La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) XVI - EL CRISTAL #3
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XVI - EL CRISTAL #3

Bajo su escrutinio, la esfera de los duendes adoptó con desconcertante rapidez cambiantes apariencias.

Primero perdió su redondez y adoptó la apariencia de un disco de luz pálida sin rasgos definidos, que se ensanchó con presteza hasta oscurecer todo lo demás, para después parecer avanzar sobre ella y envolverla físicamente, de modo que se convirtió de forma espiritual en parte de él, en un átomo de identidad engullido en un mundo diáfano de luz sin destellos, una luz que no tenía rayos ni provenía de fuente alguna, sino que era circundante y universal.

A continuación, en su remoto corazón empezó a arder y crecer un extraño resplandor rosado, que palpitaba a través de todos los colores del espectro y más allá.

Hacia este se sintió arrastrada con rapidez, atraída por un magnetismo irresistible, cabalgando sobre las alas de un gran viento, cuya voz retumbaba sin cesar, como una fuerte resaca repitiendo atronadoramente una sola sílaba: «¡Duerme!

»... Y en este vuelo a través del espacio ilimitado hacia una meta inalcanzable, la consciencia se volvió débil y parpadeó hasta apagarse, como una vela al viento.

Detrás de su silla apareció el plácido rostro amarillo de Shaik Tsin, como si se hubiera materializado físicamente a partir de las sombras.

Con los brazos cruzados aguardó, observando desapasionadamente.

Poco después, el príncipe Victor le hizo un gesto de asentimiento por encima de la cabeza de la muchacha.

De inmediato, el chino rodeó su silla y, empleando ambas manos, en un instante apagó la bombilla con pantalla y volvió a encender la lámpara de latón.

A medida que la luz se extinguía en el cristal, Sofía exhaló un profundo suspiro y se relajó. Unos párpados plomizos se cerraron sobre sus ojos fijos, se hundió en la silla y, de forma simultánea, en unas profundidades insondables...

Victor emitió un sonido de satisfacción. Shaik Tsin inquirió de forma escueta:

—¿Se ha logrado, entonces?

Victor asintió.

—Cedió más rápido de lo que había esperado... agotada emocionalmente, por supuesto.

—Duerme...

—En estado de hipnosis, en suspensión absoluta de todas y cada una de las facultades y funciones, excepto de aquellas relativas únicamente al mantenimiento de la existencia... en un estado, es decir, solo comparable a la vida prenatal de un niño.

—Es de lo más interesante —admitió Shaik Tsin—. Pero ¿de qué sirve? Eso es lo que a mí me interesa.

—Espera y verás.

Inclinándose cerca de la joven, Victor la llamó con voz fuerte y autoritaria:

—¡Sofía! ¡Sofía! Soy yo, el príncipe Victor, tu padre. ¡Despierta y atiende!

Un leve espasmo sacudió el esbelto cuerpo, los labios se separaron, la respiración se volvió apresurada y entrecortada, y las largas pestañas aletearon sobre las mejillas.

—¿Me oyes? Yo, Victor, te lo ordeno: ¡Despierta y atiende!

Otro forcejeo, más breve y agudo, concluyó con la apertura de los ojos, que buscaron y se mantuvieron fijos en los de Victor, si bien sin inteligencia ni animación alguna.

—¿Me oyes, Sofía?

Una voz como un suspiro susurró en los labios entreabiertos, cuyo movimiento resultó imperceptible:

—Te oigo...

—Entonces atiende a lo que digo. Mi voluntad es tu ley. ¿Lo sabes?

Con voz débil, ella susurró:

—Sí.

—Dime qué es lo que sabes.

—Tu voluntad es mi ley.

—No te resistirás a mi voluntad, no puedes hacerlo. Dímelo.

—No me resistiré a tu voluntad, no puedo.

—Bien. Yo, el príncipe Victor Vassilyevski, soy tu padre. Lo crees así. ¿Lo entiendes? Dime qué crees.

—Creo que tú, el príncipe Victor Vassilyevski, eres mi padre.

—¿No olvidarás estas cosas?

—No lo olvidaré.

—En todo.

—Te obedeceré en todo.

—Sin cuestionarlo ni vacilar.

—Sin cuestionarlo ni vacilar.

—¿Recuerdas qué arreglos hicimos esta tarde para mañana?

—Lo recuerdo.

—Escucha con atención. Memoriza mis deseos con respecto a nuestra visita a Frampton Court, recordando que te comunico mi voluntad, la cual debes obedecer.

La muchacha permaneció en silencio, a la espera. Victor se tomó un momento para organizar sus pensamientos, y luego prosiguió:

—Después de llegar a Frampton Court, buscarás la ocasión de averiguar discretamente cómo está situada tu habitación en relación con el tocador de Lady Randolph West. Lo harás sin saber por qué lo haces. ¿Entiendes?

—Sí.

—Por la noche, al acostarte, te dormirás de inmediato. Transcurrida una hora te despertarás, te pondrás la bata y las zapatillas y te dirigirás al tocador de Lady Randolph West, con cuidado de no ser vista. ¿Está claro?

—Sí.

—Una vez en el tocador, te dirigirás a la caja fuerte donde Lady Randolph West guarda sus joyas.

No estará cerrada con llave, ella es descuidada en tales asuntos.

Una vez encontrada la caja fuerte, la abrirás, tomarás cuantas joyas encuentres en su interior y regresarás a tu cuarto.

Todo esto lo llevarás a cabo con la máxima circunspección, cuidando de no hacer ruido alguno.

En tu cuarto ocultarás las joyas en tu neceser.

Luego volverás a meterte en la cama y te dormirás. ¿Has memorizado todo esto?

La muchacha adormecida contestó afirmativamente.

A continuación, ante la orden «Dime qué debes hacer mañana por la noche», repitió con voz inexpresiva todos y cada uno de los puntos del programa trazado para ella, mientras Victor asentía con inocultable deleite y Shaik Tsin sonreía afablemente por encima de la cabeza de Sofía.

—Al despertar mañana por la mañana, no recordarás nada de mis instrucciones, pero las llevarás a cabo con exactitud, tal como las has memorizado en tu subconsciente, y lo harás sin pensar en oponerte a mi voluntad, entendiendo que careces de voluntad propia en este asunto.

Por último, al despertar a la mañana siguiente de la sustracción de las joyas, no recordarás nada del asunto hasta que yo te lo recuerde, y entonces solo recordarás lo siguiente: que, en obediencia a un impulso irresistible, robaste las joyas. ¿Está claro? Repite...

Sin cometer un solo error, la mujer sumida en estado de hipnosis reiteró las órdenes que se le habían impuesto.

La sonrisa traviesa del salvaje latente irrumpió a través de la habitual austeridad del semblante de Victor.

—No hay nada más —dijo—, salvo esto: Duerme ahora, y no te despiertes antes de mañana a mediodía... ¡duerme!

Con un suspiro tembloroso, la joven volvió a cerrar los ojos y se sumió al instante en el sueño del trance, que a lo largo de la noche se iría fundiendo de forma insensible con el sueño natural.

Victor borró su mueca y le hizo una seña a Shaik Tsin.

—Llévala de vuelta a su habitación. Ordena a Chou Nu que la acueste y que no la despierte antes del mediodía.

—Oír es obedecer.

El chino se inclinó, recogió el cuerpo inerte entre sus brazos y, sin el menor esfuerzo perceptible, se puso en pie. Pero, en el acto de darse la vuelta, se detuvo y, sin dejar de sostener a la joven con la misma facilidad que si no pesara más que una niña, interrogó al hombre al que servía.

—¿Cree que hará todo lo que le ha ordenado?

—Sé que lo hará.

—¿Sin cometer errores?

—Salvo accidentes, sin el menor fallo de principio a fin.

—Y en caso de accidente... si la descubren...

—Tanto mejor.

—¿Le complacería que la descubrieran?

—Por supuesto.

Shaik Tsin asintió con una comprensión grave a la vez que jocosa.

—Ahora empiezo a entenderlo. Si la atrapan, ¿eso le otorga a usted un poder sobre ella?

—Exacto.

—Y si no la atrapan, cuando se descubra el robo, ¿su poder sobre ella será aún más fuerte?

—Y sobre alguien más será aún más fuerte.

—¿El Lobo Solitario?

Victor inclinó la cabeza.

—¿A qué extremos no llegará para encubrir la vergüenza de su hija, si amenaza con hacerse público que es una ladrona? No hago nada sin un propósito, Shaik Tsin.

—Es decir, que esta noche ha contratado usted un seguro contra posibles castigos si este otro asunto fracasa.

—Si fracasa, puede que otros sufran, pero si es necesario, el propio Lobo Solitario organizará mi huida de Inglaterra.

—Servir a un hombre tan sabio es un honor que mi indignidad no puede esperar merecer jamás.

—En cuanto a eso, Shaik Tsin —dijo Victor sin asomo de sonrisa—, nuestras mentes son una. Vete ahora. Buenas noches.