XXI - A RIENDA SUELTA #2
Aun así, ni siquiera la juventud podía destilar mucha esperanza de aquello.
El ritmo al que el automóvil de Victor tronaba a través de la campiña envuelta en la noche era demasiado aterrador; parecía inútil soñar que otro pudiera darle alcance, por mucha habilidad y temeridad maniática con que se condujera.
Y Sofía regresó a los pensamientos a los que las insinuaciones de Victor habían dado forma y color definidos, si bien con un efecto muy alejado de sus intenciones.
Amenazado, el espíritu de la joven respondió tal y como suele responder la carne joven y sana ante un chapuzón frío.
Se había olvidado de temblar y, aunque seguía con todos y cada uno de los músculos en tensión, era capaz de permanecer inmóvil, mirar fijamente a la cara del peligro y calcular sus probabilidades de burlarlo.
Al cabo de un rato, con un tono tan sereno que le granjeó una admiración a regañadientes, preguntó:
—¿Adónde me llevas?
—¿De verdad te importa?
—Lo bastante para preguntarlo.
—Pero ¿por qué habría de decírtelo?
—Por ningún motivo. Supongo que no importa en realidad; ya lo sabré bastante pronto.
—En ese caso no me importa iluminarte. Nos dirigimos al continente a través de Limehouse. Nos aguarda una lancha en Limehouse Reach, y un yate frente a Gravesend. ¡Oh, no he olvidado nada! Al amanecer ya estaremos en alta mar.
—¿Nosotros?
—Tú y yo.
—Te engañas a ti mismo, príncipe Victor. Yo no te acompañaré.
—¡Qué divertido! ¿Y es un secreto cómo piensas enfrentarte a mi voluntad?
Sofía guardó silencio un instante; y después dijo en voz baja:
—Puedo suicidarme.
—¡Por supuesto que sí! Y cuando me canse de ti, tal vez te complazca en tus inclinaciones morbosas... si es que aún las conservas.
—Eres un idiota —replicó Sofía sin ambages— si te crees que voy a subir viva a bordo de ese yate.
—¡ Brava ! —se rió Victor y aplaudió—. ¡ Brava ! ¡ brava !
Se incorporó para asomarse de nuevo por la ventanilla trasera, tragó aire aún más fuerte que antes y, agarrando el tubo acústico, pronunció unas palabras apremiantes en chino.
La cabeza del chófer, recortada con nitidez contra el resplandor de los faros, se inclinó hacia el tubo y asintió deprisa.
Y ante el profundo rugido de un escape sin silenciador, el pesado vehículo dio un salto, cual animal fogoso fustigado por el látigo y las espuelas, y adoptó un ritmo para el cual todo lo anterior había sido como un galope de calentamiento para la angustiosa carrera de la recta final.
A los lados del camino empezaron a asomar luces.
Muy espaciadas al principio, no tardaron en pasar como una exhalación en filas ininterrumpidas ante las ventanillas empañadas por las lágrimas de la lluvia.
Atravesaban los suburbios de Londres; pero ni las ráfagas de lluvia que cegaban la vista, ni la posibilidad de encontrarse con algún vehículo rezagado, hicieron que aflojaran la marcha.
Solo cuando había que tomar una curva el automóvil frenaba, y nunca hasta un punto razonable; y, una vez superada la curva, su vuelo volvía a volverse frenético, demencial, suicida.
La hilera de faroles trenzaba una cinta luminosa y ondulante sin fin; una brisa cargada con la húmeda fragancia de Londres lanzaba grandes ráfagas de lluvia en forma de aguaceros en cadena a través de la ventanilla rota.
Las curvas y los giros se hacían más frecuentes, favoreciendo por lo visto a la persecución.
Ahora Victor se arrodillaba todo el tiempo en el asiento trasero; su rostro en el caprichoso juego de luces y sombras se asemejaba de forma sobrecogedora al de un felino acorralado en la jungla.
En el acero pulido de su pistola parpadeaban y se desvanecían destellos siniestros.
De sus labios contraídos brotaban juramentos soeces, un flujo constante de negras blasfemias escupidas desde los más oscuros antros de Oriente.
.. por suerte, la mayoría formuladas en las lenguas de su origen y, por tanto, ininteligibles para su única oyente.
Aun así, ella oyó y comprendió lo suficiente. .. demasiado.
A pesar de todo, el hombre no estaba tan absorto en vigilar los avatares de la carrera como para desatender a la joven.
Y cuando en una ocasión ella se incorporó para aliviar el entumecimiento de sus miembros, él malinterpretó sus intenciones y, agarrándola del brazo con saña, la arrojó de nuevo contra su rincón y le aconsejó que no se hiciera la bobita temeraria.
Después de aquello, Sofía se cuidó mucho de moverse lo menos posible, y aguardó su momento con bastante tranquilidad, pero sin bajar la guardia ni por un instante, ni perder el ánimo.
Las casas que se agolpaban bordeando su ruta presentaban un perfil dentado y negro contra un cielo cuya penumbra púrpura albergaba el primer y sombrío presagio del amanecer.
Con la salvaje carrera de un gato callejero al acecho, el automóvil cruzó una ancha plaza pública y ascendió por la pendiente de acceso a un puente. El olor del Támesis era inconfundible; los lejanos faroles del Embankment eran perlas resplandecientes sobre terciopelo violeta.
Al abandonar el puente, la limusina tomó una curva sobre dos ruedas, y de inmediato ocurrió algo; al parecer, hubo un intento de detenerlos.
Unas voces chillonas les dieron el alto, lo que no sirvió más que para provocar un mayor bramido del tubo de escape y una aceleración instantánea de la velocidad.
A continuación, golpearon algo y lo apartaron de un empujón como un toro podría lanzar a un perro por los aires.
.. una forma oscura que daba vueltas y caía de forma atroz; y unos gritos de agonía hicieron que la joven se encogiera, asqueada por el horror, y se tapara los oídos con las manos.
Antes de que lograra olvidar aquellas náuseas, muchos minutos más de conducción frenética habían dejado a sus espaldas muchas millas de calles silenciosas.
De repente, oyó un grito inhumano y, al levantar la vista, vio cómo Victor estrellaba la culata de su pistola contra el cristal y luego, invirtiendo el arma, descargaba por la abertura un tiroteo cuyo efecto presumiblemente resultó gratificante, porque se rió para sus adentros cuando la pistola se vació, con una risa breve pero llena de regocijo sádico.
Aquella risa derribó la última barrera de dudas y temores, y dio por fin valor a Sofía para poner a prueba la desesperada esperanza que había abrigado desde que Victor le había permitido entrever un poco sus intenciones sobre el destino de ella.
Hasta que lograra recargar el arma, solo la tradición de los sexos le otorgaba una superioridad teórica; mientras que, en realidad, él era un hombre entrado en años y cuya virilidad se hallaba mermada por su larga entrega a apetitos desenfrenados; al tiempo que Sofía era una mujer en la plenitud de sus primeras fuerzas maduras.
Haciendo acopio de fuerzas, avanzó un poco y se preparó para saltar sobre él, derribarle, dominarle... y por algún medio o de cualquier manera dejarle fuera de combate el tiempo suficiente para que ella pudiera abrir una puerta y lanzarse a la calle...
Con un chirrido de frenos, el coche tomó una curva cerrada y se deslizó con las ruedas bloqueadas hasta detenerse en seco, de forma tan inesperada que fue Sofía quien cayó dando tumbos al suelo, mientras que Victor, solo por un pequeño milagro, se libró de salir catapultado por las ventanillas delanteras.
Al instante siguiente, mientras Sofía forcejeaba para ponerse de rodillas, la puerta a sus espaldas se abrió de un tirón desde fuera y, a una señal de Victor, unas manos rudas agarraron a la joven y la sacaron a rastras en volandas.
En un arrebato de desesperación, perdió el sentido por un momento y luchó como una loca, chillando, mordiendo, dando patadas, arañando, rasguñando...
Al recobrar la lucidez se encontró jadeante y despeinada, con los brazos inmovilizados a los costados, forcejeando a pesar de todo, siendo empujada por media docena de hombres a través de una estrecha acera de losas desiguales.
De forma simultánea, el obturador de las percepciones chasqueó, fotografiando de forma permanente en la película supersensibilizada de la memoria consciente la perspectiva entrevista de una calle lúgubre y mezquina, cuyas feas y repulsivas formas sonreían a través de la premonitoria penumbra como los rasgos de alguna monstruosa máscara del mal.
A continuación, tropezó en un bajo escalón de piedra, trastabilló, y fue llevada, medio a rastras, medio a empujones, a un pasillo estrecho y maloliente.
Entre ella y la dulce libertad del aire lavado por la lluvia, una puerta se cerró con estruendo, como el crujido del Juicio Final.