantalla. La lista de viviendas había desaparecido. Esta vez solo aparecían nombres, ordenados alfabéticamente, sin la opción «No lo sé» y sin un botón para cerrar.
¿QUIÉN SABÍA QUE GAEL RIVAS IBA A MORIR?
Debajo figuraban los ocho residentes restantes.
Nora leyó la lista completa.
Amparo Cid.
Damián Cruz.
Elvira Montalbán.
Lidia Mena.
Nora Valdés.
Simón Arce.
Teresa Beltrán.
Yago Ferrer.
En la parte inferior aparecía una instrucción:
SELECCIONE UNA RESPUESTA PARA CONTINUAR
No había una forma inocente de avanzar.
Nora intentó retroceder, pero la aplicación volvió a mostrar el mismo aviso. Podía cerrarla desde el sistema y dejar el formulario sin respuesta. Lo sabía. También sabía que, si lo hacía, continuaría imaginando qué nombre aparecía al otro lado.
Gael le había pedido que no votara porque eso era lo que querían.
La noche anterior, Nora había desobedecido para conocer el resultado. Aquella mañana comprendía mejor la advertencia, pero el conocimiento no había reducido la necesidad. La había vuelto más precisa.
No podía elegir a Teresa, que acababa de pedirle que no participara.
Ni a Simón por el simple hecho de administrar una aplicación defectuosa.
Damián había encontrado el cuerpo. Yago había discutido con Gael.
Elvira poseía las claves. Cualquier nombre podía acompañarse de una razón si se buscaba la frase adecuada.
Nora tocó el suyo.
No porque creyera haber sabido que Gael moriría. Lo eligió porque acusarse a sí misma le parecía la única manera de no convertir la pantalla en una acusación contra otra persona.
El resultado apareció de inmediato.
NORA VALDÉS 78 % MAYORÍA
Nora mantuvo el teléfono en la mano.
Setenta y ocho por ciento. La cifra sugería siete votos si el sistema calculaba sobre las nueve viviendas, aunque la aplicación no indicaba cuántas habían participado.
Gael ya no podía responder y tampoco aparecía el número de participantes. La cifra podía construirse de varias maneras; la aplicación no permitía comprobar ninguna.
Aun así, lo primero que Nora sintió no fue desconfianza hacia la cifra.
Fue miedo a los vecinos.
Se acercó a la mirilla.
El rellano estaba vacío. La puerta de Teresa permanecía cerrada y no se veía movimiento en la escalera.
Nora sabía que una pantalla no podía modificar lo que había al otro lado de la madera.
Sin embargo, ahora imaginaba siete teléfonos mostrando su nombre y siete personas recordando la denuncia, la visita o cualquier gesto que pudiera convertirse en una prueba retrospectiva.
ConVive vibró dentro de su mano.
RESULTADO ACTUALIZADO
El porcentaje seguía siendo el mismo.
Nora cerró la aplicación. La abrió de nuevo. El nombre continuaba allí.
Recibió una llamada antes de poder decidir si hacía una captura.
Era Salcedo.
—Señora Valdés, ¿puede hablar?
—Sí.
Nora se alejó de la puerta, como si la agente pudiera oír el rellano a través del teléfono.
—Estamos revisando las comunicaciones del señor Rivas. Varios vecinos han confirmado que les escribió anoche.
Nora no respondió.
Salcedo continuó:
—Necesito preguntárselo otra vez. ¿Gael Rivas le envió algún mensaje privado?
La segunda formulación no dejaba espacio para confundir el chat general con una conversación directa.
El resultado de la encuesta seguía visible en la vista de aplicaciones recientes.
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
La palabra sonó más baja que durante la entrevista.
Salcedo no utilizó el silencio como presión. Se oyó una hoja al moverse y, detrás, una voz que pedía acceso al cuarto piso.
—Conservaremos los registros de ConVive —dijo—. No borre mensajes ni archivos relacionados con la comunidad.
Nora apoyó una mano en el borde de la mesa.
—De acuerdo.
—¿Ha recibido una segunda votación?
La pregunta la sorprendió lo suficiente para retrasar la respuesta.
—Sí.
—No interactúe con ella.
Su nombre y el setenta y ocho por ciento seguían en la pantalla.
—Ya la he abierto.
—¿Ha elegido una respuesta?
Podía mentir una vez más. La aplicación registraría la participación, aunque no necesariamente la opción. Nora estaba cansada de calcular qué parte de una verdad podía admitir sin entregar el resto.
—Sí.
—Haga una captura y no vuelva a abrirla. Un agente subirá a recogerla.
—¿Mi captura?
—Su teléfono, si autoriza que nos lo llevemos. Si no, no borre ni modifique nada hasta que podamos revisarlo por la vía correspondiente.
El aparato contenía una conversación eliminada, el registro de la visita que había negado y una votación que la presentaba como parte de una mayoría inexistente.
—Necesito unos minutos.
—No elimine nada.
La llamada terminó.
Nora realizó la captura. La imagen se guardó en la galería con la hora exacta.
Durante un instante pensó en enviársela a Teresa.
La vecina había pedido que no abriera el formulario y quizá todavía no lo había hecho.
Mostrarle el resultado podía advertirla o contaminarla.
Nora ya no sabía distinguir ambas cosas.
Guardó el teléfono en el bolsillo y salió al rellano.
Teresa regresaba por la escalera con Elvira. La presidenta llevaba una carpeta bajo el brazo y el teléfono antiguo de Amparo en la mano. Sus llaves golpeaban contra el cartón a cada paso.
—La policía quiere que nadie toque ConVive —dijo Elvira—. Simón está intentando bloquear la cuenta.
Teresa observó a Nora.
—La has abierto.
No era una pregunta.
Nora asintió.
—¿Qué te ha salido?
Elvira se detuvo un escalón más abajo. No parecía curiosidad, sino la necesidad de saber qué parte del problema debía explicar a la policía.
Nora estuvo a punto de enseñar la captura.
Entonces recordó la sensación inmediata al ver el porcentaje: siete viviendas, siete acusaciones, siete personas al otro lado de las puertas.
Si Teresa veía el nombre, empezaría a preguntarse por qué aparecía.
Si Elvira lo veía, podría interpretar la denuncia y los mensajes desde la cifra.
El resultado no necesitaba convencerlas de su culpabilidad.
Bastaba con conseguir que buscaran una razón.
—No lo sé —dijo Nora.
Teresa frunció el ceño.
—Has dicho que la abriste.
—La he cerrado demasiado rápido.
La mentira resultó peor que las anteriores porque no protegía un secreto antiguo. Protegía una imagen que acababa de ver.
Elvira no insistió.
—Salcedo está pidiendo los teléfonos de quienes hayan participado. Entrégaselo cuando suba el agente.
—Lo haré.
Teresa abrió su puerta. Elvira indicó que debía bajar de nuevo al salón comunitario y continuó hacia la escalera. Antes de entrar, Teresa volvió a mirar a Nora, pero no formuló la duda.
Nora regresó a su vivienda.
La captura seguía abierta en la galería. El nombre, el porcentaje y la hora del archivo habían quedado fijados aunque ella cerrara la aplicación.
El timbre sonó antes de que pudiera decidir si llamar a Salcedo de nuevo.
Un agente esperaba en el rellano con una bolsa transparente y una hoja de consentimiento.
—Vengo a recoger su teléfono.
Nora sostuvo el aparato unos segundos más.
Se apartó para dejarlo pasar.
Cuando el agente extendió la hoja sobre la mesa, Nora dejó de poder decidir qué parte de la noche iba a contar primero.