La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) XVII - EL CHEQUE FALSIFICADO
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XVII - EL CHEQUE FALSIFICADO

Mientras la princesa Sofía, Sybil Waring y el príncipe Victor bajaban en coche desde Londres en la penumbra lila de aquel oscuro día de septiembre, y la doncella Chou Nu les acompañaba, sentada delante junto a un chófer chino recién contratado, el hombre llamado Nogam realizó el viaje a Frampton Court en tren y a solas.

A solas, al menos en el matiz más fino de ese adjetivo; aparte del surtido habitual de reservados compañeros de viaje en el vagón de tercera clase, no tenía más compañía que sus pensamientos; una tripulación gris y exigua, si aquel patético rostro de mediana edad proporcionaba un reflejo fidedigno de su mente.

.. ¡Tan absoluto era el hundimiento de aquel ardiente aventurero que, la noche anterior, se había pasado horas despierto, con el auricular de un dictógrafo pegado a la oreja, escuchando a hurtadillas el tráfico de aquellas inteligencias malévolas reunidas en el estudio del príncipe Victor, riendo por lo bajo y maldiciendo entre dientes de forma alternativa, ardiendo de indignación y helado por los indicios de las atrocidades inenarrables que se estaban fraguando!

Si sospechaba que viajaba solo en apariencia, no mostraba signos de preocupación ni de asombro.

Si su mente estaba inquieta, oprimida por una carga de pesadilla de conocimientos a medias, conjeturas y presentimientos, no era algo evidente para el observador en general.

Su gesto más elocuente se producía cuando, de vez en cuando, atacaba una vieja pipa de madera con la yema de un dedo que no estaba todo lo encallecida que le habría gustado, aspiraba con filosofía los sofocantes humos de la picadura más rancia y, haciendo caso omiso de sus compañeros de vagón, como correspondía a un criado de fabricación británica, devolvía sus ojos cansados y apacibles a aquellas oscuras perspectivas de paisaje otoñal que no dejaban de irradiar desde la ventana como los radios de una rueda gigantesca.

Al apearse en la primera oscuridad del atardecer en la estación de Frampton Court, se dejó conducir en rebaño, junto con una docena más de personas, hacia el ómnibus dispuesto para llevar a los sirvientes personales de los invitados que iban llegando.

Incluso a estos compañeros tenía poco que decirles: una panda ruidosa, imbuida del espíritu pendenciero de los nuevos tiempos; mientras que Nogam era un caso perdido de la vieja escuela —en la palabra de moda, estaba anticuado—, aunque no cabía duda de que sus modales eran intachables.

Y si por ello se burlaban de él de forma más o menos abierta, hasta un punto que añadía matices de resignación a su semblante, en secreto infundía un respeto considerable.

Tampoco Victor, con toda la mala voluntad del mundo, lograba encontrar pegas a los servicios de Nogam en su nuevo cargo.

Era el más acabado de los ayudas de cámara discretos, sabía exactamente qué hacer y lo hacía sin que se lo dijeran; y cuando hablaba era solo porque se habían dirigido a él o le habían encargado transmitir un mensaje.

Victor le observaba desde todos los ángulos, de forma manifiesta y encubierta, pero todo su esfuerzo era en vano; Nogam, observado en un espejo, a espaldas de Victor, se desenvolvía en sus quehaceres sin revelar más sentimiento personal ni mentalidad independiente que cuando atendía a su amo cara a cara.

Victor podría haberle dado una patada de puro resentimiento por sus modélicas virtudes.

Al fin y al cabo, resultaba malditamente irritante. ..

En las dependencias del servicio mantenía religiosamente los oídos abiertos y la boca cerrada.

Y escuchando, aprendía. Porque algunas de las cosas que se decían a sus oídos no eran precisamente bonitas, y le hacían a uno preguntarse si la arraigada confianza del príncipe Victor en una Inglaterra corroída mortalmente por el descontento social no se basaba en una sorprendente familiaridad con la moral de las escaleras de servicio.

Otras observaciones, por el contrario, eran meramente soeces, algunas humorísticas, y todas ellas esclarecedoras.

No pocos miembros de la concurrencia habían servido en grandes casas antes de la guerra; sabían lo que era bueno y.

.. lo que venía más al caso... lo que no lo era.

Uno sacaba en claro que aquella pretenciosa casa de campo encajaba en esta última clasificación.

Allí, según se decía, cualquiera podía comprar su favor: cuanto más trepador fuera el trepa, más brillantes serían sus posibilidades de éxito en Frampton Court.

La guerra, siempre irónica, había hecho que aquella noble propiedad pasara a manos de una rama lejana y degenerada de una antigua y honorable familia; y sus actuales señor y señora, al no haber logrado la acogida social con la que habían contado con excesiva confianza, estaban haciendo todo lo que estaba en su pobre e insulsa mano para despilfarrar una fortuna principesca y consagrar un gran nombre a un descrédito perdurable fraternizando con una variopinta chusma de nuevos ricos especuladores.

Aparte de los malos modales y la peor moral, la única cosa auténtica en todo el establecimiento era, al parecer, la histórica colección de joyas de la familia.

Esta información disipó gran parte de la perplejidad de Nogam respecto a un asunto.

Después de cenar, cuando los invitados a la casa empezaron a acomodarse en su ritmo, él buscó la ocasión, imitando a los demás criados, de echar un vistazo a través de una de las puertas del gran salón de baile, donde se había organizado un baile improvisado; y se vio recompensado al ver a la princesa Sofía girando por la pista de baile en brazos de un joven de indudable atractivo cuyo gusto era tan pobre para el flirteo como para arreglarse.

A Nogam la muchacha le pareció pálida y melancólica... como si echara de menos a alguien. Y se preguntó si el señor Karslake sabría lo afortunado que era aquel joven diablo.

Se preguntaba todavía más por el actual paradero y bienestar del señor Karslake.

El príncipe Victor debía de haber urdido algún tortuoso encargo para hacer que el joven saliera y se marchara temprano aquel día; porque para cuando Nogam le buscó por la mañana, Karslake no aparecía por ninguna parte; tampoco había regresado cuando la comitiva partió hacia Frampton Court.

.. circunstancia que Nogam lamentó con amargura.

Vigilado como estaba, no le había sido posible, es decir, habría sido un error fatal, dejar ningún tipo de mensaje o intentar comunicarse a través de canales secretos; y mientras tanto, horas cargadas, tal vez, con el destino de Inglaterra se perdían rápidamente en la historia.

Tal vez fuera el nerviosismo engendrado por esta ansiedad lo que, a la postre, hizo que a Nogam se le escapara la mano.

O tal vez la naturaleza impaciente del hombre que yacía tan celosamente oculto bajo la cáscara de Nogam le decidió a jugársela a la desesperada.

En cualquier caso, sucedió lo siguiente:

Hacia la mitad de la velada, el príncipe Victor, que se encontraba en el brillante salón de dibujo inmerso en un interesante tête-à-tête con su atractiva y liberal anfitriona, levantó por casualidad la vista y descubrió de forma oportuna a Nogam mirándole fijamente desde los remotos confines del vestíbulo de entrada.

Fue un mero atisbo; pues la mirada casual de Victor apenas había identificado al criado cuando Nogam dio un respingo de culpabilidad y desapareció en un abrir y cerrar de ojos; pero un atisbo fue suficiente para unos ojos y una mente igualmente avispados para la desconfianza, suficiente para asegurarle a Victor que el rostro de Nogam había mostrado una expresión indescriptiblemente furtiva y avergonzada, muy distinta de su habitual aspecto de amable estupidez, y que contrastaba sobremanera con la venialidad de su falta.

¿Qué demonios se traía entre manos, entonces, el individuo aquel para poner el ceño fruncido y escabullirse como un sabueso de obra de teatro?

De inmediato Victor se volvió sordo, ciego e insensible a las fascinaciones que con tanta generosidad exhibía Lady Randolph West; y, excusándose al poco, la dejó y se dirigió a sus aposentos.

Al subir las escaleras, vio que la puerta de su dormitorio se abría con cautela lo suficiente para permitir que un ojo espiara y descubriera su llegada.

En el acto, la puerta se abrió de par en par y Nogam apareció a paso lento con un sobre en una bandeja y un aire de infantil inocencia, una asunción de naturalidad tan transparente, a decir verdad, que solo la vista de un niño podría haber sido engañada por ella.

—Acababa de ir a buscarle, señor —anunció con labia—. Un telegrama, señor... acaba de llegar.

—Gracias —dijo Victor, cortante, tomando el sobre y adentrándose en sus aposentos.

Su actitud hacia sus sirvientes era siempre brusca. No había por qué alarmarse ante aquella manifestación de la misma. Parpadeando levemente, Nogam le siguió al trote pisándole los talones.

Acomodándose ante un escritorio, Victor abrió el sobre con una muestra de lánguido interés.

La curiosidad acerca del contenido de un telegrama suele ser aguda.

Victor, por el contrario, se quedó durante un largo momento mirando pensativo a la nada y dando vueltas al sobre entre las manos de forma distraída; mientras Nogam, con una despreocupación engañosa, encontraba algo sin importancia que hacer en otro rincón de la habitación.

El sobre estaba húmedo y caliente al tacto.

Cierto: el atardecer había traído consigo una espesa llovizna, y Frampton Court se encontraba a más de una milla de la oficina de correos.

Por otro lado, la noche era más fría que el mármol; y cabía esperar que un sobre abierto recientemente al vapor conservara el calor durante unos minutos.