La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) XX -  RENDIR CUENTAS AL DIABLO
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XX -  RENDIR CUENTAS AL DIABLO

Cuando todo hubo terminado, cuando el camino de grava dejó de crujir bajo las ruedas que se llevaban al hombre llamado Nogam para que respondiera de sus fechorías, cuando la casa se hubo apaciguado y el más infatigable mercader de sensaciones se hubo cansado de cantar las alabanzas de la princesa Sofía y, tras apurar un último whisky con soda, hubo regresado a la cama arrastrando los pies medio dormido, las luces seguían brillando con intensidad en solo dos lugares de Frampton Court: en los dormitorios ocupados, respectivamente, por el príncipe Victor Vassilyevski y su supuesta hija.

A solas, el príncipe Victor permanecía sentado ante el escritorio donde, cuatro horas antes, había trazado aquellos caracteres que deberían haber precipitado a Nogam a una tumba prematura.

El que hubieran fracasado en su misión era algo que mortificaba a Victor Vassilyevski, a su mente y a sus nervios, hasta un punto de exasperación casi inaguantable.

¿Qué había sido de aquella sentencia de muerte? ¿Y de la otra, el telegrama que, remitido por mano de Nogam a Sturm, debería haber puesto en marcha hacía tiempo la maquinaria organizada de asesinato y demolición?

¿Acaso Nogam, como había insistido con mansedumbre al ser interrogado tras su sometimiento, había entregado verdaderamente los dos mensajes tal y como se le había ordenado y, escapando de forma milagrosa al destino decretado, había regresado a Frampton Court en el tren de las doce y tres, ateniéndose igualmente a las instrucciones de forma estricta?

Nogam no se había molestado en ampliar esta declaración, y Victor se había mostrado cauto a la hora de someterle a un interrogatorio demasiado minucioso, por miedo a que salieran a la luz demasiadas cosas a oídos de los demás.

Una vez reducido, Nogam se había tomado su mala suerte con filosofía; pero los ojos de su rostro estoico habían albergado un destello que a Victor no le había gustado en absoluto, una luz que parecía sospechosamente maliciosa, una sugerencia de humor brioso, cuando menos deplorable en un ladrón de poca monta confeso y pillado in fraganti , deplorable y perturbadora; a los ojos de Victor, una mirada que resultaba indicativa de forma constructiva de un conocimiento mayor del que Nogam tenía derecho a poseer.

Se mirase como se mirase, era algo en lo que pensar. ..

A Victor le pareció aún más inquietante el hecho de que nadie más hubiera parecido reparar en aquella anómala luz en los ojos de Nogam; lo que por supuesto podía significar tan solo que Victor se había puesto en tal estado de nerviosismo que estaba viendo visiones, pero igualmente que la mirada estaba reservada para Victor en exclusiva, albergando para él, de forma intencionada o no, un mensaje, si hubiera tenido la agudeza de leerlo, de una importancia peculiarmente personal.

Podría haber implicado, por ejemplo, que la desconfianza a medias y vacilante que Victor sentía por Nogam había estado demasiado bien justificada desde el principio.

En cuyo caso, el daño ya estaba hecho y con creces, y la probable duración de la vida de Victor dependía por entero de la velocidad con la que pudiera abandonar Frampton Court y lanzar su automóvil a través de la noche hacia los tramos inferiores del Támesis.

Dado que contemplar el peor escenario bajo su luz más negra formaba parte del sagrado deber de conservación de uno mismo, Victor permanecía sentado y vestido por completo, con todos los demás preparativos hechos para emprender la huida a la primera señal de aviso, aguardando únicamente para cerciorarse; y con qué grado de impaciencia aguardaba, quedaba patente en los espasmos de sus facciones color masilla, en el respingo y la mirada huidiza de sus ojos rasgados, en el incesante abrir y cerrar de sus tensos dedos.

Todo dependía del teléfono que descansaba, burlonamente mudo, junto al codo del hombre, insensible tanto a su ansiedad como a la mirada rencorosa que le dirigía.

Su llamada a la casa cerca de Queen Anne's Gate llevaba en espera más de cuarenta minutos; en ese intervalo le había suplicado no menos de tres veces su urgencia a la operadora de la línea interurbana.

Y aun así el timbre ahogado debajo del escritorio permanecía callado.

Y lo peor de todo era que, por muy fatal que pudiera resultar la demora, no se atrevía a mover un dedo para salvarse hasta saber...

En el tenso tormento de aquellos prolongados minutos, un sonido de un rasguño cauteloso bastó para que Victor se pusiera en pie de un solo respingo de sobresalto.

Se quedó un momento inmóvil, presa de un tic, pero con la mirada fija en la puerta del pasillo; luego se serenó con regular éxito, se acercó a la puerta y la abrió. La doncella Chou Nu se deslizó hacia el interior, hizo una tímida reverencia, y aguardó su permiso para hablar.

—¿Y bien? ¿Qué ocurre?

—Excelencia: la princesa Sofía se niega a dejarme permanecer en la habitación con ella.

—¿Por qué? ¿No lo sabes?

—Creo que tiene intención de huir. No quería volver a la cama, y se paseaba de un lado a otro, hasta que me atreví a instarla a que descansara; entonces se volvió hacia mí hecha una furia y me ordenó que me marchara. Entonces he venido a verle.

Victor se lo pensó y concluyó con un hosco asentimiento.

—Has obrado bien. Regresa, mantente vigilante, avísame si se marcha...

—La puerta está cerrada con llave, Excelencia: no me dejará entrar.

—Espía por el ojo de la cerradura, entonces; u ocúltate en una de las habitaciones vacías al otro lado del pasillo, y vigila...

Un murmullo apagado procedente del escritorio secó las palabras en los labios de Victor. Se dirigió a toda prisa hacia la fuente del sonido, dio media vuelta y despachó a la doncella con un brusco gesto de la mano y un monosílabo: «¡Vete!»... para luego abalanzarse sobre el teléfono.

Pero lo único que oyó en el transcurso de los cinco minutos siguientes fue la voz de la operadora de la línea interurbana, primero para informarle de que estaba a punto de pasarle con Westminster y, después, puntuando de forma enloquecedora el zumbido y el gemido del cable vacío con su llamada de muñeca parlante: «¿Dígame? ... ¿Dígame?... ¿Dígame?».

Al fin, sin embargo, se estableció la comunicación; y Victor, al oír que el falsete del tío segundo de Chou Nu respondía con alegría a la pregunta de la operadora, interrumpió sin ceremonias:

—¿Shaik Tsin? Soy yo, el Número Uno. Y he pasado un calvario para conseguir la comunicación. ¿Por qué no has contestado antes? ¿Qué pasa? ¿Ha salido algo mal?

—Todo está bien, Excelencia, tan bien como pudiera desear, sabiendo lo que sabe.

Un profundo alivio encontró voz en un suspiro desde el corazón de Victor.

—¿Entonces recibiste mis mensajes? ¿Nogam los entregó?

—Por lo que tengo entendido. Yo mismo no lo vi, Excelencia. El hombre llamado Sturm...

Tras ese nombre la voz se apagó en lo que a Victor se le antojó un grito ahogado que podía haber sido tanto de miedo como de dolor.

—¡Oye! —le apremió—. ¿Estás ahí, Shaik Tsin? ¡Digo! ¿Estás ahí? ¿Por qué no contestas?

Hizo una pausa: no se oyó ningún sonido durante unos segundos que se hicieron eternos como otros tantos minutos; y luego, de pronto, un ruido sordo, como el portazo de una puerta oído a lo lejos... o el disparo de una pistola a cierta distancia del teléfono en el estudio.

Las ulteriores y desesperadas súplicas a la línea, fría y falta de respuesta, pronto fueron silenciadas por una voz nueva, muy distinta a la de Shaik Tsin.

—¿Hola? ¿Quién está ahí? Digo: ¿es usted, príncipe Victor?

De forma involuntaria, Victor exclamó: «¡Karslake!».

—¡Qué suerte más fabulosa! Llevo toda la noche queriendo cruzar unas palabras con usted.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué Shaik Tsin...?

—Oh, lo de él ha sido una lástima... lo siento horrores, pero es que no se podía evitar; si no se hubiera resistido, no habríamos tenido que pegarle un tiro.

Verá, el viejo diablo ha asesinado a Sturm esta noche, por algún motivo que me atrevería a decir que usted comprende mejor que yo: encontramos un papel en el mendigo, escrito en chino; al parecer, una orden para su asesinato firmada por usted. Espere un momento: se la leo...

Pero si Karslake tradujo el mensaje de Victor, tal como había sido editado por la mano de Nogam, fue a una línea tan sorda como muda.