Capítulo 2 — El cuerpo
El cuerpo
A las siete y veinte, alguien pulsó todos los telefonillos del edificio.
Nora despertó con el segundo zumbido. Durante unos instantes no recordó la encuesta ni los mensajes de Gael.
Solo vio la claridad gris que entraba entre las persianas y el teléfono cargándose sobre la mesilla.
Después oyó una voz en el rellano, varias puertas abriéndose y una palabra que se repitió desde pisos distintos.
—Ambulancia.
Se incorporó.
Había dormido vestida con una camiseta y el pantalón del día anterior.
La chaqueta estaba sobre una silla; se la había quitado antes de acostarse.
En la cocina, la taza vacía seguía junto a la tetera.
Recordó la cifra inmóvil en la pantalla, los tres golpes y la conversación que decidió no responder.
El telefonillo volvió a sonar.
Nora cogió el teléfono de la mesilla, se lo guardó en el bolsillo y salió al recibidor para descolgar el telefonillo.
—¿Sí?
No obtuvo una respuesta clara. Alguien hablaba lejos del aparato. Después se oyó a Damián pedir que dejaran libre la entrada y que nadie utilizara la escalera de servicio.
Nora abrió la puerta.
Teresa ya estaba en el rellano, abrochándose una bata sobre el camisón. Miró hacia el tramo superior y después a Nora.
—Hay alguien caído.
La palabra alguien duró poco.
Desde el tercer piso, Simón preguntó si era Gael. Nadie le había respondido todavía, pero su nombre descendió por el hueco de la escalera y llegó a cada puerta antes que la policía.
Nora salió al rellano.
La luz automática se encendió con retraso. En el primer piso, Elvira ayudaba a Amparo a colocarse una chaqueta. La mujer mayor insistía en subir, aunque apenas podía bajar dos escalones sin sujetarse a la barandilla.
—Quédate aquí —le decía Elvira—. Damián ya ha llamado.
Amparo levantó la vista.
—Lo oí anoche.
Elvira le apretó el brazo con suavidad.
—Luego hablamos.
Damián apareció en el tramo situado entre la tercera y la cuarta planta. Bajaba deprisa, con el teléfono pegado a la oreja y una mano manchada de polvo oscuro. Llevaba pantalón deportivo, una sudadera y las zapatillas sin atar del todo.
—La ambulancia está entrando —dijo—. Apartaos de la escalera.
Su voz tenía un tono que Nora no le había oído nunca. No era más alta ni más urgente. Era profesional. Damián llevaba años trabajando como técnico en emergencias sanitarias y parecía haber dejado de ser un vecino en cuanto encontró el cuerpo.
Teresa dio un paso hacia él.
—¿Está vivo?
Damián no contestó de inmediato.
Miró hacia arriba, al rellano que quedaba fuera de la vista de Nora. Después negó una vez.
—No lo sé.
Las palabras eran prudentes.
Su rostro no.
El portal se abrió y entraron dos sanitarios con una camilla plegada. Damián bajó para indicarles el acceso. Al pasar, uno de ellos pidió a los vecinos que dejaran libre la escalera y regresaran a sus viviendas.
Nadie obedeció por completo.
Se apartaron hacia las puertas, dejando el centro libre, pero continuaron observando. Nora podía ver las zapatillas de los sanitarios mientras subían y oír el golpe de la camilla contra los escalones. En el cuarto piso, Yago abrió su puerta y preguntó qué ocurría.
Simón respondió desde abajo:
—Es Gael.
Yago no volvió a hablar.
La escalera de servicio discurría detrás del ascensor y comunicaba las plantas mediante tramos más estrechos que la escalera principal.
La utilizaban para subir muebles, acceder a los contadores y llegar a la azotea.
Damián explicó que había subido a recoger una chaqueta impermeable que dejó secando la tarde anterior.
Encontró a Gael tendido en el descanso situado bajo el cuarto piso.
La explicación llegó por fragmentos, repetida a distintos vecinos.
Había visto primero una pierna.
Después el teléfono roto junto a la barandilla.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí.
Nora escuchó sin apartarse de su puerta.
El nombre de Gael ocupaba todavía una parte de su pensamiento con el tamaño de la noche anterior.
67 %.
No creyó que el resultado hubiera predicho nada. Era una pregunta absurda enviada pocas horas antes de que un hombre apareciera muerto. Sin embargo, la coincidencia modificaba el recuerdo. La encuesta ya no parecía una broma de mal gusto. Parecía una advertencia que ninguno había comprendido.
Elvira consiguió que Amparo entrara en su vivienda. Cerró la puerta del primero B y subió hasta el segundo rellano.
Llevaba la misma rebeca clara de la noche anterior. Tenía el cabello sujeto de cualquier manera y las llaves de la comunidad colgaban de una muñeca.
—¿Alguien ha hablado con él desde ayer? —preguntó.
La pregunta se dirigía a todos.
Nora sintió que Teresa la miraba, aunque no tenía motivos para hacerlo.
Simón dijo que Gael le había escrito por la encuesta. Yago admitió haber recibido una llamada que no contestó. Damián negó con la cabeza mientras regresaba junto a los sanitarios.
Nora guardó silencio.
Elvira no insistió. Bajó para esperar a la policía y abrió por completo la puerta del portal. Al pasar junto al primero B, Amparo volvió a salir.
—Yo oí que discutía.
Esta vez nadie consiguió detenerla.
La mujer se sujetó al marco de su puerta. Llevaba una chaqueta de lana sobre el camisón y unas zapatillas cerradas que parecían demasiado grandes.
—¿Con quién? —preguntó Teresa.
Amparo dirigió la vista hacia la escalera.
No había visto a nadie. Recordaba que Elvira había salido un momento a buscar pilas y que, después de volver y dejarle funcionando el mando, se había marchado a su casa.
La discusión llegó poco más tarde: tres golpes, la voz de Gael, otra más baja y, al final, el sonido de muchas llaves juntas. No distinguió las palabras.
—La otra voz era más baja —dijo—. Podría ser una mujer.
Elvira, que había regresado al rellano, se detuvo junto a ella.
—También podía ser un hombre hablando lejos de la escalera.
—He dicho que podía ser una mujer. No que lo fuera.
Amparo parecía molesta por la corrección, aunque había repetido casi la misma cautela.
Nora recordó la voz que había oído. Baja, contenida, difícil de situar. No estaba segura de que perteneciera a una mujer. Tampoco podía afirmar desde qué planta llegaba.
—¿A qué hora? —preguntó Simón.
Amparo encogió los hombros.
Antes de acostarse. Después del programa de cocina. Poco después de que Elvira se marchara. Las referencias no permitían fijar un minuto, pero situaban la discusión cerca de la primera encuesta.
Nora sintió el impulso de mencionar los mensajes.
No lo hizo.
La policía llegó pocos minutos después.
La agente que subió primero se presentó como Salcedo. Tendría algo más de cuarenta años, el cabello recogido y una manera de observar las puertas antes que los rostros. Pidió que nadie abandonara el edificio sin comunicarlo y que evitaran intercambiar versiones de lo ocurrido.
La advertencia llegó tarde.
Los vecinos ya habían compartido un nombre, una discusión, una encuesta y el posible género de una voz.
Salcedo habló primero con Damián. Lo apartó hacia el portal, pero desde la escalera podían oírse algunas respuestas. Había encontrado a Gael a las siete y ocho. Comprobó el pulso sin moverlo. Llamó a emergencias a las siete y doce. No vio a ninguna persona en las plantas superiores.
—¿Por qué subió? —preguntó la agente.
—Tenía una chaqueta en la azotea.
—¿A esa hora?
—Entraba de turno a las ocho.
Damián contestó con rapidez. Después se frotó las manos contra el pantalón, como si todavía tuviera polvo en los dedos.
Los sanitarios bajaron sin utilizar la camilla.
Uno de ellos habló con Salcedo en voz baja. La agente miró hacia arriba y pidió que avisaran al médico forense y al equipo de policía científica. El edificio pareció comprender la respuesta antes de que nadie la pronunciara.
Gael estaba muerto.
Amparo cerró la puerta.
Teresa se sentó en el último escalón del segundo piso. Simón regresó a su vivienda para buscar un cargador y volvió casi de inmediato. Yago permaneció arriba, sin bajar.
Elvira dejó el bolso junto al paragüero del portal. La hebilla dio tres golpes secos contra el metal mientras abría la carpeta.
Elvira empezó a hacer preguntas prácticas.
Quién tenía una copia de la llave de Gael.
Dónde estaba el cuadro eléctrico de la escalera de servicio.
Qué vecinos debían salir a trabajar.
Salcedo la dejó hablar durante unos minutos y después le pidió la documentación de la comunidad y los datos de contacto de todos los propietarios.
Nora observó cómo Elvira ordenaba los nombres.
Su eficiencia resultaba tranquilizadora y, al mismo tiempo, impropia de aquella mañana.
Pero esa era la función que llevaba años cumpliendo: cuando el ascensor se detenía o una tubería se rompía, Elvira encontraba una carpeta y transformaba el problema en una lista de acciones.
La muerte de Gael no cabía en ninguna carpeta.
Aun así, ella empezó por los teléfonos.
Salcedo entrevistó a los vecinos por turnos en el salón comunitario. Cuando llegó su turno, Nora entró un momento en casa por el bolso y las llaves; el teléfono seguía en el bolsillo. Fue la cuarta.
La sala olía a humedad y café antiguo. Habían dejado dos sillas frente a una mesa plegable. Sobre ella descansaban la grabadora, una libreta y el teléfono de la agente.
Salcedo pidió a Nora que explicara dónde estuvo durante la noche.
En casa.
Trabajó hasta tarde, calentó agua y recibió la encuesta.
No salió después de las diez.
Nora respondió sin apresurarse. Había pasado años escuchando declaraciones de asegurados y sabía que un exceso de precisión podía parecer tan preparado como una evasiva. Dio horas aproximadas, mencionó el ordenador y la tetera, y evitó añadir cualquier detalle que no le preguntaran.
—¿Tenía relación con Gael Rivas?
—Éramos vecinos.
—¿Algún conflicto?
Nora sostuvo la mirada de la agente.
—No.
La palabra salió limpia.
Salcedo consultó una hoja.
—Varios residentes han mencionado una votación enviada anoche.
Nora explicó lo que había visto. La pregunta, la lista y el resultado. No ocultó que su pantalla mostraba a Gael. Hacerlo habría sido inútil: la aplicación conservaba el historial.
—¿Votó por él?
—Elegí «No lo sé».
—¿Y después apareció su nombre?
—Sí.
Salcedo anotó algo.
—¿Le escribió?
Nora había preparado la respuesta desde que oyó la ambulancia.
—No hablamos.
La agente no repitió la pregunta. Levantó la vista de la libreta y esperó.
Nora comprendió que había respondido algo distinto.
—¿Le envió algún mensaje? —precisó Salcedo.
—Vi notificaciones en el chat de la comunidad. No sé si escribió directamente.
La mentira necesitó una segunda frase para sostener la primera.
Salcedo dejó el bolígrafo.
—¿Cuándo fue la última vez que habló con él?
—No lo recuerdo. Hace semanas.
—¿En persona?
—Probablemente en el portal.
Nora mantuvo las manos sobre las rodillas. No las entrelazó ni buscó el teléfono. Había aprendido que el cuerpo podía delatar una versión antes que las palabras.
Salcedo preguntó por los golpes.
Nora contó lo que había oído: una voz masculina, otra más baja y una puerta. No supo decir desde qué piso. Tampoco afirmó que una de las voces fuera femenina.
—¿Abrió su puerta?
—Miré por la mirilla.
—¿Vio a alguien?
—No.
Eso era verdad.
La agente continuó con preguntas sobre la comunidad, el trastero y las relaciones de Gael con otros vecinos. Nora respondió de manera general. Sabía que había discutido con varias personas. No conocía sus asuntos privados. No tenía motivos para pensar que alguien quisiera hacerle daño.
Cuando terminó, Salcedo le pidió que mantuviera el teléfono disponible.
—Es posible que necesitemos revisar las comunicaciones de la aplicación.
Nora asintió.
Salió del salón comunitario con la sensación de haber dejado algo allí, aunque llevaba el bolso, las llaves y el teléfono en el bolsillo.
En el portal se cruzó con Elvira.
La presidenta sostenía una carpeta azul y una bandeja con vasos de agua. Le ofreció uno.
—Estás muy pálida.
—No he desayunado.
—Subiré algo cuando terminen.
Nora estuvo a punto de rechazarlo. Después aceptó el vaso.
Elvira la observó durante un instante.
—Gael habló con muchas personas ayer. No pienses que todo lo que ocurra va a tener relación contigo.
Nora levantó la vista.
Podía ser una forma de consuelo. También significaba que Elvira sabía que existía una relación que Nora no había contado.
Antes de que pudiera preguntarlo, Salcedo llamó a la presidenta desde el salón. Elvira dejó la bandeja sobre los buzones y se alejó con las llaves golpeando suavemente contra la carpeta. Nora dejó allí también el vaso antes de subir.
Nora subió hasta el segundo piso.
Teresa tenía la puerta abierta. Al verla, preguntó si la policía había mencionado la encuesta. Nora respondió que sí y continuó hacia su vivienda.
No quería hablar.
Cerró con llave y apoyó la espalda contra la puerta.
El teléfono pesaba dentro del bolsillo.
Lo sacó.
La conversación con Gael mostraba primero los tres mensajes de la noche anterior:
No hagas caso.
No respondas a nadie.
No eres la única a la que están utilizando.
Nora desplazó la pantalla hacia arriba.
Aparecieron mensajes enviados antes de la encuesta.
22:18 — Sube. Tenemos que hablar.
22:20 — Sé que fuiste tú.
22:22 — O subes tú o bajo yo.
La policía podía recuperarlos aunque ella los borrara. Nora lo sabía mejor que la mayoría de las personas. Los mensajes dejaban rastros, copias y registros que no desaparecían al retirar una conversación de la pantalla.
Aun así, mantuvo el dedo sobre el primero.
El teléfono ofreció varias opciones.
Eliminar.
Nora canceló.
Todavía no estaba preparada para destruirlos.
Tampoco para entregarlos.
Cerró la conversación y dejó el aparato boca abajo sobre la mesa.
Había mentido en una cosa más de las que Salcedo sabía preguntar.
Gael no solo le había escrito.
A las diez y veinticinco de la noche, Nora había subido.