XVI - EL CRISTAL #2
—¿A qué peligro se refiere? —inquirió Sofía de forma hosca, conociendo la respuesta demasiado bien antes de que fuera pronunciada.
—El peligro de la tentación repentina de dar rienda suelta a los apetitos ilícitos de los que la herencia nos ha dotado: a mí, de mis antepasados anónimos a los que nunca conocí; a ti, directamente de padres que, en ambos casos, ostentaban antecedentes penales.
—¡No me lo creo! —declaró Sofía con pasión—. ¡No puedo creerlo, no quiero creerlo! Incluso si tú eres...
Iba a añadir «si eres mi padre», pero se contuvo a tiempo. ¿Acaso no le había advertido Karslake en su nota: «Tu única seguridad ahora radica en que él siga creyendo que no sospechas nada»? Continuó en una tempestad de protestas cuya furia encubrió su desliz:
—¡Incluso si fuiste un ladrón en el pasado y mi madre.
.. ¡mi madre!... todo lo vil que te empeñas en intentar hacerme creer que era.
.. ¡sabe Dios por qué!... es posible que, aun así, no haya heredado tus tendencias criminales; y no solo es posible, sino que es cierto, si es que me conozco un mínimo a mí misma.
¡Porque jamás he sentido esa tentación de robar que tú te empeñas en que debo haber heredado de ti.
.. ni ninguna otra inclinación hacia cosas tan ruines, despreciables y deshonrosas como deshonestas!
Limitándose a comentar con su pausada y tolerante sonrisa, Victor la escuchó hasta el final, pero cuando ella hizo una pausa para reordenar sus pensamientos, levantó una mano contemporizadora.
—Quizá todavía no —dijo con suavidad—. Siempre hay una primera vez para todo rebelde contra las leyes creadas por el hombre.
Pero, allí donde la predisposición existe de forma tan indudable, resulta inevitable, tarde o temprano tiene que llegarte el momento, querida.
.. el momento en que la voluntad sea demasiado débil y la tentación demasiado fuerte.
Debemos estar siempre en guardia contra ella.
—No tengo miedo —sostuvo Sofía.
—Naturalmente; no lo tendrás hasta la hora de la prueba que demostrará tu fuerza o tu debilidad, tu confianza en ti misma o mis amorosos temores por ti.
Sofía hizo un gesto de fatiga y confusión. ¿Qué más daba? Si él lo quería así, que así fuera: no podía afectar a la cuestión de ninguna manera lo que él creyera, o lo que por sus propios propósitos fingiera creer. ¿No le había prometido Karslake...?
Trató de recordar qué era exactamente lo que Karslake había prometido, pero descubrió que su memoria, de pronto, se mostraba singularmente perezosa.
De hecho, su mente parecía haber perdido la maravillosa claridad de aquellos primeros momentos tras saborear el vino de China.
¡No era de extrañar, si uno recordaba la tensión emocional que había padecido desde la primera hora de la noche!
—Aun así —argumentó con terquedad—, no veo qué tiene que ver todo esto con la invitación de Lady Randolph West.
—Solo que aceptar significa exponerte a la mayor tentación que uno pueda imaginar.
Sofía se le quedó mirando con incomprensión.
Sus facultades mentales funcionaban ahora de forma aún más lenta y pesada que antes.
Y el resplandor de la esfera de cristal luminosa en sus ojos le resultaba irritante.
Casi sin pensar, volvió a levantar la copa; cuando la volvió a dejar sobre la mesa, estaba vacía.
—Las joyas de Lady Randolph West —prosiguió Victor con sus explicaciones sin que ella le incitara a ello— se consideran las más maravillosas de Inglaterra; a excepción, por supuesto, de las joyas de la Corona.
—¿Y a mí qué me importa eso?
El resentimiento resonó en su tono de voz. Volvía a pensar con mayor agilidad, gracias a aquel segundo y mágico trago, pero era no obstante consciente de un fallo general de sus fuerzas mermadas por la inmensa fatiga. Deseaba fervientemente que Victor acabara de una vez y la dejara marcharse...
—Elaine es muy descuidada, se deja las joyas esparcidas por ahí, y apenas se molesta en guardarlas a buen recaudo por las noches.
Si sintieras la tentación de apropiarte de algo, puede que ella no descubriera su pérdida hasta pasados unos días; o, por otra parte, puede que sí.
Y si te descubrieran... ¡imagínate qué vergüenza y qué deshonra!
—Creo que lo entiendo —dijo la joven con lentitud, tras pensar con dificultad—. No quieres que vaya.
—Al contrario, sí que quiero... pero lo que más deseo en el mundo es que mi hija esté segura de sí misma y no caiga en ningún error irreparable.
—Pero si yo estoy segura de mí misma... ya se lo he dicho.
—Entonces no nos inquietemos más por ello, sino aceptemos, y vayamos preparados para pasarlo bien. Enviaré la carta.
Victor tocó el timbre, y Shaik Tsin se presentó con tal rapidez que Sofía se preguntó con torpeza dónde podría haber estado esperando. ¿En la habitación con ellos, tal vez? No era imposible. Las gruesas suelas de fieltro del chino le permitían moverse por allí sin hacer el menor ruido.
—Que lleven esto al correo de inmediato.
Shaik Tsin hizo una profunda reverencia y se retiró caminando hacia atrás con la carta. A menos que se volviera para observarlo, Sofía no podría haber dicho si había abandonado la habitación o no.
Hizo ademán de levantarse.
—Si eso es todo...
—No del todo. Hay ciertos detalles que arreglar; y es posible que no vuelva a verte antes de que nos marchemos mañana por la tarde. Iremos en coche hasta Frampton Court... no está lejos, a poco más de una hora en tren... saliendo sobre las cuatro y media, si puedes estar lista.
—Oh, sí.
—Sybil Waring te indicará qué llevar, y Chou Nu se encargará de hacerte el equipaje. Ambas, por cierto, nos acompañarán. La doncella de Sybil nos seguirá en tren. Por mi parte, me llevo a Nogam... pues he descubierto que a los criados ingleses no les hace ninguna gracia mi ayuda de cámara chino.
—Sí... —pronunció Sofía con apatía, preguntándose por qué debía de considerarse de interés para ella aquella información.
—Y una cosa más: ¿estoy perdonado? ¿No estás enfadada conmigo?
—¿Por qué iba a estarlo?
—Por lo que ha pasado esta tarde... cuando he regañado a Karslake por hacerte la corte.
—Oh —dijo Sofía, haciendo una buena muestra de indiferencia... estaba tan cansada—, ¡eso!
—Créeme, pequeña Sofía —Victor extendió una mano hacia la suya y la sostuvo con una mirada apremiante—, el romance entre chiquillos está muy bien, pero te está reservado un destino mayor que el matrimonio con un secretario a sueldo, por muy amable, apuesto y bienintencionado que sea.
Debes prepararte para moverte en un mundo más allá y por encima del vulgar hogar de la domesticidad burguesa.
La joven sacudió la cabeza, desconcertada.
—¿Es un acertijo? —preguntó con cansancio.
—¿Un acertijo? —repitió Victor—. Vaya, se le podría llamar así con seguridad.
¿Acaso no es el Futuro siempre un acertijo?
La Naturaleza conoce el Futuro como el Pasado, pero la Naturaleza lo mantiene en secreto, no vaya a ser que el hombre enloquezca con demasiado conocimiento.
Solo a unos pocos, a los favorecidos, les concede raros atisbos a través de los medios que ha proporcionado para el uso de los iniciados.
.. como este cristal de aquí, en el cual yo me encontraba estudiando tu futuro cuando entraste, el elevado futuro que tengo planeado para ti.
—Y... ¿no vas a contármelo?
—No me es posible. Está prohibido. La Naturaleza trata sin piedad a quienes violan su confianza. Pero... ¿quién sabe?
Se contuvo como si le hubiera asaltado un nuevo giro de pensamiento, y estudió con fijeza el rostro de la muchacha.
—¿Quién sabe? —repitió, como si hablara consigo mismo.
—¿Qué...?
—Entra totalmente dentro de los límites de lo posible —caviló Victor— que hayas heredado algo del poder psíquico que nació en mí. Quizá... ¿quién sabe?... contigo también la Naturaleza se muestre dócil y te revele sus secretos... ¿Si es que te interesa buscar su favor?
—Pero... ¿cómo?
—Consultando el cristal.
Los ojos de Sofía buscaron aquella piedra que ardía con frialdad. Tenía la cabeza tan pesada que titubeó, oprimida por recelos sin forma a los que pudiera poner nombre, por fases de una timidez informe que tenían su origen en alguna fuente que ella estaba demasiado cansada para buscar.
Pero se demoró y continuó mirando el cristal con fijeza.
—¿Por qué no? —Los acentos de Victor resultaban suavemente persuasivos—. En el peor de los casos, lo único que puede pasarte es que fracases. Y si no fracasas, me hará feliz pensar que se te ha concedido una pequeña visión de mis sueños para ti.
—Sí —asintió Sofía en un susurro—, ¿por qué no?
Victor tiró de ella hacia delante cogiéndola de la mano.
—¡Mira —le dijo—, mira en lo más profundo!
Despoja tu mente de todo pensamiento en la medida que te sea posible.
.. deja que el cristal le entregue su mensaje a una mente desprovista de prejuicios, cuya receptividad se encuentre intacta.
No pienses en nada, si eres capaz de lograrlo. .. simplemente mira y ve.
En cierta medida y de forma automática, la muchacha obedeció, encontrándose ya en una fase de hipnosis crepuscular, con sus sentidos superficiales embotados por el potente «vino de China».
Y, observándola de cerca, Victor se permitió una sonrisa de satisfacción al notar la rapidez con la que se rindió al hechizo hipnogénico del cuarzo translúcido; cómo se le aceleraba la respiración, para luego adoptar un tempo pausado como el de alguien que duerme; cómo un leve rubor calentaba la palidez antinatural de sus mejillas, cómo sus ojos dilatados se quedaban fijos en una mirada sin pestañear y se volvían un tanto vidriosos. ..