XIX - EL DESENMASCARAMIENTO
Durante un instante más la muchacha permaneció pasiva, presa de un asombro incomprensible; luego, de forma abrupta, se esforzó por zafarse del abrazo que la sostenía, pero descubrió que su esfuerzo era en vano por falta de oposición, de modo que su propia violencia la hizo retroceder tambaleándose media docena de pasos, hasta ir a parar contra el escritorio; mientras que Lanyard, sin hacer más movimiento que el de dejar caer sus brazos rechazados, permaneció donde ella le había dejado, y correspondió a su indignada mirada con una sonrisa entrecortada de complicidad, una sonrisa a la vez tierna, tolerante y comprensiva, con un ligero deje de arrepentido humor por añadidura.
—¡Mi padre! —repitió Sofía en un suspiro de desdén—... ¡tú!
Él se encogió ligeramente de hombros.
—Tal, por lo visto, es tu triste fortuna.
—¡Un criado!
—¿Y no el orgulloso príncipe que te habían prometido?
Hay que admitir que es toda una decepción.
—Lanyard soltó una carcajada sorda y se acercó más—.
Lo siento, quiero decir que podría sentirlo (también por mi propia cuenta) si Nogam fuera menos fraude que ese pretencioso saltimbanqui del príncipe Victor.
.. o, para el caso, si fueras tan pobre de espíritu como parecerías por tu propia valoración, ¡si no fueras en el fondo la hija de tu madre, y la mía, mi hija fruto de una mujer a la que amé mucho, y que hace mucho tiempo me amó a mí!
Hizo una pausa intencionada para dejar que ella captara todo el sentido de sus palabras, y luego prosiguió:
—Puede que te ayude a situarte saber que soy en verdad el Michael Lanyard a quien los señores Secretan Karslake no tuvo oportunidad de consultarme antes de ir a buscarte.
Además, si hubiera dudado en cumplir las órdenes de Victor justo en aquel momento, no solo habría echado por tierra todos nuestros preparativos para conseguir pruebas suficientes para condenar al hombre, o al menos para echarle de Inglaterra. ..
—¿El príncipe Victor? ¿Qué estaba haciendo para que tuvieras que...?
—Involucrarse en toda suerte de infamias, desde financiar a un perista de ladrones hasta organizar una asociación de criminales comunes para que le trajeran negocios; desde mantener un cuerpo de agitadores para fomentar el descontento social hasta auspiciar este último y más imbécil de todos los planes, que esta noche quedará en nada: ¡un intento de derrocar el Imperio Británico y establecer en su lugar una Inglaterra Soviética, con Victor Vassilyevski en el doble papel de Trotsky y Lenin!
La muchacha hizo un gesto de desconcierto e incredulidad.
—¿Qué me estás contando? ¿Estás loco?
—No... pero Victor sí, loco de ansia de poder, loco con delirios de engrandecimiento personal. ¿No me crees? Pues escúchame y comprende hasta qué demoníacos extremos estaba dispuesto a llegar para halagar sus demenciales ambiciones:
»Sturm ha inventado un nuevo gas venenoso, inodoro, incoloro, el más mortífero que se conoce, y fácil de fabricar en grandes cantidades añadiendo ingredientes sencillos al gas de alumbrado común.
Como el fanático bolchevique que era, Sturm ofreció su fórmula a Victor, para que la empleara con el fin de despejar el camino a la revolución social; y Victor aceptó la oferta a la primera.
.. ha gastado inmensas sumas de dinero preparándose para utilizarlo.
Su dinero pagó la reciente huelga en la fábrica de Westminster de la Gas Light and Coke Company , mediante la cual Victor pudo infiltrar a un buen número de sus criaturas en su servicio.
Su dinero ha corrompido a criados empleados en Downing Street, en las Cámaras del Parlamento, en las casas de la nobleza e incluso en el propio Palacio de Buckingham; hombres dispuestos a abrir en secreto las llaves de gas en rincones apartados a una señal dada y a inundar los edificios con el mismísimo aliento de la propia Muerte.
Y esa señal debía haberse dado esta misma noche. Pues bien, no será así.
»Pero ¿podría haber un plan más grotescamente diabólico?
¿Acaso pides más pruebas de la locura de ese hombre?
¿Acaso necesitas más excusas por haberte permitido ser engañada por Victor durante unas semanas, antes que echar por tierra nuestros planes de frustrar los suyos, cuando en todo momento Karslake y yo estábamos cerca de ti, velando por ti, aprendiendo a amarte —él a su manera, yo como tu padre— y ambos dispuestos en todo momento a morir por protegerte, si la cosa hubiera llegado a esos extremos?
Lanyard se había acercado tanto que solo unos centímetros los separaban, y tenía la voz tan controlada que, a tres pasos de distancia, como mucho se habría oído un murmullo vago e inarticulado; pero a los oídos de Sofía sus palabras resonaron con apasionada sinceridad, persuadiéndola en contra de la razón que habría rechazado su acusación contra Victor por ser demasiado fantástica, demasiado imaginativa y demasiado irremediablemente exagerada como para darle crédito.
Ella le creyó, sabiendo en su fuero interno que él creía sus propias afirmaciones hasta la última palabra; y sabiendo además, que sin duda era lo que afirmaba ser: su padre.
Inescrutables son los procesos de los corazones humanos: al igual que desde el primer momento Sofía había reconocido de forma instintiva, aunque inconsciente, la falsedad intrínseca de las pretensiones de Victor, así percibía ahora la honestidad integral que inspiraba cada palabra y cada matiz de expresión de Lanyard, y lo aceptó sin más indagaciones.
A su insistente «¿He logrado hacerme entender?», ella devolvió un pálido fantasma de sonrisa, lastimoso de súplica, mientras una de sus manos encontraba el camino hacia la de él.
—Creo que sí —respondió en una titubeante disculpa—... al menos, te creo. Pero ten un poco de paciencia conmigo. Es todo tan nuevo y tan extraño, lo que me cuentas, que al principio cuesta asimilarlo; hay tantas cosas que debo aceptar por pura fe, tantas que no comprendo...
—Lo sé. —Lanyard le apretó la mano con suavidad.
—Pero intenta tener fe; te prometo que se verá justamente recompensada. Solo un poco más, una hora o dos a lo sumo, y Karslake estará aquí para demostrar la verdad de todo lo que he afirmado. Al menos, a él sí le creerás.
—Por supuesto —dijo la joven con sencillez—. Lo amo. ¿Tú lo sabías?
—Lo adiviné, y me alegro, me alegro por los dos.
—Pero, ¿él está a salvo? —preguntó Sofía en un repentino acceso de alarma tan intenso que su voz se elevó por encima del tono de la discreción.
—Tranquila. Sí, está a salvo.
—¿Sabes eso a ciencia cierta? ¿Cómo lo sabes...?
—Lo he visto esta misma noche, he hablado con él... no hace ni dos horas.
—¿Has estado en Londres? —le interrogó ella—, ¿esta noche?
—¡Y tanto! Me envió Victor. —Lanyard se rió por lo bajo—.
Tú no lo sabías, por supuesto, pero... bueno, le di motivos para sospechar de mí, así que me envió para que me asesinara Shaik Tsin.
Como resultó al final, sin embargo, Herr Sturm me sustituyó de la forma más complaciente.
.. Antes de volver, fui a buscar a Karslake.
Había estado atareado, haciendo la guerra por su cuenta, desde que Victor se inventó un encargo para mantenerle alejado de ti en todo el día.
No hace falta entrar en detalles tediosos; descubrí que Karslake tenía la situación bien controlada: la fábrica de gas rodeada por un cordón de tropas, la casa bajo estrecha vigilancia y.
.. lo mejor de todo... una confesión jurada de un miembro del Parlamento irlandés a quien Victor había logrado comprar con la promesa de liberar a Irlanda una vez que la Inglaterra Soviética fuera un hecho consumado.
Así que dejé a Karslake atando cabos sueltos en Londres, y regresé a toda prisa con el corazón en un puño por miedo a llegar demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde? —inquirió Sofía, enarcando las cejas.
—¿Hace falta que te recuerde dónde estamos?
Un ademán de la mano de Lanyard señaló el tocador; y Sofía dio un fuerte respingo de perplejidad y alarma.
—¡Dónde estamos! —repitió como un eco en un susurro asustado.
De repente, le volvió el recuerdo de lo que había sucedido en aquella habitación antes de que Lanyard se le hubiera revelado, y el conocimiento del peligro del que había escapado por los pelos se le clavó en el corazón como un cuchillo.
—¿Qué estoy haciendo aquí? —exhaló, horrorizada—. ¿Qué he hecho?