XVIII - LA PRUEBA DE FUEGO
Repasando el día, mientras se desvestía y se preparaba para meterse en la cama, Sofía se dijo que nunca había vivido uno tan agotador, y pensó que la historia de sus fastidiosas horas resultaba demasiado legible en el rostro sin brillo que la miraba desde el espejo, cuando Chou Nu le deshizo el peinado y le cepilló las trenzas bruñidas.
Aunque había dormido hasta tarde, de hecho, hasta mediodía o un poco más, su sueño había estado extrañamente embrujado y había sido infeliz; no lograba recordar cómo ni por qué, y se había despertado ya ennuyé , con la mente incoherente y oprimida, sin entusiasmo alguno por las promesas del día.
.. con un ánimo del todo tan lúgubre como la luz del día que aguardaba a sus ojos al abrirse.
Toda la fuerza de su voluntad no había bastado para disipar aquellos vapores, ni tampoco su melancolía cedió ante la distracción proporcionada por su primer contacto con las costumbres de un mundo único tanto para la estima de Sofía como para su experiencia.
Ella, que hasta entonces solo había conocido en sus ensueños la vida de frívola ligereza y elegancia, que encontraba un reflejo febril y de pacotilla en Frampton Court, no estaba ni preparada ni dispuesta a mostrarse hipercrítica en las primeras horas de su debut allí; y en cualquier otro momento, con cualquier otro ánimo, sabía que se habría dejado llevar por su excitante atractivo para su amor innato por el lujo y las sensaciones.
Pero la triste verdad era que, a su mirada desilusionada, todo aquello le parecía una elaborada farsa construida con oropel, engrudo y pintura; y la calidez de su bienvenida a manos de Lady Randolph West, es más, en sus propios brazos, y el éxito que su juventud y belleza le reportaron —despertando envidia, admiración, codicia o celos en todos ellos, según su edad, sexo y estado temporal de servidumbre— no hicieron nada para mitigar la dureza de aquellas primeras impresiones.
En todo caso, su depresión se volvió más perversamente morbosa cuanto más la atendían, la cortejaban, la adulaban y la engatusaban.
Algo había sucedido, nunca podría adivinar qué, tal vez alguna misteriosa reacción obrada a través de la química de su sueño de la noche anterior, para convertir su vivo entusiasmo por la vida en cenizas en su boca, de modo que ya nada parecía importarle.
Pensar en Karslake como su amante, recordar su primera y profunda alegría ante su confesión y su posterior arrebato de vergüenza y pesar, volver a leer su nota —que la noche anterior le había parecido algo tan dulce y valioso sin comparación—, la dejaba indiferente hoy.
Por mucho que lo intentara, no lograba recuperar ningún sentido de la realidad de aquellos primeros éxtasis.
Y sin embargo, de algún modo, no dudaba de que él la amaba ni de que, enterrado en lo más hondo bajo aquella inexplicable apatía, el amor por Karslake seguía ardiendo en su corazón; pero no hallaba consuelo alguno en tal certeza; su amor le parecía un asunto tan remoto e inmaterial como el menú de la cena de pasado mañana. ¡Nada importaba!
Incluso fue capaz de enfrentarse al príncipe Victor sin su habitual escalofrío de aversión; y cuando recordó la persistencia y el entusiasmo con que había razonado consigo misma la noche anterior para creer que él podía ser otro distinto de su padre, estuvo tan cerca de la alegría como lo estaría en todo el día; pero era una alegría amarga, preñada de burla hacia sí misma.
Por supuesto que él era su padre, había sido una boba por soñar lo contrario, o siquiera pensar que importaba.
Tampoco había tenido más éxito en sus esfuerzos por hallar una causa para su plomizo estado de ánimo; a menos, claro está, que se tratara simplemente del giro más extremo del péndulo tras la crisis emocional del día anterior, un largo balanceo desde los espacios soleados y barridos por los valientes vientos del joven romance, hacia una zona sombría de melancólico letargo, cuya calma era falsa y estaba sobrecargada de una inasible inquietud, con una atmósfera electrizada por temores sin forma, y cuya triste penumbra se veía surcada por destellos lívidos que apenas se vislumbraban para desaparecer al instante.
En este estado, las sensibilidades de Sofía estaban menos entumecidas que atadas por una parálisis de suspense no exento del todo de pavor; bajo los letárgicos bajíos de la conciencia yacían abismos insonoros turbados por siniestros presentimientos...
Ahora, desandando paso a paso el historial del día, Sofía fue consciente de que su momento más conmovedor para ella era, en realidad, el presente, con su agudo asombro por haber logrado sobrevivir a tan exquisito tedio.
Percibió que se había movido en todo momento como un autómata dominado por una voluntad ajena a la suya; funcionando en lugar de vivir; realizando las tareas encomendadas, ejecutando los gestos prescritos, articulando las observaciones predeterminadas y dando las respuestas dictadas, todo ello sin asomo de espontaneidad, y todo ello sin más sentido que el de ser un medio para tender un puente sobre un espacio vacío de espera.
¿A la espera de qué?
Sofía no lograba adivinarlo...
No tardó en meterse en la cama, esperando tan solo hallar un respiro al aburrimiento; y apenas su cabeza tocó la almohada, el olvido se cerró sobre sus facultades como una nube densa y oscura.
Discreta y bien aleccionada, Chou Nu bajó la luz de noche hasta dejarla en un leve resplandor, colocó sobre una silla contigua a la cama una bata de cachemira que no hacía ruido al moverse, y unas zapatillas de fieltro fino con suelas de cuero suave, con las que los pasos debían de ser inaudibles.
.. y se deslizó fuera de la habitación sin hacer ruido.
Durante sesenta minutos su profundo silencio no se interrumpió; la respiración acompasada de la muchacha no emitía sonido alguno, descansaba sin dar vueltas, sin mover un solo dedo.
Entonces, cuando el sueño la había retenido exactamente durante una hora según el reloj, Sofía abrió los ojos, aspiró profundamente y se incorporó de inmediato en el borde de la cama.
El recuerdo de aquella hora no abandonaría a la joven mientras tuviera vida; ni la pregunta que suscitó encontraría jamás una respuesta satisfactoria para su entendimiento.
Cuando más tarde oyó a hombres con reputación de expertos en el conocimiento psíquico afirmar con autoridad que a un sujeto en estado de hipnosis no se le puede ordenar que actúe en contra de los instintos de su mejor naturaleza, ella guardó silencio, pero se preguntó si sería cierto.
¿Tenía razón Victor, entonces, y el crimen que le había ordenado cometer no repugnaba, en última instancia, a sus instintos?
¿O fue alguna facultad secreta del alma, telepatía o algo de su misma especie, lo que la despertó y la envió a acudir a su cita con el destino?
Un enigma que jamás se descifraría: Sofía solo sabía que, al encontrarse despierta, se levantó, se puso el salto de cama y las zapatillas, y emprendió el camino señalado sin que se le pasara por la cabeza que el camino era extraño, sin detenerse a preguntarse por qué ni si debía hacerlo.
Si es que existía una voluntad independiente, consciente o subliminal, esta se hallaba ausente; y de no estarlo, difícilmente podría haber sido evidente.
La propia Sofía no era consciente de su suspensión o anulación.
Sabía muy bien lo que hacía, todos y cada uno de sus actos eran directos y decididos, tan solo el objetivo seguía siendo oscuro.
Solo sabía que en alguna parte, de algún modo, algo estaba yendo mal sin ella, y que su presencia era necesaria para arreglarlo.
Saliendo al pasillo, cerró la puerta tras ella, pero no echó el pestillo; con qué propósito, no lo sabía.
Pero lo avanzado de la hora y la quietud de la casa sumida en el sueño hacían que pareciera bastante lógico que se detuviera a mirar con cautela a un lado y a otro, y a asegurarse de que no había nadie más levantado que pudiera espiarla o cuestionar el propósito de su revoloteo nocturno, hasta el momento carente de rumbo.
No logró ver a nadie.
A continuación echó a correr por el pasillo, sin preguntarse jamás por qué en aquella dirección, veloz como un fantasma apresurado, pero a medida que se acercaba a cierta puerta notó que su paso vacilaba.
Sofía conocía aquella puerta; a través de ella la mismísima Lady Randolph West la había introducido en su tocador, apenas dos horas antes, cuando la casualidad, o el Destino, o el suave desarrollo de unas maliciosas maquinaciones mortales, habían movido a ambas mujeres de forma simultánea a retirarse a sus aposentos para pasar la noche.
Y en aquel tocador, Sofía había pasado un cuarto de hora antes de dirigirse a su propia habitación y a su cama, atendiendo con cortesía a una charla insulsa y admirando, como era su deber, las admirables joyas de la familia.
Ahora veía la puerta entreabierta unos centímetros y, más allá de ella, un tenue resplandor.
La circunstancia resultaba singular, porque —ahora que lo recordaba—, cuando Sofía había expresado una curiosidad formularia acerca de qué precauciones se tomaban para salvaguardar las joyas, Lady Randolph West le había informado con ligereza de que consideraba que un seguro por su valor de tasación, además de una recia cerradura en la puerta del tocador, era mejor que cualquier caja fuerte ideada hasta la fecha por el ingenio humano.
—Claro que está la caja fuerte donde se guardan —había declarado la dama—, pero, querida mía, una caja de cartón serviría igual cuando un ladrón que sabe lo que se hace decide echarle el guante a mis baratijas.
Ni siquiera me molesto en cerrar el trasto con llave.
¡Prefiero mil veces perder las joyas... y cobrar el dinero del seguro.
.. a llevarme el susto de mi vida oyendo cómo la vuelan por los aires!
No, muchas gracias: ¡por mí, cualquier ladrón de cajas fuertes lo bastante hábil para forzar la cerradura de la puerta puede llevarse su botín y marcharse en paz!
Un impulso, o al menos así lo llamó, movió a Sofía a acercarse y a abrir con cautela la puerta un poco más.
Sobre el antiguo escritorio que albergaba la caja fuerte ardía una única lámpara de escasa potencia.
Una puerta que daba al dormitorio contiguo estaba herméticamente cerrada.
Los ojos desconfiados de Sofía reconocieron cada rincón de la estancia y la consideraron vacía.
De nuevo obediente a un impulso indiscutible, entró y cerró la puerta.
El pestillo de muelle de la cerradura americana encajó en su encastre con un suave clic.
A continuación, silencio; ni un solo sonido en el tocador, ni tampoco en la habitación contigua.
Pero para Sofía el apresurado latir de su corazón reverberaba en la quietud como el redoble de un tambor.
Sin apreciar de forma clara cómo había llegado hasta allí, se encontró de pie ante el escritorio, y descubrió lo que la luz indiferente había mantenido oculto hasta ese momento: que un panel falso en la parte frontal del escritorio había sido empujado hacia atrás, dejando al descubierto la cara de la caja fuerte, y que esta ni siquiera estaba cerrada.
Al mismo tiempo, fue consciente de que le temblaban las manos con violencia y de que todos sus miembros, todo su cuerpo de hecho, estaban agitados por un temblor desesperado. Y se preguntó de forma abotargada a qué se debía todo aquello... Pero no vaciló.
Sus acciones se asemejaban ahora más que nunca a las de una marioneta irreflexiva, aunque sabía muy bien lo que hacía; y sus gestos podrían haber sido el fruto de un largo aprendizaje a manos de algún maestro del melodrama teatral, tan fieles eran a las convenciones teatrales.
Con miradas furtivas y asustadas hacia ambas puertas, Sofía se dejó caer de rodillas ante la caja fuerte...
Cuando volvió a ponerse en pie, tenía las manos llenas de joyas; sus dos manos sostenían un tesoro de incalculable precio en piedras preciosas.
Se detuvo un instante, contemplándolas con unos ojos dilatados que oscurecían un rostro pálido y extasiado.
Tenía los labios entreabiertos, pero tan solo su respiración acelerada susurraba a través de ellos.
Temblaba de forma más dolorosa que nunca.
Pero no parecía ser capaz de pensar en otra cosa que en las joyas; su mirada estaba sujeta en fascinación por la refulgente belleza que les arrancaba la luz de la pequeña lámpara.
¡Suyas con solo tomarlas!
Entonces, sin previo aviso, una tremenda convulsión se apoderó de su cuerpo y de su alma, que se vio atormentada y sacudida por ella, y en su punto culminante, sus manos extendidas se abrieron y regaron la superficie del escritorio de joyas, para luego volar hacia su cabeza y aferrarse a sus sienes palpitantes.
Gritó en voz baja, llena de sufrimiento:
—¡No!
Y, de repente, retrocedió tambaleándose desde el escritorio hacia la puerta del pasillo, repitiendo una y otra vez en una escala ascendente:
—¡No, no, no, no, no!
Sus piernas temblorosas tropezaron contra una silla, le fallaron las rodillas y se tambaleó a punto de caer; unos brazos fuertes la atraparon y la mantuvieron a salvo; una voz que conocía y a la vez desconocía murmuró en su oído en un tono cauteloso:
—¡Gracias a Dios!
Ella no opuso resistencia, pero sus ojos, llenos de dolor y terror, buscaron el rostro de quien le hablaba, y vio que se trataba del hombre llamado Nogam. En el colmo de su asombro, pronunció su nombre. Él negó con la cabeza.
—Ya no soy Nogam —dijo en el mismo tono bajo, y sonrió—, ¡sino tu padre, Michael Lanyard!