La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) XV - INTUICIÓN
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XV - INTUICIÓN

Por supuesto, no había pensado en bajar a cenar; en su lugar, le había enviado un recado a Victor diciendo simplemente que rogaba que la disculpara por no acompañarle en aquella comida.

Luego, incapaz de soportar por más tiempo los esfuerzos de Chou Nu por consolarla o distraerla, Sofía se había quitado su vestido de calle para ponerse un salto de cama y, tras despedir a la doncella, había regresado a la chaise-longue sobre la cual, con la vana esperanza de poder desahogar llorando la desdicha de su corazón, se había arrojado nada más alcanzar el santuario de su cuarto.

Durante horas, no sabía cuántas, apenas se movió.

Tampoco se le concedió el bendito don de las lágrimas.

A solas con su inmensa e inmitigable miseria, yacía en una oscuridad atenuada únicamente por el tenue resplandor del cielo que se filtraba a través de las cortinas de la ventana; odiando a la vida, que no tenía piedad; odiando la doblez que había llevado a Karslake a fingir amor por ella, pero inexplicablemente sin odiar al propio Karslake, ni a la imagen venerada que llevaba su nombre; odiándose a sí misma por su fácil disposición a entregar amor donde faltaba todo salvo la apariencia del mismo, y por sentir esa profunda herida donde solo debería haber sentido desprecio e ira; pero odiando, por encima de todo, o más bien descubriendo por primera vez lo mucho que odiaba, a aquel a quien una intuición infalible le decía que debía aquella medida colmada de desconsuelo y humillación: el hombre que se hacía llamar su padre.

Pues si Karslake le había hecho un daño cruel al arrancarle la confesión del amor que había estado creciendo en su corazón durante todas aquellas semanas, mientras que él se limitaba a divertirse o a servir a un propósito secreto... ¿de quién era la culpa inicial de aquello?

¿Quién había instigado a Karslake, como él mismo había afirmado, a «ganarse su confianza», dejándole la elección de los medios para tal fin?

Y... ¿por qué?

La formulación de esta pregunta marcó el punto de inflexión en el descenso de Sofía hacia el nadir de la vergüenza y la angustia; desde el instante en que su significado fue claramente asimilado (aunque tardó mucho en llegar a esta fase), el cariz de sus pensamientos adoptó otro color, y el escozor del disgusto se fue apaciguando a medida que la irritación, suscitada por el examen crítico de la conducta de Victor, se hacía más aguda.

¿Por qué el autoproclamado autor de sus días había considerado necesario, o siquiera prudente o bondadoso, encargar a un empleado a sueldo que se ganara la confianza de su hija?

¿Qué había hecho que la conquista de su confianza fuera tan necesaria a sus ojos?

¿Qué le había hecho pensar que Sofía se mostraría reacia a entregársela a él, o más propensa a dársela a otro?

¿Por qué había vacilado Victor en ganarse su confianza con sus propias palabras, por sus propios méritos?

Cualquiera pensaría que, si él fuera su padre...

¡Si es que lo era!

¿Lo era?

Sofía se incorporó de golpe, con su joven cuerpo tan tenso como su temperamento. El pulso y la respiración se aceleraron, y unos ojos expectantes escrutaron las sombras como si creyera poder arrancarles una pista sobre el misterio de su estatus en el hogar de Victor Vassilyevski.

¿Qué pruebas tenía de que él fuera su padre?

Ninguna salvo la palabra de él... Bueno, y la de Karslake.

.. Ninguna que resistiera la prueba del escepticismo, ninguna que el sentimiento o la razón pudieran ofrecer y respaldar.

Desde luego, no se parecía al príncipe Victor en ningún aspecto que se le ocurriera: ni en lo físico, ni en el molde de su carácter, ni en su forma de pensar.

Desde el primer momento se había sentido perpleja, y de hecho entristecida, por su fracaso, por su absoluta incapacidad para reaccionar emocionalmente ante su supuesto parentesco.

Y con certeza debía existir entre un padre y una hija algún tipo de vínculo o afinidad espiritual, algo que los atrajera mutuamente.

.. incluso si ninguno hubiera conocido jamás al otro.

Mientras que ella, por su parte, nunca había sido consciente de ningún sentimiento de simpatía hacia Victor, sino tan solo de una timidez y reticencia que últimamente se habían manifestado como una aversión incuestionable.

Y luego estaba la actitud de él hacia ella, planteando una interrogante tan repugnante para su entendimiento que nunca antes de esta noche había admitido Sofía su existencia, dándole rienda suelta en sus pensamientos.

Había visto a hombres, en el Café des Exiles, brindar por sus amantes con el mismo tipo de miradas que Victor Vassilyevski reservaba para la joven que reclamaba como su hija.

¿Qué pasaría, entonces, si no fuera su padre?

¿Y si solo hubiera fingido unos derechos paternales para promover algún retorcido plan suyo?

Tal vez pensaba utilizarla como un peón en ese oscuro complot que siempre estaba urdiendo en su estudio (¡con canallas como Sturm por colaboradores!), ese misterioso «trabajo de investigación» que sazonaba la atmósfera de la casa con un hedor miasmático a intriga, sigilo y miedo; tal vez (de un modo más simple y terrible) planeaba, a su debido tiempo y a su manera, vengarse en la hija por los reconocidos desaires que había sufrido a manos de la madre, aquella pobre mujer muerta cuya fama no cesaba de denigrar, ¡mientras su recuerdo aún era capaz de encender fuegos en aquellos ojos por lo demás tan opacos, impenetrables y carentes de luz!

Ahora Sofía se descubría incapaz de quedarse quieta; solo mediante algún tipo de acción podía esperar obtener cierto grado de alivio para su cerebro y sus nervios.

Un pensamiento iba cobrando forma, reclamando precedencia sobre todos los demás: la idea de huir; engendrada por la sensación de que, mientras permaneciera en la ignorancia de la verdad exacta con respecto a su parentesco, le resultaba imposible seguir bajo el techo de Victor, compartiendo su pan y su sal, obligándose a soportar sus caricias, cuya buena fe no podía evitar cuestionar, y de alguien que solo le inspiraba antipatía, miedo y desconfianza.

Parecía indiscutiblemente claro que debía abandonar su protección esa misma noche, antes de que él pudiera adivinar sus intenciones y moviera ficha para detenerla.

Sofía dejó caer los pies al suelo. Una de sus chinelas de seda se había soltado.

De forma semiconsciente, tanteó en su busca con los dedos enguantados en las medias.

Como suelen hacer los objetos inanimados, la chinela eludió su captura con traviesa facilidad.

Pero bajo su pie algo crujió y crepitó levemente.

Se inclinó y lo recogió: un sobre blanco y cuadrado, sellado.

Tras encender una lámpara cercana, examinó su hallazgo.

No llevaba dirección alguna. Cómo podía haber llegado hasta allí era algo que no lograba imaginar.

.. a menos que a Chou Nu se le hubiera caído por un descuido, lo cual parecía tan descabellado como suponer que lo había dejado allí a propósito; pues eso significaría que Chou Nu había sido sobornada para entregar una nota subrepticia a su señora; y Sofía sabía que la muchacha china era a la vez demasiado leal a su «tío segundo» y estaba demasiado atemorizada por el «Número Uno» para dejarse corromper.

No obstante, el sobre estaba allí; y nadie más que Chou Nu había entrado en la habitación desde que Sofía había llegado a ella directamente desde el estudio, a última hora de la tarde.

Sin embargo, cabía la posibilidad —los ojos de Sofía midieron la distancia— de que una mano diestra y una muñeca fuerte hubieran deslizado el sobre por debajo de la puerta y lo hubieran enviado rozando el suelo hasta los pies de la chaise-longue .

Pero nadie se habría atrevido a hacer tal cosa sin un poderoso motivo para desear comunicarse en secreto con Sofía.

Rasgó la solapa y extrajo una única hoja de papel de cartas escrita con una caligrafía que conocía demasiado bien. Su corazón dio un vuelco...

Te ruego, por caridad, que no me condenes sin escucharme a causa de cualquier cosa que me hayas podido oír decir.

Después de que nos dejaras en el estudio, vi que sus ojos vigilaban la puerta mientras hablábamos, y supe por su mirada que algo que le complacía había ocurrido a mis espaldas.

Y con el humor que se gastaba, solo una cosa podría haberle complacido.

Le dije lo que le dije, cariño, porque tenía que hacerlo.

.. o de lo contrario perdería el derecho, más preciado para mí que la vida misma, de estar cerca de ti, de servirte y protegerte.

Le mentí porque te amaba. Pero nunca te he mentido a ti respecto a mi amor.

.. y solo una vez, por necesidad, respecto a cualquier otra cosa.

Quizás puedas adivinar cuál fue esa mentira; de algún modo, me inclino a pensar que ya lo sabes; al menos, estoy seguro de que estás empezando a preguntarte si dije la verdad. .. o si la sabía, por aquel entonces.

Si esto te suena críptico, solo puedo rogarte que seas paciente y comprensiva hasta que encuentre la oportunidad de aclarar esta única mentira que se interpone entre nosotros.

.. y que es, en comparación, casi inmaterial, puesto que lo único que importa es la única gran verdad de mi vida: que te amo más de lo que las palabras pueden expresar.

R. K.

Si hay preguntas que turban tu mente, te ruego que no se lo hagas saber.

Tu única seguridad ahora radica en que él siga creyendo que no sospechas nada.

Por encima de todo, haz lo posible por aparentar que accedes a sus deseos, por extraños o irracionales que puedan parecer.

Pasarán tan solo unos días más antes de que pueda reclamarte como mía, y reírme de sus pretensiones.

Una carta de amor curiosa; y sin embargo, era la primera que recibía Sofía.

Si la volvió pensativa, también la hizo ilógicamente feliz.

Si le planteaba de forma directa el dilema de la lealtad al príncipe Victor o la lealtad a Karslake, ella no era consciente de tener ninguna otra alternativa entre la que elegir.

Cuando Shaik Tsin golpeó los paneles de su puerta, ella arrugó la nota y se la guardó en el escote de su salto de cama antes de responder.

Cuando se está en la edad de amar, nunca es el padre quien se lleva el beneficio de la duda.