La mayoría: En esta comunidad hay un culpable Capítulo 3 — Anoche
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Capítulo 3 — Anoche

Anoche

Nora intentó trabajar a las nueve y cuarto.

Había cerrado las persianas del salón para no ver a los agentes entrando y saliendo del portal, pero los sonidos seguían atravesando la vivienda.

Pasos en la escalera. El ascensor detenido en una planta.

Una puerta que se abría y volvía a cerrarse.

Cada ruido parecía pertenecer a la investigación, aunque probablemente la mayoría correspondía a vecinos que buscaban café, ropa o una excusa para no quedarse solos.

El ordenador conservaba la sesión abierta del día anterior.

Nora trabajaba para una aseguradora, revisando reclamaciones domésticas que casi siempre empezaban de la misma manera: una mancha en el techo, una tubería rota, dos viviendas y ninguna persona dispuesta a admitir que el problema había comenzado en su casa.

El expediente que tenía delante trataba de una filtración entre un tercero y un segundo. El propietario de arriba aseguraba que la avería procedía de una bajante común. La comunidad culpaba a una lavadora. El informe del fontanero no confirmaba ninguna de las dos versiones.

Nora leyó tres veces la misma frase sin comprenderla. Después escribió en el campo de observaciones:

NO ES POSIBLE DETERMINAR LA RESPONSABILIDAD CON LA INFORMACIÓN DISPONIBLE.

La fórmula le resultaba familiar. Permitía cerrar una revisión sin afirmar algo que las pruebas no sostenían. Aquella mañana, sin embargo, le pareció una manera especialmente pulida de no decidir nada.

Borró la frase.

El teléfono estaba boca abajo junto al ordenador.

Nora no lo había tocado desde que leyó los mensajes de Gael.

Salcedo podía pedirlo en cualquier momento.

Esconder una conversación no impedía recuperarla, pero la primera versión condicionaba todo lo que venía después.

Si entregaba el aparato sin explicar la visita, la policía descubriría que había mentido.

Si hablaba antes, tendría que contar por qué subió y qué había visto.

Abrió la conversación.

22:18 — Sube. Tenemos que hablar.

22:20 — Sé que fuiste tú.

22:22 — O subes tú o bajo yo.

Nora apoyó las manos a ambos lados del ordenador.

A las diez y veinticinco de la noche anterior había salido de casa.

No se llevó el abrigo ni el bolso. Guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta y cerró con llave, procurando que el mecanismo no sonara más de lo necesario.

Teresa tenía la televisión encendida al otro lado del rellano.

En el primero, alguien hablaba con Amparo.

La voz de Elvira se distinguía por la paciencia con que repetía una instrucción sobre el mando.

Nora utilizó la escalera.

Mientras subía, se dijo que no tenía por qué llegar hasta el cuarto. Podía llamar a Gael desde el tercero, exigirle que explicara el mensaje o pedirle que bajara a una zona común. Continuó ascendiendo porque cualquier alternativa prolongaba una conversación que quería terminar cuanto antes.

Gael abrió antes de que ella tocara por segunda vez.

Llevaba una camiseta gris, pantalón oscuro y las gafas apoyadas sobre la cabeza. No parecía sorprendido de verla. Se apartó lo suficiente para permitirle entrar y cerró la puerta sin preguntar.

—No voy a quedarme —dijo Nora.

—Eso depende de cuánto tardes en decir la verdad.

El cuarto B era más ordenado de lo que ella esperaba.

Las estanterías estaban llenas de archivadores, las superficies despejadas y los zapatos alineados junto al recibidor.

Solo el salón rompía aquel orden. Había documentos sobre el sofá, varias capturas impresas en el suelo y, sobre la mesa baja, un cuaderno negro junto al ordenador abierto.

En la pantalla aparecía ConVive.

Gael señaló una hoja situada junto al teclado. Nora reconoció el escudo municipal y el número de expediente antes de leer su nombre.

Era la denuncia del trastero.

—Te notificaron quién la presentó —dijo.

—Me entregaron el expediente. No es lo mismo.

—Sabías que había una persona durmiendo allí.

—Sabía que no era una vivienda.

Gael apartó la hoja con dos dedos. No levantó la voz. Esa contención resultaba más incómoda que las discusiones que Nora le había oído en las reuniones.

—Podías haber hablado conmigo.

—Hablé contigo. Dijiste que era temporal.

—Lo era.

—Llevaba cuatro meses.

La conversación podía haber terminado allí. Nora había presentado una denuncia real por una infracción real. El ayuntamiento inspeccionó el trastero y obligó a retirar el hornillo, la instalación eléctrica y el colchón. No necesitaba justificarlo ante Gael.

Aun así, evitó mirar las fotografías del expediente.

—¿Me has hecho subir para esto?

Gael se sentó frente al ordenador.

—Te he hecho subir porque alguien piensa utilizarlo.

Abrió una ventana de ConVive. La parte superior mostraba una línea gris muy fina:

ENVÍO PROGRAMADO.

Debajo no aparecía una pregunta completa, sino una comunicación pendiente y una lista de nueve viviendas. Nora alcanzó a leer dos referencias —2A y 4B— antes de que Gael cambiara de pestaña.

—Hay nueve destinatarios —dijo.

—Simón hace pruebas.

—No a esta hora. Y no con los nombres de todos.

Gael abrió el historial de actividad. Un envío dirigido a las nueve viviendas estaba programado para las once y diecisiete. Nora reconoció la hora porque faltaban menos de cincuenta minutos.

—¿Qué van a publicar?

—Una pregunta.

—¿Cuál?

—Todavía no puedo abrir el contenido.

Nora se inclinó hacia la pantalla. Gael cerró una de las ventanas antes de que pudiera leerla completa.

—Si no sabes qué dice, no sabes que va dirigida contra mí.

—Sé que aparece tu vivienda. También la mía.

—Aparecen todas. Es una aplicación de la comunidad.

—No de esta manera.

Gael amplió la lista de destinatarios. Junto a cada vivienda aparecía un código que Nora no comprendía. En la parte superior, el envío conservaba el mismo estado:

ENVÍO PROGRAMADO — 23:17

—¿Cómo has entrado aquí?

—La sesión estaba abierta en la tableta del sótano.

—Entonces ciérrala y llama a Elvira.

Gael la miró.

No fue una reacción larga. Apenas un segundo antes de volver a la pantalla. Sin embargo, Nora comprendió que había mencionado a una persona que él no quería incluir en la conversación.

—Voy a hablar con quien puede comprobarlo.

—Eso no responde.

—Voy a llamar a Simón.

—¿Y Elvira?

Gael no contestó.

—¿Qué tiene que ver eso?

—Todavía no lo sé.

—Entonces estás mezclando una votación antigua, mi denuncia y unas pruebas de Simón.

—No son pruebas de Simón.

—El perfil lleva su nombre.

—Un nombre no demuestra quién está usando una cuenta.

Gael cerró el ordenador y la habitación perdió la luz azul de la pantalla. La lámpara del salón iluminaba su rostro desde un lado, acentuando el cansancio bajo los ojos.

—Cuando llegue la pregunta, no votes.

—No pensaba hacerlo.

—Ni siquiera para ver el resultado.

Nora recordó el mensaje que después encontraría al intentar salir del formulario. Para consultar el resultado tendría que seleccionar una opción. En ese momento, aún no sabía que la aplicación se lo exigiría.

—¿Por qué?

—Porque eso es lo que quieren.

—¿Quiénes?

Gael se puso en pie. Recogió la copia de la denuncia y se la tendió.

—Quien haya preparado esto sabe que fuiste tú. Sabe que yo lo sé. Si mañana aparece tu nombre en algún sitio, van a utilizar la denuncia para explicar por qué.

Nora no tomó la hoja.

—¿Explicar qué?

—Lo que les convenga.

Era demasiado vaga para justificar el tono de la conversación. Nora no sabía si Gael intentaba asustarla o si de verdad temía algo que todavía no podía formular.

—Envía las capturas al chat —dijo—. Si todos las ven, se termina.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque quiero saber quién mueve primero.

Gael dejó la denuncia sobre la mesa.

Aquello la irritó. No era una investigación policial ni una negociación en la que Gael pudiera utilizar a los vecinos como cebo. Si había descubierto un acceso indebido, debía denunciarlo. Si solo tenía una sospecha, no podía exigirle que participara.

—No vuelvas a amenazarme.

—No te estoy amenazando.

—«Sé que fuiste tú». «Sube o bajo yo». ¿Cómo lo llamas?

Gael guardó silencio.

Después miró la hoja municipal y pareció comprender que había iniciado la conversación como todas las demás: obligando a la otra persona a defenderse antes de explicarle qué necesitaba.

—No eres la única a la que están utilizando —dijo.

—Sigues sin decirme quién.

—Porque todavía no puedo demostrarlo.

Nora caminó hacia la puerta.

Gael no intentó detenerla. Antes de que saliera, volvió a abrir el ordenador y la luz de la pantalla alcanzó el recibidor.

—A las once y diecisiete —dijo—. No votes.

Nora cerró la puerta detrás de sí.

El rellano del cuarto piso estaba vacío. Bajo la puerta de Yago se veía una línea de luz. Del interior llegaba su voz, amable y modulada, como cuando hablaba con clientes. Nora no supo si estaba al teléfono o grabando uno de sus mensajes de trabajo.

Bajó sin utilizar el ascensor.

En el primer piso, la puerta de Amparo estaba abierta. Elvira sostenía el mando de la televisión y le explicaba que las pilas estaban agotadas. Nora pasó junto a ellas sin detenerse.

Entró en su casa a las diez y cuarenta y dos.

Treinta y cinco minutos más tarde, ConVive publicó la pregunta.

Nora votó.

Volvió al presente con el cursor parpadeando sobre el informe de la filtración.

En la calle, una puerta de coche se cerró. Poco después, Salcedo cruzó el portal acompañada por otro agente. Nora apartó la silla del escritorio, como si la policía pudiera verla a través del techo.

Gael le había pedido que no votara. Ella eligió «No lo sé» para consultar el resultado. Después vio su nombre, interpretó los mensajes desde aquella cifra y mintió a la policía para que la conversación no la colocara junto a un muerto.

No sabía qué parte de aquello había previsto la persona que preparó el formulario.

Sabía cuál había sido su propia contribución.

Abrió de nuevo el chat privado.

Seleccionó los seis mensajes de Gael.

El teléfono mostró una advertencia:

LA CONVERSACIÓN SE ELIMINARÁ DE ESTE DISPOSITIVO.

Nora conocía la precisión de la frase. De este dispositivo. No del servidor, no de las copias de seguridad y probablemente tampoco del teléfono de Gael. Eliminarla no impedía que la policía la recuperara.

Solo le permitía dejar de verla.

Pulsó confirmar.

La conversación desapareció.

Durante unos segundos, la lista de mensajes quedó vacía. Después ConVive vibró en la mesa.

Esperó un mensaje de Salcedo. En su lugar, apareció una nueva votación urgente.

¿QUIÉN SABÍA QUE GAEL RIVAS IBA A MORIR?

Esta vez no había una opción que dijera que no lo sabía.