La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) XVI - EL CRISTAL
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XVI - EL CRISTAL

Como alguna sombra tímida y triste convocada por el genio maligno de una habitación embrujada, una figura esbelta y pálida, envuelta en ropajes de suave caída, se deslizó a través de la silenciosa puerta y, tras avanzar unos pocos pasos reticentes en la oscuridad insonora, se detuvo y aguardó con recelosa timidez la bienvenida que por un momento se le negaba.

Durante varios minutos Victor no dio señal alguna ni se movió; y en toda la habitación no se movía nada salvo las fantasmales espirales de humo que se retorcían lentamente hacia arriba desde un incensario de oro repujado que despedía un olor acre.

La gran lámpara de latón estaba apagada, y no había más luz que la de una bombilla solitaria, cuyos rayos velados se concentraban en la bola de cristal, de modo que esta brillaba con un resplandor blanco mortecino, en cierto modo siniestro, como una luna feérica profundamente perdida en un mar de sombrío encantamiento.

Inclinado hacia delante en su silla, con un codo apoyado en la mesa y la frente descansando sobre las yemas de sus largos y blancos dedos, Victor mantenía la mirada fija en el cristal. La luz refractada esculpía con curiosas sombras aquel rostro taciturno, concentrado hasta la inmovilidad.

Demasiado joven, inexperta y sensible para ser inmune al hechizo de lo teatral, la joven fue consciente de un constante reflujo de su recién descubierta provisión de fortaleza, escepticismo y desafío, junto con una afluencia igualmente constante de timidez e inquietud.

Aquella figura siniestra a la mesa, absorta en el estudio de la inescrutable esfera.

.. ¿qué veía allí, para mantener sus facultades en tan profundo eclipse?

Adepto en las artes oscuras de Oriente como se decía que era, ¿qué brujería estaba urdiendo con la ayuda de aquella herramienta tradicional de los nigromantes?

¿Qué espectáculo de adivinación se desplegaba en aquellas profundidades diáfanas ante su extasiada visión?

¿Y qué tenía que ver aquella consulta a lo oculto con las intenciones del hombre respecto a ella?

Sofía se sintió sacudida por un estremecimiento de pavor...

Y como si su emoción se hubiera comunicado de algún modo, despertándole a la conciencia de su presencia, Victor dio un respingo, se recostó y, con un suspiro, se pasó una mano por los ojos.

Cuando dejó caer la mano, su rostro mostraba la expresión habitual que reservaba para Sofía, matizada por una sonrisa un tanto disculpatoria y fatigada.

—¡Hija mía! —exclamó con acento de contrita sorpresa—, ¿te he hecho esperar mucho?

—Solo unos minutos. No tiene importancia.

Pero su voz sonó tristemente pequeña y débil en comparación con las entonaciones rotundas y mesuradas de Victor.

—Perdóname. —Victor se levantó, asintiendo para indicar el cristal resplandeciente—.

He estado consultando a mi familiar —dijo con una ligera carcajada—.

¿Has oído hablar de la observación del cristal?

Un arte fascinante que languidece en un inmerecido abandono.

Los antiguos eran más sabios, sabían que había más en el Cielo y en la Tierra.

.. ¿Te muestras incrédula? Pero te aseguro que yo mismo, aunque estoy lejos de ser un experto, he captado extraños atisbos de sucesos aún no nacidos en el corazón de ese enigma transparente.

Le tomó las manos y las acurrucó entre las suyas.

Ella se estremeció irreprimiblemente a su contacto.

—¡Pero si estás temblando! —protestó él, solícito, mirándola a la cara—... estás pálida y triste, querida. Dime que no estás enferma.

—No es nada —replicó Sofía, de nuevo con aquella voz débil y ahogada. Y añadió en un decidido esfuerzo por dominar su temblor y desviar la conversación hacia lo esencial—: Me mandaste llamar... y aquí estoy.

—Lo siento mucho. De haberlo adivinado... —La iluminación pareció amanecer de golpe—. Pero seguro que no es por culpa de ese estúpido asunto con Karslake. Seguro que no le has tomado en serio.

—¿Por qué iba a hacerlo...?

—Es demasiado absurdo. El pobre idiota malinterpretó mis instrucciones de mostrarse agradable —estoy tan absorto en los asuntos más graves en la actualidad que no quería que te sintieras sola ni desatendida— y, por lo visto, consideró que era su deber coquetear contigo como si de una obligación se tratara.

Estoy enfadado con él, pero no carezco de motivos; no voy a prescindir por completo de sus servicios sin mayor provocación, pero le buscaré otras ocupaciones para mantenerlo ocupado y apartado de tu camino.

No tienes por qué temer más molestias por ese lado.

—No me molestaba —encontró Sofía valor para argumentar—. Me... cae bien.

—¡Tonterías! —La risa de Victor rezumaba burla—.

No me pidas que me crea que de verdad te conmovió la actuación de ese individuo.

¡Tú... mi hija... malgastando emociones con un simple plebeyo!

La cosa resulta demasiado ridícula. Hazme el favor de no pensar más en ello. Te tengo reservadas cosas mejores.

—¿Mejores que... el amor? —preguntó la joven con ojos serios.

—Cuando llegue el momento para eso, te encontraremos un partido más digno que el pobre Karslake, por muy bienintencionado que sea.

Además, tú misma lo oíste... perdona que te lo recuerde.

.. no había ni un gramo de sinceridad en todo su flirteo para que lo guardes en tu recuerdo con sentimentalismo.

Así que... olvídate de Karslake, por favor.

Es un deber que tienes para con tu propio orgullo y mi dignidad; es, además, mi deseo.

Ella agachó la cabeza para que él no pudiera ver el reflejo en su rostro del rubor que le calentaba el pecho, allí donde se anidaba la carta de Karslake.

Pero Victor tomó el asentimiento por la palabra de sumisión, y le dio unas palmaditas en el hombro con mano indulgente, guiándola hacia una silla cercana a la suya.

—Siéntate, querida. Quiero explicarte por qué te pedí que vinieras a verme a estas horas tan tardías... sin imaginarme siquiera que mi mensaje te encontraría tan alterada... Te das cuenta de lo innecesario que era permitir que un asunto tan trivial te alterara de ese modo, ¿verdad?

—Oh, por supuesto —murmuró Sofía, con la mirada clavada en sus dedos entrelazados en el regazo.

—Eso es sensato. —Ofreciendo a su hombro un último toque de aprobación, Victor se dirigió hacia su propia silla—. Y ahora que estás aquí, bien podemos tener nuestra charlita —continuó, pero se interrumpió para estipular—: Eso si estás segura de que te sientes con fuerzas para ello, claro está.

—Sí —asintió Sofía, pero sin moverse.

—Yo no estoy tan seguro. Tal vez una copa de vino te vendría bien.

—¡Oh, no! —protestó la joven—. No lo necesito, de verdad.

Pero Victor no quiso escuchar; y desapareciendo en la lejanía de las sombras, regresó al momento con una copa rebosante.

—Bebe esto, querida. Hará que vuelvas a sentirte en plena forma.

Obediente, Sofía se llevó la copa a los labios.

—Nunca has probado un vino como este —insistió Victor, sonriéndole desde arriba.

Era bastante cierto lo que afirmaba; aunque poseía algo del carácter de un buen Madeira añejo, este vino tenía más: una riqueza insuperable, un sabor afrutado que no empalagaba en absoluto, un sabor y un aroma peculiarmente aromáticos, escurridizos y provocadores, con un deje de amargor imposible de analizar ni siquiera para el paladar más experimentado.

—¿Qué es? —preguntó Sofía tras el primer sorbo.

—Te gusta, ¿eh? Un vino añejo de China, desconocido en Europa Occidental. —Victor le dio un nombre musical en lo que Sofía supuso que era chino—. Fuera de mis bodegas, apostaría lo que fuera a que no hay otra botella igual a este lado de Constantinopla. Bébetelo todo. Te hará bien.

Tomó asiento.

—Y ahora el motivo por el que quería hablar contigo esta noche... Ha llegado una nota en el último reparto de correos, de Lady Randolph West. Tengo entendido que la conociste hace unos días a través de Sybil Waring. Por lo visto, quedó muy prendada de ti.

—Es muy amable.

Victor había sacado una hoja de papel de cartas y, acercándose a la luz, escrutaba sus líneas garabateadas con los ojos entornados.

—«Demasiado encantadora», te llama... y con toda la razón, querida. Sí; aquí está: «Demasiado encantadora para expresarlo con palabras». Y quiere que lleve a mi «encantadora hija» a Frampton Court para este fin de semana.

Sofía no dijo nada, y dejó a un lado su copa medio vacía. El vino le había sentado bien, pensó. Se sentía mejor, más fuerte, mentalmente más alerta y, al mismo tiempo, curiosamente apaciguada.

Victor volvió a doblar la nota y dio unos golpecitos con ella en la mesa, sosteniendo la mirada de Sofía con ojos especulativos.

—Debería ser divertido —dijo pensativo—, una experiencia nueva para ti. Elaine... me refiero a Lady Randolph West, por supuesto... es una anfitriona encantadora y nunca deja de llenar Frampton Court de gente deliciosa.

—Estoy segura de que me encantaría.

—Estoy seguro de que así sería. Y, sin embargo... puede que me haya precipitado un poco, ya que he escrito aceptando la invitación. —Señaló un sobre con su dirección, boca arriba sobre la mesa—. Pero, pensándolo mejor, me pareció quizá más prudente consultarte primero.

—Pero si es su deseo, debo ir —replicó Sofía, recordando la advertencia de Karslake de no oponerse a Victor—. ¿Qué tengo yo que decir...?

—Todo en cuanto a si aceptamos o no... o, si no todo, al menos la última palabra. Debo acatar tu decisión.

—Pero yo estaré más que encantada...

—Piénsalo un momento. Quizás sería más prudente no ir. Solo tú puedes decirlo.

—No lo entiendo muy bien...

Victor suspiró.

—Es un tema doloroso —dijo con lentitud—... que dudo en reabrir. Pero nunca podremos sacar provecho de cerrar nuestras mentes a los hechos; me refiero a la realidad del peligro que nos acompaña siempre, puesto que reside en nuestro interior.