La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) XXII - LAS SIETE BISAGRAS DE LATÓN
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XXII - LAS SIETE BISAGRAS DE LATÓN

En un espacio de apenas cuatro pies de ancho de pared a pared, y siete de profundidad desde la puerta de la calle hasta el pie de un estrecho tramo de desvencijadas escaleras de madera, se apiñaban unas diez personas: Sofía y la doncella Chou Nu en medio de un grupo de hombres alterados.

Al resplandor azafranado de una lámpara de parafina mal cuidada que humeaba en un aplique de la pared, rostros desesperados, amarillos, morenos y blancos, se consultaban con los globos oculares en blanco y lenguas extrañas clamando.

Sofía oía el entrecortado susurro de las respiraciones pesadas; veía gesticulaciones toscas esculpir las sombras; y sus fosas nasales se revolvían ante los efluvios de cuerpos sucios, ropas impregnadas de humo de opio y de una cocina curiosa, y alientos agrios a alcohol.

Bajo la dirección del príncipe Victor, dos hombres se afanaban en la puerta, colocando recios barrotes en unos encajes de hierro.

Una vez que hubieron terminado, Victor los apartó a codazos de su camino e hizo retroceder la corredera de una estrecha mirilla horizontal, a través de la cual procedió a echar un vistazo.

Su cuerpo alto y delgado se tensó al mirar y, sin darse la vuelta, echó una mano abierta hacia atrás, profiriendo una exigencia en chino.

Alguien le puso un revólver en la palma de la mano.

Apuntando con él, descargó una ráfaga a través de la mirilla.

Se oyeron gritos en respuesta y, en el silencio que siguió al último disparo, el ruido de pies fugitivos que raspaban y tropezaban en los adoquines.

Una bala alcanzó la puerta con un golpe sordo y estuvo a punto de atravesarla, levantando un bulto en la cara interna de sus gruesos paneles de roble; Victor cerró la corredera y se dio la vuelta.

Un silencio servil lo saludó. Habló en chino, dando (por lo que Sofía pudo entender) instrucciones para la defensa de la casa.

Uno por uno, los hombres designados se fueron separando del grupo que la rodeaba.

Tres se escabulleron hacia una habitación contigua al pasillo.

Otros dos subieron las escaleras a toda prisa.

A un sexto, Victor le ordenó que se quedara junto a la puerta atrancada.

Escogió a su chófer y a otro chino para que le atendieran en persona.

La doncella Chou Nu se quedó sola para apañárselas como pudiera, y en todo el tiempo que Sofía pudo verla no apartó ni un dedo de su postura de terror, aplastada contra la pared.

Sin embargo, cuando Sofía volvió la vista hacia allí, la muchacha había desaparecido. Tampoco se la volvió a ver con vida.

Con los brazos fuertemente sujetos, Sofía fue en parte conducida y en parte arrastrada a lo largo del pasillo; Victor empujó al grupo hasta pasar las escaleras y adentrarse en una habitación desnuda en la parte trasera de la casa, donde una solitaria lámpara que ardía sobre una mesa de madera de pino descubría, como único mobiliario, unas sillas rotas, unos rollos de cuerda alquitranada, un estante con pesados remos y bicheros, y un surtido de impermeables deformes y sombreros sou'wester colgados de unas perchas.

Las ventanas estaban tapiadas desde los alféizares hasta los dinteles, y el aire, cargado y húmedo, olía a aguas de marea estancadas y fétidas.

Allí Victor se hizo cargo de Sofía; el chófer sostuvo la lámpara para alumbrar al otro chino en su labor con una trampilla en el suelo, una losa de madera tan maciza que, una vez retirados los cerrojos de hierro, fue necesaria toda la fuerza del hombre para levantarla y echarla hacia atrás sobre sus bisagras; y su caída estruendosa hizo temblar y crujir a todos los maderos.

A través de la abertura cuadrada que quedó al descubierto, Sofía vio una escalera de varios peldaños viscosos bañados por aguas negras y aceitosas, que sorbían y se arremolinaban de forma perezosa alrededor de unos pilotes verdes de algas y fango.

Por aquellos escalones bajó el chino con sumo cuidado, pero a mitad de camino se detuvo con un grito, y luego retrocedió encogiéndose hasta la cabeza de la escalera, con el rostro amarillo emblanquecido y los ojos rasgados lastimeros por el miedo, al tiempo que exhibía el extremo de un recio cabo de amarre cuyo otro extremo estaba sujeto a una argolla en una de las viguetas.

Con una maldición ahogada, Victor arrancó el extremo de la cuerda de la mano temblorosa y lo examinó de cerca. Incluso Sofía pudo ver que había sido limpiamente cortado con un cuchillo.

El rostro de Victor estaba en llamas cuando dejó caer la cuerda. Ante la tempestad de su ira, el chino se doblegó como un junco, emitiendo débiles balidos de protesta y tejiendo débilmente con las manos.

Pero en pleno auge de la diatriba vaciló, y Victor pareció olvidar su enfado o bien recordarse a sí mismo que era pueril en comparación con las cuestiones de vida o muerte a las que ahora se enfrentaba.

Dirigió a Sofía unos ojos de fuego frío en un rostro invernal.

—Así que —pronunció con lentitud—, al parecer vas a salirte con la tuya después de todo, y con mayor rapidez de lo que ninguno de los dos habíamos calculado.

Vas a morir, y yo también, hoy mismo... tú en mis brazos.

Vaya, digo yo que ya es hora, cuando me dejo engañar y superar por espías de la policía como tu perseverante padre y tu amante.

Sí; estoy dispuesto a pagar el precio de mi fatuidad.

.. pero no sin antes haberme cobrado su victoria. .. y a muy alto precio. ¡Ven!

Hizo una seña al chino para que volviera a cerrar y asegurar la trampilla, y agarrando la muñeca de Sofía con dedos crueles, la hizo regresar a toda prisa por el pasillo.

Repetidas ráfagas de fuego de pistola los guiaron hasta la habitación delantera; un estruendo que el eco devolvía en menor volumen desde la calle.

En una atmósfera ya cargada con los acres humos de la pólvora sin humo, dos hombres custodiaban las ventanas, disparando a través de las aspilleras de unas contraventanas de roble reforzadas con hierro.

A sus pies, un tercero en cuclillas recargaba las armas por ellos a medida que la ocasión lo requería.

Mientras Sofía y Victor entraban, un hombre soltó su arma y, dando un gruñido, retrocedió de la ventana para cuidarse una mano destrozada.

Soltando a la muchacha sin mediar palabra, Victor agarró la pistola y ocupó el puesto vacante.

Al instante, al atisbar hacia fuera, disparó una vez, y luego otra.

Como a todas luces falló ambos tiros, se acomodó para aguardar un blanco mejor, con los ojos fijos en la aspillera.

En el transcurso de los pocos minutos siguientes solo cambió de posición una vez, cuando, tras haber disparado varios tiros más, le arrojó el arma vacía al hombre del suelo y recibió a cambio una cargada.

Al verle tan atareado y por completo olvidadizo, Sofía empezó a retroceder hacia el pasillo, paso a paso, con cautela y manteniendo la atención fija en Victor en todo momento. Pero él parecía hallarse por entero absorto en su puntería y no le prestó la menor atención.

No obstante, cuando por fin ella encontró el valor para darse la vuelta y salir disparada por la puerta, Victor lanzó tres secas palabras al tipo que estaba a sus pies, quien gruñó, se puso en pie y se deslizó fuera de la habitación en su persecución.

El guardia de la puerta de la calle no estaba tan ocupado como Sofía había esperado encontrarlo; no estaba demasiado interesado en el progreso de las operaciones de asedio en el exterior como para no reparar en su aproximación y volverse desde su mirilla con una amenazadora mueca de bienvenida; y su inconfundible actitud de alerta, mientras daba un solo paso hacia ella, pistola en mano, obligó a la joven a retroceder hasta el pie de las escaleras.

Entonces el otro se abalanzó tras ella, y Sofía se dio la vuelta presa del pánico y subió los escalones a trompicones.

Arriba había otros, dos que ella supiera con certeza, posiblemente muchos más de las criaturas de Victor; pero si tan solo lograra encontrar algún tipo de refugio en los más altos reductos de aquel nido de delincuentes, tal vez. ..

Semejante a una voluta de humo arrastrada por el viento, subió como una exhalación el primer tramo, y luego el segundo, y solo se detuvo en la cabecera del tercer y último tramo de escaleras para lanzar unas miradas acosadas a derecha, a izquierda y a su espalda.

Un tragaluz con cristales deslucidos difundía por encima de ella un tenue resplandor azulado, que dejaba al descubierto una puerta que bostezaba a la altura de su codo y un reducto de negro misterio más allá; y, en los peldaños superiores de la escalera, a su paciente sombra amarilla, cuyos ojos, vueltos hacia arriba, resultaban inescrutables pero potencialmente repugnantes por el mero hecho de ocultar la intención que se escondía tras ellos.

Era imposible que le aguardara nada peor más allá de aquel oscuro umbral...

Lo franqueó de una sola zancada, cerró la puerta y apoyó los hombros en ella.

En el exterior oyó que el arrastrar de pies se detenía.

El pomo de la puerta traqueteó. Pero en lugar del empujón hacia dentro contra el que ella se había apostado, se produjo el más leve de los tirones hacia fuera, como para asegurarse de que el pestillo había enganchado; y tras una breve pausa una llave chirrió en la cerradura, fue retirada, y los pies calzados con zapatillas se retiraron a su vez.

Cuando sus pulmones dejaron de resoplar con dolor, se armó de valor y empezó a explorar, avanzando a tientas en la oscuridad sin tropezar con nada hasta que fue a dar con una mesa que sostenía una lámpara de cristal para aceite de parafina, semejante a las que se usaban abajo.

Tanteando a ciegas sobre el tablero de la mesa, encontró unas cerillas, encendió una y acercó su fuego a la mecha.