XIV - LA CONFERENCIA DE LOS CONDENADOS
Una voz irlandesa ponía música al silencio del estudio con cadencias melifluas.
—Este fin de semana sin falta, su Excelencia.
.. en el transcurso de las próximas tres noches.
.. el galés mandará llamar al Gabinete para que se reúna en secreto en Downing Street, con la asistencia en persona de Su Clementísima Majestad; la extraordinaria urgencia la han propiciado amablemente este jaleo que están armando al otro lado del Canal de la Mancha mis simpáticos y enérgicos compatriotas. .. ¡Dios bendiga su labor!
El orador se rió por lo bajo y dirigió al príncipe Victor una sonrisa de dientes blancos a través de la mesa sembrada de papeles.
—En un lenguaje más parlamentario, la cuestión irlandesa. Pero me da a mí que no volveremos a oír hablar de ella una vez hayamos proclamado el Gobierno Soviético de Inglaterra.
Victor se inclinó en una grave muestra de asentimiento.
—Tiene mi palabra al respecto —dijo; y tras un momento de meditada consideración—: Supongo que hablará usted con conocimiento de causa.
—Y tanto. Vengo directo de la Cámara de los Comunes para traerle la noticia sin perder ni una hora. Hoy en día ser diputado irlandés tiene más de una ventaja.
—Por otro lado, Once —Victor recalcó el número como para recordarle al irlandés que incluso un diputado del Parlamento de Irlanda no gozaba de mayor estima a sus ojos que cualquier otro subalterno de su asociación de conspiradores anónimos—, aun así, parece que no tiene certeza en cuanto a la noche.
—Le estoy diciendo que será mañana por la noche, o más probablemente el sábado.
.. el domingo a más tardar. —Tan solo un leve deje de impaciencia delató su resentimiento por el desaire—.
Lo sabré con tiempo de sobra, mucho antes de la hora fijada; y con eso debería bastar, siempre y cuando usted por su parte esté preparado.
—Con que me avise con una hora de antelación será más que suficiente —asintió Victor—. Llevamos días preparados, y lo único que necesitamos es la información que nos trae... o que nos traerá cuando la tenga confirmada.
El irlandés se rió entre dientes.
—Cuesta creerlo. No es que se me ocurriera dudar de su palabra, señor... pero no podrá negar que ha tenido que darse mucha prisa para organizar la revolución en Inglaterra en menos de tres semanas.
—He estado muy ocupado —admitió Victor—.
Pero la labor no ha sido tan difícil... Las semillas de la revolución se siembran con facilidad en una tierra profundamente arada por las fuerzas del descontento.
¿Y qué tierra ha sido mejor arada? Para variar de metáfora: Inglaterra entera hierve bajo una fina corteza de costumbres y hábitos arraigados, cuya integridad un gobierno conservador y reaccionario se esfuerza desesperadamente por preservar desde la guerra.
El golpe que asestaremos en el plazo de tres días hará añicos esa corteza en cien pedazos.
—¡Y desatará el infierno! —añadió el irlandés con una risa nerviosa.
Con voz seca, Victor comentó:
—Con exactitud.
—Las tortillas —intervino Sturm en tono asertivo— no se hacen sin romper huevos.
—Y todos los ríos, sin duda, van a dar a la mar. ¡Cuánto sabe, Herr Sturm! ¿Acaso se ha reservado para usted la cartera de Ministro de Educación una vez que se produzca la explosión... si es que puedo preguntar?
—Vosotros los irlandeses estáis todos locos —se quejó el alemán, malhumorado—... locos por reíros. Incluso de mí se reirán ustedes, mientras me confían su propia vida, mientras confían en mi genio para hacer posible la Inglaterra soviética y libre a Irlanda.
—¡A fe mía! Anda usted muy desencaminado, amigo mío.
Si fuera en usted y en su genio en lo que tuviera que confiar, yo mismo me volvería un furibundo reaccionario y aconsejaría a Irlanda que fuera un buen perro, se acercara al talón de Inglaterra, le lamiera la mano y viviera de sus sobras.
En este oscuro asunto no me fío de nadie más que de él. .. el Número Uno.
—Ha cambiado usted de canción desde aquella noche en el Red Moon —le recordó Sturm con enfado.
—Recibí la lección allí mismo —coincidió el Once con alegría—. Y no me importa decirle que, la próxima vez que me entre el capricho de llamar a mi alma mía, se lo pediré a él primero a modo de permiso.
Victor puso punto final al intercambio con un desapasionado: «Si me permiten, caballeros... ya es suficiente». Y dirigiéndose al irlandés, añadió: «Supongo que comprende el peligro de permanecer dentro de la zona condenada... es decir, excepto al aire libre».
—No puedo decir que lo comprenda del todo.
—Es muy sencillo: nadie en ninguna casa abastecida por las tuberías de la fábrica de gas de Westminster estará a salvo durante horas una vez que la fórmula de Trece haya comenzado a surtir efecto. Le aconsejo que se mantenga totalmente alejado del distrito.
—¡A fe mía que lo haré! Pero ¿qué me dice de usted en esta casa?
—Pasaré el fin de semana fuera de Londres —replicó Victor—, no demasiado lejos, por supuesto, y —la sombra de su sonrisa satírica se hizo visible por un instante— preparado para responder en cualquier momento a la llamada de mi afligida patria.
.. A los pocos que permanezcan aquí se les proveerá de lo indispensable para su protección.
Además, se enviará una advertencia general a todos los que sean de confianza.
—¿Y los demás...?
—Con ellos que sea lo que el Destino quiera.
—¿Mujeres y niños, posibles simpatizantes y partidarios de todas las clases sociales? —insistió el irlandés con incrédulo horror—... ¿todos?
—Todos —afirmó Victor con frialdad—. Quienes lidiamos con las pasiones elementales que forjan las revoluciones, es decir, con la Vida y la Muerte, no podemos permitirnos remordimientos ni escrúpulos. ¿Qué son unas pocas vidas más o menos en Londres? Estos británicos se reproducen como conejos.
—Ya veo —dijo el Once con voz apenas audible.
Se quedó mirando un momento y tragó saliva con dificultad, luego miró deprisa el reloj—.
Les daré las buenas noches —dijo—, y que sueñen con los angelitos.
En cuanto a mí, ¡seré un idiota si me voy a la cama esta noche lo suficientemente sobrio como para llegar a soñar algo, lo que sea!
Victor llamó a Shaik Tsin para que lo acompañara a la salida.
—Una pregunta más, si no le importa —sugirió el Once, demorándose. Y Victor inclinó la cabeza amablemente—. ¿Ha pensado en el fracaso?
—He pensado en todo.
—Bien, y si fracasamos...
—¿De qué manera, por ejemplo?
—¿Cómo voy a saber yo qué maldito accidente puede hacer que nuestros planes se vayan al traste? Podría ocurrir cualquier cosa. Por ejemplo, ahí tiene a su amigo el Lobo Solitario...
—¿Aún no lo ha olvidado? —inquirió Victor con sorpresa fingida—.
¿Acaso no ha advertido que, desde que ese patoso no logró dar con la Cámara del Consejo aquella noche, cuando su redada en el Red Moon no le reportó más que un puñado de peones apostadores y drogadictos, nos ha dejado a nuestra suerte?
—Eso es lo que me hace preguntarme qué demonios se trae entre manos. Los de su calaña nunca son tan peligrosos como cuando parecen desanimados.
—Pierda cuidado. Hace tres semanas le prometí que su interferencia no pasaría de aquella noche. Y así ha sido. Lanyard sabe que tengo a su hija y que cualquier golpe dirigido contra mí debe alcanzarla primero a ella.
—Sin duda usted sabrá lo que hace...
Una vez que el irlandés se hubo marchado, el príncipe Victor se volvió hacia Sturm.
—Necesitará dormir bien esta noche —le sugirió con gran solicitud—. ¿Quién sabe si el mañana no le deparará la noche de sus noches, amigo mío?
Se sumió de inmediato en una profunda abstracción, sentado con la barbilla apoyada en las yemas de sus dedos unidos, los ojos bajos, inmóvil.
Contrariado, pero temeroso de demostrarlo, el alemán recogió el revoltijo de papeles, clasificándolos en enormes carpetas, y se marchó.
Shaik Tsin le reemplazó, moviéndose sin hacer ruido por la habitación, devolviendo los libros de consulta a las estanterías y guardando las carpetas en una voluminosa caja fuerte oculta tras un biombo lacado.
Hecho esto, se apostó ante su amo a la espera de su atención, como una figura de afable placidez, inteligente y relajada; en su actitud no faltaba del todo una cierta sugerencia de familiaridad.
Sin cambiar de postura ni siquiera con el parpadeo de una pestaña, Victor habló en chino:
—Mañana por la tarde, a última hora, bajaré en coche al campo con la joven Sofía.
Estaré fuera tres días... quizás. Te dejaré un número de teléfono para que lo uses solo en caso de emergencia.
En cuanto me haya marchado, despedirás a todos los criados ingleses y les darás un trimestre de sueldo por adelantado en lugar de un preaviso. Karslake te proporcionará el dinero.
—¿No le acompañará él?
—No.
—¿Y el hombre llamado Nogam?
Victor pareció dudar.
—¿Qué te parece a ti? —inquirió al fin.
—Lo que siempre he pensado.
—¿Que es un espía?
—Sí.
—¿Pero sin ninguna base tangible para tus sospechas?
—Ninguna.
—¿No habrás dejado de vigilarlo de cerca?
—Como un gato vigila a un ratón.
—Pero... ¿nada?
—Nada.
—Aun así, estoy de acuerdo contigo por completo, Shaik Tsin. Me huele a traición.
—Y a mí.
—Nogam vendrá conmigo como mi sirviente personal.
De este modo podré no quitarle el ojo de encima.
Haz que Chou Nu se prepare para acompañarnos como doncella de la joven Sofía.
En mi ausencia te guiarás por las instrucciones adicionales que te deje.
Si estas fallaran, considera al hombre llamado Sturm como mi representante personal.
En la eventualidad que ya conoces, Sturm te avisará a tiempo para que desalojes la casa.
—¿A todo el mundo?
—A todos los criados, excepto a los que puedas necesitar para vigilar al hombre llamado Karslake. Sturm os proveerá de medios de autoprotección a ti y a estos últimos.
—¿Y Karslake?
—Todavía no me he decidido.
—Oír es obedecer.
Victor se sumió en otra ensoñación que duró tanto que hasta la paciencia de Shaik Tsin amenazó con agotarse. Al fin, dos palabras rompieron el silencio:
—El cristal.
De un armario situado al fondo de la habitación, Shaik Tsin trajo una bola de cristal sostenida sobre las espaldas de tres dragones de oro que estaban cola con cola, unas muestras de orfebrería china soberbiamente trabajadas.
Con cuidado, la depositó en la superficie de madera de teca negra junto al codo de Victor.
—Y ahora, informa a la joven Sofía de que deseo verla.
—¿Y si vuelve a dar excusas?
—Dile que, en ese caso, me veré obligado a ir yo a su cuarto.