La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) XXII - LAS SIETE BISAGRAS DE LATÓN #2
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XXII - LAS SIETE BISAGRAS DE LATÓN #2

La llama creció y se estabilizó en un tubo de cristal recubierto de hollín, revelando una habitación con el techo inclinado y dos ventanas abuhardilladas, ambas tapiadas; en un rincón, un catre de tijera con mantas revueltas, y cerca de este, un bajo soporte de madera con una pipa, un hornillo de alcohol y demás parafernalia propia de un fumador de opio.

.. no había sillas, ni un solo mueble de ningún otro tipo.

Tras retirar la lámpara, la joven la dejó en el suelo, y empujó la mesa hasta arrimarla contra la puerta. Por no más de medio minuto su refuerzo lograría retrasar a Victor cuando este decidiera entrar. Pero en tales emergencias el género humano no se impacienta ante los recursos más inútiles.

No había nada más que pudiera hacer. Se quedó inmóvil, escuchando.

El traqueteo del fuego de las pistolas tres pisos más abajo continuaba a trompicones, pero su sonido resultaba extrañamente irreal; se asemejaba más a las tartamudas explosiones de una traca de petardos que a los chasquidos del látigo de la Muerte.

Probó una de las ventanas, sin éxito, pero en la otra encontró una tabla con un extremo suelto, que apartó haciendo palanca, hasta que a través de los cristales mugrientos pudo ver un cielo fantasmal y lloroso que presagiaba el amanecer; estirando el cuello, pudo atisbar hacia abajo, hacia la oscura hondonada de la calle.

Al principio la creyó vacía; pero pronto su visión forzada distinguió dos formas encogidas en la acera de enfrente, arrimadas a los muros de una taberna cuyo rótulo apenas lograba descifrar: el Red Moon .

Entonces, cuando estaba a punto de apartarse de la ventana, vio salir del Red Moon por una de las puertas de sus bares a cinco hombres —unas figuras curiosamente acortadas desde aquel elevado punto de observación—, los cuales transportaban entre todos una pesada viga de madera y que, con aquel ariete improvisado apuntando hacia la puerta de la casa asediada, arremetieron de manera torpe a través de los adoquines.

La casa escupió fuego desde la puerta y las ventanas; una ráfaga devastadora.

En mitad de la calle, la viga fue abandonada, y tres de sus temerarios portadores pusieron pies en polvorosa, trazando cada cual su propio rumbo; mientras que otro yacía inmóvil sobre los mojados y negros adoquines, y otro, por lo visto herido en las piernas, intentaba arrastrarse con los brazos de forma lastimosa y palmo a palmo para salir de la zona de fuego.

Pero al poco rato sus esfuerzos se debilitaron; y entonces él también se quedó inmóvil, postrado bajo la lluvia torrencial.

La joven retrocedió asustada de la ventana, ocultándose los ojos como para borrar aquella imagen de su mente.

La luz, o más bien la ausencia de ella en el verdadero sentido de la palabra, el ángulo de visión y la distancia, todo se había aliado para impedirle cerciorarse de que ni su padre ni Karslake se encontraran entre aquellos cuatro cuyos cuerpos destrozados abarrotaban la calle.

Pero el miedo y la incertidumbre le resultaban enloquecedores. ..

Se volvió de pronto hacia la puerta: las viejas escaleras crujían bajo unas pisadas acompasadas.

Hizo ademán de añadir su peso al de la mesa, pero se detuvo y retrocedió de inmediato, comprendiendo la insensatez de sacrificar sus fuerzas, y la sabiduría de reservarlas para que le sirvieran cuando por fin. ..

El crujido cesó, las guardas de la cerradura rechinaron, el pomo giró y la puerta se abrió de un empujón... la mesa no opuso apenas obstáculo. Desde el umbral, Victor observó a la joven con una mueca nerviosa.

—La hora se acerca —anunció, en una parodia de formalidad—. Les hemos rechazado en la calle, pero han dado con el túnel desde el sótano del Red Moon , y nos atacan también desde el río. Así que, querida mía, es el final para nosotros...

En silencio, con los hombros apoyados en la pared más alejada de la puerta, Sofía le observó sin pestañear. La lámpara que tenía a los pies pintaba el cuerpo joven e intensamente tenso, y el rostro exangüe, con unas sombras pintorescas y teatrales.

La mirada de Victor recorrió la lúgubre habitación.

—Creo que me comprendes —dijo.

Ella bien podría haber sido un maniquí de cera sacado del Madame Tussaud.

Un blanco destello de locura transfiguró el semblante de Victor. Dio un paso hacia Sofía.

En unos movimientos tan coordinados de forma tan precisa que parecieron ser uno solo y casi instantáneo, la joven se agachó, agarró la lámpara y la lanzó con todas sus fuerzas.

Victor agachó la cabeza. La lámpara siguió su curso, describió una curva descendente a través de la puerta abierta hacia el hueco de la escalera, chocó y explotó.

Atrapada por el maníaco, Sofía fue consciente del espeluznante resplandor, que iba cobrando fuerza por momentos, que llenaba el rectángulo del marco de la puerta.

A través de esta última, mientras unas manos de hierro se cerraban sobre su garganta y la consciencia se iba oscureciendo con las sombras que se cernían sobre ella, pasó la silueta de un hombre, y luego otra...

El agarre en su garganta se aflojó, y las manos la dejaron libre. Se tambaleó, pero alguien la cogió en volandas y la sacó de allí con rapidez, dejando en el suelo a dos hombres que peleaban como bestias, enzarzados el uno en los brazos del otro, rodando y retorciéndose, alzándose y cayendo...

El abrasador calor de las llamas le escoció la mejilla, pero ella lo olvidó cuando su luz intermitente hizo visibles los rasgos de Karslake por encima de los brazos en los que yacía acunada.

Apartándose de la escalera, Karslake la llevó hasta la escalerilla que conducía al tragaluz, cuyos cristales rotos crujían bajo sus talones a cada paso.

Al aire libre se detuvo para descansar un momento, pero siguió sosteniendo a Sofía entre sus brazos. El viento rugía a su alrededor, los zarandeaba, les arrebataba el aliento; la lluvia los acribillaba como perdigones; pero ellos se aferraban el uno al otro y no sentían motivo alguno de queja.

Poco después, sin embargo, Karslake se acordó de algo, e intentó con ansiedad zafarse de aquellos brazos tenaces.

—Déjame ir, cariño —murmuró—. Tengo que volver... he dejado a tu padre para que se encargue de Victor, y...

Como si su misma preocupación le hubiera evocado, Lanyard emergió de la escotilla del tragaluz, agitó una mano en un alegre saludo, y luego se volvió para contemplar el foso llameante del que acababa de salir.

Al cabo de un momento, retrocedió un paso. Entonces, con lentitud, con los penosos movimientos propios del agotamiento, Victor asomó la cabeza y los hombros por la abertura y se arrastró hasta salir al tejado.

A cuatro patas permaneció dudando, moviendo la cabeza de un lado a otro como la cabeza de una fiera malherida, en busca de su enemigo con ojos deslumbrados. Entonces divisó a Lanyard y, recomponiéndose para un esfuerzo supremo, se abalanzó hacia su garganta con el salto de un gran felino.

Lanyard salió a su encuentro a medio camino, lo atrapó en pleno salto, rodeó al hombre con sus musculosos brazos y lo inmovilizó.

Su voz sonó clara por encima del crepitar de las llamas:

—¡Victor! ¿Has olvidado cómo amenazaste una noche, hace veinte años, con perseguirme hasta las mismísimas puertas del Infierno, y lo que yo te prometí... que, si lo hacías, te empujaría hacia dentro? ¿O acaso creíste que yo lo olvidaría?

Arrojó al hombre lejos de sí, hacia atrás, haciéndolo caer en las fauces hambrientas de aquel infierno...