La mayoría: En esta comunidad hay un culpable Capítulo 1 — La pregunta
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La mayoría: En esta comunidad hay un culpable

La mayoría: En esta comunidad hay un culpable

Por Angela Arco

© inepub.com

Capítulo 1 — La pregunta

La pregunta

A las once y diecisiete de la noche, el teléfono de Nora vibró sobre la encimera.

Estaba de pie en la cocina, esperando a que hirviera el agua.

Había dejado las luces del salón apagadas y todavía llevaba la ropa del trabajo: pantalón oscuro, camisa blanca y una chaqueta fina que no necesitaba dentro de casa.

Desde que había regresado, empezaba cosas y las abandonaba a medias.

Abrió el ordenador, pero no contestó ningún correo.

Sacó una taza, la volvió a guardar al decidir que prefería un vaso y puso agua a calentar aunque no tenía hambre ni sueño.

La vibración volvió a sonar.

Nora miró el teléfono sin tocarlo.

En la pantalla aparecía el icono azul de ConVive, la aplicación de la comunidad.

Solía enviar avisos sobre ascensores averiados, revisiones de calderas o bolsas de basura abandonadas junto a los contenedores.

Casi todos podían esperar hasta el día siguiente.

Aquella notificación, sin embargo, llevaba una palabra que nunca había visto allí.

VOTACIÓN URGENTE.

El agua empezó a hervir. Nora apagó el fuego y abrió el aviso.

La pantalla quedó ocupada por una pregunta.

¿Qué vecino sería capaz de matar a alguien?

Debajo aparecían los nueve nombres de los residentes del Mirador, ordenados por plantas:

Damián Cruz.

Elvira Montalbán.

Amparo Cid.

Nora Valdés.

Teresa Beltrán.

Simón Arce.

Lidia Mena.

Yago Ferrer.

Gael Rivas.

La última opción era:

NO LO SÉ.

Nora leyó la pregunta de nuevo.

No había introducción, fecha de reunión ni explicación sobre el motivo. Tampoco una referencia al administrador o a la presidencia. Solo la lista de nombres y un contador en la parte superior.

La votación se cerrará a las 23:30.

Quedaban trece minutos.

Pensó que Simón estaba haciendo una prueba.

Había configurado ConVive meses atrás y, desde entonces, utilizaba la comunidad para detectar errores antes de enseñar determinadas funciones a sus clientes.

Elvira se quejaba de aquellas pruebas, aunque casi siempre terminaba permitiéndolas si no afectaban a las cuentas.

La pregunta no parecía una prueba.

Nora tocó la flecha de retroceso. La aplicación no la dejó salir. Un mensaje ocupó la parte inferior de la pantalla.

Para consultar el resultado provisional debe seleccionar una opción.

Aquello la irritó más que la pregunta.

No tenía intención de acusar a nadie, ni siquiera en una votación absurda que probablemente sería anulada a la mañana siguiente.

Sin embargo, quería saber si los demás estaban participando.

Imaginó los teléfonos encendiéndose detrás de las puertas, los vecinos leyendo la misma frase y buscando un nombre que les permitiera cerrar la aplicación.

Pulsó NO LO SÉ.

El resultado apareció de inmediato.

GAEL RIVAS 67 %

Debajo del porcentaje, dentro de una franja azul, podía leerse:

MAYORÍA

Nora dejó el teléfono sobre la encimera.

La imagen permaneció visible. El nombre de Gael ocupaba casi todo el centro de la pantalla, convertido en algo más sólido por la cifra. Un sesenta y siete por ciento no era una sospecha aislada. Era una proporción. Dos de cada tres, pensó de manera automática.

Después recordó que el edificio tenía nueve viviendas. El porcentaje podía corresponder a seis votos si todos habían participado, pero la aplicación no indicaba cuántas personas lo habían hecho.

Lo que no encajaba era la seguridad con que se la presentaba.

Buscó el número de participantes, pero no aparecía en ningún lugar. Tampoco se indicaba cuántas personas habían elegido a Gael ni si el voto de Nora ya estaba incluido. La aplicación solo mostraba el porcentaje y la palabra MAYORÍA, como si ambas cosas fueran suficientes.

El chat comunitario empezó a recibir mensajes.

La primera en escribir fue Lidia Mena, la vecina del tercero B.

¿Esto qué es?

Yago respondió:

Alguno se aburre mucho.

Teresa añadió:

No deberíamos participar.

Nora leyó la frase con una incomodidad pequeña y precisa. Ya había participado, aunque hubiera elegido no saber.

Elvira tardó menos de un minuto en intervenir.

Yo no he creado esta votación. Nadie debería responder hasta que sepamos de dónde procede.

Su mensaje parecía el único razonable. Elvira era la presidenta y administraba los avisos habituales. Si ella no había preparado el formulario, alguien estaba utilizando una cuenta compartida o una función que no debía seguir activa.

Simón escribió:

No es una votación oficial. Estoy comprobando el perfil.

Yago respondió casi al instante:

El resultado habla por sí solo.

Nora volvió a mirar el nombre de Gael.

Hasta ese momento había intentado convencerse de que la pregunta carecía de importancia. La frase de Yago modificó algo. Si él también veía a Gael, significaba que no se trataba de una ocurrencia personal de Nora. Otros vecinos habían pensado lo mismo.

O eso parecía.

Gael vivía en el cuarto B, frente a Yago.

Tenía cuarenta y seis años y una forma de hablar que convertía cualquier conversación en una disputa, incluso cuando estaba de acuerdo.

Había discutido con Simón por las cámaras, con Damián por una ambulancia mal aparcada y con Teresa por el uso de la azotea.

Durante meses había permitido que un trastero comunitario se utilizara como vivienda, aunque no reunía condiciones para ello.

Nora conocía bien aquella última historia.

Demasiado bien.

El teléfono vibró otra vez.

Esta vez no era el chat. Gael le había enviado un mensaje privado.

No hagas caso.

Nora leyó las tres palabras sin abrir la conversación.

La aplicación mostraba una parte del mensaje y el nombre del remitente. Bastaba tocar la notificación para que Gael supiera que lo había leído. Nora mantuvo el dedo lejos de la pantalla.

Llegó una segunda frase.

No respondas a nadie.

El agua de la tetera empezó a enfriarse. Nora abrió un armario, sacó una taza distinta y la dejó junto a la tetera. Necesitaba mover las manos, pero cualquier tarea parecía exigir una decisión que no quería tomar.

El chat continuaba.

Amparo Cid escribió que no entendía cómo votar y que nadie debía llamarla para explicárselo. Damián preguntó si podían desactivar el formulario. Simón respondió que estaba intentando acceder a la cuenta administrativa.

Nora sabía que Amparo llevaba meses molesta con Lidia porque el hijo de esta dejaba a veces el patinete junto a los buzones, demasiado cerca del paso que necesitaba despejado para caminar con el bastón.

Era uno de esos roces pequeños que en el Mirador duraban mucho más que la conversación que los había provocado.

Elvira repitió:

No votéis. Mañana lo aclararemos.

Nora observó la hora de los mensajes.

El aviso había llegado a las once y diecisiete. Apenas habían transcurrido tres minutos y el edificio ya había encontrado un nombre, una cifra y una forma de dividirse entre quienes consideraban la pregunta una broma y quienes fingían que el resultado no significaba nada.

Su teléfono seguía mostrando a Gael con el sesenta y siete por ciento.

Nora cerró la aplicación.

El silencio de la vivienda no regresó. Desde el piso de Teresa llegaba el sonido amortiguado de un mueble desplazándose. En la planta superior, alguien abrió un grifo. El ascensor descendió hasta el portal y volvió a subir vacío o con una persona que no hizo ruido al salir.

El Mirador tenía un bajo y cuatro plantas, con nueve viviendas en total.

El revestimiento claro del portal, las barandillas de metal y los buzones nuevos le daban una apariencia más moderna de la que correspondía a las tuberías y a las humedades.

Desde dentro de cada casa, los sonidos se transmitían de forma irregular.

Una conversación en el primero podía parecer cercana al segundo; una puerta del cuarto resonaba a veces como si se hubiera cerrado en el rellano de Nora.

Por eso no supo localizar los tres golpes.

Llegaron secos, separados por pausas breves.

Nora permaneció junto a la encimera.

Al principio creyó que alguien llamaba a su puerta. Se acercó al recibidor y esperó. La mirilla mostraba un rellano vacío, iluminado por la luz amarillenta del techo.

Los golpes se repitieron.

Esta vez parecían venir de abajo.

Una voz masculina pronunció algo que Nora no entendió. El tono era contenido, aunque no tranquilo. Otra voz respondió. Más baja, quizá femenina, quizá solo más alejada del hueco de la escalera.

Nora apoyó una mano en la puerta.

No abrió.

La discusión continuó durante menos de un minuto. No distinguió palabras completas, solo el ritmo: una frase larga, una respuesta breve, otra frase interrumpida. Después sonó una puerta al cerrarse.

El edificio recuperó sus ruidos ordinarios.

Una tubería.

El motor del ascensor.

El televisor de Amparo, demasiado alto para aquella hora.

Nora regresó a la cocina y abrió el chat. Nadie había mencionado la discusión. Simón seguía pidiendo que no tocaran la aplicación. Teresa había escrito que el formulario debía eliminarse. Yago no volvió a intervenir.

El nombre de Gael había desaparecido de los mensajes.

Seguía en la encuesta.

Nora abrió la conversación privada sin responder.

Gael había enviado una tercera frase.

No eres la única a la que están utilizando.

Debajo aparecía la indicación de que estaba conectado.

Nora escribió una respuesta:

¿Qué significa eso?

La leyó antes de enviarla y borró la última palabra. Después borró el resto.

No quería continuar una conversación que ya no sabía cómo interpretar. Si Gael estaba enfadado por la encuesta, podía estar acusando a cualquiera. Si pretendía advertirla, habría podido explicarse con claridad. Si sabía algo, podía contárselo a Elvira, a Simón o a la policía.

Nora no tenía por qué convertirse en la persona encargada de decidir qué significaban sus mensajes.

Bloqueó el teléfono.

A las once y veintinueve, la aplicación vibró por última vez.

La votación está a punto de cerrarse.

No la abrió.

Esperó junto a la ventana hasta que la hora cambió.

Desde allí se veía una parte de la calle, los balcones del edificio de enfrente y el reflejo de su propia cocina sobre el cristal.

Ninguna ventana del Mirador era visible desde aquel ángulo.

Solo podía imaginar a los demás al otro lado de las paredes, observando sus pantallas y preguntándose quién había elegido a quién.

A las once y treinta, el aviso desapareció.

Nora volvió a ConVive.

El formulario estaba cerrado, pero el resultado continuaba almacenado en su historial.

GAEL RIVAS 67 %

La palabra MAYORÍA permanecía debajo.

No había aumentado ni disminuido.

Nora comprendió que llevaba varios minutos esperando que lo hiciera, aunque no sabía qué cambio habría preferido. Que más vecinos eligieran a Gael habría confirmado que su inquietud era razonable. Que el porcentaje descendiera habría demostrado que la pregunta no importaba.

El resultado inmóvil no le ofrecía ninguna de las dos cosas.

Guardó el teléfono en un cajón. Antes de acostarse, lo sacó y lo dejó cargando sobre la mesilla. Se quitó la chaqueta, cambió la camisa por una camiseta y no se molestó en cambiarse el pantalón.

Después comprobó que la puerta estuviera cerrada con llave.

No porque creyera que Gael fuera capaz de matar a alguien.

Porque, desde que había visto la cifra, ya no estaba segura de por qué había empezado a temerlo.